La muerte de Robin Hood

La muerte de Robin Hood, dirigida y escrita por Michael Sarnoski, se presenta como una relectura oscura de aquella leyenda de Robin Hood que se halla en una balada inglesa que data del siglo XVII. Tiene en su superficie un tono visual atmosférico que ayuda a complementar la actuación sobria de Hugh Jackman como el anciano príncipe de los ladrones, pero su narrativa me parece particularmente circular y nimia, hasta el punto en que soy asaltado por la sensación de que estoy viendo un ejercicio de autocomplacencia estética que se hunde en sus pretensiones de realismo crudo y violencia gratuita. 


La trama se ubica en la Inglaterra de 1247 y sigue a Robin Hood, el legendario bandido que ahora vive en soledad en la montaña, como un ermitaño atormentado por su pasado de asesino, que rechaza las historias que lo han convertido en un héroe popular y que, tras asesinar a una joven que lo intenta matar para vengar a sus parientes, es visitado por su amigo más antiguo y compañero, Little John, ahora bajo la identidad de Edward, al que decide ayudar para rescartar a su esposa. 


En un principio, la premisa suena interesante al mezclar el drama, la aventura y la acción épica para mostrar el dilema de un anciano Robin Hood: el forajido que robaba a los ricos para dar a los pobres resulta ser un asesino de mujeres, niños y familias enteras, perseguido por su propio mito y por las víctimas que dejó atrás. 


El problema fundamental, no obstante, es que el guion de Sarnoski nunca desarrolla el conflicto interno del personaje más allá del eslogan y, a menudo, opta por mantenerlo estacionado sobre una circularidad de situaciones predecibles que nunca escapa de los diálogos rebuscados ni de las acciones expositivas. En este sentido, la estructura tiene un núcleo de torpeza que se prolonga durante la violenta pelea de Robin en una una granja en llamas para masacrar a varios hombres; el viaje de John para dejar al herido Robin en el Priorato de San Clemente en una isla remota; los cuidados médicos que recibe Robin de la hermana Brigid. Hay conversaciones, peleas, crudeza, serenidad. 


Pero no hay matices, no hay complejidad moral, solo una constante reiteración de culpa que, por añadidura, funciona como síntesis discursiva para desmitificar el heroísmo de Robin Hood sobre frases sentenciosas que interrogan el pecado, la muerte, la fe y la mentira del legado. Este discurso carece de sustancia porque Sarnoski se limita a repetir, una y otra vez, que Robin es un monstruo que busca redención, con el fin de ajustar su tesis a las soserías del progresismo de la actualidad que suele recurrir al subtexto del white guilt para reinterpretar en clave feminista los mitos de los héroes occidentales, donde ahora el hombre blanco es un ladrón y asesino bárbaro de mujeres que debe encontrar el perdón con la hermana y la niña huérfana que le ofrecen la posibilidad de salvación. Su mapeo determinista prefiere convertir el asunto en un acto vacío de revisionismo histórico. 


Al margen de esto, Jackman entrega una interpretación creíble cuando emplea la mirada y su físico deteriorado para dimensionar la expresión de un hombre destruido. Pero ni siquiera su compromiso expresivo puede rescatar a un personaje que no evoluciona más allá del tormento. El resto del reparto, con Bill Skarsgård y Jodie Comer, permanece a merced de un guion que no les da material con el que trabajar. 


En términos generales, la dirección de Sarnoski deposita algunas pericias en las decisiones que toma sobre el vestuario, los decorados rurales y, ante todo, las panorámicas facturadas por la fotografía de Patrick Scola, que captura las escenas entre luces y sombras, bajo una atmósfera fría que añade coherencia visual al tono oscuro del relato. Esta acumulación de elementos, por desgracia, solo queda como una suma de accesorios cosméticos al servicio de la pretenciosidad que a veces sale del catálogo de A24.



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Ficha técnica
Título original: The Death of Robin Hood
Año: 2026
Duración: 2 hr. 02 min.
País: Estados Unidos
Director: Michael Sarnoski
Guion: Michael Sarnoski
Música: Jim Ghedi
Fotografía: Patrick Scola
Reparto: Hugh Jackman, Jodie Comer, Bill Skarsgård, Noah Jupe, Faith Delaney
Calificación: 5/10
Genio y figura

After the Thin Man es una película de W.S. Van Dyke que constituye, en cierta medida, la segunda de las seis películas de la MGM protagonizadas por William Powell y Myrna Loy sobre la famosa pareja de detectives creada por Dashiell Hammett. A diferencia de The Thin Man (Van Dyke, 1934), que me parece irregular, encuentro que esta es, en cambio, una de esas secuelas raras que superan a la original por la manera en que Van Dyke, aprovechando la química de Powell y Loy, expande su propuesta detectivesca con elegancia al entregar un equilibrio sutil entre comedia sofisticada y misterio de asesinato. 


