Tras el visionado de Todo sobre los Ricardo, no tengo la menor duda de
que se trata de la película más inane que ha dirigido Aaron Sorkin en su corta
carrera como director. Su biopic tiene escenas más o menos decentes que se
esclarecen con una estupenda actuación de Nicole Kidman como Lucille Ball,
pero a ratos tengo la sensación de que su estructura episódica pierde el norte
al transitar por los mismos círculos discursivos al servicio del feminismo y
la discriminación teñida de persecución política. Su argumento está
estructurado a través de tres capas: las entrevistas a modo de documental de
tres escritores de la sitcom I Love Lucy, los preparativos para una
grabación en vivo en 1953 y los recuerdos matrimoniales de Lucille Ball y su
esposo Desi Arnaz. A través de ellos, la trama presenta un pedazo de la vida
de Lucille Ball, una actriz del cine clásico de Hollywood que ha alcanzado el
estrellato obteniendo pequeños papeles en producciones de bajo presupuesto que
terminan garantizándole el apodo de la "Reina de las películas B", en los
tiempos en que atraviesa una crisis matrimonial con el carismático cantante y
productor de origen cubano Desi Arnaz y lucha secretamente por el control
creativo de la popular serie de TV de los 50 para desmontar el rol cotidiano
de la mujer establecido por las rígidas normas conservadoras de la cadena de
televisión CBS, mientras una cacería de brujas es iniciada en su contra por el
Comité de Actividades Antiestadounidenses al sospecharse de que es
simpatizante del comunismo. Como es habitual, Sorkin emplea la analepsis, los
diálogos extensos y ocasionalmente el montaje paralelo para describir las
circunstancias que rodean a esa comediante estelar de la televisión de los
cincuenta, pero el trato rutinario le resta potencial dramático al desarrollo
de los personajes centrales y todo se reduce a las discusiones banales de la
pareja sobre el embarazo anunciado, los choques con los ejecutivos, los
conflictos creativos que sostiene a puerta cerrada con los guionistas en las
lecturas de mesa de guión antes de los ensayos para imponer su visión
feminizada en contra de los clichés que caricaturizan a la mujer cotidiana.
Nunca sale de esa zona de confort. A pesar de todo, consigue una auténtica
reproducción de la época que incluye, dicho sea de paso, unas cuantas escenas
nocturnas en los interiores de Ciro's. También una interpretación agradable de
Kidman, quien, asistida por un maquillaje riguroso, emplea sus gestos y su
expresividad para comunicar de manera convincente la determinación de una
mujer que intenta independizarse del estigma de la industria del cine. Ella
desarrolla cierta química en pantalla con Javier Bardem, quien asimismo anda
bien maquillado para capturar las inquietudes de ese productor poderoso de
origen cubano que lidia contra las presiones de la industria secretamente
xenófoba y los políticos prejuiciosos que cazan brujas, en una actuación
secundaria algo aceptable. Solo eso, digamos, impide que la propuesta sea más
plana de la cuenta.
Título original:Being the Ricardos Año: 2021 Duración: 2 hr 12 min País: Estados Unidos Director: Aaron Sorkin Guion: Aaron Sorkin Música: Daniel Pemberton Fotografía: Jeff Cronenweth Reparto: Nicole Kidman, Javier
Bardem, J.K. Simmons, Nina Arianda, Calificación: 5/10
El visionado de El bar de las grandes esperanzas me cae como un trago
desabrido en un día cualquiera de fin de semana. No puede ser más aburrida.
Esta película de Clooney, estrenada recientemente en Amazon Prime Video,
tiene una actuación notable de Ben Affleck que a ratos eleva el potencial
dramático de la propuesta, pero no deja ser un drama de mayoría de edad
inane y bastante convencional sobre las heridas paternales y la adolescencia
de un aspirante a escritor. Está basada en las memorias del autor J.R.
Moehringer. La trama, narrada ocasionalmente con la voz en off de un adulto
JR, describe primero los años de infancia del pequeño JR Maguire, un niño
curioso de nueve años que vive con su madre Dorothy en la casa de sus
abuelos tras la ruptura de la relación que ella tenía con su padre, mientras
es guiado moralmente por su tío Charlie, que actúa como figura paterna y es
el dueño de un bar local frecuentado por fracasados que solo desean beber
para olvidar los duros golpes de la vida. Por medio de la analepsis, la
estructura no solo presenta en una primera mitad la infancia del chiquillo
inocente que gusta leer de todo y memoriza palabras del diccionario, sino
que, también, en una segunda parte, muestra la transición a la adultez de JR
como un joven adolescente que consigue una beca para estudiar en la
universidad de Yale y se enamora de una joven afroamericana de clase media
alta, mientras lidia con el amargo sabor del fracaso y el dolor intrínseco
provocado años atrás por el complejo paterno que lo pone a cuestionar el
escaso valor del padre perdedor que lo abandonó. El problema fundamental de
la narrativa, supongo, es que no ofrece ningún desarrollo significativo de
los personajes más allá de una cuota de descripción, colocando sus acciones
en una superficie atiborrada de clichés motivacionales, donde todo parece
repetirse inútilmente en la vida de ese joven del pueblo que desea alcanzar
el éxito como escritor en la gran ciudad desde la rutina de los diálogos
sostenidos en el bar, en la casa y en la universidad. La escasa fuerza
dramática, al menos, se compensa con la interpretación de Affleck como ese
tío aleccionador que hace de efigie paternofilial con un trato creíble y muy
intimista. Pero ni siquiera su presencia evita que el resultado se disuelva
como un cubo de hielo en una copa vacía.
