Corazón olvidado

Corazón olvidado es una película muda que supone, entre otras cosas, la ópera prima de Erich von Stroheim como director tras unos cuantos años difíciles trabajando en la industria de Hollywood como actor, extra y asistente de dirección en películas de Griffith. Está basada en un guion del propio Von Stroheim titulado El pináculo, escrito en medio de la creciente frustración que él tuvo con las limitaciones interpretativas antes de ser contratado por la Universal Pictures de Carl Laemmle y alcanzar cierta fama actuando en papeles villanescos en algunos melodramas de finales de los años 10. En este sentido, me parece un melodrama mudo que manifiesta algunas de las ambiciones estéticas tempranas de Von Stroheim para la puesta en escena, pero cuya narrativa, por desgracia, carece de gancho emocional para mantener sus tópicos sobre celos, infidelidad y mentiras conyugales en las montañas alpinas. Su trama se centra en un triángulo amoroso surgido por el doctor estadounidense Robert Armstrong, su esposa Margaret y un aristocrático oficial de caballería austriaco conocido Eric von Steuben, que intenta seducir a la dama casada durante unas vacaciones en un local turístico ubicado en las montañas Dolomitas de los Alpes orientales italianos. En términos generales, la premisa de esta narrativa tiene un inicio interesante que se sostiene, hasta cierto punto, por la manera en que se formula sobre las bases genéricas del drama romántico sobre dilemas matrimoniales, donde una pareja casada se enfrenta a un dilema moral que amenaza con separarlos cuando el esposo es ciego a las necesidades afectivas de su esposa, la esposa se ve tentada por un mujeriego y el mujeriego recibe un castigo por su conducta. Sin embargo, el guion de Von Stroheim se percibe como formulaico al desarrollar las motivaciones de los personajes, dejando las acciones de ellos sobre una superficie acomodaticia que, además de sostener el conflicto sobre una estructura predecible, frecuenta lugares comunes en su circularidad de escenas sobre adulterio y negligencia conyugal. Este dispositivo circular de situaciones melodramáticas me mantiene en un lapso de abulia al observar el descuido de Armstrong como un esposo distraído y absorbido por su profesión que olvida responder al llamado afectivo de su esposa; la preocupación de Margaret como una esposa desatendida que anhela recuperar el amor de su esposo mientras está dividida entre la lealtad y la tentación; los intentos de Von Steuben como un seductor austriaco sin escrúpulos que aprovecha la vulnerabilidad de la pareja para seducir a la mujer en su habitación en ausencia del marido; las sospechas del guía tirolés de montaña que vigila a la mujer para protegerla de las intenciones del uniformado. La narrativa sigue un esquema convencional, casi didáctico, subordinado a una síntesis discursiva sobre infidelidad, celos y crisis matrimonial que solo se explica con los facilismos de la a ceguera masculina. Al margen de este comentario social, la actuación de Von Stroheim se roba casi todas las escenas al utilizar la mirada y los gestos para asumir la expresividad de un hombre manipulador, cínico, perverso, de comportamiento arrogante, que busca seducir a una mujer casada con un plan de repulsión-atracción, aunque su maldad de villano se presenta de una forma superflua que pierde matices psicológicos junto a los secundarios estereotipados. Todos ellos son encuadrados en una puesta en escena que, por añadidura, pone de manifiesto la ambición estética que Von Stroheim deposita en el uso del sobreencuadre, el primer plano, la sobreimpresión, el reencuadre, el sonido inaudible, el plano subjetivo, la profundidad de campo, el campo-contracampo y los escenarios continentales que gozan de cierto realismo natural al mostrar los paisajes alpinos de imponentes cumbres montañosas para metaforizar sin ironía las fragilidades de los personajes. Estos elementos establecen los módulos estilísticos que el director repetiría con mayor preponderancia en Esposas frívolas (1922), pero, en última instancia, me resultan insuficientes para evitar que este melodrama silente se desplome con su moralismo de vitrina sobre el matrimonio.



