¡Ayuda!

¡Ayuda! es una película que supone, dicho sea de paso, el retorno de Sam Raimi a la zona de confort del terror. En cierta medida, encuentro que es una comedia negra de terror que goza de un arranque atrapante con la química entre Rachel McAdams y Dylan O'Brien, pero luego pasa a un territorio irrescatable que no se salva de frecuentar lugares comunes en su asunto sangriento sobre supervivencia y empoderamiento femenino. La trama sigue a Linda Liddle, una empleada competente del Departamento de Planificación y Estrategia de una empresa que, luego de ganarse un ascenso en su empleo y de ser maltratada en la oficina por su jefe sexista llamado Bradley Preston, sobrevive a un accidente de avión que la deja varada en una isla remota del archipiélago tailandés, donde pone a prueba sus habilidades de supervivencia para mantenerse con vida y debe lidiar, además, con la presencia del insoportable Bradley, que también consigue sobrevivir con su ayuda. En términos generales, esta narrativa tiene un comienzo algo original cuando se arregla sobre las fórmulas del terror psicológico y la comedia negra características de Raimi, donde unos personajes permanecen atrapados en un lugar peligroso que los conduce a la autodestrucción. El problema, no obstante, es que el guion atropella el desarrollo de los personajes al mantenerlos colocados, a menudo, en una serie de situaciones rutinarias que no se desprende de los giros facilones ni de las conversaciones banales que tratan de impulsar la superficie del conflicto desembocado sobre un enfrentamiento psicológico y físico violento. En este sentido, no puedo evitar quedarme abúlico ante algunas de las escenas que muestran la destreza de Linda como una mujer empoderada que sobrevive como cazadora y recolectora en la isla desierta; la actitud pusilánime de Bradley como un hombre oportunista que depende de Linda para recuperarse de sus heridas; la cacería en la que Linda mata a un jabalí con una lanza de madera; los encontronazos entre Linda y Bradley que obliga a ambos a luchar de forma desesperada para sobrevivir mientras aumenta la desconfianza; el dominio que ejerce Linda con cuchillo en mano sobre Bradley mientras prepara la comida y ordena la choza. A medida que avanza, se torna un poco reiterativa porque, entre otras cosas, las acciones de los personajes se subordinan a un discurso sobre dinámicas laborales, políticas de género y empoderamiento femenino, desde la perspectiva de una mujer decidida que invierte la dinámica de poder del dominio patriarcal, donde el espacio de la selva metaforiza el individualismo acelerado del mundo corporativo capitalista que traslada los aspectos de la naturaleza humana al territorio económico, en el que literalmente todos buscan salvar su pellejo a como dé lugar. Esta exploración de dinámicas tóxicas en la esfera laboral deriva hacia una escalada de violencia gratuita que se percibe como un exceso misándrico de falacias feministas. Al margen del comentario, la actuación de McAdams me resulta orgánica cuando emplea su pericia física y su amplia versatilidad expresiva para interpretar a Linda como una mujer frustrada y meticulosa que, debajo de la contención y de su aspecto descuidado, oculta el resentimiento legítimo causado por los abusos psicológicos de sus relaciones pasadas con los hombres. O’Brien, por su parte, construye un antagonista detestable y creíble, aunque es mayormente mostrado como un hombre inútil. La química entre ambos sostiene el metraje y permite que los diálogos irónicos funcionen como el combustible cómico de sus motivaciones. Raimi los encuadra en una puesta en escena estilizada en la que hay sobreabundancia de gore y slapstick sádico, organizada sobre un uso notable del encuadre móvil, el primer plano, la elipsis, el fuera de campo y los efectos visuales CGI que a veces adornan los escenarios tropicales fotografiados por Bill Pope. La música de Danny Elfman, de igual modo, se incorpora adecuadamente con su orquestación. Estos elementos, por desgracia, no logran elevar el tono irregular de su premisa absurda y genérica sobre una pareja enfrentada en la isla perdida.