Título original:The Tender Bar Año: 2021 Duración: 1 hr 46 min País: Estados Unidos Director: George Clooney Guion: William Monahan Música: Dara Taylor Fotografía: Martin Ruhe Reparto: Tye Sheridan, Ben Affleck, Lily
Rabe, Daniel Ranieri, Christopher Lloyd, Calificación: 5/10
En Netflix me ha tocado ver, durante dos horas bastante largas, las imágenes
de tick, tick... Boom!, el musical que marca el debut como director de
Lin-Manuel Miranda y que, por lo visto, ha gozado de una aclamación casi
unánime de gente que dice que es una revelación del género. Pero
desafortunadamente no consigo emocionarme por nada de lo que veo. Como musical
biográfico cuenta con una actuación más o menos carismática de Andrew
Garfield, pero sus luces nunca llegan a iluminar un escenario teatral que
regularmente repite los mismos números indulgentes y aburridos sobre la crisis
creativa de un dramaturgo encerrado en la cárcel de Broadway de la falta de
oportunidades. Está basada en la autobiografía de Jonathan Larson, ese
compositor, letrista y dramaturgo estadounidense que de manera póstuma alcanzó
notable éxito en Broadway en los años 90. La trama sigue al joven Larson
durante esa década, donde tiene el sueño de convertirse en compositor de obras
teatrales, mientras discute con su novia Susan y trabaja bajo presión como
camarero en una cafetería de la ciudad de Nueva York a cambio de un salario
que no alcanza ni para pagar la factura eléctrica del mes. A través del
montaje paralelo y de la analepsis en escenas que saltan en el tiempo, el
protagonista me cuenta sus inquietudes más intrínsecas cuando dedica el poco
tiempo libre que tiene a componer las canciones de la obras que desea vender a
Broadway para tener una carrera exitosa como la de Stephen Sondheim, así como
la crisis temprana de los 30 en la que comienza a temerle a los fracasos y a
preguntarse si merece la pena invertir el tiempo en sus aptitudes
dramatúrgicas mientras la ansiedad y la frustración desordenan el piso de su
apartamento. El personaje tiene cierto carisma y está interpretado con gracia
por Garfield, sobre todo cuando emplea sus cualidades expresivas para señalar
la desesperación de Larson para ser reconocido a través de las canciones que
canta y las coreografías de los bailes en las que muestra su pericia física.
Sin embargo, el brillo con el que da inicio la narrativa de su personaje se
vacía lentamente como un teatro en una noche de ensayo por el trato
acomodaticio y superficial con el que se presentan los estereotipos inclusivos
de moda para hablar en clave de superación personal sobre el sueño americano y
las barreras de los musicales teatrales. Cuento con los dedos las canciones
que me resultan encantadoras y apenas paso de dos. No le encuentro el ritmo.
Es un musical con vocación de solemnidad, pero con un resultado infinitamente
plano.
Título original:tick, tick... Boom! Año: 2021 Duración: 2 hr 01 min País: Estados Unidos Director: Lin-Manuel Miranda Guion: Steven Levenson Música: Jonathan Larson Fotografía: Alice Brooks Reparto: Andrew Garfield, Alexandra
Shipp, Robin de Jesus, Vanessa Hudgens, Calificación: 5/10
Durante la hora y cuarenta que tarda su premisa fantástica de
folk horror, Cordero es una película que encuentro interesante
por la manera sobria y original en que ordena los elementos de su mundo
minimalista. Se trata de la ópera prima del director islandés Valdimar
Jóhannsson, estrenada el año pasado en la sección Un Certain Regard del
Festival de Cine de Cannes. En su debut, Jóhannsson concibe un híbrido entre
el drama fantástico y el terror sobrenatural de tinta folclórica que narra, a
un ritmo contemplativo y de forma escalofriante, una parábola sobre el dolor,
la pérdida y los sacrificios de la maternidad que alteran la propia naturaleza
del núcleo familiar. Relata la historia de María e Ingvar, una pareja que
parece haber escapado del aire contaminado de la civilización para instalarse
en la granja de un valle remoto, donde habitualmente realizan tareas
campesinas alimentando a las manadas de corderos y demás animales que albergan
el lugar, mientras ocultan el fuerte sentimiento de infelicidad producido por
el duelo de haber perdido a su hija Ada. Por un segundo llego a pensar que no
va a pasar nada significativo, pero el detonante me abre los ojos cuando María
e Ingvar crían a una oveja recién nacida que, a medida que crece, adquiere el
aspecto de un corderito antropomórfico. La ovejita antropomórfica llena el
vacío afectivo de los padres con una cuota efímera de felicidad, pero también
simboliza el sufrimiento de los padres que se niegan a aceptar la desdicha
provocada por la injusticia de la naturaleza (la infertilidad de María), por
lo que en un intento desesperado toman de ella lo que no es suyo. El
comentario no solo habla sobre el martirio moral en la paternidad, sino
también de la relación del hombre con la naturaleza. El cordero, que sigue
inocentemente a su pastor hasta el corredor de la muerte, encamina
simbólicamente al hombre que altera el orden natural de las cosas a la
desdicha que termina en tragedia. Con una notable economía de recursos
estéticos, Jóhannsson describe la melancolía intrínseca y las ansiedades de la
pareja que se transforman en obsesión paterna, como el sobreencuadre a
contraluz que los oprime, las panorámicas atmosféricas de los paisajes
montañosos atiborrados de neblinas invernales para comunicar el aislamiento,
la música extradiegética que amplifica el volumen de tensión. Su cuidado
compositivo es consistente con lo que narra. Y pocas veces pierde su horizonte
expresivo al mostrar los horrores de la paternidad escandinava a plena luz del
día.
Por alguna razón que desconozco, Culpable es un thriller policial al
que no le encuentro ninguna tensión significativa durante la hora y media que
tarda su llamada al 911 para reportar el remake fallido. La película de Fuqua,
que se trata de un remake del tenso y sorprendente thriller danés [Culpable] estrenado en 2018 con el que debutaba Gustav Möller, tiene una actuación
más o menos creíble de Jake Gyllenhaal como el policía atormentado tras la
línea de emergencia, pero su trama carece de pulso para la intriga y marca el
número equivocado cuando intenta calcar a la original sin mucho apuro. La
trama es prácticamente la misma. Narra la estresante jornada de trabajo de Joe
Bayler, un oficial del Departamento de Policía de Los Ángeles que ocupa el
puesto nocturno en el centro de llamadas de emergencias de 911, mientras
espera un juicio en la corte por un incidente trágico ocurrido en sus tareas
de servicio como policía. No hay nada que me consiga cautivar cuando el
policía sometido al estrés postraumático se obsesiona con resolver el caso de
la mujer que llama para reportar su supuesto secuestro en una camioneta
blanca. Lo único que me saca una risotada es la escena del joven que llama
para reportar que lo chocaron en su bicicleta y se hirió la rodilla. Más allá
de eso permanezco impávido ante las revelaciones que escucha el protagonista
sobre la familia completamente disfuncional marcada por la tragedia y la salud
mental deplorable. En términos generales, Fuqua sigue la misma tendencia de la
antecesora: la recurrencia del primer plano, una sola locación para fines
claustrofóbicos, el uso intrusivo del color rojo y el sonido diegético
interno-subjetivo de las voces que escucha Joe de los necesitan ayudan al otro
lado del teléfono. Pero ni esa economía de recursos estilísticos remueve un
resultado acomodaticio y previsible que, en efecto, se toma la molestia de
alterar el discurso con una lectura moralista muy convencional sobre la culpa
y la ética del deber policial que encaja ideológicamente en el espectro de la
cultura norteamericana de la actualidad donde la brutalidad policial es
habitual. Solo rescato, por supuesto, esa interpretación del siempre solvente
Gyllenhaal cuando emplea la expresividad de su rostro para comunicar el
sufrimiento intrínseco del policía que escucha las llamadas de peligro e
intenta reconstruir su vida. Esa, digamos, es la excusa que me ha impulsado a
perder el tiempo con este remake bastante inferior al original.