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Ficha técnica
Título original: Blind Husbands
Año: 1919
Duración: 1 hr. 42 min.
País: Estados Unidos
Director: Erich von Stroheim
Guion: Erich von Stroheim, Lillian Ducey
Música: N/A (muda)
Fotografía: Ben Reynolds 
Reparto: Erich von Stroheim, Gibson Gowland, Francelia Billington, Sam De Grasse
Calificación: 6/10
Si pudiera, te patearía

En Si pudiera, te patearía, la directora estadounidense Mary Bronstein intenta construir, en cierta medida, un retrato sobre la maternidad alejado de las cuestiones habituales que se suelen mostrar sobre la condición de la mujer. Funciona como un drama psicológico que se beneficia, a menudo, de una actuación particularmente sobria de Rose Byrne, pero cuya narrativa sobre ansiedad y desasosiego materno nunca pasa de la sala de terapia, dejándome con la sensación de que sencillamente hay poca cosa para reflexionar en medio de tanta histeria circular. Su trama sigue a Linda, una terapeuta y madre que se halla al límite de sus posibilidades maternas al cuidar de su hija, que padece un trastorno alimentario pediátrico luego de un extraño accidente, donde además debe alimentarla por sonda gástrica cada noche y procurar que coma lo suficiente para ganar peso y recuperarse. En términos generales, esta premisa narrativa tiene un preámbulo que me atrapa, hasta cierto punto, por la manera en que se sintetiza el calvario de Linda sobre los tropos del drama y algunos instantes pequeños de misterio que surgen, entre otras cosas, porque el nombre de su hija nunca se revela, y su rostro no se muestra hasta la escena final. El problema de todo esto, sin embargo, es que el guion de Bronstein atropella el desarrollo psicológico de la protagonista al mantenerla colocada, por lo regular, en una circularidad de situaciones rebuscadas que avanza sobre la acumulacion repetitiva de diálogos inanes y crisis personales que impide conocerla realmente como una mujer caída en el abismo. Esta insistencia en el malestar sostenido de una madre se impone de una forma mecánica que abandona la profundidad en las presiones de Linda como una madre que cuida a su hijita cuando su apartamento en Montauk se inunda tras el derrumbe del techo; los cuidados que Linda le proporciona a su hija enferma mientras su marido está ausente; los días cotidianos de Linda al verse obligada a mudarse con su hija a un motel destartalado; los servicios prestados por Linda a los clientes que acceden a consultarla; las discusiones de Linda con la empleada y el vecino afroamericano que administra el motel; las terapias recibidas por Linda de un colega del trabajo para calmar los ataques de pánico. Cada secuencia arroja fragmentos dramáticos que insinúan conflictos sin resolverlos adecuadamente, además de los simbolismos obvios —techos que se derrumban, espacios claustrofóbicos, luciérnagas en sombras, huecos oscuros— que se reiteran hasta la saciedad para acentuar un comentario sobre los miedos de la maternidad, arreglado sobre una mujer que se refugia en la terapia y en los vicios efímeros —bebiendo vino, comiendo comida chatarra, fumando marihuana— para reducir los delirios provocados por la fatiga, la angustia y las ansiedades de tener a su hija conectada a una máquina para preservar la subsistencia. Aunque este discurso es algo pretencioso en su horizonte posfeminista sobre el aborto y la eticidad de la elección maternal frente al embarazo, la interpretación de Byrne, al menos, me resulta orgánica al ofrecer un registro expresivo que, con la mirada y la gestualidad de su rostro —respirando agitadamente o conteniendo el llanto—, es capaz de transmitir el agotamiento existencial de una madre desmoronada por la sufrimiento interno en medio de dilemas morales sobre su rol y el miedo al fracaso materno. El virtuosismo interpretativo de ella es pertinente dada su entrega física y psicológica, pero termina por agotarse cuando es reducida a un instrumento, en una puesta en escena funcional que apenas se destaca por el uso del primer plano, el fuera de campo, el sonido diegético, la elipsis, la iluminación fría y las atmósferas herméticas fotografiadas por la cámara de Christopher Messina enmarcada sobre encuadres cerrados. Estos elementos intentan dimensionar la psique perturbada de la madre, pero carecen de recompensa emocional o catarsis, de un drama fatigoso que en 113 minutos pierde su rastro como las olas de la playa.



