La nueva película de Chloé Zhao es un drama histórico que revisa una de las tragedias personales de William Shakespeare. Descubre cómo lo ha hecho.

 

Hamnet



En Hamnet, Chloé Zhao recupera su poética naturalista con la finalidad, supongo, de que funcione como una adaptación de la novela histórica de Maggie O'Farrell, que narra a modo revisionista la breve vida de Hamnet, el hijo pequeño de William Shakespeare que murió en extrañas circunstancias a la edad de 11 años durante la peste bubónica en 1596. Su revisión de esta tragedia histórica del legendario autor británico tiene, hasta cierto punto, un trato bienintencionado que, en dos horas, pone de manifiesto sus nuevos horizontes estéticos como cineasta. Pero algo me dice que su revisionismo, dentro de su capa de significación, busca dialogar más con el presente que con el siglo XVI porque, en efecto, se nota claramente que distorsiona hechos históricos para ajustar la síntesis discursiva a esa agenda sociopolítica que caracteriza a casi todas las producciones homogeneizadas de Hollywood de la actualidad que atentan contra los valores tradicionales de la cultura occidental apelando a las metáforas y signos pretenciosos.


Por tal razón, a pesar de que cuenta con actuaciones sobrias de Jessie Buckley y Paul Mescal, tengo la impresión de que esta película Zhao es un poco regular y reiterativa en su drama sobre la tragedia familiar shakespeariana, en dos horas que me mantienen a ratos en un estado de abulia que me impide sentir algo por esas escenas que piden a gritos que derrame alguna lágrima por el calvario de la familia y el niño raro perdido en la oscuridad. La mayoría de sus virtudes estéticas residen en el vestuario, en las atmósferas visuales y en las particularidades del ambicioso diseño de producción, pero estas se manifiestan en algunas escenas solo como accesorios cosméticos al servicio de la historia rebuscada.



Jessie Buckley y Paul Mescal.


Esta historia, en gran parte ficticia, sigue los acontecimientos que comienzan cuando William Shakespeare (Paul Mescal) se enamora en el bosque de Agnes Hathaway (Jessie Buckley), una mujer que le atrae por su manera de invocar a un halcón con su guante de cetrería y captar una misteriosa conexión con la naturaleza frente a los árboles. En una primera mitad, muestra la apasionada relación romántica entre William y Agnes en contra de los prejuicios de los familiares que desaconsejan la unión —por los rumores de que Agnes es hija de una bruja del bosque—; la ausencia de William cuando deja a Agnes embarazada y parte a Londres para poner en marcha sus obras de teatro; las conversaciones de William con su padre John (David Wilmot) y su autoritaria madre Mary (Emily Watson); los períodos de parto en los que Agnes da a luz a sus hijos —Susanna (Bodhi Rae Breathnach), Hamnet (Jacobi Jupe) y Judith (Olivia Lynes)— en medio de llantos de sufrimiento en el bosque y en la casa; los días de felicidad donde William y Agnes observan a sus hijos gemelos, Hamnet y Judith, jugar en los pasillos de la casa con vestuario invertido (niño vestido de niña; niña vestida de niño). En la segunda, en cambio, se presenta el distanciamiento de William como un padre y esposo que se aleja de su familia por los compromisos como dramaturgo; los deberes maternos de Agnes como una madre que se sacrifica para criar a sus hijos; las frustraciones internas de William para escribir algunas de sus obras; los infortunios familiares que inician cuando Agnes trata de salvar a Judith y Hamnet en medio de la peste negra; la muerte de Hamnet que cambia radicalmente el vínculo entre William y Agnes.



En términos generales, la narrativa se circunscribe a una estructura elíptica que, en principio, tiene pequeños instantes de pulso dramático al presentar los claroscuros de la familia Shakespeare sobre la base del romance, el biopic histórico y el drama psicológico de época. El problema fundamental, no obstante, es sospecho que el guion coescrito por Zhao y O'Farrell no se toma el espacio necesario para dimensionar el desarrollo psicológico de los personajes y opta, a menudo, por mantenerlos colocados en una circularidad de situaciones dúctiles que pierde la cohesión al reducir sus acciones a diálogos al aire libre o a puerta cerrada sobre dinámicas familiares. Esta reiteración, entre otras cosas, pretende acentuar la rutina cotidiana como telón de fondo para lo trágico, pero termina por estancar el relato al conformarse con viñetas impresionistas sobre la fragilidad de la vida y momentos poéticos de presunta introspección, haciendo que las dos horas de duración se sientan innecesariamente largas en su anclaje expositivo.



