Saturday Night
Saturday Night: La noche que cambió la comedia es una película de Jason Reitman que intenta narrar, en cierta medida, la historia de la noche del estreno de Saturday Night el 11 de octubre de 1975 —más tarde conocido como Saturday Night Live—, el histórico programa de variedades y comedia estadounidense que es transmitido en vivo desde Nueva York por la cadena NBC de forma ininterrumpida desde hace varias décadas. Su metraje de casi dos horas me hace razonar lo suficiente como para saber que Reitman consigue cierta autenticidad mostrando los orígenes de Saturday Night Live con algunos sketches del amplio reparto, pero me da la sensación de que la narrativa es algo dúctil y se habla más de lo necesario detrás de cámaras. 


La trama sigue durante una noche a Lorne Michaels, un productor novato que prepara la emisión del primer episodio de Saturday Night Live, pero cuya preparación choca con un plató caótico plagado de incidentes por la rebeldía de los comediantes del elenco y la indiferencia del equipo técnico. 


En general, la premisa posee un arranque interesante que, en un principio, me llama la atención por la manera en que se narra el barullo sobre las claves de la comedia dramática y la biografía histórica para situar el contexto en el que se desarrolla el asunto. Sin embargo, el guion no se toma en ningún momento la molestia de desarrollar a los personajes lejos de las motivaciones que justifican su presencia y, a menudo, opta por reducir las acciones de ellos a una serie de situaciones predecibles que nunca escapa de la circularidad de diálogos a puerta cerrada sobre inquietudes profesionales de último minuto. 


Por tal razón, no me queda mas remedio que permanecer bajo una abulia que se prolonga con los dilemas de Michaels para para poner las cosas en orden y convencer a los ejecutivos de la viabilidad del show; los chistes de Chevy Chase en los camerinos para burlarse de sus colegas con cierta arrogancia; la alienación de John Belushi que causa problemas para adaptarse; la inexperiencia de los técnicos que operan las cámaras y las pantallas; la decepción de Jim Henson por la forma en que los guionistas rechazan su segmento de los Muppets; los chistes racistas de Garrett Morris antes de cuestionar al grupo de comediantes; las sugerencias de Rosie Shuster para mejorar las escenas cómicas; las dudas del jefe David Tebet sobre la rentabilidad de un show de comedia. Las escenas parecen repetirse en una rutina de discusiones, acuerdos, consejos y monólogos, sin ningún tipo de giro o sorpresa detrás de las dinámicas de los personajes. 


Al margen de las debilidades narrativas, las actuaciones del reparto me parecen particularmente decentes retratando a los célebres comediantes de la tropa del primer SNL, destacándose Gabriel LaBelle, Dylan O'Brien y, muy especialmente, Cory Michael Smith, que se roba unas cuantas escenas interpretando a Chase con su característico humor negro. 


Con el amplio reparto de actores, Reitman elabora un comentario sobre la crisis creativa y los riesgos de producción de los show televisivos, pero, además, deposita algunas de sus virtudes en la puesta en escena a través del diseño de vestuario, la auténtica reproducción del estudio en la época y, asimismo, el uso dinámico del encuadre móvil que se manifiesta con el plano secuencia de una cámara en perpetuo movimiento manejada por la fotografía solvente de Eric Steelberg, que además capta a plenitud las atmósferas del set televisivo. 


Técnicamente, Reitman permite que la película se vea pulida desde la superficie, pero detrás del acabado no puede evitar los tropiezos narrativos que le quitan la gracia a su propuesta cómica sobre el origen de SNL, quedando más bien como un anuncio publicitario por el 50 aniversario.



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Ficha técnica
Título orig43
Duración: 1 hr. 49 min.
País: Estados Unidos
Director: Jason Reitman
Guion: Gil Kenan, Jason Reitman
Música: Jon Batiste
Fotografía: Eric Steelberg
Reparto: Gabriel LaBelle, Dylan O'Brien, Cory Michael Smith, Lamorne Morris, Rachel Sennott, Cooper Hoffman, Matt Wood, J.K. Simmons, Willem Dafoe
Calificación: 5/10


El palacio

La última película de Roman Polanski, El palacio, supone para mi entendimiento un lamentable descenso en la trayectoria de un cineasta que en su momento supo construir narrativas complejas, incluso con algunos de sus tropiezos de su filmografía. Aquí Polanski, que pasa de los 90 años, intenta volver a la zona de lo satírico. Pero los 100 minutos que tarda en completarse me hacen pensar lo suficiente como para saber que, por desgracia, es la peor película que he visto de Polanski, una comedia negra que satiriza a la élite adinerada de una manera plomiza y particularmente aburrida, como un chiste de mal gusto contado por un borracho en una fiesta navideña. 