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Ficha técnica
Título original: Send Help
Año: 2026
Duración: 1 hr. 53 min.
País: Estados Unidos
Director: Sam Raimi
Guion: Damian Shannon, Mark Swift
Música: Danny Elfman
Fotografía: Bill Pope
Reparto: Rachel McAdams, Dylan O'Brien, Edyll Ismail, Dennis Haysbert, Xavier Samuel
Calificación: 6/10
Muerto por un dólar
Muerto por un dólar es una película de Walter Hill que representa, dicho sea de paso, un intento por acercarse a las fórmulas tradicionales del western con toques revisionistas, como el director lo ha hecho en varias ocasiones durante su carrera en otras cintas. Con un metraje de más de una hora y media, me parece un western cutre, convencional, enormemente aburrido, que carece de pólvora y cabalga a un ritmo errático con los forajidos que interpretan Christoph Waltz y Willem Dafoe. La trama se ubica a finales del siglo XIX y sigue a Max Borlund, un cazarrecompensas legendario que es contratado para traer de regreso a la esposa de un empresario rico presuntamente secuestrada por un negro en un pueblo fronterizo, mientras se enfrenta a un peligroso pistolero que busca venganza llamado Joe Cribbens. En términos generales, la narrativa se arregla sobre la fórmula tradicional del western revisionista, en la que un cazarrecompensas con un pasado oscuro emprende una misión a caballo con un compañero para rescatar a la dama en peligro en medio de la ambigüedad moral de un poblado sin ley marcado por la corrupción. El problema, sin embargo, es que el guion no se toma la molestia de desarrollar a los personajes fuera de los esquemas descriptivos y opta por mostrarlos, a menudo, sobre una circularidad de situaciones predecibles que siempre permanece estacionada sobre los facilismos que retrasan la acción y los diálogos expositivos que solo sirven para intentar dimensionar las motivaciones de cada uno de ellos. De esta manera, solo permanezco impávido al deducir fácilmente lo que sucede con la tarea de búsqueda de Borlund para rastrear a la mujer llamada Rachel Kidd por Nuevo México; la relación de Rachel con un desertor negro del ejército llamado Elijah Jones; las conversaciones entre Borlund y el sargento afroamericano Alonzo Poe; las amenazas que recibe Borlund del sádico terrateniente mexicano Tiberio Vargas y el grupo de bandidos que controlan la región; el tiroteo a la hora pautada en el pueblito mexicano donde Borlund se carga a los malos con su rifle Winchester. Hay discusiones en tabernas, actividad a caballo, violencia abrupta, lealtades divididas, recompensas reclamadas y traiciones anticipadas que solo sintetizan las obviedades, de discurso rebuscado que trata de actualizar el western incorporando un revisionismo tibio sobre racismo, inmigración y autonomía femenina. El conflicto central, entre otras cosas, se resuelve prematuramente para luego introducir subtramas que carecen de cohesión y que parecen añadidas con el único propósito de extender la duración innecesariamente. Además, las actuaciones del reparto tienen un desempeño algo mediocre en cuanto a su registro expresivo. Waltz interpreta a Borlund con una monotonía desconcertante: su habitual ironía y precisión verbal se pierde en una actuación apagada, casi ausente de matices como un forajido ético. Dafoe, por su parte, encarna a un villano arquetípico que queda subutilizado sin que se sepa mucho de sus motivos. Rachel Brosnahan consigue un rol más o menos decente como la mujer adúltera que huye de un matrimonio abusivo, a pesar de que se reduce a un símbolo feminista superficial. El resto del elenco cumple funciones sin dejar huella. Y esto se debe a que las escenas de acción, escasas y poco memorables, se solucionan con montaje torpe y efectos de sangre digital que desentonan con el tono pretendidamente genérico del oeste, en una puesta en escena sin inspiración en la que Hill no está dispuesto a invertir en una economía de recursos que lo saque de la zona de confort del plano general, bajo una fotografía de Lloyd Ahern II que se presenta en una estética plana y televisiva, con una paleta sepia de iluminación artificial que apenas logra evocar la aspereza del desierto y la crudeza del paisaje. Esto tiene como resultado, en última instancia, que su western deposite sobre mí la sensación de estar viendo una producción de bajo presupuesto mal disimulada.