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Ficha técnica
Título original: If I Had Legs I'd Kick You
Año: 2025
Duración: 1 hr. 53 min.
País: Estados Unidos
Director: Mary Bronstein
Guion: Mary Bronstein
Música: 
Fotografía: Christopher Messina
Reparto: Rose Byrne, Delaney Quinn, ASAP Rocky, Danielle Macdonald, Christian Slater, Conan O'Brien
Calificación: 5/10
Reality

Reality es una película que supone, dicho sea de paso, la ópera prima como directora de cine de la dramaturga neoyorquina Tina Satter. Está basada en la transcripción del interrogatorio del FBI sobre Reality Winner, la exempleada de la NSA condenada por la Ley de Espionaje. Funciona como un drama que, hasta cierto punto, se beneficia de una actuación sobria de Sydney Sweeney como la whistlerblower, pero cuya narrativa, desafortunadamente, pierde su tono consistente con cada pregunta sesgada de su discurso ético y político, donde tengo la sensación de que nunca deja de ser irregular con su economía de recursos cercana al teatro. La trama, ubicada en 2017, sigue a Winner durante un día cualquiera en Georgia, donde recibe la visita de dos agentes del FBI que le hacen preguntas sobre su vida cotidiana bajo el pretexto de una orden de registro, aunque después de negar algunos datos se ve acorralada por un interrogatorio grabado que, en medio de una habitación vacía, expone los detalles de su trabajo previo como contratista del gobierno especializada en traducción de persa luego de su servicio militar en Afganistán, buscada además por la reciente filtración de documentos gubernamentales clasificados de la base de datos de la Agencia de Seguridad Nacional. En general, la narrativa tiene un arranque que me atrapa, en principio, por la manera en que el conflicto se establece sobre la fórmula del thriller y el drama legal, casi como un docudrama que sintetiza los hechos ocurridos durante el interrogatorio de Winner en los interiores herméticos de su casa. El problema, no obstante, es que el guion de Satter estropea el desarrollo de Winner al mantenerla colocada, a menudo, bajo una rigidez estructural que nunca abandona el sentido situacional ni los diálogos transcritos que tienden a ser reiterativos en su dimensión expositiva. El intercambio dialógico, entre otras cosas, solo funcionan para construir un texto político sobre la corrupción y la ética gubernamental, desde la perspectiva de una mujer inducida por el desprecio nacional que opta por cometer un crimen federal para revelar al público los documentos clasificados que supuestamente proporcionaban "pruebas" de la interferencia rusa en las elecciones estadounidenses de 2016. Este comentario es maniqueo porque, al presentar la filtración como un acto de whistleblowing motivado por la convicción de que el público era "engañado" respecto a la injerencia rusa, se alinea implícitamente con el simplismo progresista de la élite demócrata predominante en 2017, que veía dicho documento como prueba irrefutable de un esfuerzo ruso sistemático, en oposición a la narrativa del "Russian hoax" destinado a deslegitimar la victoria republicana. La humanización exhaustiva de Winner, mostrada como una joven vulnerable, "patriótica" y éticamente motivada ante un sistema percibido como corrupto, tiende a blanquear el carácter criminal de su acción y sugiere que su decisión era moralmente "correcta" en un contexto de manipulación partidista por parte de las políticas de inteligencia asociadas al gobierno republicano. Al margen de esto, la interpretación de Sweeney demuestra cierta sutileza al modular las pausas, las miradas evasivas y la gestualidad inherente al lenguaje corporal —tartamudeos, frases interrumpidas, cambios de respiración— para transmitir de manera convincente la mezcla de confusión, ansiedad contenida y resignación progresiva que experimenta el personaje. Ella queda encuadrada en una puesta en escena de Satter que, dentro de sus limitaciones minimalistas, me parece solvente cuando deposita sus pequeñas virtudes estéticas en el primer plano, el encuadre móvil, el fuera de campo, la ruptura de la cuarta pared y la atmósfera opresiva que confiere autenticidad al relato al mostrar las tácticas de interrogatorio, así como el uso del sonido diegético que se complementa con la elipsis para mimetizar los fragmentos censurados de la transcripción, ajustados cuando los personajes desaparecen brevemente de la escena al decir frases censuradas. Estos elementos producen momentos tensos, pero, por desgracia, no son suficientes para elevar el volumen en su reconstrucción sobre una espía aficionada a las fake news.



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Ficha técnica
Título original: Reality
Año: 2023
Duración: 1 hr. 23 min.
País: Estados Unidos
Director: Tina Satter
Guion: James Paul Dallas, Tina Satter
Música: Nathan Micay
Fotografía: Paul Yee
Reparto: Sydney Sweeney, Josh Hamilton, Marchánt Davis, Benny Elledge
Calificación: 6/10
¡Ayuda!

