La trama, ambientada en un futuro cercano, sigue la historia de Frank, un anciano y antiguo ladrón que vive solo en su casa mientras sufre un deterioro mental producido por la demencia, pero cuya vida cambia cuando recibe de su hijo Hunter un robot asistente programado para brindarle cuidados terapéuticos y rutinas caseras, el cual poco a poco se convierte en su cómplice para planificar también pequeños robos nostálgicos.
En un principio, la narrativa me llama la atención por la manera en que se suele estructurar sobre las claves del drama, la comedia y la ciencia ficción para mostrar la colaboración ética entre el humano y el robot. El problema fundamental, no obstante, es que el guion de Christopher D. Ford no se toma la molestia de ampliar el desarrollo del protagonista más allá de las obviedades descriptivas que inducen sus motivaciones y, por si fuera poco, debilita el aparato de sus acciones al colocarlo sobre una serie de situaciones circulares que le quitan pulso dramático por las pretensiones expositivas.
En este sentido, no puedo evitar quedar atropellado por la circularidad de escenas que tiende a debilitar el conflicto entre las actividades cotidianas de Frank al acudir a una biblioteca para ganarse el afecto de una bibliotecaria; las instrucciones que Frank le proporciona al robot para realizar atracos y sus asuntos delictivos; las conversaciones familiares de Frank con su hijo Hunter y su hija Madison; la amistad inesperada de Frank al apreciar a su compañero robótico como a un humano.
Detrás de cada escena, todo avanza a base de discusiones superfluas y los típicos giros que se anuncian con kilómetros de antelación. Y el arco, a menudo, me resulta mecánico al mostrarlo todo de forma acomodaticia: el anciano es un ladrón retirado que se resiste a olvidar el pasado y extraña la adrenalina del robo, mientras el robot es el fiel ayudante programado para "mejorar su calidad de vida" con lógica fría. No hay verdadero riesgo dramático. Las subtramas aquí son algo esquemáticas cuando algunos personajes entran solo como una brújula moral puntualizar los temas sobre los lazos familiares, la pérdida de la memoria y la distancia afectiva. Básicamente, la narrativa no se atreve a dejar cabos sueltos ni a explorar las consecuencias más inquietantes de su premisa, y, entre otras cosas, opta por cerrar con una nota de aceptación y nostalgia algo calculada.
La actuación de Langella, por lo menos, consigue un acto de sobriedad expresiva al interpretar a Frank con un carisma que se sostiene a través de los gestos desenfadados cuando habla con el robot, aunque su personaje parece escrito en clave de “viejo gruñón con corazón de oro” y el material no explora su fragilidad sin ir más allá de la superficie. Peter Sarsgaard, por su parte, hace lo que puede al emplear su voz para ajustarla a lo que dice el robot con comentarios lógicos, pero su personaje es solo un accesorio cosmético.
En términos generales, la dirección de Schreier trata de mezclar los géneros con un humor seco y un tono sentimentaloide, en una puesta en escena funcional que apenas deposita sus pocas virtudes en ciertos decorados futuristas y en el diseño peculiar del robot. Schreier permite, además, que se escuche la banda sonora melancólica de Francis Farewell Starlite. Pero, desafortunadamente, ninguno de estos elementos evitan los facilismos manidos de su ópera prima.
Streaming en:
Título original: Robot & Frank
Duración: 1 hr. 29 min.
País: Estados Unidos
Director: Jake Schreier
Guion: Christopher D. Ford
Música: Francis Farewell Starlite
Fotografía: Matthew J. Lloyd
Reparto: Frank Langella, James Marsden, Liv Tyler, Susan Sarandon, Peter Sarsgaard, Jeremy Strong
Calificación: 5/10