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Ficha técnica
Título original: Dead for A Dollar
Año: 2022
Duración: 1 hr. 47 min.
País: Estados Unidos
Director: Walter Hill
Guion: Matt Harris, Walter Hill
Música: Xander Rodzinski
Fotografía: Lloyd Ahern II
Reparto: Christoph Waltz, Willem Dafoe, Rachel Brosnahan, Hamish Linklater, Brandon Scott
Calificación: 4/10
Jujutsu Kaisen 0

Jujutsu Kaisen 0 es una película animada dirigida por Park Sung-hoo que constituye, dicho sea de paso, una adaptación del volumen cero del manga de Gege Akutami. Funciona, por lo tanto, como una precuela de la serie televisiva. Con una duración aproximada de 105 minutos, observo que, en lo particular, su animación tiene cierta pericia técnica en el diseño de personajes y algunas secuencias de acción dibujadas por MAPPA, pero cuya narrativa, debajo de la espectacularidad calculada, me da la sensación de que simplemente carece de la fuerza encontrada en cada episodio de la serie, curiosamente también dirigida por Park hasta su primera temporada. La trama se ubica unos cuantos años antes de la cronología original y sigue a Yuta Okkotsu, un estudiante de preparatoria marcado por el pasado trágico que, luego de causar la muerte de una niña llamada Rika durante un accidente de su infancia, es reclutado por el profesor Satoru Gojo para estudiar en la Escuela de Hechicería de Tokio en 2016, convirtiéndose en un alumno que trata de aprender técnicas especiales junto a sus compañeros —Maki Zen'in,Toge Inumaki y Panda—, mientras intenta controlar la Maldición de Rika que lo posee como espíritu sobreprotector y daña a cualquiera que lo amenace. En general, esta narrativa se estructura sobre la fórmula del anime nekketsu, en la que el adolescente inseguro desarrolla superpoderes antes de enfrentarse a un villano siniestro y megalómano que busca robárselos para seguir con el plan de conquistar el mundo. El problema central, sin embargo, es que el guion estropea el desarrollo conciso del protagonista al optar por reducir sus acciones, a menudo, a una circularidad de situaciones predecibles que nunca abandona los facilismos que hay en los combates fantásticos y en los diálogos expositivos, que en la superficie solo funcionan como excusa para explorar temas de duelo, culpa y redención. De esta manera, algunas de las escenas me mantienen en un lapso de abulia al ver las sesiones de entrenamiento escolar de Yuta junto a sus amigos para volverse más fuerte; las peleas que Yuta sostiene con las maldiciones de distintos niveles que vienen para atacarlo; los planes malévolos de Suguru Geto como hechicero que usa su poder maldito para robar maldiciones y destruir a los humanos con su grupo; la misión de Yuta para frenar al perverso Geto mientras Gojo y otros profesores se enfrentan a las maldiciones invocadas en medio del caos urbano. El arco principal de Yuta pierde su dimensión porque, entre otras cosas, transita por senderos convencionales del género shonen cuando se muestra de una forma apresurada la ascensión de este como un chaval herido por la impotencia que alcanza súbitamente el empoderamiento al mediar sus traumas por la aceptación de la maldición, quedando casi como un personaje de relleno en su propia historia cuando es eclipsado por otros personajes más interesantes como Gojo y Geto. El antagonista, Geto, tiene cierto carisma con su presencia amenazadora como brujo, aunque el poco tiempo que aparece lo dedica para explicar sus motivaciones ideológicas. La falta de cohesión, asimismo, sacrifica profundidad en el desarrollo de varios personajes secundarios, pues cada uno de ellos recibe un tiempo de pantalla suficiente para mostrar sus habilidades, pero sus trasfondos personales quedan esbozados de manera superficial en la construcción de relaciones y conflictos internos, como arquetipos funcionales dentro de la dinámica grupal. A pesar de esto, encuentro solvencia en el diseño de animación, en el que MAPPA entrega, como es habitual, secuencias de acción que lucen impactantes por la fluidez de los movimientos, las texturas de los personajes y los colores atmosféricos de unos escenarios integrados con consistencia por los efectos visuales complejos de la animación digital. La banda sonora, compuesta por Hiroaki Tsutsumi, tiene cierta eficacia al incorporar sus piezas orquestales de rock en algunas escenas. Ninguno de estos elementos, sin embargo, terminan por añadirle pulso emocional a su relato sobre el hechicero de la katana maldita.