¡Ayuda! es una película que supone, dicho sea de paso, el retorno de Sam Raimi a la zona de confort del terror. Funciona como una comedia negra de terror que goza de un arranque atrapante con la química entre Rachel McAdams y Dylan O'Brien, pero luego pasa a un territorio irrescatable que no se salva de frecuentar lugares comunes en su asunto sangriento sobre supervivencia y empoderamiento femenino. La trama sigue a Linda Liddle, una empleada competente del Departamento de Planificación y Estrategia de una empresa que, luego de ganarse un ascenso en su empleo y de ser maltratada en la oficina por su jefe sexista llamado Bradley Preston, sobrevive a un accidente de avión que la deja varada en una isla remota del archipiélago tailandés, donde pone a prueba sus habilidades de supervivencia para mantenerse con vida y debe lidiar, además, con la presencia del insoportable Bradley, que también consigue sobrevivir con su ayuda. En términos generales, esta narrativa tiene un comienzo algo original cuando se arregla sobre las fórmulas del terror psicológico y la comedia negra características de Raimi, donde unos personajes permanecen atrapados en un lugar peligroso que los conduce a la autodestrucción. El problema, no obstante, es que el guion atropella el desarrollo de los personajes al mantenerlos colocados, a menudo, en una serie de situaciones rutinarias que no se desprende de los giros facilones ni de las conversaciones banales que tratan de impulsar la superficie del conflicto desembocado sobre un enfrentamiento psicológico y físico violento. En este sentido, no puedo evitar quedarme abúlico ante algunas de las escenas que muestran la destreza de Linda como una mujer empoderada que sobrevive como cazadora y recolectora en la isla desierta; la actitud pusilánime de Bradley como un hombre oportunista que depende de Linda para recuperarse de sus heridas; la cacería en la que Linda mata a un jabalí con una lanza de madera; los encontronazos entre Linda y Bradley que obliga a ambos a luchar de forma desesperada para sobrevivir mientras aumenta la desconfianza; el dominio que ejerce Linda con cuchillo en mano sobre Bradley mientras prepara la comida y ordena la choza. A medida que avanza, se torna un poco reiterativa porque, entre otras cosas, las acciones de los personajes se subordinan a un discurso sobre dinámicas laborales, políticas de género y empoderamiento femenino, desde la perspectiva de una mujer decidida que invierte la dinámica de poder del dominio patriarcal, donde el espacio de la selva metaforiza el individualismo acelerado del mundo corporativo capitalista que traslada los aspectos de la naturaleza humana al territorio económico, en el que literalmente todos buscan salvar su pellejo a como dé lugar. Esta exploración de dinámicas tóxicas en la esfera laboral deriva hacia una escalada de violencia gratuita que se percibe como un exceso misándrico de falacias feministas. Al margen del comentario, la actuación de McAdams me resulta orgánica cuando emplea su pericia física y su amplia versatilidad expresiva para interpretar a Linda como una mujer frustrada y meticulosa que, debajo de la contención y de su aspecto descuidado, oculta el resentimiento legítimo causado por los abusos psicológicos de sus relaciones pasadas con los hombres. O’Brien, por su parte, construye un antagonista detestable y creíble, aunque es mayormente mostrado como un hombre inútil. La química entre ambos sostiene el metraje y permite que los diálogos irónicos funcionen como el combustible cómico de sus motivaciones. Raimi los encuadra en una puesta en escena estilizada en la que hay sobreabundancia de gore y slapstick sádico, organizada sobre un uso notable del encuadre móvil, el primer plano, la elipsis, el fuera de campo y los efectos visuales CGI que a veces adornan los escenarios tropicales fotografiados por Bill Pope. La música de Danny Elfman, de igual modo, se incorpora adecuadamente con su orquestación. Estos elementos, por desgracia, no logran elevar el tono irregular de su premisa absurda y genérica sobre una pareja enfrentada en la isla perdida.