Título original:The Guilty Año: 2021 Duración: 1 hr 30 min País: Estados Unidos Director: Antoine Fuqua Guion: Nic Pizzolatto Música: Marcelo Zarvos Fotografía: Maz Makhani Reparto: Jake Gyllenhaal, Adrian
Martinez, Christina Vidal, Eli Goree, Calificación: 5/10
En su primer largometraje sin colaboración con su hermano Ethan, Joel
Coen retrata la tragedia shakesperiana de Macbeth.
La tragedia de Macbeth es una de las obras más populares y a la vez más
cortas de la autoría de Shakespeare. Se publicó en 1623, durante el reinado de
Jacobo I. Ha sido adaptada en la literatura, la ópera, el teatro, la
televisión y, por supuesto, el cine, gozando siempre de una acogida modesta
del público más selecto que conoce las luces shakesperianas que iluminan los
escondrijos más oscuros del alma humana. En el caso del cine, que es lo que
nos interesa, fue llevada a la gran pantalla desde la época silente en manos
del pionero J. Stuart Blackton en un cortometraje mudo tristemente perdido de
1908. Griffith produjo un cortometraje mudo perdido de 1916, dirigido por
Emerson. Welles, fiel conocedor de la obra de Shakespeare desde sus tiempos
como director de teatro, también hizo su versión, estrenada a finales de los
años 40 con muchas dificultades. Kurosawa la transformó en una obra maestra
del jidaigeki en 1957 con Toshiro Mifune. El polémico Polanski hizo la suya en
1971. Y en años recientes, Justin Kurzel rodó una versión lóbrega y algo
regular con Michael Fassbender. Más allá de las decisiones estéticas con la
que los cineastas la han abordado, todas coinciden en dramatizar la ambición
por el poder del general escocés que escucha la profecía de tres brujas que
vaticinan su ascenso al trono como rey de Escocia de la manera más vil
posible.
Esa última idea la sustento tras haber visto en Apple TV+
La tragedia de Macbeth, la primera película en solitario de Joel Coen
que, precisamente, adapta la tragedia shakesperiana con un estilismo
monocromático solemne que en ningún instante pierde su horizonte estético,
ilustrado en blanco y negro, sumándose a esa lista de los que la han
transferido a la gran pantalla sin desplomarse en el intento. Tuvo su
estreno en el pasado Festival de Cine de Nueva York, donde por lo visto fue
aplaudida por los supuestos especialistas de la crítica que la catalogaron
como una de las películas más sublimes del año pasado. A mí,
particularmente, no me emociona hasta el paroxismo para darle tal
denominación, sobre todo porque conozco la narrativa de la obra y sé, de
antemano, cómo terminan los asuntos internos del monarca. Pero, de igual
manera, es un drama que encuentro bastante seductor cuando alimenta mis
retinas con una hermosa factura visual, que tiñen de gris la puesta en
escena por la que transitan las actuaciones espléndidas de Denzel Washington
y Frances McDormand.
En términos generales, la película no es muy diferente de sus
antecesoras filmadas. Como en aquella pintura al óleo de Henry Fuseli (Macbeth consultando la visión de la cabeza armada), comienza cuando Macbeth (Denzel Washington), un general al servicio del
rey Duncan (Brendan Gleeson) que ha llevado a su ejército a la victoria
sobre el traidor Thane de Cawdor, camina junto a su amigo Banquo (Bertie
Carvel) por páramos neblinosos en donde se respira el hedor a sangre de
guerra y se encuentra con tres brujas siniestras que profetizan que será
ascendido al puesto de Cawdor y terminará siendo proclamado rey de Escocia,
además de que su amigo Banquo también engendrará un linaje de reyes. Los dos
hombres se quedan atónitos ante las visiones del trío de brujas y demuestran
cierto escepticismo. Pero solo Macbeth cambia de inmediato de parecer cuando
observa cómo los guardianes del rey Duncan, en una noche de luna llena,
decapitan a Cawdor y minutos después él recibe el título que antes
pertenecía al decapitado. Más tarde, la aparente tranquilidad de Macbeth
ante el destino que le espera se ve perturbada rápidamente cuando, de forma
alarmante, el rey Duncan nombra a su hijo Malcolm (Harry Melling) como
príncipe de Cumberland, una movida que percibe como una obstáculo en su plan
de adueñarse del trono profético. A puertas cerradas, Macbeth le revela las
profecías de las brujas a su maquiavélica esposa Lady Macbeth (Frances
McDormand), quien sin mucho apuro lo convence para efectuar un regicidio que
acabe con la vida del rey en los aposentos de su castillo.
A través de los típicos soliloquios shakespearianos cargados de metáforas y
significantes retóricos, Macbeth es descrito, no solo como un general (en
esta ocasión afroamericano) amparado en la ética del servilismo y la
docilidad cercana al idealismo, sino como un personaje dominante, magnánimo,
cauto, cuyos rasgos característicos están construidos alrededor de la
ambición en clave de venganza ocasionada por la sinuosidad de los superiores
que, prácticamente, manifiestan poca importancia por sus hazañas militares.
Tiene dos etapas fundamentales.