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Ficha técnica
Título original: Jujutsu Kaisen 0 (Gekijouban Jujutsu Kaisen 0)
Año: 2021
Duración: 1 hr. 52 min.
País: Japón
Director: Park Sung-hoo
Guion: Hiroshi Seko
Música: Arisa Okehazama, Hiroaki Tsutsumi
Fotografía: Teppei Ito
Reparto (voces): Megumi Ogata, Kana Hanazawa, Mikako Komatsu, Yuichi Nakamura, Koki Uchiyama, Tomokazu Seki
Calificación: 6/10
El camino de regreso

El camino de regreso es una película de Gavin O'Connor que, en cierta medida, trata de buscar las rutas de ese cine deportivo de la vieja escuela arreglado sobre mensajes motivacionales para gente que pasa por etapas difíciles. En lo particular, la hora y cuarenta minutos que dura me hace pensar que, en la superficie, es un drama deportivo bienintencionado sobre culpa y redención, que se beneficia de una actuación sobria de Ben Affleck, pero cuya narrativa, a veces, tropieza con fórmulas genéricas que le quitan fuerza a la moral de su discurso, dejándome con la sensación de que lo que me muestra aquí ya lo he visto antes con mejores resultados. Su argumento sigue la vida de Jack Cunningham, un obrero que está separado de su esposa Ángela y pasa los días colgado al alcoholismo que le impide salir adelante, aunque encuentra una oportunidad para redimirse cuando acepta la oferta de un cura para ser el entrenador del equipo de baloncesto de su antigua escuela secundaria católica, Bishop Hayes. En términos generales, su narrativa comienza con un arranque que, en principio, me mantiene interesado por lo que sucede al presentarse sobre las fórmulas habituales del drama deportivo sobre baloncesto en el que un coach con problemas personales motiva al equipo para alcanzar la victoria. El problema central, no obstante, es que el guion estropea el desarrollo psicológico del protagonista al mantener sus acciones sobre una serie de situaciones predecibles que, a menudo, nunca abandona la rutina de facilismos ni la zona de confort de los diálogos inspiracionales que sirven para explorar su pasado traumático. De esta manera, soy incapaz de sorprenderme al observar la circularidad que se repite sobre la motivación de Jack para entrenar a los jóvenes inadaptados para mejorar en las prácticas y competir en el torneo de baloncesto; la depresión de Jack como un alcohólico que cae en el abismo al beber por las noches en un bar; las estrategias de Jack que resulta en una racha de victorias para los jóvenes jugadores de baloncesto; los intentos de Jack para abandonar el alcohol al seguir los consejos de sus familiares; las frustraciones de Jack cuando habla con su exesposa sobre la pérdida de su hijo fallecido por cáncer. La estructura narrativa se siente convencional y, en ocasiones, forzada por la manera en que se muestran los tropos del cine deportivo: el equipo perdedor que mejora milagrosamente, el entrenador que impone disciplina férrea, los momentos de clímax en los partidos decisivos. Las subtramas relacionadas con los jugadores adolescentes resultan poco desarrolladas, pues los muchachos funcionan solo como espejos del protagonista. A pesar de esto, la interpretación de Affleck me parece algo orgánica cuando interpreta, con la mirada y los gestos sobrios, a un hombre frágil afectado por el dolor, golpeado por recaídas, que se refugia en el alcohol para ocultar su vulnerabilidad y bebe en silencio como castigo por negarse a aceptar la muerte de su hijo pequeño, en unas pocas escenas donde transmite la fatiga física y psicológica del personaje —el rostro hinchado, la postura encorvada, las manos temblorosas— sin recurrir a excesos dramáticos, otorgándole cierta credibilidad a un arco de recuperación que evita los clichés más obvios del género sobre el manager atormentado. Este es aprovechado por O'Connor para encuadrar el asunto del alcohólico anónimo en una puesta en escena algo desequilibrada que intenta balancear, por una parte, las secuencias dramáticas sobre una crisis personal bastante sobria y, por la otra, las secuencias de baloncesto coreografiadas con cierta flojera; bajo un tratamiento atmosférico decente de Eduard Grau que refuerza la atmósfera de aislamiento del protagonista en unos escenarios oscuros fotografiados con filtros desaturados y fríos. La música de Rob Simonsen es, al contrario, un poco reiterativa con su leitmotiv de cuerdas. Todo lo demás, por desgracia, me deja con la impresión de que no alcanza la profundidad emocional de otros dramas sobre adicción ni la energía contagiosa de los buenos filmes deportivos.