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Ficha técnica
Título original: Send Help
Año: 2026
Duración: 1 hr. 53 min.
País: Estados Unidos
Director: Sam Raimi
Guion: Damian Shannon, Mark Swift
Música: Danny Elfman
Fotografía: Bill Pope
Reparto: Rachel McAdams, Dylan O'Brien, Edyll Ismail, Dennis Haysbert, Xavier Samuel
Calificación: 6/10
Muerto por un dólar
Muerto por un dólar es una película de Walter Hill que representa, dicho sea de paso, un intento por acercarse a las fórmulas tradicionales del western con toques revisionistas, como el director lo ha hecho en varias ocasiones durante su carrera en otras cintas. Con un metraje de más de una hora y media, me parece un western cutre, convencional, enormemente aburrido, que carece de pólvora y cabalga a un ritmo errático con los forajidos que interpretan Christoph Waltz y Willem Dafoe. La trama se ubica a finales del siglo XIX y sigue a Max Borlund, un cazarrecompensas legendario que es contratado para traer de regreso a la esposa de un empresario rico presuntamente secuestrada por un negro en un pueblo fronterizo, mientras se enfrenta a un peligroso pistolero que busca venganza llamado Joe Cribbens. En términos generales, la narrativa se arregla sobre la fórmula tradicional del western revisionista, en la que un cazarrecompensas con un pasado oscuro emprende una misión a caballo con un compañero para rescatar a la dama en peligro en medio de la ambigüedad moral de un poblado sin ley marcado por la corrupción. El problema, sin embargo, es que el guion no se toma la molestia de desarrollar a los personajes fuera de los esquemas descriptivos y opta por mostrarlos, a menudo, sobre una circularidad de situaciones predecibles que siempre permanece estacionada sobre los facilismos que retrasan la acción y los diálogos expositivos que solo sirven para intentar dimensionar las motivaciones de cada uno de ellos. De esta manera, solo permanezco impávido al deducir fácilmente lo que sucede con la tarea de búsqueda de Borlund para rastrear a la mujer llamada Rachel Kidd por Nuevo México; la relación de Rachel con un desertor negro del ejército llamado Elijah Jones; las conversaciones entre Borlund y el sargento afroamericano Alonzo Poe; las amenazas que recibe Borlund del sádico terrateniente mexicano Tiberio Vargas y el grupo de bandidos que controlan la región; el tiroteo a la hora pautada en el pueblito mexicano donde Borlund se carga a los malos con su rifle Winchester. Hay discusiones en tabernas, actividad a caballo, violencia abrupta, lealtades divididas, recompensas reclamadas y traiciones anticipadas que solo sintetizan las obviedades, de discurso rebuscado que trata de actualizar el western incorporando un revisionismo tibio sobre racismo, inmigración y autonomía femenina. El conflicto central, entre otras cosas, se resuelve prematuramente para luego introducir subtramas que carecen de cohesión y que parecen añadidas con el único propósito de extender la duración innecesariamente. Además, las actuaciones del reparto tienen un desempeño algo mediocre en cuanto a su registro expresivo. Waltz interpreta a Borlund con una monotonía desconcertante: su habitual ironía y precisión verbal se pierde en una actuación apagada, casi ausente de matices como un forajido ético. Dafoe, por su parte, encarna a un villano arquetípico que queda subutilizado sin que se sepa mucho de sus motivos. Rachel Brosnahan consigue un rol más o menos decente como la mujer adúltera que huye de un matrimonio abusivo, a pesar de que se reduce a un símbolo feminista superficial. El resto del elenco cumple funciones sin dejar huella. Y esto se debe a que las escenas de acción, escasas y poco memorables, se solucionan con montaje torpe y efectos de sangre digital que desentonan con el tono pretendidamente genérico del oeste, en una puesta en escena sin inspiración en la que Hill no está dispuesto a invertir en una economía de recursos que lo saque de la zona de confort del plano general, bajo una fotografía de Lloyd Ahern II que se presenta en una estética plana y televisiva, con una paleta sepia de iluminación artificial que apenas logra evocar la aspereza del desierto y la crudeza del paisaje. Esto tiene como resultado, en última instancia, que su western deposite sobre mí la sensación de estar viendo una producción de bajo presupuesto mal disimulada.