En la primera, el resentimiento recae sobre Macbeth porque se siente
completamente vilipendiado al regresar del campo de batalla, como si su
valentía militar no fuera lo suficientemente recompensada por el rey, y se
extiende cuando se refugia religiosamente en los augurios de las brujas. Él
desea más de lo que puede tener. Está obsesionado con los títulos de la
nobleza y el poder. Y camina en la soledad más grisácea por los pasillos
lóbregos de su castillo dialogando consigo mismo para calcular las
posibilidades del homicidio perfecto y el porvenir monárquico. Quiere
conquistar ilegítimamente lo que no le pertenece para demostrar cuán lejos
puede llegar para satisfacer sus delirios personales. Esa lucha intrínseca
es lo que, a mi parecer, hace de Macbeth un personaje bastante interesante,
sobre todo cuando su brújula inmoral es Lady Macbeth. Lady Macbeth es, por
así decirlo, la mujer que lo hunde en el fango de la infamia, la arquitecta
que esboza el plan que, en un principio, él se niega a ejecutar porque las
dudas le nublan la visión. Macbeth no tiene predisposición para el asesinato
del rey; Lady Macbeth es que lo impulsa a cometerlo, la que lo manipula para
que pueda cumplir sus deseos. Esto es notable en la escena de la
hospitalidad sangrienta de su castillo, en la que Lady Macbeth, como buena
mujer fatal, ha drogado a los sirvientes del rey Duncan mientras Macbeth
entra sigilosamente a su cama y lo asesina clavándole su daga en la
garganta. Tras el magnicidio, Macbeth vacila en su aposento, pero recibe una
bofetada de voluntad de Lady Macbeth para que siga adelante bajo la
influencia del buen fingir; mientras ella, por supuesto, coloca la evidencia
que incrimina a los lacayos. Así, en el la mañana en que Macduff (Corey
Hawkins) descubre e cuerpo sin vida del rey, Macbeth mata a los vasallos al
lado del cadáver para atar cabos sueltos.
En la segunda, se muestra más a Macbeth como un tirano aprisionado por la
paranoia y el tormento psicológico que solo desea saciar su sed de poder
ordenando los asesinatos premeditados de los pequeños enemigos políticos que
podrían conspirar contra su reinado. Esto es palpable en las escenas en que
busca asesinar al heredero de Duncan, Malcolm, aunque al final este escapa
hacia Inglaterra. También cuando se ve perturbado por el oráculo de los
hijos de Banquo y ordena a sus guardias a que asesinen a su mejor amigo y a
su hijo; cosa que sucede luego en la planicie de la casa destruida, donde
matan a Banquo en una emboscada y Ross (Alex Hassell), que llega a
supervisar el magnicidio, tiene un poco de misericordia con su hijo Fleance
(Lucas Barker). Las consecuencias de su ambición germinan sobre su ser una
semilla de maldad que lo atrapan en un círculo vicioso de sangre y vileza.
Ahora que lo tiene todo ya no es solamente un hombre ambicioso cegado por la
deducción de falsas premisas en la esfera político-monárquica, sino, además,
en un soberano codicioso que se convierte en un villano enviciado por los
marcos limítrofes del poder que lo degradan moralmente a él y a su inestable
reino.
No hay ningún tipo de fisura en la actuación de Washington como Macbeth.
Washington ya había interpretado en el teatro a otros personajes de
Shakespeare, pero nunca se había acercado a interpretar a Macbeth. Esta es
la primera vez que interpreta a Macbeth en el cine. No sé si la coloque
entre sus mejores actuaciones, pero me atrevo a decir que es una de las
interpretaciones más solventes en esta etapa de su carrera y, sin lugar a
dudas, garantizo una nominación segura a mejor actor en los Oscars. No me
sorprendería si ganase su tercero. De una forma orgánica y muy tácita
transmite el descenso a la locura de ese autócrata escocés con el lenguaje
corporal, los silencios, la mirada, la caminata imponente y la expresividad
mesurada que bajo el rostro estoico oculta los graves efectos psicológicos
originados por la ambición de tomar el poder por la fuerza. Imprime el
relato sórdido de un hombre inicuo que camina por las sendas de su castillo
para maquinar diabluras hablando consigo mismo a través de unos monólogos
brillantes que tienen el peso poético y filosófico shakespeariano. Y
desarrolla una química placentera al lado de McDormand, quien hace de
vampiresa interpretando a Lady Macbeth como una mujer insistente,
inescrupulosa, predispuesta y muy manipuladora que aprieta la mano de su
marido para que "asesine al sueño" que los va a castigar a ambos con la
amarga sentencia de la tragedia. El trato más o menos teatralizado con el
que son encuadrados se podría percibir como algo superficial, pero en mi
opinión no hay una escena en la que ambos no me resulten creíbles cuando
planean los sucesos malvados para mantener el poder del reinado a toda
costa. Son actuaciones que tienen su registro dramático en el ímpetu
metafórico de los diálogos.
Para esta versión, Coen, quien debuta en solitario mientras su hermano Ethan
le dedica tiempo al teatro, emplea dispositivos estéticos que le permiten
señalar de una forma ingeniosa los estados de ánimo que atraviesa el
protagonista durante todo su recorrido. Su estilo visual se construye una
vez más con la lente de Bruno Delbonnel, además de contar con un apartado
sonoro muy estridente de Carter Burwell. Los más interesantes, a mi juicio,
son la iluminación barroquista que golpea las caras de los personajes en
diferentes direcciones, los decorados minimalistas que se acercan al teatro
filmado, los planos atmosféricos de enorme cuidado compositivo con el que
encuadra el panorama fantasmagórico y los amplios espacios claustrofóbicos
de los interiores del castillo dotados de cierta teatralidad, la relación de
aspecto cuadrado, el sonido extradiegético que habitualmente suena como si
fueran estruendosos tambores para subrayar las inquietudes de Macbeth y las
intenciones de los otros personajes. Tiene humor en unas cuantas escenas, la
violencia abrupta característica de su estilo y omite las secuencias de
grandes batallas. Apuesta por el intimismo y la teatralidad de los diálogos.
Notablemente su puesta en escena está impresa bajo un blanco y negro
monocromático ceniciento y frío como los cielos nublados de invierno que
comunica de forma intimista la lejanía, la obsesión, la miseria moral y la
desdicha existencial de esas figuras monárquicas de la Edad Media que caen
en las tinieblas.