Paul Mescal


De este modo, los personajes que observo adolecen de una superficialidad en sus desdichas personales, que no conducen a ninguna parte en específico más allá de la repetición que diluye la tensión dramática —como las disputas entre William, absorto en su carrera en Londres, y la terrenal Agnes, anclada en Stratford-upon-Avon—, restando profundidad a los factores psicológicos inicialmente mostrados en las primeras escenas para subrayar las motivaciones intrínsecas de William y Agnes. Agnes es retratada como una mujer intuitiva, fuerte, conectada con la naturaleza, una extensión de esos arquetipos femeninos que Zhao ha explorado previamente, aunque su desarrollo se limita a gestos simbólicos —como visiones proféticas o experimentos con hierbas medicinales— que no profundizan en su complejidad interna. William aparece como una figura paterna ausente y atormentada, reduciendo su presencia a un catalizador para el duelo de Agnes. Los hijos, Hamnet y su hermana gemela Judith, sirven solo como dispositivos narrativo-discursivos. Todo esto se agrava en los episodios de las relaciones familiares, donde las interacciones se repiten ad nauseam en patrones predecibles: discusiones sobre lealtad conyugal, ausencias paternas y la carga materna.



Esto sucede, dicho sea de paso, porque las acciones de los personajes están subordinadas a un discurso sobre la familia y la pérdida que, por añadidura, emerge como el elemento más contradictorio de la película, particularmente en su tratamiento sobre la maternidad, que se entiende como el estado de resiliencia, de una mujer cuya feminidad se define por su vinculación instintiva con la vida y la muerte, mientras atraviesa las etapas del duelo que debilitan su matrimonio en el seno de una institución patriarcal que pone límites a sus ansias de emancipación. En este sentido, Zhao sugiere que el sacrificio maternofilial es un acto de creación paralela al arte shakespeariano, donde Agnes "pare" la memoria de sus hijos a través de rituales esotéricos y espirituales. Sin embargo, esta idealización reduce a Agnes a un estereotipo pasivo, como una esposa dependiente del regreso de William para encontrar seguridad. La feminidad de Agnes, por ende, aquí se externaliza con cierta ambigüedad al estar atada a su simbiosis con la naturaleza, pero limitada a su confinamiento al ámbito doméstico que desvirtúa su esencia, algo que engendra una interrogante que la mantiene en una zona gris entre búsqueda de libertad y víctima del patriarcado.



Jessie Buckley


Este discurso, desde luego, se podría entender como una crítica militantemente feminista a las instituciones matrimoniales, pero en su tejido subyacente esconde significados sintomáticos sobre la pérdida de la inocencia que se sintetizan al mostrar a Hamnet como un preadolescente sensible, imaginativo y deliberadamente conectado con lo "femenino" a través de su enlace simbiótico con su madre Agnes y su hermana gemela Judith (a quien simbólicamente entrega su alma afeminada para "salvarla"). Esto es específicamente cierto en escenas donde Hamnet juega con cosas tradicionalmente femeninas como vestidos o flores, llegando incluso a mostrarse torpe para el uso práctico de las armas al practicar la esgrima con su padre, en un repudio a las expectativas caballerescas de la era asociadas a las normas rígidas de masculinidad en la sociedad isabelina. Este comportamiento metaforiza el cuadro de un niño vulnerable que no se siente "conforme" con los roles heteronormativos impuestos por el sentido común. La peste negra funciona como alegoría de exclusión y rechazo social, en una sociedad que "mata" la ingenuidad de estos niños "marginados" a través de normas de género. Y su muerte trágica enuncia que la inclusión y la diversidad constituyen una fortaleza perdida en contextos excluyentes de los infantes que "enfrentan" marginación.





El inconveniente de esta lectura pretenciosa de Zhao sobre identidad de género —que se alegoriza varias veces incluso cuando Hamnet enferma y se imagina en un escenario tras una cortina llamando a su madre— es que se esquematiza sobre un oportunismo burdo que, construido por un historicismo anacrónico y determinista, solo responde ideológicamente a la causa de una minoría posmoderna que está lo suficientemente adoctrinada como para pensar que ciertos comportamientos innatos son incompatibles con el orden social natural. La niñez, en lo tradicional, se valora por su pureza e inocencia precisamente porque no está marcada por construcciones adultas de identidad, y al reinterpretarla como símbolo de victimismo de la secta del progreso, se le priva de esa neutralidad infantil y se le instrumentaliza para agendas ideológicas que esconden asuntos bastante siniestros detrás del buenismo de aceptación que, frecuentemente, se arriesga romantizar o normalizar la idea de que tales niños están destinados a la angustia cuando solo son manipulados por la ingeniería social de gente de dudosa brújula moral.