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Ficha técnica
Título original: The Way Back
Año: 2020
Duración: 1 hr. 48 min.
País: Estados Unidos
Director: Gavin O'Connor
Guion: Brad Ingelsby, Gavin O'Connor
Música: Rob Simonsen
Fotografía: Eduard Grau
Reparto: Ben Affleck, Janina Gavankar, Michaela Watkins, Brandon Wilson, Al Madrigal
Calificación: 6/10
Vanilla Sky

Vanilla Sky es una película de Cameron Crowe que, en cierta medida, trata de funcionar como remake de Abre los ojos (Amenábar, 1997), ajustando la premisa a ese cine del nuevo milenio sobre individuos solitarios y traumatizados por las ansiedades de la modernidad líquida de la época cultural del Y2K. Por alguna extraña razón mi acercamiento a ella se produce tras más de 25 años de visionados esporádicos en televisión por cable a los que no le prestaba suficiente atención, pero tras pasar más de dos horas entiendo perfectamente la sensación de malestar que impedía absorberla por completo porque, francamente, me parece una película fatigosa e insoportablemente aburrida con Tom Cruise, que me induce a cerrar los ojos cuando cae en el abismo del thriller psicológico y la ciencia ficción especulativa, quedando diametralmente por debajo de la contraparte española. Su trama sigue a David Aames, un millonario carismático de Nueva York que es dueño de una gran editorial y que, como treintañero, lleva una vida hedonista junto a su amigo Brian para estar siempre rodeado de lujo y de su amante Julie, pero cuya existencia cambia radicalmente cuando se enamora de una mujer llamada Sofía y, por causas del destino, sufre un accidente automovilístico que le deja el rostro desfigurado. En general, su narrativa se estructura como un largo racconto, montado sobre las fórmulas del drama romántico, el thriller psicológico y la ciencia-ficción, donde el protagonista aparenta estar atrapado en los laberintos del subconsciente. El problema fundamental, sin embargo, es que el guion estropea el desarrollo psicológico del personaje al colocar sus acciones, a menudo, en un epicentro de situaciones previsibles que nunca abandona la inercia de diálogos nimios ni los facilismos encontrados en una sucesión de giros de sueños dentro de sueños. A partir de aquí, la ambigüedad deliberada se transforma en un defecto que le quita profundidad al asunto sobre alucinaciones y realidades alternas que pretende ser profundo, sufriendo de un grave fallo estructural que se acentúa en el interrogatorio de David cuando está enmascarado frente a un psicólogo en una prisión; los días mundanos de David al andar de fiestas en clubes nocturnos antes de mantener una relación efímera con Sofía; las frustraciones internas de David como un sujeto depresivo y confundido que usa una máscara protésica para ocultar las cicatrices de la cara; los estados de desrealización de David al verse acosado por las experiencias extrañas de los recuerdos de su desfiguración. Todo se convierte en un monólogo expositivo que resuelve mecánicamente los enigmas previos sin aportar verdadera catarsis. La actuación de Cruise ofrece, por lo menos, un esfuerzo aceptable en términos de compromiso físico —especialmente en las escenas de desesperación como desfigurado—, aunque a veces su rol no logra trascender la imagen superficial del hombre egoísta, caprichoso y vacío, cuya supuesta crisis existencial resulta baladí porque nunca se construye un arco sólido sobre su cuadro psicológico de obsesión y vulnerabilidad. Su química romántica con Penélope Cruz y Cameron Diaz es palpable en varias escenas. Y Crowe aprovecha su presencia para esbozar un comentario sobre los vicios del individualismo en la sociedad del consumo, entendido como las inseguridades de un individuo comatoso que, en estado de negación por la pérdida, reconstruye su pasado desde una percepción alterada que lo obliga a valorar la vida auténtica frente a las trampas del escapismo cosmopolita. Al margen de las metáforas, Crowe se permite colgar sobre la puesta en escena ciertas florituras visuales que lucen competentes por el uso de la iluminación y los escenarios urbanos que captan la opulencia neoyorquina con la lente de John Toll, así como una banda sonora de grandes éxitos de Nancy Wilson. Su constante postureo estético, sin embargo, no evita el ritmo errático ni la narrativa fragmentada, de un remake cursi que no consigue emocionar, inquietar ni provocar reflexión duradera con las pretensiones poéticas que se extienden hasta el famoso salto final que invita a abrir los ojos porque la pesadilla ha terminado.



