En esta nueva película, Alejandro González Iñárritu trata de construir una sátira sobre cambio climático con Tom Cruise. Descubre de qué trata.
En Digger, Alejandro González Iñárritu recupera su poética de la metaficción con el propósito, supongo, de perseguir las tendencias de esa ideología progresista que lleva anunciando el fin del mundo desde que los activistas predicaban sobre el "calentamiento global" antes de cambiar la marca a "cambio climático" por las cuestiones mercadológicas. Según Iñárritu, la idea para hacerla le llegó luego de terminar El renacido y ver el escenario político de aquellos años: «Tenía una idea. No un guion, no una película, solo una obsesión implacable y recurrente que ha perdurado a lo largo de los años», añadió, «sabía quién era este personaje. Sabía cómo hablaba, cómo sobrevivía, cómo seducía a la realidad para que estuviera de acuerdo con él. Pero me llevó 10 años hacer esta película, porque no buscaba una historia. Buscaba la manera correcta de decirla». Al poco tiempo, pasó algunos años perfeccionando el guion mientras intentaba convencer a Tom Cruise de que era el indicado para protagonizarla.
Este tiempo que ha tardado en Iñárritu en realizar Digger me hacen pensar lo suficiente como saber que ha entrado en un declive creativo que, en cierta medida, se ha acelerado desde esa sosería llamada Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades (2022), donde lo único que le queda es el reciclaje de estructuras narrativas previamente exploradas de sus películas pasadas. Su intención ahora es un híbrido que parece mezclar las ideas de Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) (2014) con la urgencia de No miren arriba (McKay, 2021) y de Dr. Insólito o: cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba (Kubrick, 1964). Y ciertamente tiene algunos momentos con la actuación central de Tom Cruise dentro del ambicioso diseño de producción, pero la película en general me parece aburrida como la mierda, moralmente simplona, una sátira metaficcional que me sermonea durante dos largas horas sobre obviedades de crisis climática y capitalismo clientelista, avanzando además a un ritmo plomizo y letárgico, equivalente al tiempo de un sepulturero anciano desenterrando un cadáver en el cementerio.
La trama sigue a Digger Rockwell (Tom Cruise), un rico magnate petrolero que administra una corporación centenaria construida con la pala de su abuelo y ordena la ejecución de perforaciones irresponsables en Groenlandia para maximizar la producción y los beneficios, mientras alimenta a su gato moribundo y discute con su hermanastra Emma Rockwell (Sandra Hüller) en su mansión. El conflicto es establecido cuando Rockwell, consumido por la megalomanía y la terquedad, toma decisiones erráticas al ignorar las advertencias del científico Ganesh (Riz Ahmed) y provoca el desprendimiento de una enorme isla de hielo que amenaza con devastar Europa, por lo que este accede a una reunión de emergencia con el gabinete de Compson (John Goodman), el presidente dictatorial de los Estados Unidos, con el objetivo de buscar una solución política para que su negocio no se vea afectado.
Esta premisa, en un principio, me resulta particularmente original por la manera en que Iñárritu construye el relato sobre las fórmulas habituales del drama satírico y la comedia negra para mostrar los episodios cotidianos de Digger a raíz de un conflicto arreglado por un acto prolongado de manipulación política. El problema fundamental, no obstante, es que el guion —coescrito por Iñárritu, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone y Sabina Berman— le quita profundidad al desarrollo del protagonista al someterlo a un rígido cuadro de descripción para esbozar sus motivaciones y, a menudo, opta por mantenerlo enterrado en una serie de situaciones previsibles que repiten con frecuencia la circularidad de monólogos a puerta cerrada y exposición teatralizada. Esto empeora, en su defecto, cuando se introduce un giro metaficcional que debilita la estructura narrativa al dividirla en dos líneas paralelas: una en la que Digger debe lidiar con los asuntos familiares mientras resuelve los inconvenientes de su empresa con el gobierno corrupto; y otra en la que gran parte de lo que hemos visto es, alerta de spoiler, una representación teatral montada en un futuro postapocalíptico donde se muestra los problemas familiares y profesionales de un actor llamado Curtis Markson (Tom Cruise) durante los ensayos de la Fossil Fools, una farsa sobre la avaricia capitalista y la destrucción medioambiental basada en el empresario Digger.