A pesar de esta discursividad errática, las actuaciones de Buckley y Mescal entregan escenas que reflejan su compromiso para mimetizar el registro expresivo de sus respectivos personajes. Buckley ofrece una interpretación orgánica como Agnes al usar su mirada serena y el control gestual de su rostro para capturar la personalidad de una mujer dividida entre el deber materno y la impotencia soterrada, demostrado con mayor fuerza en las escenas del parto o en las escenas de desesperación cuando intenta sanar a sus hijos de la peste. Mescal, como William, exterioriza la gestualidad y el potencial del verbo para manifestar, en sus breves escenas, una vulnerabilidad que humaniza al bardo eterno, alcanzando su mejor parte cuando considera el suicidio en el Támesis y recita con tristeza el monólogo "Ser o no ser" de Hamlet inspirado por el dolor de su hijo fallecido, además de aquellas escenas en que proyecta la frustración con los actores que muestran suficiente pasión los soliloquios durante los ensayos.


La estética de Zhao, de igual modo, pone de manifiesto su inquietud para añadirle consistencia a los aspectos técnicos que recrean el drama histórico. Para empezar, suele puntualizar las inquietudes de los personajes a través de la elipsis, el fuera de campo, el sonido diegético, el plano subjetivo, el uso psicológico del color rojo, el sobreencuadre, el primer plano y, ante todo, las panorámicas de Łukasz Żal, que capturan de manera auténtica los paisajes rurales de Warwickshire con una paleta de tonos terrosos e iluminación natural, evocando cierta belleza en su retrato de campos y bosques verdosos. El diseño de producción de Fiona Crombie proporciona autenticidad en la reproducción del período a través de los interiores de las casas de madera y la reconstrucción meticulosa del teatro Shakespeare's Globe. Y el vestuario, diseñado por Malgosia Turzanska, presta particular atención a los detalles de las telas ásperas de lana y lino, teñidas en tonos muted, así como los bordados en las prendas de Agnes que patentiza la modestia y la artesanía femenina del campesinado costumbrista.



Jessie Buckley


Desafortunadamente, estos elementos no logran evitar los tropiezos narrativos y textuales que la película arrastra en sus contradicciones sobre la familia, la maternidad y la feminidad, junto con el simbolismo ambiguo de la muerte de un niño como la clave de un matrimonio cambiado y la génesis artística del famoso dramaturgo para concebir a Hamlet. La escena climática, en la que Agnes comienza a comprender que la obra es un homenaje a su hijo Hamnet mientras William interpreta al fantasma del padre de Hamlet, no me toca el corazón porque me doy cuenta de las intenciones revisionistas de Zhao al usar la representación de lo teatral como raíz de recuperación. Aquí la banda sonora de Max Richter alcanza mis oídos cuando escucho su leitmotiv On the Nature of Daylight. Pero como Zhao prioriza la estética sobre la sustancia permanezco indiferente, convencido de que es una película contemplativa sobre la pérdida que simplemente no me conmueve ni me entristece cuando el chaval desaparece tras bambalinas por el agujero oscuro de su cueva mística.



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Ficha técnica
Título original: Hamnet
Año: 2025
Duración: 2 hr. 05 min.
País: Reino Unido
Director: Chloé Zhao
Guion: Maggie O'Farrell, Chloé Zhao
Música: Max Richter
Fotografía: Lukasz Zal
Reparto: Jessie Buckley, Paul Mescal, Jacobi Jupe, Joe Alwyn, Emily Watson
Calificación: 6/10

Tráiler de Hamnet













Para finalizar el año comento brevemente lo que, para mí, son las 10 mejores películas que he podido ver en este 2025. Descubre cuáles son.



Fue tan solo un accidente


Año tras año, el cine me reserva sorpresas que renuevan mi entusiasmo por esta forma de expresión artística. En 2025, pese a las expectativas iniciales de un período desafiante para la industria, surgieron obras de una estética excepcional que destacaron por su originalidad, profundidad emocional y maestría técnica. Esta selección de diez películas refleja aquellas que más me impactaron, no solo por su excelencia cinematográfica, sino por su capacidad para iluminar aspectos profundos de la condición humana en un contexto contemporáneo complejo.