La trama, ambientada en la Nochevieja de 1999 en el lujoso hotel Gstaad Palace en Suiza, sigue los dilemas del gerente Hansueli Kopf para poner los preparativos en orden a medida que llegan los ricos invitados de la alta sociedad para hospedarse en las habitaciones, pero cuya administración se ve afectada por los sucesos absurdos y los caprichos de los clientes que lo obligan a tomar medidas para mantener la reputación de cinco estrellas. 


En términos generales, Polanski arregla esta premisa sobre su poética de lo repulsivo para estructurar la narrativa, a menudo construyendo todo bajo las fórmulas de la comedia satírica para interrogar la absurdidad de las costumbres mundanas. Sin embargo, pierde la farsa porque su guion descuida el desarrollo de los personajes más allá de las motivaciones que solo funcionan como excusa para justificar su presencia, además de que reduce las acciones de todos ellos a una serie de viñetas inconexas que, por añadidura, mantiene las situaciones girando sobre los delirios de los huéspedes excéntricos y las labores del personal del hotel. 


En este sentido, cada episodio se muestra de una manera burda que le quita la gracia al asunto entre los deseos de un rico magnate nonagenario que celebra su primer aniversario de bodas con su gorda esposa; un cirujano plástico famoso por desfigurar los rostros de sus pacientes; los gánsteres rusos que se alojan con prostitutas mientras miran por TV la dimisión de Boris Yeltsin y el traspaso de poder a Vladimir Putin; la lascivia de una marquesa que adora a su perro más que a los humanos; la soberbia de un dandi norteamericano que alardea de su "riqueza" y busca hacer negocios con un banquero. 


Las desventuras caóticas de las escenas muestran vicios, lujos, vómitos, mentiras, sexo, muerte, secretos, fiestas, pingüinos. Hasta se habla de esquemas financieros relacionados con el bug Y2K. Pero la ausencia de arcos coherentes convierten el barullo en una sucesión de sketches disparejos que carecen de humor. 


Polanski solo utiliza el retrato coral con el propósito, supongo, de dialogar con cierta ironía sobre la fragilidad de las estructuras de poder europeas, entendido como la reunión de los burócratas corruptos y los empresarios corporativos que, con sus prácticas repulsivas, son los artífices de la decadencia europea financiada con capitalismo clientelar, donde la vacuidad de la riqueza opera como un telón de fondo para señalar a los culpables de la Unión Europea. Su crítica social tiene cierta veracidad al cuestionar, desde el contexto del 2000, a los responsables de la tercermundización, la islamización, la inmigración masiva y la crisis de identidad que actualmente destruye las sociedades europeas bajo el pretexto de "derechos humanos". El problema de su discurso es que es demasiado tibio como para tomarlo en serio. 


Al margen de estos inconvenientes, descubro actuaciones aceptables de Oliver Masucci y John Cleese, sobre todo al mostrar a sus personajes absurdos como caricaturas de la debacle moral. 


Desde el punto de vista técnico, la dirección de Polanski deposita ligeras virtudes en los decorados ampulosos de la dirección de arte y en la fotografía de Pawel Edelman que recurre a tonos cálidos y colores saturados para acentuar la fealdad del entorno artificial del hotel. Estos elementos, sin embargo, no son suficientes para elevar su propuesta de vulgaridad gratuita y comicidad abúlica.



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Ficha técnica
Título original: The Palace
Año: 2023
Duración: 1 hr. 40 min.
País: Italia
Director: Roman Polanski
Guion: Roman Polanski, Jerzy Skolimowski, Eva Piaskowska
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Pawel Edelman
Reparto: Oliver Masucci, Fanny Ardant, John Cleese, Joaquim de Almeida, Bronwyn James, Luca Barbareschi, Mickey Rourke
Calificación: 4/10

The Mandalorian and Grogu

The Mandalorian and Grogu, la esperada incursión cinematográfica de la exitosa serie de Disney+, dirigida nuevamente por Jon Favreau, representa para mi gusto una oportunidad desaprovechada para expandir las posibilidades del universo de Star Wars. La experiencia que obtengo por pasar dos largas horas consumiendo su metraje me induce a pensar lo suficiente como para poner en duda el futuro de la franquicia creada por George Lucas porque, a decir verdad, es la película de Star Wars más aburrida que he visto, como un episodio largo y predecible de TV que se pierde a medio camino en la galaxia lejana. 


