En Proyecto Fin del mundo, los directores Phil Lord y
Christopher Miller apuestan a recuperar su poética del dúo con
la finalidad, supongo, de que funcione como adaptación de la novela
homónima de
Andy Weir que duró varias semanas como best-seller en la lista del New York
Times. Su enfoque, adoptado por el guion de Drew Goddard, es
bastante similar a lo que pasa en
El marciano
(Scott, 2015), otra adaptación cinematográfica de la primera obra
autopublicada de Weir que narra la ingeniosa supervivencia de un
astronauta en Marte —también con guion de Goddard—. Pero traslada el
asunto al espacio interestelar para subvertir los tropos del cine de
ciencia ficción de Hollywood que a menudo toca el caso hipotético
sobre el contacto alienígena. El alcance de esta premisa hizo que los
productores de Metro-Goldwyn-Mayer adquieran temprano los derechos
exclusivos del material y contrataran de inmediato a
Ryan Gosling, que ya tiene experiencia en películas sobre el espacio luego de su
rol en
El primer hombre
(Chazelle, 2018).
El metraje de casi tres horas me induce a razonar los suficiente como
para saber, dicho sea de paso, que no está a la altura de su desmedida
ambición por sus explicaciones científicas apresuradas y humor en
medio de la crisis, algo que tiende estropear ligeramente algunas
escenas redundantes. Sin embargo, encuentro que
es una película de ciencia ficción dura que, como aventura
interestelar, nunca pierde el pulso espectacular
y entretenido con la presencia de Gosling como el astronauta perdido
en el espacio, donde se me invita incluso a reflexionar con esas
metáforas que sirven como base textual para interrogar cuestiones
sobre la incomunicación y la ética de la cooperación humana.
La trama, ambientada en un futuro no muy lejano, sigue la existencia
de Ryland Grace (Ryan Gosling), un astronauta con amnesia
temporal que, tras haber sido inducido a un coma médico, se despierta
solo en una nave espacial a años luz de la Tierra, sin recordar quién
es ni cómo ha llegado hasta allí, descubriendo a dos miembros muertos
de su tripulación, en la que pone a prueba sus conocimientos como
científico para comprender su entorno, mientras poco a poco recupera
su memoria para entender el propósito de su misión: resolver el enigma
de unos microorganismos alienígenas que aceleran la extinción del sol
conocidos como
astrófagos, los cuales circulan a través de una tenue línea infrarroja que va
del Sol a Venus llamada la "línea Petrova" y, además, actúan como parásitos que consumen la energía de las
estrellas, disminuyendo su brillo y temperatura, algo que podría
causar un enfriamiento global catastrófico de la Tierra en 30 años. A
medida que avanza, Grace recuerda sus días como profesor de secundaria
y un infame biólogo molecular contratado por la NASA para ejecutar la
misión, pero su objetivo cambia por completo al establecer un vínculo
peculiar con un alienígena procedente del planeta Erid en otro sistema
estelar al que llama "Rocky".
En términos generales, la narrativa se estructura bajo las fórmulas
habituales del cine de ciencia-ficción dura que se halla en el
imaginario de Weir traducido por Goddard, donde un protagonista
convertido en superviviente aborda metódicamente los desafíos
espaciales a través del método científico para cumplir su tarea. La
diferencia radica en que ahora dicho protagonista es un profesor de
ciencias obligado ser astronauta para salvar el mundo de una
hecatombe. El guion de Goddard se apresura a dimensionar el barullo
dejando algunas interrogantes flotando en un marco de exposición, pero
me parece que funciona adecuadamente porque, por añadidura, construye
el desarrollo de Grace sobre largos flashbacks que establecen un
sustento sólido para las motivaciones descritas que impulsan el
conflicto, en una serie de situaciones impredecibles que se originan
de las acciones a puerta cerrada sobre experimentación científica y el
extraño vínculo establecido por el contacto con el alienígena de
aspecto rocoso en varias escenas.
En este sentido, no me queda más remedio que sentirme provocado por
las peripecias que, entre comicidad y dinamismo, ocurren con el
reclutamiento de Grace que ocurre en el pasado cuando Eva Stratt (Sandra Hüller) le ofrece la oportunidad de estudiar las muestras de astrófagos;
los experimentos científicos en los que Grace descubre en su
laboratorio y bajo la estricta vigilancia del gobierno que los
astrófagos son una fuente de combustible volátil; el plan de Stratt
—conocido como "Proyecto Ave María"— para aprovechar el combustible generado por astrófagos y enviar
una tripulación en una misión suicida a
Tau Ceti
—la única estrella no infectada por astrófagos con la clave para
rescatar el Sol— en una nave equipada con sondas llamada Ave María; la
negativa de Grace de tomar el riesgo de continuar la misión del viaje
de ida luego de un accidente; la investigación de Grace dentro de la
nave Ave María en el espacio interestelar antes de acceder a
comunicarse con el eridiano en su gigantesca nave extraterrestre de
aleación de xenonita por la órbita de Tau Ceti; el enlace de
comunicación frecuentado por Grace y por Rocky a través de la
ecolocalización poco antes de colaborar juntos para alcanzar un mismo
fin. Las secuencias en las que Grace y Rocky resuelven desafíos
relacionados con astrofísica, química, biología y física de partículas
se presentan de manera clara y emocionante, sin sacrificar rigor.