Lejos de pretender un ordenamiento rígido o una evaluación objetiva, esta lista se basa exclusivamente en la resonancia personal que cada filme generó en mí, o sea, mis criterios subjetivos. En conjunto, representan lo mejor de un año que, contra pronósticos, demostró la vitalidad perdurable del séptimo arte, invitando a uno a redescubrir la magia de la gran pantalla y a dialogar sobre sus implicaciones.



1. Fue solo un accidente


Fue tan solo un accidente

No es la más subversiva de su filmografía, pero me convence lo suficiente como para saber que es una de sus más afiladas, una película brillante que condensa años de crítica sociopolítica, exilio interior y rabia soterrada en apenas 103 minutos de cine puro que Jafar Panahi encuadra con maestría para subrayar el estado de resistencia de voces oprimidas que luchan por la libertad, la verdad y la justicia frente al régimen represivo iraní.



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Estas películas son las peores que vi en el 2025 y no se las recomendaría ni a mi peor enemigo porque son particularmente malas.



Blanca Nieves



El 2025 es un año que termina para poner fin a su jornada de 365 días, dejando atrás un puñado de buenas películas que recordaré con admiración, pero también deja un montón de desastres cinematográficos que me obliga a pensar si alguien en Hollywood revisa los guiones antes de gritar "¡Acción!", porque poseen tramas que parecen escritas por ChatGPT en día de resaca, y efectos especiales que harían sonrojar a una película de los 90.


En este artículo, me adentro con gusto en el fondo del barril del cine: ese rincón donde las películas provocan carcajadas involuntarias, suspiros de incredulidad y la urgente necesidad de un botón de borrado memoria. Hablo, por supuesto, de las peores películas que vi en 2025, esos truños que demuestran que el despilfarro de millones de dólares no garantiza ni un mínimo de sentido común, y a Hollywood no parece importarle.



10. Elio


Elio

Por lo que observo en más de hora y media, razono lo suficiente como para saber que es una de las peores películas Pixar, una aventura cósmica aburrida y sin gracia que se pierde en un agujero negro de fórmulas genéricas, poco antes de tocar temas que desafían la gravedad para cualquiera que no tenga sentido común.


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9. La fuente de la juventud


La fuente de la juventud

En cierta medida, encuentro que es una película de acción que frecuenta demasiados lugares comunes y cuya aventura, por desgracia, se estanca sobre fórmulas básicas que la vuelven increíblemente aburrida, avanzando a un ritmo letárgico que me motiva a pausarla unas cuantas veces con el control remoto para hacer otras diligencias.


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8. El contador 2


El contador 2

Me parece un thriller de acción que carece de cualquier rastro de tensión con su trama inconexa sobre los costados oscuros de la inmigración y la trata de personas, donde ni siquiera la química palpable del dúo protagónico es suficiente para sacarlo todo del epicentro fatigoso de conflictos predecibles.


Lee mi crítica 


7. El conjuro 4: Últimos ritos


El conjuro 4

Es, en mi opinión, una película de terror sobrenatural que se vuelve predecible y enormemente aburrida cuando ejecuta su efectismo rebuscado sobre demonios, posesiones y familias atormentadas, donde casi no se sienten los sustos repentinos en la zona maldita. 


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6. Jurassic World: Renace


Jurassic World: Renace

Desde el inicio, no solo me queda claro que Edwards entrega una de las películas más planas y aburridas de toda la saga de dinosaurios, sino que, además, deja muy poco espacio para conocer al nuevo equipo entre tantos clichés fosilizados. 


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5. La mujer del camarote 10


La mujer del camarote 10

Intenta funcionar como adaptación de una novela homónima de Ruth Ware, mostrada como un thriller psicológico que navega por las aguas turbulentas de la paranoia y el engaño a bordo de un lujoso barco con Keira Knightley, pero que naufraga de inmediato en una ejecución errática que, en mi opinión, ahoga cualquier pretensión de suspenso cuando todo el asunto se resuelve sobre la gratuidad.


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4. Borderline


Borderline

Lo que Warden entrega aquí no es solo una de las peores películas del año, sino también un revoltijo genérico que se ahoga en sus propias pretensiones, resultando en una comedia negra de terror que ni asusta, ni ríe, ni conmueve con su propuesta de home invasion con Samara Weaving.


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3. Capitán América: un nuevo mundo 


Capitán América: un nuevo mundo

Lo único que queda es repetir las fórmulas habituales de siempre para contentar a la masa de fanboys de Marvel porque, francamente, es una película de superhéroes enormemente aburrida y carente de gancho con sus personajes patrióticos de segunda categoría.