La trama sigue al cazarrecompensas Din Djarin, también conocido como el Mandaloriano, y su pequeño hijo adoptivo Grogu, en los días que trabajan para la Nueva República dando caza a los señores de la guerra imperiales, pero cuyos objetivos cambian cuando el Mandaloriano acepta la misión de la comandante Ward para encontrar al misterioso Comandante Coin que trabajaba para El Imperio, algo que también lo lleva a aceptar una misión secundaria de los gemelos Hutt —hermanos y sucesores del fallecido señor del crimen Jabba— para rescatar al hijo y heredero de Jabba, Rotta, del planeta Shakari a cambio de información. 


En general, el arranque se activa sobre los mecanismos habituales de la fórmula de la saga, sobre los marcos genéricos de la aventura fantástica y la ciencia ficción de ópera espacial que sirven para justificar el viaje de los personajes por planetas para resolver el conflicto. Sin embargo, el guion no se toma la molestia de ampliar el desarrollo de los personajes más allá de las motivaciones previamente establecidas que sustentan sus acciones y opta, a menudo, por una estructura episódica dilatada que parece más un capítulo extendido de la serie televisiva, repleto de situaciones rutinarias que reducen el asunto a viajes interestelares y diálogos expositivos que solo repiten trivialidades. 


En este sentido, la repetición estropea el relato en la misión de Djarin para salvar al cautivo Rotta en medio de combates de gladiadores en una arena de lucha propiedad del capo Janu; la persecución en la que Djarin y Grogu capturan a Janu con ayuda de Rotta antes de escapar en su nueva nave; la emboscada nocturna en la que Djarin es atacado y capturado mientras Grogu lo persigue para ayudarlo con el uso de la Fuerza. El barullo, por añadidura, recicla tropos sin ofrecer giros significativos ni una exploración más profunda del lore en sus temas sobre paternidad, redención y lealtad; además de que las revelaciones supuestamente impactantes se anticipan con facilidad y el clímax carece de cualquier rastro de recompensa. 


La primera mitad trata de la ética del deber del Mandaloriano que se repite entre peleas con armas y persecuciones a alta velocidad junto a su "hijo" Grogu. La segunda mitad, en cambio, muestra la valentía de Grogu para valerse por sí mismo al rescatar a su "padre" herido usando su astucia; pero sus apariciones están calculadas para provocar momentos tiernos prefabricados que intentan vender su ternura como un recurso casi publicitario. 


Al margen de estos tropiezos, Pedro Pascal cumple con su rol al interpretar al enigmático cazarrecompensas con armadura, valiéndose de dobles para las escenas de riesgo con el traje, pero se ve limitado por un guion que no permite explorar otros matices psicológicos de su personaje, quedando como una figura de acción plana. 


La dirección de Favreau suele depositar algunas cosas aceptables en el diseño de producción y los efectos visuales que de alguna forma mantienen el estándar elevado de ILM, aunque no se preocupa por añadir algo de fuerza a las numerosas secuencias de acción que sufren de una coreografía errática, como si fuera el producto de la inteligencia artificial. El empeño de Favreau, junto a la banda sonora olvidable de Ludwig Göransson, pone de manifiesto las debilidades de esta película aburridísima de Star Wars, que parece haber sido realizada bajo las presiones corporativas de Disney.



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Ficha técnica
Título original: Star Wars: The Mandalorian and Grogu
Año: 2026
Duración: 2 hr. 12 min.
País: Estados Unidos
Director: Jon Favreau
Guion: Jon Favreau, Dave Filoni, Noah Kloor
Música: Ludwig Göransson
Fotografía: David Klein
Reparto: Pedro Pascal, Sigourney Weaver, Jonny Coyne, Hemky Madera, Jeremy Allen White (voz), 
Calificación: 3/10
¿Dónde está Anne Frank?

