La trama se ubica primero en el planeta Eternia y sigue a He-Man, un guerrero legendario que trata de luchar contra Skeletor para evitar que tome el control del castillo Grayskull como centro de poder del universo, donde combate al ejército enemigo junto al veterano soldado Man-At-Arms y su hija Teela antes de escapar a través de un portal a la Tierra con un artefacto —Llave Cósmica— del cerrajero Gwildor que es reclamado por Skeletor.
En general, la narrativa estructura esta simple premisa sobre las fórmulas genéricas de la fantasía oscura, la ópera espacial de ciencia-ficción y la aventura de espada y brujería, donde el héroe de la espada legendaria se embarca en una misión épica para superar los obstáculos y salvar a su reino del maligno hechicero. Sin embargo, el guion no se toma ni siquiera la molestia de desarrollar a ninguno de los personajes más allá de las motivaciones banales que justifican el conflicto y, por lo regular, opta por mantener sus acciones en un epicentro de situaciones previsibles que tienden a perder la fuerza entre los diálogos cutres y la exposición excesiva que nunca abandona la circularidad de clichés.
Estas decisiones simplemente me colocan en un estado de abulia que se prolonga en cada escena que muestra la travesía de He-Man y sus compañeros cuando terminan buscando la llave por los suburbios californianos con ayuda de un par de adolescentes mientras un policía investiga el incidente; los planes de Skeletor para recuperar el dispositivo al enviar al planeta Tierra a su fiel comandante Evil-Lyn y sus secuaces más fuertes (Saurod, Blade, Beastman y Karg); la batalla final en Eternia donde He-Man usa la Espada de Grayskull para derrotar a Skeletor.
Hay tiroteos, láseres, magia, combates. Pero el tono épico se desmorona ante persecuciones y secuencias de pelea en aparcamientos que son demasiado burdas como para tomarlas en serio, donde los personajes se mueven de una manera errática, como si fueran juguetes de Mattel controlados por un niño. Además, la narrativa arrastra un ritmo que se ve atropellado por el MacGuffin y las subtramas innecesarias de personajes secundarios.
Como He-Man, Dolph Lundgren cumple con las exigencias descriptivas al mostrar su físico imponente que reproduce la imagen del héroe musculoso, pero su actuación es de una rigidez polietilénica que me resulta casi cómica, con ese acento sueco suyo apenas disimulado y la dicción forzada que hacen que muchas de sus líneas suenen como si las estuviera leyendo por primera vez, ofreciendo un personaje soso que queda reducido a la figura de peón corpulento, que corre de un lado a otro sin arco ni personalidad heroica. Frank Langella, en cambio, luce amenazador tras la máscara esquelética de Skeletor, aunque su personaje es solo un villano acartonado.
La dirección de Goddard, entre otras cosas, intenta aplicar un estilo camp en el vestuario y los decorados que adornan algunas escenas, pero simplemente es incapaz de añadir algo de pulso a unas secuencias de acción defectuosas que se ejecutan, a menudo, con unos efectos especiales bastante pobres que ponen de manifiesto las limitaciones presupuestarias. El resultado es una película mediocre que, en última instancia, siempre me transmite la impresión de estar a punto de quedarse sin dinero.
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Título original: Masters of the Universe
Duración: 1 hr 46 min
País: Estados Unidos
Director: Gary Goddard
Guion: David Odell
Música: Bill Conti
Fotografía: Hanania Baer
Reparto: Dolph Lundgren, Frank Langella, Meg Foster, Billy Barty, Courteney Cox, Jon Cypher, James Tolkan
Calificación: 3/10

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