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2. Blanca Nieves


Blanca Nieves

Lejos de la polémica que tiene a varios grupos políticos enfrentándose por nimiedades en redes sociales, lo que observo en más de hora y media me deja lo suficientemente anestesiado como para saber que se trata, francamente, de un remake sin alma y aburrido a perpetuidad, que produce serios efectos dormitivos con el cuento de hadas desabrido de los siete enanos CGI y la princesita pretenciosa que Rachel Zegler encarna sin gracia.


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1. La vieja guardia 2


La vieja guardia 2

Como secuela, busca expandir el universo de mercenarios inmortales liderados por Charlize Theron, pero me resulta un ejercicio enormemente aburrido en el que predominan, en cierta medida, los clichés y las secuencias de acción convencionales que se olvidan cuando acaban los créditos.


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Sirat

Sirat: Trance en el desierto, el cuarto largometraje del director gallego Oliver Laxe tras Lo que arde, es una película que adopta una poética del desierto con el fin, supongo, de ajustarse a los discursos sobre inmigración que desde hace algunos años se han normalizado en algunos países europeos. En lo particular, creo que es un drama de carretera de Laxe que cuenta con ciertas panorámicas atmosféricas, pero a menudo la narrativa sobre inmigrantes y raves ilegales por el desierto marroquí pierde su rastro como huellas en la arena, donde no queda otra cosa que un viaje fatigoso a ninguna parte de casi dos horas que me obliga a cuestionar, en más de una ocasión, el guion coescrito por Laxe y Santiago Fillol. Su trama sigue a Luis, un padre que, acompañado de su hijo pequeño Esteban, busca desesperadamente a su hija perdida, Marina, en medio de las fiestas electrónicas arregladas por un grupo de raveros nómadas que divaga por el desierto del sur de Marruecos, mientras el mundo exterior parece desmoronarse por una guerra. En términos generales, esta propuesta narrativa, en principio, tiene un arranque prometedor que se evidencia en el presunto misterio que se construye sobre el thriller y el drama de carretera. El problema principal, no obstante, radica en la escasa profundidad que hay detrás del desarrollo psicológico de los personajes, cuyas acciones quedan estropeadas por un abanico de situaciones expositivas que nunca abandona la circularidad de diálogos insulsos ni las motivaciones que sirven solo como artilugios para la función discursiva, quedando más bien relegados a meros observadores pasivos en un entorno hostil. Estos inconvenientes se evidencian, dicho sea de paso, en la búsqueda de Luis como un padre que investiga a la hija desaparecida mientras pasea cerca de gente rara poseída por la música y la droga psicoactiva; la preocupación de los ravers europeos cuando el grupo de soldados cancela el rave; el viaje de Luis con destino a otro rave para continuar buscando con ayuda de los nómadas holgazanes que viajan en furgonetas; los contratiempos de Luis junto al grupo a medida que se acercan a su destino por las montañas y viven un estilo de vida colectivista; la determinación de Luis como superviviente frente a la tragedia inesperada. Con la travesía sobre ruedas en el desierto, Laxe pretende evocar el éxtasis colectivo como huida de un mundo en crisis, pero, además, arroja una parábola sobre la soledad y el miedo a lo distinto, entendido como el viaje de autodescubrimiento de un padre tradicional afectado por la ruptura con su hija rebelde que encuentra en la otredad y en el desierto una especie de refugio colectivo que le permite absorber la culpa y la condena por el olvido (se entiende que ella desapareció por la negación de este a reconocer su nueva "identidad"), donde la resistencia de aceptar lo ausente transforma su existencia al experimentar el sufrimiento ajeno. La poética del desierto abre aquí un espacio simbólico que interroga la memoria y la condición humana desde la óptica subtextual de la inmigración —el viaje circular metaforiza al «sirât» islámico, que es el puente estrecho entre infierno y paraíso—, aunque sin dar muchas respuestas. La interpretación de Sergi López es, cuanto mucho, decente cuando adopta su mirada y los gestos mesurados para interpretar a un padre introspectivo que se resiste al cambio. Los secundarios, interpretados por actores no profesionales, son olvidables incluso con sus cicatrices físicas. Con ellos, Laxe introduce elementos de violencia y desesperación que parecen diseñados exclusivamente para el shock gratuito, en una puesta en escena que, por lo regular, solo se destaca por las atmósferas desérticas capturadas por la lente de Mauro Herce y una banda sonora de techno compuesta por Kangding Ray que me resulta contagiosa. Todo lo demás, en última instancia, termina pareciéndome un ejercicio de autoindulgencia colectivista sobre personas grotescas, donde los cuerpos en movimiento y los paisajes áridos se repiten ad nauseam sin hallar una ruta adecuada.