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Ficha técnica
Título original: Dead for A Dollar
Año: 2022
Duración: 1 hr. 47 min.
País: Estados Unidos
Director: Walter Hill
Guion: Matt Harris, Walter Hill
Música: Xander Rodzinski
Fotografía: Lloyd Ahern II
Reparto: Christoph Waltz, Willem Dafoe, Rachel Brosnahan, Hamish Linklater, Brandon Scott
Calificación: 4/10
Jujutsu Kaisen 0

Jujutsu Kaisen 0 es una película animada dirigida por Park Sung-hoo que constituye, dicho sea de paso, una adaptación del volumen cero del manga de Gege Akutami. Funciona, por lo tanto, como una precuela de la serie televisiva. Con una duración aproximada de 105 minutos, observo que, en lo particular, su animación tiene cierta pericia técnica en el diseño de personajes y algunas secuencias de acción dibujadas por MAPPA, pero cuya narrativa, debajo de la espectacularidad calculada, me da la sensación de que simplemente carece de la fuerza encontrada en cada episodio de la serie, curiosamente también dirigida por Park hasta su primera temporada. La trama se ubica unos cuantos años antes de la cronología original y sigue a Yuta Okkotsu, un estudiante de preparatoria marcado por el pasado trágico que, luego de causar la muerte de una niña llamada Rika durante un accidente de su infancia, es reclutado por el profesor Satoru Gojo para estudiar en la Escuela de Hechicería de Tokio en 2016, convirtiéndose en un alumno que trata de aprender técnicas especiales junto a sus compañeros —Maki Zen'in,Toge Inumaki y Panda—, mientras intenta controlar la Maldición de Rika que lo posee como espíritu sobreprotector y daña a cualquiera que lo amenace. En general, esta narrativa se estructura sobre la fórmula del anime nekketsu, en la que el adolescente inseguro desarrolla superpoderes antes de enfrentarse a un villano siniestro y megalómano que busca robárselos para seguir con el plan de conquistar el mundo. El problema central, sin embargo, es que el guion estropea el desarrollo conciso del protagonista al optar por reducir sus acciones, a menudo, a una circularidad de situaciones predecibles que nunca abandona los facilismos que hay en los combates fantásticos y en los diálogos expositivos, que en la superficie solo funcionan como excusa para explorar temas de duelo, culpa y redención. De esta manera, algunas de las escenas me mantienen en un lapso de abulia al ver las sesiones de entrenamiento escolar de Yuta junto a sus amigos para volverse más fuerte; las peleas que Yuta sostiene con las maldiciones de distintos niveles que vienen para atacarlo; los planes malévolos de Suguru Geto como hechicero que usa su poder maldito para robar maldiciones y destruir a los humanos con su grupo; la misión de Yuta para frenar al perverso Geto mientras Gojo y otros profesores se enfrentan a las maldiciones invocadas en medio del caos urbano. El arco principal de Yuta pierde su dimensión porque, entre otras cosas, transita por senderos convencionales del género shonen cuando se muestra de una forma apresurada la ascensión de este como un chaval herido por la impotencia que alcanza súbitamente el empoderamiento al mediar sus traumas por la aceptación de la maldición, quedando casi como un personaje de relleno en su propia historia cuando es eclipsado por otros personajes más interesantes como Gojo y Geto. El antagonista, Geto, tiene cierto carisma con su presencia amenazadora como brujo, aunque el poco tiempo que aparece lo dedica para explicar sus motivaciones ideológicas. La falta de cohesión, asimismo, sacrifica profundidad en el desarrollo de varios personajes secundarios, pues cada uno de ellos recibe un tiempo de pantalla suficiente para mostrar sus habilidades, pero sus trasfondos personales quedan esbozados de manera superficial en la construcción de relaciones y conflictos internos, como arquetipos funcionales dentro de la dinámica grupal. A pesar de esto, encuentro solvencia en el diseño de animación, en el que MAPPA entrega, como es habitual, secuencias de acción que lucen impactantes por la fluidez de los movimientos, las texturas de los personajes y los colores atmosféricos de unos escenarios integrados con consistencia por los efectos visuales complejos de la animación digital. La banda sonora, compuesta por Hiroaki Tsutsumi, tiene cierta eficacia al incorporar sus piezas orquestales de rock en algunas escenas. Ninguno de estos elementos, sin embargo, terminan por añadirle pulso emocional a su relato sobre el hechicero de la katana maldita.



