La trama sigue a Wang Wei, un sordomudo y humilde electricista cuya hija Rainy es secuestrada por una red de trata de menores en algún país del sudeste asiático, que además se hace aliado del periodista Navin —cuya esposa desapareció investigando el mismo crimen— para enfrentarse contra el imperio criminal liderado por el sociópata Paklung y su letal lugarteniente Tak. Esta premisa por sí sola es deliberadamente familiar al estructurar el conflicto sobre las fórmulas del thriller de acción y artes marciales que, con frecuencia, muestra la travesía violenta de un padre desesperado que se enfrenta a un sistema corrupto y a hordas de matones para salvar a su hija.
Sin embargo, el guion no se toma la molestia de desarrollar a los personajes fuera del cuadro de descripción que justifica sus motivaciones y, a menudo, opta por reducir los conflictos a subtramas innecesarias y acciones expositivas que se resuelven sobre clichés. En este sentido, hay una circularidad de situaciones que se prolonga a través de las peleas que sostienen Wei y Navin contra pandilleros en un club de lucha clandestino; las pistas que conducen a Wei y Navin a una fábrica de hielo donde pelean contra los secuaces de un tal Song y el corpulento Ho; los esfuerzos de Wei y Navin para rescatar a los niños raptados en el edificio de los traficantes conocido como Pozo de Serpientes.
Las secuencias de acción avanzan sobre la lógica de peleadores fuertes, policías corruptos, villanos unidimensionales y problemáticas resueltas por la vía de la violencia gratuita, a veces operando sobre un sesgo maniqueo de propaganda que entorpece la misión al colocar al chino en el papel del héroe mientras se sataniza al villano japonés. El diálogo, de igual modo, me resulta bastante torpe, con doblajes al inglés que suenan artificiales, y los personajes secundarios apenas tienen profundidad más allá de servir de carne de cañón o de aliados utilitarios.
Al margen de estas debilidades narrativas, Miao Xie entrega una actuación decente que al menos refleja con el cuerpo y la expresión facial la furia contenida del padre con el pasado oscuro, demostrando sus virtudes en los movimientos que ponen de manifiesto sus habilidades de kung fu. Joe Taslim aporta destreza para las peleas, aunque su personaje es olvidable. El resto del reparto secundario encabezado por Brian Le, Yayan Ruhian y Joey Iwanaga demuestran lo que pueden hacer en los combates cuerpo a cuerpo, pero son reducidos a peleas de exhibición vacía para quemar metraje.
En términos generales, la dirección de Tanigaki apuesta por una zona segura que dimensiona las coreografías de combate a través del plano general, los escenarios atmosféricos y el uso constante del encuadre móvil, aprovechando la eficacia compositiva de Meteor Cheung para encuadrar en movimiento las patadas y golpes de los actores sin caer en el caos de los cortes excesivos. Las decisiones que toma construyen peleas brutales y técnicamente inventivas en los espacios urbanos, donde el entorno se convierte en arma (martillos, sillas, tablas, cuchillos, cuerpos ajenos usados como escudos o limpiadores de suelo). Hay combates en pasillos que se expanden hacia el techo, enfrentamientos multitudinarios de una precisión casi coreográfica y un clímax de cinco combatientes en una estación policial. Estos elementos, por desgracia, pierden la adrenalina luego de la segunda mitad, cuando su película de artes marciales se comienza a sentir cansina e interminable entre tantas peleas banales.
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Título original: The Furious (Huo zhe yan)
Duración: 1 hr. 53 min.
País: Hong Kong
Director: Kenji Tanigaki
Guion: Frank Hui, Lei Zhilong, Mak Tin-Shu, Kwan-Sin Shum, Aidan Parker
Música: Flying Lotus, Olivia Xiaolin, Elliot Leung
Fotografía: Meteor Cheung
Reparto: Xie Miao, Joe Taslim, Enyou Yang, Joey Iwanaga, Yayan Ruhian, Brian Le
Calificación: 6/10