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Ficha técnica
Título original: Vanilla Sky
Año: 2001
Duración: 2 hr. 16 min.
País: Estados Unidos
Director: Cameron Crowe
Guion: Cameron Crowe
Música: Nancy Wilson
Fotografía: John Toll
Reparto: Tom Cruise, Penélope Cruz, Kurt Russell, Cameron Diaz, Jason Lee, Noah Taylor, Tilda Swinton, Michael Shannon, Timothy Spall
Calificación: 4/10
El botín

El botín es una película de Joe Carnahan que, en cierta medida, busca recuperar las viejas fórmulas de ese cine de acción policial que se solía ver hace algunas décadas atrás cuando Hollywood se tomaba las cosas en serio. Esto se deja ver en las casi dos horas que tiene de metraje, en las que me asalta la sensación de que es un thriller policial que se beneficia hasta cierto punto del dúo de Matt Damon y Ben Affleck, pero cuya narrativa de atracos, a menudo, transita por lugares comunes que le impiden salir de la zona convencional, obligándome a razonar lo necesario como para saber que lo que presenta ya lo he visto antes con mejores resultados. La trama sigue a Dane Dumars y J.D. Byrne, dos oficiales del Departamento de Policía de Miami-Dade que, en medio de rumores de policías corruptos que roban casas de narcotráfico y una investigación sobre el asesinato de la capitana de una unidad de narcóticos, se disponen a investigar junto a sus compañeros las pistas de un dinero ilícito en una casa ocupada por una inmigrante llamada Desi, mientras tratan de decidir qué hacer con el botín de 20 millones de dólares en efectivo. En términos generales, esta narrativa tiene un arranque que me resulta más o menos decente cuando el asunto se esquematiza sobre las fórmulas del cine policial en parejas y el misterio del whodunit, donde se interroga la ética y la moral de los policías cuando se sospecha que uno de ellos puede desobedecer el protocolo para robarse el dinero confiscado, casi como si fuera un guiño al cine de asaltos sobre traiciones internas y lealtades pasadas. El problema, no obstante, es que el guion no se toma la molestia de desarrollar a los personajes más allá de las descripciones banales que intentan justificar sus motivaciones a través de los flashbacks y los diálogos a puerta cerrada sobre decisiones policiales, a menudo en unas situaciones predecibles que pocas veces abandonan la inercia de lo dialógico para impulsar un conflicto irregular que, por añadidura, oscila entre momentos tensos y segmentos que se dilatan innecesariamente. En una primera mitad, se desinfla en un laberinto de subtramas al mostrar los dilemas éticos de Dumars sobre lo que se debe hacer con el dinero; las sospechas del equipo cuando Dumars se niega a notificar a sus superiores y confisca los teléfonos móviles; las discusiones fuertes entre Dumars y Byrne por el rumbo de la operación. En la segunda, en cambio, se muestra los tensos tiroteos de Dumars y Byrne frente a los matones ocultos en el barrio; la desconfianza que sabotea los planes del grupo de Dumars antes de cooperar con la DEA; las persecuciones en la parte trasera de un vehículo blindado donde Dumars y Byrne revelan su plan frente a las autoridades del FBI. Esta irregularidad genera un ritmo inconsistente, donde secuencias de acción son interrumpidas por diálogos expositivos que ralentizan el flujo. A pesar de esto, las actuaciones de Damon y Affleck demuestran el talento expresivo que tienen para recitar diálogos de forma creíble, sobre todo al interpretar a dos agentes diametralmente opuestos —un detective reflexivo y un policía volátil— que asumen tareas arriesgadas en medio del peligro, a pesar de que sus personajes no son más que estereotipos convencionales. Con ellos, Carnahan aborda de manera superficial tópicos sobre el deber, la redención y el costo de la ética policíaca. Pero, al menos, compensa las irregularidades narrativas y discursivas con una puesta en escena que es competente manejando las secuencias de acción, bajo un clima atmosférico que mantiene la consistencia visual en los interiores de la residencia y en los escenarios urbanos de la ciudad. La banda sonora de Clinton Shorter, de igual modo, trata de incorporarse con sus orquestaciones tensas. Por desgracia, ninguno de estos elementos consigue elevar el suspense policial, de una película genérica y acomodaticia, lastrada por una trama irregular que termina en giros previsibles.