La odisea espacial de estos personajes, además de presentarse a paso
rítmico, me resulta particularmente interesante porque, entre otras
cosas,
ofrece un comentario algo sutil sobre la incomunicación, la
resiliencia humana y la ética de la colaboración; pero entendido ahora como la convicción de un hombre inseguro y
egoísta que, para despojarse de la irresponsabilidad que le impide
avanzar en su identidad hermética, se dispone a colaborar éticamente
con un alienígena que comparte el mismo propósito de auxiliar un
planeta natal. Esto es específicamente cierto porque Grace, que en el
pasado prefería trabajar aislado de los demás y optó por impartir
clases en lugar asumir una labor científica, comprende la importancia
de valorar la otredad con Rocky, a través de una eticidad de
comunicación que le permite a ambos obtener un beneficio mutuo del
intercambio de conocimiento. A pesar de que hay algunas pretensiones
progresistas a nivel subtextual en sus asuntos sobre escepticismo,
división y cambio climático, la idea es conceptualizada con una
sutileza que celebra la capacidad de encontrar conexión incluso en las
circunstancias más adversas, evitando además el error común de
simplificar excesivamente la curiosidad científica al explicarla con
elegancia mediante diálogos accesibles.
Al margen de esta síntesis discursiva, Gosling entrega una
interpretación orgánica que, con su expresividad y mirada serena,
demuestra su versatilidad para cargar la película entera sobre sus
hombros. Interpreta a Grace como un hombre curioso, solitario,
irresponsable, que en principio se niega a ser un héroe, pero que
asume una determinación arriesgada en el proceso de reconstruir su
memoria mientras trata de sobrevivir una misión que lo lleva a impedir
un cataclismo que amenaza con extinguir la vida a escala planetaria,
donde una amistad inesperada con el otro llamado Rocky significa que
quizá no tenga que hacerlo solo.
Gosling posee una extraña destreza para mostrar inteligencia
sin arrogancia y vulnerabilidad sin debilidad, con un carisma natural
que transforma cada escena de resolución científica en un momento de
genuina satisfacción cuando llora, ríe y reflexiona ante la
incertidumbre con el traje de astronauta; logrando además cierta
pericia física cuando gira entornos de gravedad cero. La voz de James
Ortiz, de igual modo, lo acompaña en varias escenas como alivio cómico
recurrente, que ajusta su tono para interpretar a Rocky como un ser
alegre e ingenioso de piedra que, como mecánico, nunca abandona la
esperanza de seguir adelante como único sobreviviente de su nave.
Como es habitual, los directores, Lord y Miller, encuadran la historia
del astronauta y el extraterrestre en una puesta en escena que, desde
los primeros minutos, manifiesta un carácter de urgencia. Mantienen un
ritmo dinámico a lo largo de las más de dos horas y media, alternando
hábilmente entre el presente en la nave, flashbacks terrestres y
secuencias de acción contenidas que, a menudo, se sintetizan a través
de dispositivos estilísticos como el primer plano, el plano subjetivo,
la elipsis, el fuera de campo, el sonido diegético y el encuadre móvil
de una cámara en movimiento de
Greig Fraser
que capta, asimismo, los espacios herméticos del interior de la nave
por el ambicioso diseño de producción. Su espectáculo visual, fruto de
unos efectos especiales que combinan elementos CGI y sets construidos,
se subraya en los diseños de las naves y en las panorámicas imaginadas
en el espacio que transmiten una sensación auténtica de vértigo,
especialmente en la secuencia palpitante del planeta Adrián. También
conceden cierta originalidad al
diseño del alienígena Rocky
como una araña de roca en una pequeña esfera presurizada, ya que su
realización híbrida (práctica y digital) logra manifestar su
personalidad sensible sin caer en la caricatura.
Estas propiedades, dicho sea de paso, consiguen que esta película de
ciencia-ficción me atrape con su narrativa ágil, incluso cuando el
humor característico del estilo de los directores, que surge de forma
espontánea del ingenio de Grace y de las peculiaridades de la
comunicación con Rocky, no me cause tanta risa. La interacción entre
Grace y Rocky, por lo menos, se convierte en el corazón emocional del
relato al explora temas de amistad interestelar, empatía transcultural
y cooperación más allá de las diferencias biológicas ante la
posibilidad de un primer contacto con inteligencia extraterrestre. A
todo esto se añade una banda sonora de
Daniel Pemberton
que complementa espléndidamente la atmósfera con arreglos orquestales
combinados con texturas electrónicas. No salgo de verla pensando que
se trata de uno de los grandes eventos del género, pero descubro, en
última instancia, que siempre mantiene la consistencia para ser
emocionante y generar preguntas que educan sobre el potencial humano,
algo que es ya raro de ver con frecuencia en los blockbusters de
Hollywood.