¿Dónde está Ana Frank? es una película animada que constituye, en cierta medida, el regreso del cineasta israelí Ari Folman al cine de animación tradicional tras Vals con Bashir (2008) y El congreso (2013). Con una duración aproximada de 99 minutos, supone para mí una película animada que goza en la superficie de una animación bonita en su enfoque fantástico, pero cuya narrativa anodina avanza como un tren hacia la nada al frecuentar lugares comunes para esbozar su comentario sobre la memoria histórica y la vigencia del antisemitismo, dejándome con la sensación de que la premisa pierde el rastro de originalidad por los afanes progresistas que intentan actualizar el legado de Ana Frank. 


La trama sigue a Kitty, la amiga imaginaria a quien Ana dirigía su diario, quien despierta en un futuro cercano en Ámsterdam para buscar a su creadora, desconociendo su trágico destino en el Holocausto, mientras lee el manuscrito varias veces para saber lo que sucedió y trata de adaptarse a la vida moderna al conocer a un chico inmigrante. 


En general, la narrativa se estructura de una manera que me llama la atención, en un principio, cuando entremezcla secuencias del pasado familiar de Ana con la odisea de Kitty en el presente. Sin embargo, esta lógica estructural carece de cohesión porque, entre otras cosas, el guion reduce a los personajes a figuras vacías sin ningún tipo de desarrollo lejos de las motivaciones superficiales que impulsan la acción y, a menudo, mantiene el conflicto sobre una circularidad de situaciones rebuscadas sobre los testimonios originales, como un resumen simplificado del diario que solo sirve para justificar la presencia de la pelirroja imaginaria. 


De esta manera, la construcción narrativa abandona su complejidad al reiterar las visitas al pasado cuando Kitty recuerda los eventos registrados como si Ana le hablara mientras escribía; la huida de Kitty cuando escapa con el diario y recibe ayuda de un joven carterista que la oculta de la policía; la permanencia de Kitty en un apartamento para refugiados; la desilusión de Kitty al conocer el destino de Ana en Bergen-Belsen. 


Desde el punto de vista conceptual, el barullo de Kitty solo funciona para elaborar un discurso sobre la inmigración, el antisemitismo y la memoria histórica, que se entiende como la búsqueda de la verdad de una joven judía que encuentra paralelismos entre el pasado y el presente a partir de su relectura de Ana Frank. Esto es de por sí problemático porque, para empezar, su intertextualidad equipara los horrores sistemáticos del nazismo con los desafíos migratorios actuales de Europa, mientras blanquea la especificidad del genocidio judío con una ética que roza el oportunismo político, que convierte la tragedia en una aventura fantástica que relativiza su unicidad histórica y, asimismo, trivializa el sufrimiento de millones de víctimas. 


Este texto suavizado fomenta una comprensión didáctica del Holocausto que ilustra una versión edulcorada con obviedades antibelicistas, pero, además, se torna terriblemente maniqueo al reducir el asunto a los tópicos progresistas sobre inmigración claramente derivados del marxismo cultural, que divide a los personajes en binarios simplistas: víctimas puras —refugiados, marginados, inmigrantes irregulares— frente a victimarios —instituciones europeas, controles fronterizos, sociedades receptoras—, legitimando así el testimonio de Ana Frank como un vehículo para una agenda ideológica, de ese activismo migratorio que promueve una idea de opresión perpetua donde las sociedades occidentales ocupan el lugar de opresores y los oprimidos son los migrantes. 


A pesar de estos problemas discursivos, Folman maneja de forma correcta algunas de las virtudes suyas del cine animación, que se depositan en el diseño de los personajes y en la inventiva visual de los escenarios —especialmente en las secuencias oníricas y en la representación etérea de Kitty—, donde suele construir atmósferas que alternan entre los paisajes dantescos, la modernidad grisácea y los contrastes de color en ámbitos urbanos. Estos elementos, por desgracia, no consiguen evitar el descenso al abismo de una película animada pueril y esquemática sobre la niña judía más famosa de la historia.



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Ficha técnica
Título original: Where Is Anne Frank
Año: 2021
Duración: 1 hr. 39 min.
País: Bélgica
Director: Ari Folman
Guion: Ari Folman
Música: Ben Goldwasser, Karen O
Fotografía: Tristan Oliver
Reparto (voces): Emily Carey, Ruby Stoke, Sebastian Croft, Michael Maloney
Calificación: 5/10
12:08 al este de Bucarest

12:08 al este de Bucarest es una película que constituye, en cierta medida, la ópera prima de Corneliu Porumboiu, galardonada con la Cámara de Oro en Cannes como pieza del Nuevo Cine Rumano. En apenas 85 minutos Porumboiu la dirige con un estilo austero que a veces recurre al humor seco, pero su retrato satírico es algo regular cuando interroga la memoria y la fragilidad de la verdad histórica, dejándome con la sensación de que su narrativa solo funciona para colgar un texto sociopolítico que, a fin de cuentas, no cuenta nada relevante en sus enunciados historicistas. 