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Ficha técnica
Título original: Jujutsu Kaisen 0 (Gekijouban Jujutsu Kaisen 0)
Año: 2021
Duración: 1 hr. 52 min.
País: Japón
Director: Park Sung-hoo
Guion: Hiroshi Seko
Música: Arisa Okehazama, Hiroaki Tsutsumi
Fotografía: Teppei Ito
Reparto (voces): Megumi Ogata, Kana Hanazawa, Mikako Komatsu, Yuichi Nakamura, Koki Uchiyama, Tomokazu Seki
Calificación: 6/10
El camino de regreso

El camino de regreso es una película de Gavin O'Connor que, en cierta medida, trata de buscar las rutas de ese cine deportivo de la vieja escuela arreglado sobre mensajes motivacionales para gente que pasa por etapas difíciles. En lo particular, la hora y cuarenta minutos que dura me hace pensar que, en la superficie, es un drama deportivo bienintencionado sobre culpa y redención, que se beneficia de una actuación sobria de Ben Affleck, pero cuya narrativa, a veces, tropieza con fórmulas genéricas que le quitan fuerza a la moral de su discurso, dejándome con la sensación de que lo que me muestra aquí ya lo he visto antes con mejores resultados. Su argumento sigue la vida de Jack Cunningham, un obrero que está separado de su esposa Ángela y pasa los días colgado al alcoholismo que le impide salir adelante, aunque encuentra una oportunidad para redimirse cuando acepta la oferta de un cura para ser el entrenador del equipo de baloncesto de su antigua escuela secundaria católica, Bishop Hayes. En términos generales, su narrativa comienza con un arranque que, en principio, me mantiene interesado por lo que sucede al presentarse sobre las fórmulas habituales del drama deportivo sobre baloncesto en el que un coach con problemas personales motiva al equipo para alcanzar la victoria. El problema central, no obstante, es que el guion estropea el desarrollo psicológico del protagonista al mantener sus acciones sobre una serie de situaciones predecibles que, a menudo, nunca abandona la rutina de facilismos ni la zona de confort de los diálogos inspiracionales que sirven para explorar su pasado traumático. De esta manera, soy incapaz de sorprenderme al observar la circularidad que se repite sobre la motivación de Jack para entrenar a los jóvenes inadaptados para mejorar en las prácticas y competir en el torneo de baloncesto; la depresión de Jack como un alcohólico que cae en el abismo al beber por las noches en un bar; las estrategias de Jack que resulta en una racha de victorias para los jóvenes jugadores de baloncesto; los intentos de Jack para abandonar el alcohol al seguir los consejos de sus familiares; las frustraciones de Jack cuando habla con su exesposa sobre la pérdida de su hijo fallecido por cáncer. La estructura narrativa se siente convencional y, en ocasiones, forzada por la manera en que se muestran los tropos del cine deportivo: el equipo perdedor que mejora milagrosamente, el entrenador que impone disciplina férrea, los momentos de clímax en los partidos decisivos. Las subtramas relacionadas con los jugadores adolescentes resultan poco desarrolladas, pues los muchachos funcionan solo como espejos del protagonista. A pesar de esto, la interpretación de Affleck me parece algo orgánica cuando interpreta, con la mirada y los gestos sobrios, a un hombre frágil afectado por el dolor, golpeado por recaídas, que se refugia en el alcohol para ocultar su vulnerabilidad y bebe en silencio como castigo por negarse a aceptar la muerte de su hijo pequeño, en unas pocas escenas donde transmite la fatiga física y psicológica del personaje —el rostro hinchado, la postura encorvada, las manos temblorosas— sin recurrir a excesos dramáticos, otorgándole cierta credibilidad a un arco de recuperación que evita los clichés más obvios del género sobre el manager atormentado. Este es aprovechado por O'Connor para encuadrar el asunto del alcohólico anónimo en una puesta en escena algo desequilibrada que intenta balancear, por una parte, las secuencias dramáticas sobre una crisis personal bastante sobria y, por la otra, las secuencias de baloncesto coreografiadas con cierta flojera; bajo un tratamiento atmosférico decente de Eduard Grau que refuerza la atmósfera de aislamiento del protagonista en unos escenarios oscuros fotografiados con filtros desaturados y fríos. La música de Rob Simonsen es, al contrario, un poco reiterativa con su leitmotiv de cuerdas. Todo lo demás, por desgracia, me deja con la impresión de que no alcanza la profundidad emocional de otros dramas sobre adicción ni la energía contagiosa de los buenos filmes deportivos.



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Ficha técnica
Título original: The Way Back
Año: 2020
Duración: 1 hr. 48 min.
País: Estados Unidos
Director: Gavin O'Connor
Guion: Brad Ingelsby, Gavin O'Connor
Música: Rob Simonsen
Fotografía: Eduard Grau
Reparto: Ben Affleck, Janina Gavankar, Michaela Watkins, Brandon Wilson, Al Madrigal
Calificación: 6/10