La trama, situada durante la víspera de Año Nuevo en San Francisco, sigue a Nick y a Nora Charles cuando son invitados a cenar con la aristocrática familia de Nora, donde se enfrentan al caso de asesinato de Robert, el marido mujeriego de la histérica prima de Nora llamada Selma Landis. 


Desde el principio, esta premisa me llama la atención por la forma en que se estructura el conflicto narrativo sobre las fórmulas de la comedia screwball y el misterio whodunit, donde el detective investiga las pistas dejadas por varios sospechosos antes de reunir a todos a puerta cerrada para revelar la verdad sobre el asesino. Esto produce el efecto adecuado de sorpresa porque el guion, entre otras cosas, se toma el tiempo necesario para desarrollar a los personajes a partir de su dinámica conyugal, a menudo arreglada a través de situaciones que mantienen la sutileza entre los diálogos afilados de doble sentido y los giros inesperados que equilibran la exposición cómico-misteriosa. 


Por tal razón, la trama logra sostener una consistencia que se prolonga a través de la visita familiar de Nick y Nora donde la tía Katherine le pide a Nick que investigue discretamente la desaparición de Robert; el encuentro de Nick y Nora con Robert en el club nocturno administrado por el gánster Dancer; el asesinato de Robert en una calle neblinosa a la medianoche; las pesquisas de Nick al investigar a los sospechosos del homicidio junto al teniente Abrams. El asunto avanza a ritmo placentero entre escenas de coqueteo, fiestas, chantaje, adulterio, mentiras, pistolas y asesinatos. 


Pero, por si fuera poco, el argumento me parece particularmente entretenido por la química irresistible que demuestran Powell y Loy. Powell sigue siendo el detective retirado que prefiere un martini a una pistola, que aprovecha su carismático registro expresivo para interpretarlo como un hombre cínico, despreocupado y elegante que emplea su humor y astucia callejera (conoce bien a los criminales de los bajos fondos) para enfrentar el peligro. Loy, por su parte, interpreta a Nora como la esposa rica e inteligente que es mucho más que una compañera decorativa, pues participa activamente al cuestionar, observar y disfrutar de la vida junto a su esposo. Powell y Loy se entienden con miradas, bromas y un afecto genuino que hace que cada escena compartida me resulte refrescante cuando presentan a una pareja moderna sin perder el sentido del humor ni la complicidad. 


El reparto de secundarios provee actuaciones complementarias, pero se destaca, ante todo, James Stewart en uno de sus primeros papeles de peso, quien aporta una presencia que anticipa la versatilidad que demostraría más adelante. 


En términos generales, la dirección de Van Dyke es singularmente eficaz al aplicar su método de realización para dimensionar las escenas con el primer plano, el plano subjetivo, el fuera de campo, la elipsis, el sonido diegético y la fotografía de Oliver T. Marsh, que altera las atmósferas con el uso de la iluminación y las modalidades del encuadre móvil que dinamizan las intenciones de los personajes con el movimiento de cámara. Van Dyke dirige con inteligencia el tono ligero de la comedia de enredo con momentos oscuros de suspense, sin que ninguno de los dos géneros pierda fuerza. Esto tiene como resultado, en última instancia, que su película se sienta divertida y misteriosa a la misma vez.