El argumento sigue a Virgil Jderescu, el director de una cadena de televisión local que busca organizar un programa de entrevistas en directo sobre la caída del dictador socialista Nicolae Ceaușescu en diciembre 1989 con dos invitados: Tiberiu Manescu, un profesor de historia alcohólico que dice haber sido revolucionario; y Emanoil Piscoci, un anciano paranoico que en aquel entonces solía disfrazarse de Moș Gerilă. 


En términos generales, la narrativa establece la premisa con un arranque algo interesante que me mantiene atento a las reflexiones de los tres personajes. Sin embargo, el guion adolece de irregularidades narrativas que, por añadidura, se manifiestan en el escaso desarrollo de los personajes, quienes a menudo solo son mostrados para rellenar unas escenas que se reducen a la ironía calculada, sin profundizar mucho en ellos lejos de las situaciones acomodaticias arregladas por los diálogos a puerta cerrada. 


Por tal razón, soy incapaz de sentir algo cuando observo la rutina cotidiana que se reparte entre los inconvenientes del jubilado Piscoci para encontrar un traje adecuado para el programa; la visita de Manescu al bar antes de su jornada como profesor frente a los estudiantes; la irritabilidad de Jderescu como el presentador del programa; la transmisión del programa navideño en la que los entrevistados ofrecen testimonios contradictorios mientras los telespectadores llaman por teléfono para poner en duda lo que dicen. 


La larga escena del show televisivo solo sirve como imagen-texto para sintetizar en la superficie un discurso sobre las fragilidades de la memoria individual y la corrupción posrevolucionaria, entendido como las anécdotas tergiversadas de individuos traicionados por los recuerdos de la apatía social y la inacción política en el pasado que les impide razonar adecuadamente sobre el relato oficial en la banalidad del presente. Este discurso es problemático porque, entre otras cosas, tiende a caer en un maniqueísmo que halla su debilidad cuando blanquea las responsabilidades de la izquierda comunista al presentar a sus antiguos partidarios o beneficiarios socialistas como figuras patéticas pero inofensivas, mientras ridiculiza cualquier posición asociada a la derecha conservadora o al escepticismo anticomunista. El revisionismo sobre la caída de Ceaușescu es evidente: se omite la brutalidad del régimen y se reduce el evento a una cuestión casi folclórica de si existió realmente una revuelta popular en la plaza del pueblo antes de las 12:08 —momento en que Ceaușescu huyó de Bucarest—, eludiendo cuestionar la represión, la Securitate, la crisis económica y las manipulaciones que permitieron una transición controlada; cayendo en una aproximación sesgada que simplifica la complejidad histórica en un esquema binario que favorece una lectura condescendiente hacia el pasado comunista. 


Al margen de esta síntesis discursiva, las interpretaciones de los actores poseen cierta naturalidad en sus respectivos papeles, destacándose Teodor Corban como el presentador temperamental. 


La estética de Porumboiu suele encuadrar a los tres actores en una puesta en escena que deposita sus virtudes en el uso del plano fijo, la elipsis, el sobreencuadre, el encuadre móvil, el fuera de campo, el sonido diegético y, asimismo, las panorámicas que captan con su iluminación grisácea las atmósferas urbanas de una ciudad austera, fría y solitaria. Estéticamente, estos elementos patentizan la honestidad formal del director para satirizar la absurdidad de la condición humana en contextos de cambio histórico de Europa del Este, pero, por desgracia, no evitan que la farsa tropiece, en más de una ocasión, sobre sus propias pretensiones.