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Ficha técnica
Título original: The Rip
Año: 2026
Duración: 1 hr. 53 min.
País: Estados Unidos
Director: Joe Carnahan
Guion: Joe Carnahan
Música: Clinton Shorter
Fotografía: Juan Miguel Azpiroz
Reparto: Matt Damon, Ben Affleck, Steven Yeun, Teyana Taylor, Sasha Calle, Kyle Chandler
Calificación: 6/10
Fuerza delta

Fuerza Delta es una película del cineasta israelí Menahem Golan que se ajusta, en cierta medida, a las fórmulas genéricas del cine de acción de serie B de los 80 que es propio de las producciones de bajo presupuesto de Cannon Films y de las narrativas antiterroristas de la era de Reagan. Está parcialmente inspirada en el secuestro del vuelo TWA 847 en 1985. Y las dos largas horas que tiene de metraje me obligan razonar un poco como para saber que, dentro de sus limitaciones, es un thriller de acción aburrido sobre terrorismo internacional y operaciones especiales, que solo funciona como vehículo propagandístico simplista para el lucimiento vacío de Chuck Norris. La trama sigue a Scott McCoy, un soldado estadounidense de la Delta Force que, tras una misión fallida en el Medio Oriente, responde de nuevo al llamado del deber para acompañar a su equipo de élite en una misión para rescatar a unos rehenes norteamericanos, secuestrados por unos terroristas libaneses que toman el control de un avión comercial Boeing 707 para exigir el intercambio de prisioneros de guerra. En general, la narrativa se plantea de una forma esquemática que abandona desde el principio cualquier rastro de coherencia para establecer la fórmula genérica del hombre de un solo ejército que resuelve la crisis, bajo una representación maniquea que promueve el relato revanchista en el que la fuerza militar estadounidense solventa   unilateralmente conflictos geopolíticos y donde, además, los antagonistas son reducidos a caricaturas de árabes fanáticos. En este sentido, el problema es que el guion no se toma la molestia de desarrollar a los personajes y, a menudo, opta por mostrarlos como figuras planas que solo sirven para impulsar inútilmente las situaciones predecibles que siempre se mantienen sobre los diálogos cutres y las secuencias de acción baratas que se resuelven sobre facilismos expositivos. La estructura abrupta se prolonga durante la intimidación de los pasajeros judíos en manos de terroristas islámicos; la misión abortada de los comandos liderados por Nick y McCoy por un fallo de inteligencia; los planes siniestros de los terroristas en su cuartel general de Beirut para intercambiar los rehenes israelíes; las persecuciones a tiro limpio de McCoy antes de ubicar la guarida de los terroristas; la batalla final en la que los comandos de McCoy atacan los reductos terroristas para liberar a los rehenes y evacuarlos hasta el aeropuerto. La primera mitad posee un tono claustrofóbico en las escenas de emergencia dentro del avión; mientras la segunda desecha cualquier pretensión de seriedad para convertirse en un espectáculo caricaturesco de pirotecnia, explosiones y acrobacias. A pesar de esto, la actuación de Robert Forster me parece particularmente convincente en su rol como terrorista. En cambio, Norris está más que soso en el papel de McCoy, apareciendo como un soldado casi legendario que, como es habitual, llega tarde a la acción para salvar el día. Su personaje, junto a Lee Marvin, carece de cualquier dimensión psicológica o motivacional más allá de la venganza patriótica, quedando reducido al estereotipo inane del héroe de acción que mata con la mirada y metralleta en mano, en secuencias de acción arregladas con una gratuidad que me dejan perplejo cuando atraviesa ventanas en una motocicleta equipada con lanzacohetes y elimina convoyes enteros de enemigos con una facilidad sobrehumana que, por lo regular, le permite protagonizar tiroteos que desafían las leyes básicas de la física y la lógica militar. A todo esto se suma una dirección errática que, con su enfoque apresurado, evidencia sus tropiezos en los escenarios acartonados, las coreografías falsas, los efectos especiales rudimentarios y una duración excesiva que pierde ritmo. La banda sonora de Alan Silvestri es el único elemento que me resulta contagioso con su leitmotiv electrónico de sintetizadores ochenteros. Todo lo demás queda, en resumen, como un ejercicio de violencia gratuita, patriotismo simplón y ejecución mediocre que envejece bastante mal en su glorificación del intervencionismo militar.



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Ficha técnica
Título original: The Delta Force
Año: 1986
Duración: 2 hr. 05 min.
País: Estados Unidos
Director: Menahem Golan
Guion: James Bruner, Menahem Golan
Música: Alan Silvestri
Fotografía: David Gurfinkel
Reparto: Chuck Norris, Lee Marvin, Robert Forster, George Kennedy, Hanna Schygulla, Shelley Winters, Martin Balsam
Calificación: 2/10