Coen recurre constantemente a la subjetividad para evocar los periodos
alucinatorios que agobian al tiránico Macbeth y que la mantienen sujeto a
periodos de ensoñación prolongada, como en la secuencia del banquete en la
que, frente a todos sus súbditos, mira de lejos al fantasma de Banquo y lo
persigue hasta una habitación vacía. También en la que el paranoico Macbeth
habla de nuevo con las brujas para despejar las inquietudes sobre el porvenir
y, tras ver el conjuro de una visión en la que el adulto Fleance vaticina el
reinado del prófugo Macduff, ordena la ejecución de toda su familia,
incluyendo su esposa y sus hijos. Su noción de Macbeth es la de un tirano que
ha perdido el juicio a causa de la megalomanía y las sospechas. Y condena las
acciones del mismo cerca del clímax en el que se desmorona el castillo de
naipes y su esposa pierde la cordura hasta lanzarse al vacío, mientras él
espera sentado en el trono al vengativo Macduff que lo reta a un duelo a
muerte para vengar a su familia.
Aunque no considero que la película sea una obra excelsa ni mucho menos de
las mejores de 2021, como dicen algunos, no deja de parecerme una tragedia
muy escueta sobre la ambición, la vesania, el resarcimiento y el poder en
medio de los terrenos inhóspitos de la decadencia moral. Tiene planos
fastuosos y momentos pesadillescos que me ponen a cavilar sobre el lado más
siniestro de la desesperación humana. De una forma revisionista y soterrada,
interroga con cierto simbolismo las políticas normativas de los roles de
género con algunas lecturas femeninas, y los claroscuros del poder político
desde la óptica del afroamericano que está condenado al desastre si repite
los mismos errores de los gobernantes blancos. La decapitación simbólica de
Macbeth en manos de Macduff amplifica la parábola que se acomoda en sentido
figurado a las modas ideológicas de estos tiempos. No sé si Coen seguirá el
resto de su trayectoria de manera autónoma, pero sería interesante si lo
hiciera. Como ejercicio estilizado, su drama histórico de carácter
shakespeariano es tenso y a la vez cautivador, elaborado con una estética
inconfundible que me hipnotiza cuando menos lo espero.
Ficha técnica Título original: The Tragedy of Macbeth Año: 2021 Duración: 1 hr 45 min País: Estados Unidos Director: Joel Coen Guión: Joel Coen Música: Carter Burwell Fotografía: Bruno Delbonnel Reparto: Denzel Washington, Frances McDormand, Alex Hassell, Calificación: 7/10
Rey Richard: Una familia ganadora es un biopic deportivo que se anota
algunos momentos con la grata actuación de Will Smith, pero a ratos tengo la
sensación de que se extiende innecesariamente cuando repite los mismos clichés
mercadológicos de superación personal de familia. La dirige Reinaldo Marcus
Green, el mismo que hace un tiempo dirigió a modo de ópera prima esa bagatela
policial titulada
Monstruos y hombres. Aquí el trato moralista es más o menos aceptable y se deja ver cuando
aborda el núcleo de una familia afroamericana con grandes esperanzas, pero es
igual de convencional. Relata la historia de Richard Williams, un padre de
familia afroamericano que en medio de una situación socioeconómica precaria en
la ciudad de Compton dedica gran parte de su tiempo para criar a dos niñas que
tienen unas habilidades prodigiosas para el tenis y responden a los nombres de
Serena y Venus Williams. La trama sigue sin mucho apuro las fórmulas
establecidas de los dramas biográficos inspiracionales, sobre todo cuando el
padre intenta guiar a sus hijas por el buen camino mientras es testigo de la
violencia barrial y de los prejuicios raciales de la gente blanca que trabaja
en los circuitos del tenis poniendo barreras a los afroamericanos, siempre
mostrando una tenacidad inquebrantable para sacar a su familia de la pobreza.
Todo luce demasiado calculado y moralmente limpio para que la familia
afroamericana alcance las oportunidades que abren las puertas de la gloria del
deporte. Y se repite en unas cuantas ocasiones con las mismas escenas de las
discusiones familiares iniciadas por la terquedad del padre que intenta
decidir el futuro de las hijas dotadas y los encontronazos con los
entrenadores que solo ven interés en el asunto para lucrarse con los
patrocinios tempranos de las adolescentes que juegan los torneos juniors de
tenis. A pesar de todo me parece creíble la interpretación de Will Smith
cuando emplea su registro dramático y su gestualidad para captar la
personalidad irritante de ese padre afroamericano obstinado y sobreprotector
que cree que sabe todos los métodos heterodoxos para encaminar a sus hijas
hacia el estrellato deportivo, en una actuación que posiblemente le garantice
una nueva nominación al Oscar a Mejor Actor. También el rol secundario de Jon
Bernthal como el entrenador carismático de Florida que tiene el instinto para
cazar los talentos de las jóvenes tenistas. Lo otro se me olvida rápido. Es un
biopic deportivo algo tibio sobre el sacrificio paternofilial.