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Ficha técnica
Título original: After the Thin Man
Año: 1936
Duración: 1 hr. 52 min.
País: Estados Unidos
Director: W.S. Van Dyke
Guion: Frances Goodrich, Albert Hackett
Música: Herbert Stothart, Edward Ward
Fotografía: Oliver T. Marsh 
Reparto: William Powell, Myrna Loy, James Stewart, Elissa Landi, Sam Levene, Joseph Calleia 
Calificación: 7/10
El abismo

El abismo es una película muda en blanco y negro que representa, en cierta medida, el debut tanto del director danés Urban Gad como de su esposa, la legendaria actriz Asta Nielsen. Debido al erotismo explícito, fue ampliamente censurada en Estados Unidos, Noruega y Suecia, además de que generó un fervor público inmediato en Dinamarca por los temas que toca, hasta el punto de convertirse en un éxito de taquilla (marcando uno de los primeros triunfos comerciales de la industria del cine danesa) que catapultó a Nielsen como la primera estrella femenina de cine de Europa. En los 37 minutos que apenas dura, me doy cuenta de que Nielsen, como debutante, sostiene algunas escenas de esta película muda con su actuación natural y expresiva como vampiresa erótica, a pesar de que esto no es suficiente para corregir las debilidades narrativas que le quitan profundidad a los dilemas conyugales que presenta como melodrama. 


En la trama, Nielsen interpreta a Magda, una profesora de piano que se compromete con un hombre conservador llamado Knud, al que poco tiempo después abandona para irse vivir con un artista de circo que la seduce y huye con ella a caballo. 


Esta premisa sencilla sirve como base para establecer el conflicto sobre la fórmula de ese cine melodramático de vampiresas que luego se pondría de moda durante la década de los años 10, donde la vida mundana de una mujer se desmorona a través de un romance ilícito que la conduce a la ruina moral por una tragedia provocada por un hombre seductor. El problema, sin embargo, es que la narrativa suele conducir las motivaciones de la protagonista por una serie de situaciones circulares que nunca escapan de la ironía calculada, de encuentros que provocan alguna discusión de pareja en la calle o en habitaciones. 


Estos encontronazos se ejemplifican a menudo entre el idilio que surge entre Magda y Knud en un tranvía; el rechazo de Magda hacia Knud que comienza cuando se niega a acompañar a los padres de este a la misa dominical; la huida de Magda con Rudolf para vivir con él dentro del teatro de variedades del circo ambulante; el descenso a la infamia de Magda al llevar una vida bohemia y miserable poco antes de enterarse que Rudolf es un mujeriego; los esfuerzos de Knud para reconquistar el amor perdido de Magda. Hay amoríos, celos, culpa, desdicha, bailes sensuales. Pero el ritmo es un poco atropellado para cohesionar el relato de la mujer fatal sobre adulterio y tormento. 


La actuación de Nielsen es, entre otras cosas, lo que retiene mi atención cuando pone de manifiesto la precisión pantomímica que, por añadidura, amplía su registro a través de gestos sutiles en las escenas donde su personaje cae literalmente en el abismo de las pasiones, canalizando cambios emocionales a través de la postura y el movimiento corpóreo, algo que alcanza su punto máximo en la controvertida secuencia del baile erótico en la que baila alrededor de un hombre para simular la pasión sin desnudez con mucha sensualidad (donde el erotismo es percibido con la danza). Su capacidad para transmitir conflictos contradictorios a través de matices faciales y lenguaje corporal me resulta particularmente innovadora para el contexto de su época muda porque, dicho sea de paso, su estilo de actuación naturalista contrasta con la teatralidad escénica. 


La dirección de Gad aprovecha la presencia de Nielsen para equilibrar un tono que oscila entre el drama y el romance teatralizado, depositando pequeñas virtudes en la puesta en escena a través del plano medio, el plano subjetivo con intertítulos y la atmósfera cotidiana capturada por la fotografía de Alfred Lind en locaciones de Copenhague, que funciona como testimonio del período. Técnicamente, lo que ofrece responde a las nomenclaturas habituales de la primera década del cine mudo, pero sus irregularidades narrativas la dejan solo como curiosidad historiográfica sobre una de las primeras vampiresas del cine mudo.



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Ficha técnica
Título original: The Woman Always Pays (Afgrunden)
Año: 1910
Duración:  37 min
País: Dinamarca
Director: Urban Gad
Guion: Urban Gad
Música: N/A (Muda)
Fotografía: Alfred Lind
Reparto: Asta Nielsen, Robert Dinesen, Poul Reumert
Calificación: 6/10
Spider-Man: un nuevo día
Spider-Man: Un nuevo día es una película de Destin Daniel Cretton que consigo ver, supongo, para tratar de encontrar aquellas buenas sensaciones que obtuve con Spider-Man: De regreso a casa (2017), Spider-Man: Lejos de casa (2019) y Spider-Man: Sin camino a casa (2021). No creo que se trate de algo fuera de serie, pero, francamente, me parece una secuela entretenida que, con su tono mesurado y sombrío, supone un regreso maduro para el héroe arácnido del vecindario que interpreta Tom Holland. 