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Ficha técnica
Título original: Sirât
Año: 2025
Duración: 1 hr. 55 min.
País: España
Director: Oliver Laxe
Guion: Oliver Laxe, Santiago Fillol
Música: Kangding Ray
Fotografía: Mauro Herce
Reparto: Sergi López, Bruno Núñez, Jade Oukid, Stefania Gadda, Richard Bellamyun
Calificación: 5/10
Jesús, luz del mundo

Jesús, luz del mundo es una película de animación en 2D que, dicho sea de paso, supone el debut como dupla de los directores Tom Bancroft y John J. Schafer, tras varios años trabajando en series y cortometrajes animados. Está respaldada por The Salvation Poem Project y animada en colaboración con Lighthouse Studios, en un intento de evocar el estilo de las animaciones de los años 90. Lo que presenta en hora y media tiene un trato bienintencionado que se evidencia en la bonita animación tradicional y el diseño de personajes bíblicos, pero su narrativa familiar y catequética sobre la vida de Jesús, a menudo, permanece en una zona un tanto predecible que no dice nada novedoso sobre los Evangelios. Su trama relata la vida, ministerio, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret desde la perspectiva del joven apóstol Juan, quien es mostrado como un niño de familia humilde que se dispone a seguir, junto a otros discípulos, las enseñanzas del Mesías que trae el plan de Dios al mundo para liberar a un pueblo de la oscuridad del dominio fariseo y las autoridades romanas. En general, la narrativa sigue las fórmulas tradicionales sobre las aventuras familiares, donde un niño ordinario descubre cosas extraordinarias de la noche a la mañana mientras guarda su inocencia. Esto se mantiene, con cierta irregularidad, en las escenas de la curiosidad de Juan al atestiguar el bautizo de Jesús cuando se encuentra con Juan el Bautista; el asombro de Juan cuando Jesús convierte el agua en vino en una boda; la alegría de Juan cuando ve que Jesús multiplica los panes y los peces; la sanación de María Magdalena y un hombre paralítico en manos de Jesús; la tormenta en el mar de Galilea donde Jesús camina sobre el agua; las parábolas de Jesús que Juan escucha con entusiasmo junto a los otros discípulos; la conspiración del sumo sacerdote Caifás para deshacerse de Jesús luego de la última cena; la crucifixión de Jesús en la colina del Gólgota arreglada por los guardias romanos a las órdenes del gobernador romano Poncio Pilato. El problema central, sin embargo, es que la narrativa adolece de ciertas limitaciones que restan profundidad dramática porque, entre otras cosas, el guion da poco espacio para conocer realmente al personaje de Juan y opta por mostrarlo, más bien, como una figura superficial que, dentro de su inocencia infantil, solo funciona de carta de presentación para adherirse fielmente a los textos evangélicos, en un abanico de situaciones que me resulta altamente rutinario en su estructura lineal sobre los pasajes de la Biblia. La fidelidad catequética le quita sorpresa a algunas de las escenas de su narración. Aunque esta elección es comprensible en un contexto educativo y devocional, casi no tiene el impacto de otras películas similares. Además, los personajes secundarios tienden a ser unidimensionales: Pedro se muestra como impulsivo y leal antes negar tres veces a su maestro, Judas como el traidor previsible, y los demás discípulos como arquetipos simples sin conflictos internos profundos ni evoluciones complejas. Incluso Juan, el protagonista, aunque se presenta encantador en su infancia no explora dilemas psicológicos que podrían enriquecer su arco más allá de la admiración inicial y el dolor por la crucifixión. A pesar de estas irregularidades narrativas, reconozco que posee algunas virtudes técnicas que se solidifican, por lo regular, en la estética de animación 2D, dibujada a mano con toques digitales, que se sintetiza sobre los escenarios detallados y atmosféricos que evocan, con sus texturas expresivas y pictóricas, las recreaciones de paisajes bíblicos emblemáticos. El diseño de personajes es particularmente acertado al captar las características de los discípulos y el profeta con una variedad de gestos expresivos que subrayan la descripción de sus motivaciones. La música de Alex McKenzie, de igual modo, tiene ciertos rasgos sensibles que me llegan al oído. Todo lo demás, por desgracia, queda como una película irregular sobre la esperanza, la fe y la educación religiosa.