Título original:King Richard Año: 2021 Duración: 2 hr 24 min País: Estados Unidos Director: Reinaldo Marcus Green Guion: Zach Baylin Música: Kris Bowers Fotografía: Robert Elswit Reparto: Will Smith, Demi Singleton,
Saniyya Sidney, Aunjanue Ellis, Jon Bernthal, Calificación: 6/10
Creo que la única razón por la que he visto
Ghostbusters: el legado es por ese fantasma maldito de la nostalgia
que en estos tiempos viene enlatado en imágenes convertidas en productos
para el consumo masivo, de esos que te hipnotizan de inmediato con solo ver
la envoltura. No encuentro otra explicación para comprender cómo he perdido
el tiempo viendo semejante disparate. No me cabe la menor duda de que es la
peor que he visto de la franquicia, además de la más insulsa de Jason
Reitman como director. Es una secuela aburrida, inerte, cuyo factor de
diversión se desvanece como un fantasma en la niebla cuando atraviesa el
terreno familiar del reciclaje nostálgico para dummies. Su trama,
situada varios años después de que los Cazafantasmas se separaran tras
derrotar a Vigo the Capartian y abandonaran el negocio, tiene como
protagonista a Phoebe, una niña genio que se traslada a una granja en
Summerville, Oklahoma, junto con su madre Callie y su hermano Trevor, lugar
en donde descubre el equipo y los experimentos científicos de su abuelo, el
Cazafantasma Egon Spengler que murió custodiando un portal para impedir que
escapen los fantasmas. El aparatoso viaje de la chiquilla científica me
aburre terriblemente porque su narrativa está ensamblada de una manera
acomodaticia y previsible con los síntomas más comunes del síndrome
Spielberg: niños ordinarios que descubren eventos extraordinarios; además de
cumplir al pie de la letra con los estereotipos habituales de la cultura de
la diversidad que anda de moda con mucha pretensión en los círculos
inclusivos de Hollywood. De ese modo no hallo ningún tipo de sorpresa en las
acciones de los personajes que confluyen paralelamente en situaciones
distintas, como la madre soltera que coquetea con el sismólogo torpe, el
chico que conduce el empolvado ECTO-1 para conquistar a la chica del
restaurante, el par de niños curiosos que aprenden a cazar a los fantasmas
con el equipo heredado del abuelo, el caos ocasionado por los fantasmas
fugados, la climática secuencia en la que los nuevos Cazafantasmas luchan
para sellar la actividad paranormal de los espectros con la breve ayuda a
modo de Deus ex machina de los originales que aparecen como
fan service. Y todo con el típico comentario de los vínculos
familiares y el empoderamiento femenino más trillado. Agradezco, por
supuesto, el pequeño homenaje de despedida a Harold Ramis, pero todo lo otro
es un ejercicio infantilizado con un ritmo fatigoso, alejado de cualquier
rastro de entretenimiento.
Título original:Ghostbusters: Afterlife Año: 2021 Duración: 2 hr 03 min País: Estados Unidos Director: Jason Reitman Guion: Jason Reitman, Gil Kenan Música: Rob Simonsen Fotografía: Eric Steelberg Reparto: Carrie Coon, Paul Rudd,
Finn Wolfhard, Mckenna Grace, Logan Kim, Celeste O'Connor, Dan Aykroyd,
Bill Murray, Ernie Hudson, Sigourney Weaver, Calificación: 3/10
Escudriñando el catálogo actual de Netflix he visto La hija oscura,
película a la que le estaba siguiendo los rastros desde su estreno en el
pasado Festival de Cine de Venecia porque marca el debut como directora de
Maggie Gyllenhaal. Quería ver cómo sería y tal parece que mi intuición no se
equivocaba. En su ópera prima, Gyllenhaal ilustra a un ritmo parsimonioso un
retrato emotivo y a la vez intimista que interroga las rígidas estructuras
establecidas de la maternidad, con actuaciones bastante orgánicas de Olivia
Colman y Jessie Buckley. Se basa en la novela homónima de Elena Ferrante, la
cual adapta Gyllenhaal con un guión de su autoría. Y trata la vida de Leda
Caruso, una profesora universitaria de mediana edad y traductora de renombre
que se pasa los días de vacaciones en las playas de Grecia mientras conoce
algunos pueblerinos y se obsesiona con una mujer y su hija que, de alguna
forma, le recuerdan aquellos tiempos en que vivía con sus dos hijas pequeñas a
las que abandonó. Con una solvente economía de recursos estéticos, Gyllenhaal
captura la crisis intrínseca de esa madre traumatizada por la culpa que la
encarcela psicológicamente, como la analepsis que describe la línea temporal
del pasado agridulce de la insatisfacción maternal, el color azul vertido
sobre el vestuario y algunos escenarios que señala la dicotomía entre
responsabilidad y la crueldad en clave de libertad femenina, el primer plano
que comunica la honestidad más profunda y el plano subjetivo de las miradas
que inquietan. Su drama tiene registros psicológicos que en un principio
transforman el viaje de autodescubrimiento de la madre en un pozo de
ambigüedad que me pone a cuestionar sus intenciones, y un tono claustrofóbico
que consigue que uno empatice por el dolor reprimido que atraviesa la
protagonista. Se eleva paulatinamente con la magnífica interpretación de
Olivia Colman cuando emplea su gestualidad sutil y la mirada melancólica para
transmitir el sentido de culpa y el arrepentimiento de una mujer egoísta que
una vez falló como madre y desea una cuota de perdón para alcanzar la
reconciliación con las hijas perdidas. Al lado de Colman también observo una
actuación en paralelo bastante emotiva de Jessie Buckley como la madre joven
que anhela alejarse de los roles establecidos por la ética materna para
obtener algo de independencia aislándose de su familia y buscar llenar vacíos
afectivos. Quizá se extiende más allá de lo necesario, pero con la presencia
de esas dos actrices nunca pierde su horizonte como drama psicológico.
Mi necesidad de buscar algo de superhéroes para pasar el rato y no pensar
mucho en los problemas de la vida cotidiana me ha hecho ver Eternals,
película que dirige Chloé Zhao tras su victoria en los Oscars. Pero, lejos de
los efectos especiales y la pirotecnia habitual, en dos horas y media bastante
largas lo único que encuentro es un aburrimiento tan infinito como el universo
con el relato de origen políticamente correcto de estos Power Rangers de la fase cuatro de Marvel. El argumento, firmado por un puñado de guionistas que incluye a la
misma Zhao, me cuenta la historia de Los Eternos, una raza cósmica de seres
inmortales que tienen poderes sobrehumanos y han vivido en secreto durante
miles de años entre las grandes civilizaciones humanas de la antigüedad, con
el objetivo de combatir la amenaza de los Deviants y custodiar el surgimiento
de una entidad de los Celestiales que se encuentra gestándose en el núcleo del
planeta como parte del plan de su dios, el Celestial Arishem, mientras de paso
se adaptan a la evolución de los pueblos su humanos sin intervenir mucho en
sus contradicciones. Al principio muestro un poco de interés por la mitología
de esos Eternos que responden a los nombres de Ikaris, Druig, Kingo, Thena,
Makkari, Sprite, Sersi, Ajak, Gilgamesh y Phastos, sobre todo cuando
interrogan su propio pasado desde los conflictos de la cotidianidad del
presente. Pero llega un punto en el que me comienza a fatigar la falta de
sustancia de personajes artificiosos, la abundancia de escenas retrospectivas
que sobreexplican más de lo necesario los mismos sucesos ancestrales, los
chistes de segunda mano recitados con pretensión, las secuencias de acción
burdas y reiterativas en las que los héroes enfrentan a los bichos gruñones.