La trama, ubicada cuatro años después de haber sido olvidado por todos por el hechizo de Doctor Strange, sigue a Peter Parker en los días en que es un vigilante a tiempo completo en Nueva York, mientras observa desde lejos cómo Michelle “MJ” Jones y Ned Leeds siguen adelante con sus vidas, aunque su labor como Spider-Man se complica cuando debe enfrentar la amenaza invisible de un villano que se mueve de mente en mente. 


Desde el principio, esta premisa me resulta peculiarmente ingeniosa por la forma en que la narrativa se distancia de las predecesoras al adoptar un tono misterioso que, por lo regular, se equilibra entre el drama, la aventura y la acción que es habitual en el cine de superhéroes. En medio de este equilibrio genérico, el guion encuentra el espacio para desarrollar aún más la psicología interna de Parker, además de cohesionar sus motivaciones personales sobre un abanico de situaciones impredecibles que se toman su debido tiempo para establecer el conflicto sobre diálogos escuetos y exposición calculada. 


En este sentido, permanezco enganchado con las peripecias que suceden entre las hazañas de Spider-Man para contener a Escorpión y otros villanos en persecuciones por las calles neoyorquinas; las pruebas de Spider-Man por sugerencia de Bruce Banner para adaptarse a los sentidos agudizados y telarañas orgánicas que brotan de sus muñecas; la lucha de Spider-Man contra la legión de La Mano para detener a la telépata que busca un dispositivo en el edificio del Departamento de Control de Daños (DODC). 


El asunto funciona con las secuencias de acción trepidantes y las escenas dramáticas que, por añadidura, permiten interrogar la existencia de Parker como un individuo afectado por la culpa y la soledad, cuyo aislamiento lo obliga a cuestionar la responsabilidad de un héroe famoso querido por todos y el abandono de un hombre anónimo que procesa el dolor de no tener amigos ni familia porque decidió alejarse para protegerlos, mientras su mente y su cuerpo sufren una transformación —la ausencia de amistades, el duelo por la tía May y la presión constante de proteger la ciudad desencadenan un cambio físico y psicológico en él que descontrola sus poderes—. 


A nivel expresivo, Holland entrega una interpretación solvente como Parker, pues ya no es el adolescente inseguro, sino un joven adulto herido, obstinado y solitario que sufre en silencio el miedo de volver a acercarse a la gente antes de descubrir el valor de aceptarse a sí mismo, aunque aún conserva el humor y la humanidad que lo hacen tan querible, junto a la destreza física para las escenas de riesgo que demuestra con el traje de Spider-Man. Su química con Zendaya está intacta por razones obvias. También provee algo de alivio cómico en las escenas que se roba Jon Bernthal como Frank Castle/The Punisher. Y deja que Sadie Sink se destaque en un papel complejo que añade capas de tragedia. 


La dirección de Cretton consigue equilibrar las secuencias de acción y los instantes dramáticos aprovechando unos efectos visuales que dimensionan la atmósfera de caos urbano, aunque a veces su ejecución tiende a sentirse un poco sobrecargada por la urgencia de querer abarcar más de lo necesario hasta perder el ritmo. Cretton también deja que la banda sonora de Michael Giacchino haga su trabajo para complementar las escenas de adrenalina y melancolía. Todo esto, en última instancia, logra que su película abra, de manera emocionante, un nuevo capítulo del vecino amistoso de Marvel.



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Ficha técnica
Título original: Spider-Man: Brand New Day
Año: 2026
Duración: 2 hr 25 min
País: Estados Unidos
Director: Destin Daniel Cretton
Guion: Chris McKenna, Erik Sommers, Justin Kuritzkes
Música: Michael Giacchino
Fotografía: Brett Pawlak
Reparto: Tom Holland, Zendaya, Jacob Batalon, Sadie Sink, Jon Bernthal, Mark Ruffalo, Michael Mando, Tramell Tillman
Calificación: 7/10
Tras líneas enemigas
Hay películas de guerra que pretenden explorar la complejidad, el trauma del soldado o las ambigüedades morales de la intervención militar. Tras líneas enemigas, dirigida por John Moore, no es una de ellas. Aunque está basada en la historia del rescate del piloto norteamericano Scott O'Grady durante la Guerra de Bosnia en los 90, los 106 minutos que tiene de metraje me hacen pensar lo necesario como para saber que, con regularidad, es un filme bélico que pierde su rastro con una narrativa predecible y ruidosa que pone a Owen Wilson a correr en medio de un patriotismo acartonado. 