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Ficha técnica
Título original: Light of the World
Año: 2025
Duración: 1 hr. 31 min.
País: Estados Unidos
Director: Tom Bancroft, John J. Schafer
Guion: David M. Armstrong, Drew Barton Armstrong
Música:  Alex McKenzie
Fotografía: Tom Bancroft, John J. Schafer
Reparto (voces): Ian Hanlin, Benjamin Jacobson, Michael Benyaer, Jesse Inocalla, Jason Simpson
Calificación: 6/10
Hedda

Hedda es una película de Nia DaCosta que, dentro de sus limitaciones, adapta la clásica obra de Henrik Ibsen que ha sido llevada al cine en numerosas ocasiones, en un intento de modernizar el texto teatral al incorporar cambios en género, raza y orientación sexual para llamar la atención, supongo, de esas audiencias modernas de Amazon Prime que entienden el progreso como algo ajeno al sentido común. En este sentido, DaCosta aprovecha la actuación de Tessa Thompson para reinterpretar la clave ibseniana a través de un discurso sobre la culpa, la represión sexual y el vacío existencial de clase, pero su melodrama me resulta anodino hasta el punto en que cuestiono, en más de una ocasión, todas las tonterías que se le ocurrieron para escribir semejante guion. Su trama se ubica en la Inglaterra de los años 50 y sigue a Hedda Glaber, una socialité que cuenta en un interrogatorio policial las actividades en las últimas veinticuatro horas que la condujeron a intentar ahogarse en el lago de la residencia luego de un aparente homicidio, mostrando la crisis moral de su vida privada durante la recepción de una fiesta de alta sociedad en la mansión decadente de su esposo George, surgida por la aparición de la Dra. Eileen Lovborg —la rival de George por el puesto de catedrática y antigua amante de Hedda—. En términos generales, la narrativa mezcla las fórmulas del drama romántico para sintetizar los pasajes ibsenianos sobre Hedda Gabler, pero se toma algunas licencias creativas al mostrarla como una mujer mulata y bisexual que relata los dilemas morales de su existencia a través de un largo racconto. El problema fundamental, sin embargo, es que el guion no se toma la molestia de acentuar el desarrollo psicológico de la protagonista y opta, más bien, por reducir sus acciones a un abanico de situaciones predecibles que se mantiene girando, una y otra vez, en una circularidad de diálogos a puerta cerrada sobre clase social, deseo reprimido y prejuicios raciales, eliminando cualquier rastro de golpe dramático para mantenerlo todo en una superficie higienizada. De este modo, soy incapaz de emocionarme cuando observo las conversaciones de Hedda con los invitados en la fiesta de intelectuales y esnobistas; los celos de Hedda al atestiguar el idilio entre su examante y una aspirante a escritora; los intentos de Hedda para tener encuentros amorosos y sabotear la velada de algunos invitados. El barullo situacional se reitera ad nauseam con la finalidad, supongo, de adoptar un discurso sobre la emancipación femenina, entendido como el delirio de una mujer atrapada en las dudas de una sexualidad latente que la obliga a negarse a manifestar sus sentimientos lésbicos por la otra para refugiarse en el engaño de un matrimonio tradicional que, dentro de la subyugación patriarcal, le adjudica privilegios previamente inaccesibles por la discriminación racial experimentada en el pasado. Esta síntesis discursiva feminista es especialmente cierta en las escenas en que Hedda organiza el escándalo para perjudicar la reputación de Eileen (se entiende que lo hace para preservar su estatus social y mejorar las precariedades económicas), aunque a fin de cuentas no dice nada sustancioso sobre la condición femenina. La interpretación de Thompson es decente al emplear los gestos y la mirada para mostrar las fragilidades de una mujer manipuladora y autodestructiva que anhela humillar a la amante por traiciones sentimentales publicadas en un manuscrito, aunque se ve limitada por un extraño acento británico. Nina Hoss, por su parte, llega incluso a robarle muchas escenas como la académica petulante. Con estas intérpretes, DaCosta encuadra el melodrama en una puesta en escena que se destaca, dicho sea de paso, por los detalles pronunciados del vestuario y la atmósfera de elegancia que es iluminada con eficacia por la lente de Sean Bobbitt, en unos espacios estilizados bajo una colorización ámbar. Nada de esto evita, por desgracia, que su película sea una bagatela aburridísima, carente de cualquier rastro de profundidad en su revisionismo de los roles de género.