A partir de ahí, la película se vuelve insufriblemente rutinaria al presentar, una y otra vez, las reuniones secretas de Digger con el staff del presidente Compson para proteger los intereses norteamericanos a como dé lugar poco después de la catástrofe; los dilemas personales de Curtis tras bambalinas al discutir con la directora de la obra mientras se preocupa por su hija en medio de un huracán de categoría 6; el discurso de Digger frente a los burócratas pálidos de las naciones europeas que gritan en demasía por el desastre; el plan de Digger para obligar al presidente Compson a bombardear otro iceberg que va a chocar contra sus pozos petroleros en Alaska; la presión de Curtis para añadirle capas de autocomplacencia metateatral a un relato que ya se desmorona por su propia falta de avance. Esta estructura circular revela la debilidad estructural más grave de la narrativa, es decir, la ausencia total de acciones dramáticas sobre la capa tragicómica, pues cada secuencia se limita a reiterar los mismos conflictos sin elevar las apuestas, sin proporcionar sutileza, sin entrelazar de forma orgánica las tramas paralelas del presente catastrófico y del futuro teatral, y sin permitir que los personajes evolucionen más allá de sus arquetipos rígidos y caricaturizados. En pocas palabras, casi no sucede nada porque todo se convierte en un bucle agotador de monólogos vacíos que solo subrayan la incapacidad del guion para sostener su ambición durante más de dos horas.
La construcción del personaje de Digger me resulta unidimensional porque, por añadidura, es reducido a aquella caricatura del jefe soberbio, terco y narcisista sin que se tome la molestia de profundizar en sus contradicciones internas cuando se ve atrapado entre la herencia familiar, la adicción al poder y una posible grieta de duda que se mantiene irresoluble por el abanico de pretensiones. Iñárritu lo reduce a un monstruo estrafalario cuyo único rasgo es la arrogancia desbordada, pero, en la contraparte, tampoco se presta a dimensionar la psicología de Curtis fuera de los actos en el escenario como actor en crisis. Entre ambos, aparecen personajes secundarios —desde el presidente Compson hasta la media hermana, pasando por el científico y el autoritario general— que apenas salen como relleno decorativo para complementar un humor negro que se siente rebuscado, o sea, figuras planas cuya única función es reaccionar, padecer o legitimar el monólogo del protagonista con algún one-liner cómico, sin recibir un arco propio fuera de los diálogos descriptivos que justifican sus personalidades.
En este sentido, la intención de Iñárritu es instrumentalizar la narrativa para señalar los corolarios del capitalismo clientelista sobre el poder económico y el impacto ambiental de la extracción de combustibles fósiles. Presenta a Digger como el oligarca malvado que usa su dominio sobre la élite política para controlar la opinión pública y blanquear las maniobras que hace para custodiar al imperio petrolero responsable de la hecatombe climática. Esto es específicamente cierto en las escenas de complicidad con los políticos ignorantes y, sobre todo, en el famoso discurso ante una asamblea internacional (una suerte de Parlamento Europeo o Naciones Unidas estilizada), en una secuencia donde Digger defiende el petróleo como “la leche materna de la Tierra”, acusa a los políticos y a los ciudadanos de hipocresía por seguir demandando lo que él produce, y se erige como el único realista en un mundo de moralistas de fachada.
Sin embargo, el material discursivo que Iñárritu entrega es pobre e intelectualmente deshonesto. Su perorata progresista se sostiene en falacias que pretenden apuntalar la tesis risible del cambio climático, el zeitgeist sociopolítico y el capitalismo clientelista. En lugar de cuestionar cómo el intervencionismo estatal distorsiona las variables económicas y asfixia la función empresarial, opta por acomodar su fábula a la vieja fanfarronada de izquierda que enmarca todo en la dialéctica materialista de los buenos y malos. Digger es el villano absoluto; los líderes políticos como Compson, son los cómplices pusilánimes e ignorantes; y el público, un rebaño adicto que se niega a renunciar a sus comodidades. No hay espacio para la complejidad, solo generalizaciones banales como metáforas obvias del ascenso del trumpismo.