Tiene su sentido de espectáculo, pero no hay emoción y se vuelve previsible.
Sigue al pie de la letra los estereotipos inclusivos que están de moda en la
escuela de la diversidad, además de permanecer sin mucho apuro en los marcos
limítrofes de la fórmula de superhéroes establecida por Marvel que ya está
comenzando a mostrar un serio desgaste creativo por el abuso del reciclaje más
excesivo. Me tiene sin cuidado su comentario sobre el amor, el empoderamiento
femenino, las dinámicas grupales y el poder de los vínculos humanos. Quizá
solo me parecen interesantes las personalidades de Ikaris, Kingo, Druig y
Thena, pero el resto del grupo no termina de trascender. Es la película más
floja de la realizadora de
Nomadland.
Título original:Eternals Año: 2021 Duración: 2 hr 36 min País: Estados Unidos Director: Chloé Zhao Guion: Chloé Zhao, Matthew K. Firpo, Ryan Firpo, Patrick Burleigh Música: Ramin Djawadi Fotografía: Ben Davis Reparto: Gemma Chan, Richard Madden, Angelina Jolie, Kit Harington, Kumail
Nanjiani, Salma Hayek, Calificación: 5/10
Finch es una película de carretera posapocalíptica que, en mi opinión,
tiene intenciones nobles que se construyen a paso lento con la buena actuación
de Tom Hanks, pero la falta de piezas arrastra su narrativa a caminos
convencionales que no suponen para mí ninguna sorpresa durante las dos horas
que dura su viaje. Se trata de la segunda película del director Miguel
Sapochnik. Supongo que la he visto porque me daba curiosidad por conocer la
nueva aventura de Hanks, quien a veces interpreta a gente que se pierde en
lugares desolados donde el peligro acecha de lejos de forma inesperada. En
esta ocasión, Hanks se traslada a un mundo postapocalíptico en el que
interpreta a Finch Weinberg, un ingeniero en robótica que vive con su perro
Goodyear en un laboratorio subterráneo que alguna vez fue propiedad de la
compañía para la que trabajaba antes de un cataclismo ocasionado por una
llamarada solar que destruyó la capa de ozono y convirtió la Tierra en una
desierto inhabitable, donde a veces se ve obligado a salir a la superficie
vistiendo un traje especial que lo protege de los rayos ultravioleta con el
fin de buscar provisiones para subsistir. La travesía de Finch tiene un
arranque que me mantiene interesado en su modo de vida, sobre todo cuando
construye a un robot al que llama Jeff y poco a poco le enseña a valerse por
sí mismo para que haga las tareas de rutina y cuide al perro cuando él ya no
esté, pero pronto me invade la sensación de que todo lo que le sucede se
vuelve predecible cuando conduce su camioneta junto al perro y el robot por
las carreteras polvorientas con el objetivo de llegar a San Francisco,
mientras hace unas cuantas paradas en las que no sucede nada significativo más
allá de los fenómenos meteorológicos extremos, los humanos desconocidos que
han perdido la moralidad a causa del hambre y las típicas anécdotas sobre el
pasado. Como es de esperar, Hanks me resulta creíble como ese hombre moribundo
que pasa sus últimos días cuidando a su perro y aleccionando a su robot como
si fuera un hijo. También me agradan los efectos visuales detrás de la
creación del robot amistoso. Pero desafortunadamente nunca hay un impulso que
consiga conmoverme por lo que sucede. Al final de no deja ser una película de
ciencia ficción un poco blanda sobre la amistad y los vínculos humanos.
Título original:Finch Año: 2021 Duración: 1 hr 55 min País: Estados Unidos Director: Miguel Sapochnik Guion: Craig Luck, Ivor Powell Música: Gustavo Santaolalla Fotografía: Jo Willems Reparto: Tom Hanks, Caleb Landry Jones (voz) Calificación: 6/10
En esta comedia satírica Adam McKay utiliza a un reparto estelar de
estrellas para interrogar el negacionismo y la paranoia del cambio
climático.
Según las estimaciones de los científicos que día y noche observan con el
telescopio los cielos nocturnos en busca de posibles asteroides que puedan
chocar contra la Tierra, se cree que el impacto de un meteorito de los
grandes, de aproximadamente 10 km de largo, tendría una potencia equivalente a
la de diez mil millones de bombas atómicas y además provocaría una catástrofe
sin precedentes que dejaría una senda de destrucción total, convirtiendo la
superficie del planeta en un infierno en unos pocos minutos. El último de esos
peñones cayó un día soleado hace 65 millones de años y causó la extinción de
los dinosaurios que una vez reinaron la cima de la pirámide alimenticia,
además de tatuar un cráter de proporciones ciclópeas sobre la zona que hoy
bautizan con el nombre de Chicxulub. Pero los científicos no son los únicos
que se preocupan por dicho evento, también lo son los productores y directores
de Hollywood preocupados por sacudir la mata del cine de catástrofes que un
sinnúmero de veces ha planteado la calamidad en unas cuantas películas sobre
rocas que amenazan con caer en la Tierra, entre las que se encuentran las
medianas Impacto profundo y Armageddon.
En la plataforma de streaming de Netflix he visto una nueva que se suma a ese
listado de las que abordan el caso hipotético del fin del mundo firmado por un
cometa. Se titula No miren arriba y está dirigida por Adam McKay,
director algo irregular que marca su regreso a la sátira desde la estupenda
Vice. A diferencia de las ya mencionadas, en las que de alguna manera presentan
cómo los héroes resuelven la traba con las convenciones típicas del cine de
desastre de ciencia ficción, se trata de una sátira cínica que examina, a modo
de parábola, la presunta crisis del cambio climático y la banalidad
sociopolítica ocasionada por la ineptitud gubernamental y el negacionismo
colectivo de gente cuyo juicio está perpetuamente nublado por las estupideces
de las redes sociales y la frivolidad mediática. Hasta cierto punto el
discurso satírico sobre la crisis medioambiental y el lado ignorante del
capitalismo funciona adecuadamente, pero por momentos tengo la sensación de
que todo se torna inútilmente redundante y su comedia pierde el efecto
sorpresa por el reparto de lujo de personajes estereotipados que permanecen en
la superficie porque solo cumplen con una cuota de descripción, dejando que la
narrativa de los científicos que intentan razonar con los borregos sobre el
fin del mundo sea ridículamente previsible.