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Ficha técnica
Título original: Hedda
Año: 2025
Duración: 1 hr. 47 min.
País: Estados Unidos
Director: Nia DaCosta
Guion: Nia DaCosta
Música: Hildur Guðnadóttir
Fotografía: Sean Bobbitt
Reparto: Tessa Thompson, Tom Bateman, Nina Hoss, Imogen Poots, Nicholas Pinnock
Calificación: 4/10
La chica zurda

La chica zurda es una película, por lo que veo, bienintencionada de la directora taiwanesa-estadounidense Shih-Ching Tsou, que marca su debut en solitario tras un largo tiempo como productora habitual en las películas de Sean Baker, quien aquí ejerce como coguionista, productor y editor. Este trato bienintencionado Tsou se refleja, a menudo, en las atmósferas urbanas de Taipéi y en las actuaciones decentes encabezadas por Janel Tsai, pero, por desgracia, siento que hay poca emotividad en su asunto sobre sacrificio maternal y secretos familiares, hasta el punto de que recibo sus imágenes con una indiferencia que sube y baja por momentos. Su argumento narra las peripecias de una madre soltera, Shu-fen, y sus dos hijas —la adolescente I-Ann y la pequeña I-Jing—, en los días en que regresan a Taipéi tras años en el campo para abrir un puesto de fideos en un bullicioso mercado. En términos generales, la narrativa adopta una poética de lo urbano que combina el drama con la inmediatez del documental para hablar sobre el sacrificio de una madre en el proceso de crianza. Las escenas, en principio, muestran los dilemas familiares con cierta solvencia. El problema fundamental, no obstante, es que los personajes están desarrollados sin anclaje psicológico y son colocados, a menudo, en una inercia de situaciones predecibles que nunca abandona la circularidad de facilismos ni diálogos a puerta cerrada en núcleos familiares. De esta manera, permanezco anestesiado al observar la responsabilidad de Shu-Fen como una madre que carga con la presión de las deudas del restaurante mientras intenta criar a sus hijas; la antipatía de I-Ann como una posadolescente impulsiva preocupada por un embarazo mientras discute con su madre; la inocencia de I-Jing como una niña ingenua que tiene de mascota a una suricata y teme usar su mano izquierda por los consejos del abuelo tradicionalista; las discusiones que sostiene Shu-Fen con sus hermanas y su madre en el seno de una familia pudiente. A pesar de que avanza con ritmo fluido en su primera mitad, hacia el clímax se incurre en giros melodramáticos que rozan lo convencional, como revelaciones abruptas de parentesco y confrontaciones que parecen extraídas de un culebrón asiático tradicional cuando se descubre la verdad oculta de la niña y la madre. Por si fuera poco, el conflicto solo funciona como una parábola sobre la maternidad, pero entendido como el quiebre de una madre que busca desesperadamente una manera de solventar los problemas financieros que amenazan con cerrar el negocio, mientras sus hijas arrastran las experiencias de un entorno familiar disfuncional que condiciona sus respectivos comportamientos. Esta síntesis discursiva interroga la especificidad taiwanesa arraigada en las tensiones entre tradición y modernidad, el patriarcado y la resiliencia femenina en una sociedad tradicionalista que "margina" a las mujeres, pero permanece casi siempre en un aparato situacional algo simplista que suele colocar a la madre de clase trabajadora, en más de una ocasión, en el lugar de la víctima que no puede huir de la desdicha personal heredada de las tragedias del pasado intergeneracional de su familia. La actuación de Tsai, al menos, es particularmente aceptable cuando comunica, con la mirada y los gestos, las expresiones de una madre que lucha contra las adversidades económicas para mantener a sus hijas. Shih-Yuan Ma aporta, por su parte, aporta algo creíble al interpretar a una joven fogosa que está enfadada con el mundo, logrando mucha química al lado de Nina Ye como la niña dulce y confundida que roba con su mano. Con ellas, Tsou encuadra todo con una estética que subraya la dinámica familiar a través del primer plano, el plano general y el encuadre móvil, a veces con la cámara en movimiento de un iPhone que captura el paisaje caótico y luminoso de los mercados nocturnos en el ajetreo cotidiano de la ciudad —comida callejera, bullicio de motos y luces neón—. Nada de esto evita, sin embargo, que su drama frecuente lugares comunes sobre la vida familiar asiática.



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Ficha técnica
Título original: Left-Handed Girl (Zuopiezi nuhai)
Año: 2025
Duración: 1 hr. 48 min.
País: Taiwán
Director: Shih-Ching Tsou
Guion: Sean Baker, Shih-Ching Tsou
Música: 
Fotografía: Ko-Chin Chen, Tzu-Hao Kao
Reparto: Janel Tsai, Nina Ye, Shi-Yuan Ma, Blaire Chang, Huang Teng-Hui, Akio Chen, Brando Huang
Calificación: 6/10