El texto ataca al capitalismo como si fuera el enemigo, cuando en realidad ignora que el núcleo del problema no es el intercambio voluntario ni el orden espontáneo del mercado en el sistema energético, sino la intervención estatal y el privilegio legal que el poder político otorga a unos pocos clientes. Si el capitalismo es tan "perverso", ¿por qué la solución implícita parece residir en un cambio de narrativa política o en la contemplación artística del cataclismo? Si el alarmismo climático es el marco moral idóneo, ¿por qué la película se permite un tono de superioridad irritante hacia quienes aún dependen del sistema que condena? Estas interrogantes confirman que Iñárritu y Berman todavía siguen adoctrinados por esos viejos sermones anti-corporativistas reciclados por intelectuales como Noam Chomsky para predicar sobre el apocalipsis climático sin posibilidad alguna de distinguir entre el mercado libre que provee energías a través de la propiedad privada y el capitalismo de amigos protegido por el Estado, que impone los incentivos perversos que afectan tanto a productores como a consumidores. El resto es autojustificación moral disfrazada de cinismo.
Al margen de esta síntesis discursiva, Cruise ofrece una interpretación que se roba algunas escenas por el carácter histriónico e insoportable de su personaje. Transformado con prótesis para lucir anciano y con un acento tejano, interpreta a Digger como un multimillonario vestido de cowboy que, con pala en mano, aplasta con su verborrea a todo aquel que se niegue a cumplir sus caprichos industriales, mientras, por el lado metateatral, interpreta a Curtis como un actor agotado que conversa con los demás tras bastidores y se angustia por su hija atrapada en un huracán. Su registro expresivo no es el mejor de su carrera, pues en muchas escenas tiende a exagerar su histrionismo sin que esa doble labor logre jamás dotar de complejidad psicológica a ninguno de los dos roles. Básicamente, la mayor parte del tiempo se percibe como un intérprete al que han entregado carta blanca para gritar, escupir y gesticular sin que nadie le imponga un límite Pero hay momentos en los que su energía desbordante me resulta hipnótica, desmesurada, alcanzando su punto más sólido en la larga secuencia del discurso. Los actores secundarios sufren las consecuencias directas de este enfoque, pero Goodman, Ahmed y Hüller tienen escenas que se destacan entre chistes y ruido.
En términos generales, la dirección de Iñárritu encuadra a su tropa actoral depositando unas virtudes estéticas que se acentúan con fuerza en las decisiones que toma sobre el enorme diseño de producción de los escenarios, el uso del maquillaje y el vestuario, el primer plano, y, ante todo, las atmósferas fabricadas por la fotografía de Emmanuel Lubezki, que adopta el encuadre móvil, la iluminación natural y unos planos dilatados por la relación de aspecto 1.50 : 1 en formato VistaVision, oscilando entre el barroquismo y una monocromía casi funeraria que confiere a cada secuencia una solemnidad deliberadamente opresiva. Por el apartado sonoro, permite que la banda sonora de Cosmo Sheldrake integre en su composición que mezcla instrumentos orgánicos y electrónicos que cruzan sus sonidos entre la folktronica, la música ambiental y el pop barroco experimental.
Estos elementos, en última instancia, reflejan las actitudes estéticas de Iñárritu para pulir la superficie de la producción por la parte técnica. Pero la belleza gélida que da a veces queda como un vacío conceptual. Esto tiene como resultado una película que se mira el ombligo con una obsesión patológica. Cada secuencia quiere gritar "¡miren qué ambicioso soy!", y esa necesidad constante de señalar su propia importancia termina por agotar mi paciencia para soportar semejante ejercicio de ombliguismo estético durante dos horas que se estiran hasta el infinito. La comedia, cuando aparece, es gruesa, sin gracia, frecuentemente desagradable. Poco o nada me importa que pretenda dialogar sobre el poder y la imposibilidad de escapar de nuestras propias historias. Si lo que buscaba aquí era demostrar que tiene la razón para satisfacer su ego, pues lo ha logrado. Es su peor película.
País: Estados Unidos
Director: Alejandro González Iñárritu
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Reparto: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg, Jesse Plemons
Calificación: 4/10