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Ficha técnica
Título original: 12:08 East of Bucharest (A fost sau n-a fost?)
Año: 2006
Duración: 1 hr. 29 min.
País: Rumanía
Director: Corneliu Porumboiu
Guion: Corneliu Porumboiu
Música: Rotaria
Fotografía: George Dascalescu, Marius Panduru
Reparto: Mircea Andreescu, Teodor Corban, Ion Sapdaru, Luminita Gheorghiu
Calificación: 6/10
Mortal Kombat II

La secuela Mortal Kombat II, dirigida nuevamente por Simon McQuoid, llega a las salas con la promesa de continuar la senda violenta y fantástica de Mortal Kombat (McQuoid, 2021), en un intento de capturar la esencia de la popular franquicia de juegos de pelea creada por Ed Boon y John Tobias. Pero, al igual que la predecesora, no me parece otra cosa que una secuela enormemente aburrida, que solo me produce un fatality de bostezos con su sosería de peleas predecibles y personajes artificiales eliminados en el primer round, donde paso cerca de dos horas con la sensación de que estoy viendo un ejercicio de ruido y furia sin sustancia narrativa que no pretende terminarse nunca para llegar a los créditos. 


En esta ocasión, la trama sigue a Lord Raiden y su equipo cuando convencen al actor caído en desgracia Johnny Cage para que luche como su quinto peleador junto a Sonya Blade, Liu Kang, Jax Briggs y Cole Young con el fin de defender al Earthrealm en el nuevo torneo de combates mortales arreglado por el emperador Shao Kahn, mientras la princesa Kitana busca vengarse por la muerte de su padre con la ayuda de su compañera Jade. 


En general, la premisa se ajusta a la fórmula empleada por la antecesora, en la que el conflicto principal es solo una excusa para impulsar las peleas sangrientas basadas en la fantasía, la acción y la aventura de artes marciales que se halla en los juegos. Sin embargo, el guion presenta una trama genérica y carente de originalidad que despoja a los personajes de cualquier desarrollo lejos de las motivaciones insulsas que hay detrás de sus acciones, donde todo lo que hacen se reduce a una sucesión de combates interconectados por diálogos expositivos torpes que parecen sacados de un prompt de ChatGPT. 


En este sentido, soy incapaz de salir del aburrimiento que me provoca la pelea de Sonya contra Sindel; la negativa de Johnny cuando es teletransportado para luchar contra Kitana; la misión de los guerreros del Earthrealm para salvar a Raiden y recuperar el amuleto robado por los secuaces de Shao Kahn; el enfrentamiento entre Liu Kang y Kung Lao; la pelea final en la que los guerreros unidos tratan de derrotar al inmortal jefe para restaurar el orden. Hay conversaciones, peleas, violencia explícita y mucha gratuidad. 


El barullo alterna entre secuencias de acción y momentos de relleno que intentan ampliar la mitología en una serie de subtramas innecesarias, donde las reglas del torneo y los reinos se explican de manera apresurada, mientras en la superficie se adopta un enfoque simplista que redunda demasiado sobre temas como el honor, la venganza y el destino, con ese tufillo progresista que coloca a las guerreras en los roles de heroínas feministas al servicio de lo woke. 


En el apartado interpretativo, el elenco ofrece actuaciones desiguales que se toman la molestia, al menos, de mostrar algo de pericia física en las secuencias de artes marciales, pero interpretan a personajes que carecen de un arco interesante y se limitan a cumplir funciones argumentales sin evolución personal. La introducción de Cage, interpretado por Karl Urban, me genera cierta expectativa inicial porque provee un poco de alivio cómico con su arrogancia, pero incluso este carismático actor se ve limitado por un guion que lo muestra como un debilucho que solo hace chistes con sus gafas y poses heroicas vacías. 


La dirección de McQuoid revela las mismas limitaciones que en la entrega anterior, optando por coreografías de pelea que se repiten hasta el hartazgo sin ningún tipo de gancho; donde los golpes, las patadas y los saltos de los personajes se sienten erráticos en medio de los escenarios en CGI que parecen generados por inteligencia artificial. Como resultado, su película confirma que la saga cinematográfica continúa luchando por encontrar un acercamiento propio más allá de los fatalities y los combates genéricos arreglados por el fan service.