La trama, ubicada durante las etapas finales de la guerra de Bosnia en 1995, sigue la travesía de Chris Burnett, un piloto de la Fuerza Aérea estadounidense que, junto a su colega, el teniente Jeremy Stackhouse, suele pilotar un caza F/A-18 Hornet desde el portaaviones USS Carl Vinson para realizar tareas de reconocimiento aéreo en territorio enemigo; pero cuya misión cambia cuando recibe las órdenes del contralmirante Leslie Reigart para realizar una operación en Navidad, en la que su avión es derribado y queda atrapado en una zona hostil. 


En un principio, la narrativa me resulta interesante por la manera en que se establece el conflicto sobre las fórmulas genéricas del cine bélico y el thriller de supervivencia, con una premisa que es simple: un piloto estadounidense intenta sobrevivir en el bosque para llegar a un punto de extracción, mientras su comandante se enfrenta a la burocracia de la OTAN y a las órdenes de no intervenir. 


El problema fundamental, no obstante, es que el guion comete el error de no desarrollar a los personajes más allá de lo que justifica sus motivaciones y, a menudo, opta por mantenerlos estacionados sobre una circularidad de situaciones previsibles en las que suele abundar el diálogo expositivo que, por añadidura, anticipa lo que va a suceder antes del golpe de efecto. Estas decisiones me obligan a recibir con abulia las acciones que se reparten entre los intentos de Burnett para evadir a un francotirador asesino por fosas de cadáveres y pueblos destruidos; los planes de genocidio de un jefe paramilitar serbiobosnio; las discusiones de Reigart para ordenar la operación de rescate. Entre todo esto hay persecuciones, tiroteos y conversaciones éticas sobre el llamado del deber.


Sin embargo, el asunto carece de sutileza al colocar las piezas de forma errática. El protagonista es solo un soldado hueco sin ningún tipo de profundidad, que resuelve todo los problemas con aparente facilidad. Y la guerra de Bosnia, por el otro lado, queda reducida a un decorado frío lleno de milicianos genéricos y villanos de acento fuerte. Básicamente, no hay siquiera un intento de entender por qué esos hombres disparan bajo el contexto histórico de la masacre de Srebrenica. Todo se reduce al maniqueísmo de "americanos buenos contra serbios malos”. 


Wilson parece perdido en el papel de héroe de acción, pues su registro natural —irónico, despreocupado— choca frontalmente con las exigencias del personaje y es demasiado blando para transmitir la determinación o el sufrimiento sin lucir forzado. Gene Hackman, por su parte, es algo convincente como el militar de principios que desafía los protocolos burocráticos, aunque entrega una de esas interpretaciones de "autoridad gritando por teléfono" que ya había hecho mejor en otras ocasiones. 


La dirección de Moore, entre otras cosas, apuesta por el estilo hiperquinético que estaba de moda entonces con cámaras temblorosas, montaje nervioso, ralentíes gratuitos y una banda sonora que subraya el heroísmo en cada escena. Las secuencias de acción que construye son decentes. La fotografía de Brendan Galvin tiene momentos visualmente atractivos y el diseño de producción logra recrear un paisaje de posguerra creíble. Pero, por desgracia, ninguno de estos elementos consiguen evitar que su película sea como esos productos que Hollywood fabricaba con soltura a principios de los 2000: un espectáculo vacío de héroes unidimensionales y un mensaje patriótico envuelto en explosiones.



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Ficha técnica
Título original: Behind Enemy Lines
Año: 2001
Duración: 1 hr 46 min
País: Estados Unidos
Director: John Moore
Guion: David Veloz, Zak Penn
Música: Don Davis
Fotografía: Brendan Galvin
Reparto: Owen Wilson, Gene Hackman, Joaquim de Almeida, David Keith, Olek Krupa, Vladimir Mashkov, Charles Malik Whitfield, Gabriel Macht
Calificación: 5/10
Los amos del universo
Los amos del universo es una película de Gary Goddard que, en cierta medida, intenta funcionar como una adaptación de la famosa serie de dibujos animados de los 80 sobre el universo de He-Man, producida bajo los estándares de serie B que, por entonces, eran característicos de la productora Cannon Films. Su metraje de más de 100 minutos me hace razonar lo suficiente como para poner en duda el estatus de "culto" que se ha ganado entre los fanáticos porque, a decir verdad, me parece un ejemplo casi de manual de cómo convertir un fenómeno cultural de juguetes y dibujos animados en un producto mediocre, errático y, sobre todo, aburrido de acción fantástica. 


