La trama sigue a Cole Reed, un antiguo policía y exmarine que trabaja como jefe de seguridad de un magnate naviero tailandés, pero cuyo oficio se complica cuando atestigua el asesinato de su jefe y es acusado del crimen, por lo que decide limpiar su nombre y vengarse al embarcarse en un carguero donde, asimismo, descubre una conspiración internacional de tráfico de personas.
Desde el principio, la narrativa adopta la fórmula básica del cine de acción que suele girar en torno a un antihéroe atrapado en un barco, que mata con pistola en mano a todo el que se atraviese en su camino mientras investiga a la red criminal. El problema principal, sin embargo, es que el guion no se toma ni siquiera la molestia de desarrollar al protagonista más allá de las descripciones obvias que justifican su motivación y, a menudo, opta por colocarlo en un círculo de situaciones previsibles que se soluciona sobre la base de clichés, one-liners y acciones expositivas.
En este sentido, la narrativa pierde fuerza al operar sobre unos facilismos que se prolongan a través de la misión de Reed cuando se convierte en una máquina de matar que elimina uno a uno a los miembros de la tripulación; la colaboración de Reed con una oficial llamada Angie para liberar a los rehenes; las órdenes del capitán Marko Madsen sobre sus secuaces para eliminar a Reed y a Angie; la investigación de Reed para descubrir la verdad del barullo incriminatorio antes de enfrentar al villano genérico en cubierta. No hay giros de tuerca o golpes de efecto que me sorprendan. Las secuencias de acción, contenidas en los pasillos estrechos del barco, carecen de tensión porque nunca hay duda de quién va a ganar cuando Reed utiliza el gancho, el arpón, el hacha o la metralleta para resolver el conflicto por la vía fácil de la violencia gore.
El propio Statham parece haber entrado en piloto automático, pues demuestra aquí que todavía tiene pericia física para lucir creíble en las escenas de pelea o los combates con armas, aunque su personaje es solo una copia más de ese estereotipo que ha perfeccionado con los años: el antihéroe taciturno con rostro serio que en su defecto es violento y duro de matar, con el mismo pasado traumático y la misma capacidad sobrehumana de resistir los castigos físicos antes de matar a los malos porque siempre está tres pasos por delante. Statham tampoco tiene química con Annabelle Wallis, que aparece como secundaria en el inevitable papel de interés romántico y aliada funcional. Básicamente todo lo que hace confirma que, como actor, se ha instalado cómodamente en un molde que ya no sorprende a nadie porque, a decir verdad, los productores solo ofrecen con él la garantía de ver al mismo tipo haciendo las mismas cosas en un escenario ligeramente distinto.
La dirección de Richet, en términos generales, deposita sus puntos fuertes en los escenarios herméticos del barco encuadrado entre metal y tuberías sobre espacios cerrados, pero sus pretensiones por coreografías brutales y continuas de acción a puerta cerrada anulan cualquier posibilidad de entretenimiento por su capa rutinaria. Richet, al menos, permite que se escuche una banda sonora de Marcus Trump en algunas atmósferas. Nada de esto, sin embargo, evita que esta película suya sea solo un naufragio formulaico del cine de acción.
Streaming en:
Título original: Mutiny
Duración: 1 hr. 35 min.
País: Estados Unidos
Director: Jean-François Richet
Guion: J.P. Davis, Lindsay Michel
Música: Marcus Trump
Fotografía: Brendan Galvin
Reparto: Jason Statham, Annabelle Wallis, Adrian Lester, Roland Møller, Jason Wong
Calificación: 5/10