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Ficha técnica
Título original: Mortal Kombat II
Año: 2026
Duración: 1 hr. 56 min.
País: Estados Unidos
Director: Simon McQuoid
Guion: Jeremy Slater
Música: Benjamin Wallfisch
Fotografía: Stephen F. Windon
Reparto: Karl Urban, Adeline Rudolph, Jessica McNamee, Ludi Lin, Tadanobu Asano, Hiroyuki Sanada, Josh Lawson, Tati Gabrielle, Mehcad Brooks, Martyn Ford
Calificación: 3/10

Diner

Barry Levinson debutó como director de cine con Diner, una película ambientada en su natal Baltimore que establece desde temprano los temas que constituyen su filmografía de los años 80, con esa vibra feel good de personajes que simbolizan, con cierta nostalgia, la cultura del American Way of Life. Por alguna razón, sus escenas me dejan con la sensación de que, a pesar de la química del reparto encabezado por Steve Guttenberg y Mickey Rourke, es una comedia dramática de Levinson que se vuelve bastante aburrida cuando se convierte en un ejercicio de conversaciones episódicas sobre la cotidianidad adulta, tan plano como la superficie de una mesa de restaurante. 


El argumento, ubicado durante los últimos días de 1959, sigue las vidas de Modell, Eddie, Billy, Shrevie, Boogie y Fenwick, un grupo de amigos en sus veinte años que enfrentan la transición a la adultez, mientras asisten a un baile navideño antes de ir en coche a su lugar habitual de reunión nocturna, el Fell's Point Diner. 


En general, la premisa tiene un arranque algo interesante cuando se esquematiza sobre las fórmulas de la comedia dramática sobre jóvenes veinteañeros buscando un propósito, en una estructura episódica que muestra las actividades variadas de cada de uno de ellos. Sin embargo, el guion atropella el desarrollo de los personajes y opta, a menudo, por mantenerlos en una serie de situaciones acomodaticias que, por lo regular, se reducen a las reuniones de los compañeros en un diner local y diálogos a puerta cerrada sobre inquietudes, sin dejar un espacio para profundizar en el cuadro psicológico detrás de sus acciones. 


Esto hace que se pierda el pulso dramático entre la preocupación de Boogie como peluquero luego de perder una apuesta y coquetear con distintas mujeres; las discusiones de Shrevie con su esposa Beth por su colección de discos de vinilo; las inseguridades del bromista Fenwick para adaptarse a la adultez en medio de privilegios y problemas; los intentos de Billy poner las cosas en orden en la estación de televisión al discutir con su prometida; las habladurías de Eddie mientras prepara su boda. La principal debilidad radica en que su narrativa anula cualquier pretensión de trama. No existe un conflicto central que impulse la historia ni un arco dramático significativo. 


Las escenas, por añadidura, consisten principalmente en diálogos sobre fútbol, música, películas, apuestas y mujeres, con breves interludios de anécdotas juveniles. Esta estructura “sobre nada”, inspirada quizá en el realismo conversacional, me resulta tediosa porque carece de fuerza dramática para conocer más sobre los personajes que presenta, dejándolos como figuras triviales en una circularidad de pretensiones de autenticidad que, entre otras cosas, se disuelve en una rutina nostálgica que prioriza el "hangout” sobre cualquier exploración significativa de la amistad y la transición al mundo adulto, donde Diner metaforiza la melancolía del fin de la juventud que se resiste a abandonar la inmadurez y los temores que nublan las aspiraciones personales. 


Los personajes son interpretados por un elenco joven que, además de Rourke y de Guttenberg, también incluye a Daniel Stern, Kevin Bacon, Tim Daly y Paul Reiser, pero permanecen en gran medida como esbozos superficiales, ya que sus dilemas —matrimonio inminente, deudas de juego, dudas existenciales— se abordan de manera tangencial cuando adoptan comportamientos predecibles y poco convincentes. 


A pesar de estas irregularidades, la dirección de Levinson es funcional cuando deposita sus mayores virtudes en el diseño de vestuario, la auténtica reproducción de la época de los 50, y, ante todo, las atmósferas urbanas fotografiadas por la cámara de Peter Sova que me permiten sentir las calles, los vecindarios y los coches con una particular atención a los detalles en las escenas nocturnas. La banda sonora, de igual modo, incorpora su música con cierto alcance melancólico en la escena final. Técnicamente, estos elementos le conceden una cualidad decente dentro de sus irregularidades, pero, en última instancia, son insuficientes para añadirle sustancia al retrato generacional de los baby boomers.



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Ficha técnica
Título original: Diner
Año: 1982
Duración: 1 hr. 50 min.
País: Estados Unidos
Director: Barry Levinson
Guion: Barry Levinson
Música: Bruce Brody, Ivan Král
Fotografía: Peter Sova
Reparto: Steve Guttenberg, Mickey Rourke, Daniel Stern, Kevin Bacon, Tim Daly, Ellen Barkin
Calificación: 5/10