La trama se ubica primero en el planeta Eternia y sigue a He-Man, un guerrero legendario que trata de luchar contra Skeletor para evitar que tome el control del castillo Grayskull como centro de poder del universo, donde combate al ejército enemigo junto al veterano soldado Man-At-Arms y su hija Teela antes de escapar a través de un portal a la Tierra con un artefacto —Llave Cósmica— del cerrajero Gwildor que es reclamado por Skeletor. 


En general, la narrativa estructura esta simple premisa sobre las fórmulas genéricas de la fantasía oscura, la ópera espacial de ciencia-ficción y la aventura de espada y brujería, donde el héroe de la espada legendaria se embarca en una misión épica para superar los obstáculos y salvar a su reino del maligno hechicero. Sin embargo, el guion no se toma ni siquiera la molestia de desarrollar a ninguno de los personajes más allá de las motivaciones banales que justifican el conflicto y, por lo regular, opta por mantener sus acciones en un epicentro de situaciones previsibles que tienden a perder la fuerza entre los diálogos cutres y la exposición excesiva que nunca abandona la circularidad de clichés. 


Estas decisiones simplemente me colocan en un estado de abulia que se prolonga en cada escena que muestra la travesía de He-Man y sus compañeros cuando terminan buscando la llave por los suburbios californianos con ayuda de un par de adolescentes mientras un policía investiga el incidente; los planes de Skeletor para recuperar el dispositivo al enviar al planeta Tierra a su fiel comandante Evil-Lyn y sus secuaces más fuertes (Saurod, Blade, Beastman y Karg); la batalla final en Eternia donde He-Man usa la Espada de Grayskull para derrotar a Skeletor. 


Hay tiroteos, láseres, magia, combates. Pero el tono épico se desmorona ante persecuciones y secuencias de pelea en aparcamientos que son demasiado burdas como para tomarlas en serio, donde los personajes se mueven de una manera errática, como si fueran juguetes de Mattel controlados por un niño. Además, la narrativa arrastra un ritmo que se ve atropellado por el MacGuffin y las subtramas innecesarias de personajes secundarios. 


Como He-Man, Dolph Lundgren cumple con las exigencias descriptivas al mostrar su físico imponente que reproduce la imagen del héroe musculoso, pero su actuación es de una rigidez polietilénica que me resulta casi cómica, con ese acento sueco suyo apenas disimulado y la dicción forzada que hacen que muchas de sus líneas suenen como si las estuviera leyendo por primera vez, ofreciendo un personaje soso que queda reducido a la figura de peón corpulento, que corre de un lado a otro sin arco ni personalidad heroica. Frank Langella, en cambio, luce amenazador tras la máscara esquelética de Skeletor, aunque su personaje es solo un villano acartonado. 


La dirección de Goddard, entre otras cosas, intenta aplicar un estilo camp en el vestuario y los decorados que adornan algunas escenas, pero simplemente es incapaz de añadir algo de pulso a unas secuencias de acción defectuosas que se ejecutan, a menudo, con unos efectos especiales bastante pobres que ponen de manifiesto las limitaciones presupuestarias. El resultado es una película mediocre que, en última instancia, siempre me transmite la impresión de estar a punto de quedarse sin dinero.



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Ficha técnica
Título original: Masters of the Universe
Año: 1987
Duración: 1 hr 46 min
País: Estados Unidos
Director: Gary Goddard
Guion: David Odell
Música: Bill Conti
Fotografía: Hanania Baer
Reparto: Dolph Lundgren, Frank Langella, Meg Foster, Billy Barty, Courteney Cox, Jon Cypher, James Tolkan
Calificación: 3/10
Nausicaä del Valle del Viento
 En 1984 se produjo el estreno de Nausicaä del Valle del Viento, una película de animación japonesa que, en cierta medida, establece por primera vez la poética de lo ecológico del cine de Hayao Miyazaki dentro de su Studio Ghibli. Ha sido aclamada desde entonces como una de las cosas más "grandes" que le ha podido pasar al cine animado. Pero las casi dos horas que tiene de metraje me hacen razonar lo necesario como para poner en duda su reputación entre los aficionados al anime porque, a pesar de la animación pulida dibujada a mano de Miyazaki, encuentro que su estructura narrativa se convierte en un ejercicio aburrido, ingenuo y predecible de propaganda ecológica. 


Su trama, ubicada mil años después de una guerra apocalíptica que destruyó la civilización conocida como los "Siete Días de Fuego", sigue a Nausicaä, una princesa adolescente del reino del Valle del Viento que suele explorar un bosque venenoso para comprender a unos insectos gigantescos con el objetivo de encontrar una manera de que los humanos de su tierra puedan coexistir con ellos en paz; pero su vida cambia drásticamente cuando debe proteger a su pueblo del imperio militarista de Tolmekia liderado por Kushana. 


En términos generales, esta premisa esboza el conflicto narrativo sobre las fórmulas de la aventura épica, la ciencia ficción distópica y la fantasía steampunk para manifestar, dicho sea de paso, las inquietudes tempranas de Miyazaki al mostrar la travesía de una joven compasiva que intenta mediar entre el caótico reino humano y la naturaleza hostil. 


El problema fundamental, no obstante, es que el guion de Miyazaki estropea el desarrollo de la protagonista más allá de la capa de obviedades de su motivación y opta, a menudo, por impulsar sus acciones sobre una serie de situaciones circulares que tienden a dar demasiadas vueltas entre diálogos expositivos y personajes de relleno. 


Los facilismos de las escenas desequilibra la dinámica de los personajes. Nausicaä es una heroína higienizada: pura, empática, valiente y honesta. Sus enemigos son retratados como ambiciosos y violentos sin matices; mientras que los insectos, por su parte, son seres incomprendidos que solo atacan cuando se les provoca. Los personajes secundarios apenas existen más allá de su función didáctica porque, entre otras cosas, solo sirven para que Nausicaä pronuncie discursos sobre tolerancia y comprensión. 


En la superficie, esta división entre bondad natural y maldad humana es arreglada por Miyazaki para interrogar cuestiones sobre el ambientalismo, el pacifismo y el antimperialismo, utilizando el relato de Nausicaä para metaforizar que la humanidad debe aprender a convivir con la naturaleza en vez de dominarla, la guerra es siempre inútil y los imperios expansionistas son el verdadero veneno. 


Sin embargo, debajo de esta aparente sensibilidad ecológica y pacifista se esconde una visión maniquea que cae en lagunas deterministas propias del materialismo dialéctico al reducir el mundo de su protagonista en una fábula de opresores y oprimidos —donde se condena la violencia de los invasores, pero se justifica implícitamente la resistencia "justa" de los débiles con la figura mesiánica—, proyectada ahora sobre el eje humanidad-naturaleza para sustentar su desconfianza anticapitalista hacia la modernidad industrial y la idealización del orden natural frente a la destructividad del orden humano. El resultado es un discurso dúctil donde Miyazaki, que predica un pacifismo selectivo y simbólico, no puede ocultar las ataduras a su pasado de izquierda marxista al tratar su cuento ecologista como una "lucha de clases". 


Al margen de esta discursividad rígida, la dirección de Miyazaki deposita algunas de sus virtudes en el diseño de los personajes y en la animación fluida de los escenarios postapocalípticos que poseen cierta originalidad visual. También permite que se escuche una banda sonora de Joe Hisaishi, que es melodiosa por su mezcla de instrumentos orquestales y sintetizadores electrónicos. Técnicamente, Miyazaki haría mejores películas después, pero aquí todavía carga con las limitaciones de su formación ideológica, que le pasan factura a su narrativa ecológica, sin ritmo, sobre la guerrera del cielo.



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Ficha técnica
Título original: Nausicaä of the Valley of the Wind (Kaze no Tani no Naushika)
Año: 1984
Duración: 1 hr 57 min
País: Japón
Director: Hayao Miyazaki
Guion: Hayao Miyazaki
Música: Joe Hisaishi
Fotografía: Studio Ghibli
Reparto (voces): Sumi Shimamoto, Mahito Tsujimura, Hisako Kyôda, Gorô Naya, Ichirô Nagai, Kôhei Miyauchi
Calificación: 5/10