Don’t Look Up se ambienta en un futuro no muy lejano y comienza
cuando Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence), doctora en astronomía de la
Universidad Estatal de Michigan, descubre a través del Telescopio Subaru
un cometa desconocido que tiene una trayectoria que apunta hacia el
planeta Tierra. El dato escalofriante es confirmado por su superior, el
Dr. Randall Mindy (Leonardo DiCaprio), quien tras calcular el trayecto con
fórmulas matemáticas se da cuenta, en un primer plano que captura su
preocupación, que dicho cometa impactará a la Tierra en aproximadamente
seis meses y tiene el tamaño suficiente para desencadenar una extinción
masiva que ponga fin a la civilización humana. Tanto Randall como Kate
hacen lo que haría cualquier astrónomo ante semejante circunstancia:
reportar el asunto de seguridad nacional al primer mandatario. Con
asistencia del jefe de la Oficina de Coordinación de Defensa Planetaria de
la NASA, el Dr. Teddy Oglethorpe (Rob Morgan), se dirigen a la Casa Blanca
donde el nepotismo es la regla, pero primero duran unas cuantas horas
sentados en espera de la presidenta Janie Orlean (Meryl Streep) y su hijo,
el jefe de gabinete, Jason Orlean (Jonah Hill).
McKay muestra a Mindy y Dibiasky como los científicos turbados por las
observaciones que deben lidiar contra la irracionalidad de los burócratas
conservadores que condenan el papel iluminador de la ciencia para el
progreso humano y la predicción de catástrofes, además de los medios de
comunicación absurdos que trivializan la seriedad del asunto por el bien
de los ratings. Esto es evidente, primero, cuando ellos se reúnen con la
veleidosa presidenta Orlean para explicarle la gravedad de que el cometa
impacte con la Tierra y lo único que reciben de ella y el hijo inicuo es
la negativa de restarle importancia porque, desafortunadamente, eso no es
una prioridad de Estado como para agendarlo inmediatamente, llegando
incluso a ordenarle a la directora inexperta de la NASA que niegue el
suceso para que no cunda el pánico; aunque en última instancia la
presidenta procede a darle luz verde a una operación para destruir el
cometa porque aprovecha la situación para ganar popularidad en los índices
de aprobación de los comicios y tapar así un escándalo sexual que afecta
la imagen de su gestión, originado por acostarse en un motel con su
candidato a la Corte Suprema. Paralelamente, Mindy y Dibiasky llevan la
noticia del cometa a un programa de entrevistas matutino, donde los
anfitriones Jack Bremmer (Tyler Perry) y Brie Evantee (Cate Blanchett)
tratan el tema de una manera frívola y burlesca que solo refleja la
ignorancia vomitiva que prevalece en los medios para adormecer a los
espectadores que siguen la corriente, teniendo como resultado que Dibiasky
pierda la compostura en vivo porque sabe que el mundo se va a acabar pero
nadie se lo toma en serio, cosa que acaba generando múltiples memes en
línea que la ridiculizan.
Como se trata de una comedia, los personajes responden a estereotipos que
están conscientes en todo momento de lo absurdo del mundo. El Dr. Randall
Mindy, interpretado espléndidamente por DiCaprio, es un profesor de
astronomía y padre de familia que, debajo de su aparente tranquilidad,
está muy desesperado porque nadie parece tomarse en serio sus advertencias
sobre el fin del mundo, a veces calma su ansiedad con la ayuda de
medicamentos antidepresivos, y manifiesta las inseguridades que lo colocan
constantemente en una balanza moral que lo obliga a aceptar las exigencias
de la presidenta inescrupulosa sin oposiciones y a dejarse seducir por la
comunicadora Brie para caer en la trampa del adulterio, logrando ganarse
la simpatía de la gente por su naturaleza dócil y permisiva. Mindy, en mi
opinión, es el más interesante de todo el reparto porque representa la
figura del científico honesto, comprometido con las causas que protejan a
la humanidad a toda costa, que es secuestrado por las garras de la
manipulación mediática y burocrática. Como por inercia, todos los demás
personajes giran alrededor de él, pero no alcanzan a igualar su
desarrollo.
Entre los demás secundarios están la Dra. Dibiasky, la presidenta Orlean,
el jefe de personal y el magnate de la industria BASH. Dibiasky es la
científica que tiene los pies en la tierra y sabe que el mundo se ha
vuelto lo suficientemente loco como para negar su descubrimiento, llegando
incluso a ser censurada por el poder burocrático. Janie Orlean,
interpretada por Streep, es la presidenta trumpista de los Estados Unidos
que, como narcisista que viste de rojo republicano y ególatra conservadora
montada en las ruedas del poder, pone los intereses de la nación por
encima de las vidas de los ciudadanos, aprovechando la misión de la NASA
para desviar el cometa como el trampolín de un circo mediático que
disminuya el eco de las polémicas y le añada puntos positivos al desempeño
su administración, atreviéndose también a abortar la misión en el último
minuto cuando se entera de que su corteza contiene elementos de metales
raros valorados en trillones de dólares. Igual de cínico es Jason Orlean,
el jefe de gabinete e hijo de Janie, que trata a los científicos como una
botella de agua en el zafacón y ejerce su poder para hostigarlos,
burlándose en muchas ocasiones de lo que dicen. Y el tercer puesto de
villano lo ocupa, Peter Isherwell, el CEO multimillonario de la
corporación tecnológica BASH que convence a la presidenta Orlean para
explotar comercialmente los minerales del suelo del cometa usando drones
de perforación, con el fin de fragmentarlo en lugar de destruirlo y así
recuperar los pedazos que caigan en el océano. El resto de los personajes
son meras caricaturas prescindibles.
No hay que tener el cerebro de Greta Thunberg para darse cuenta de que los
personajes de McKay se construyen como estereotipos para erigir un
argumento subrepticio sobre la importancia de la toma de decisiones
basadas en la "ciencia" como la única alternativa para combatir los
supuestos efectos "catastróficos" del cambio climático (aquí metaforizado
por el cometa) que profetizan algunos agentes de la izquierda progresista;
los corolarios de los monopolios naturales producidos por el
corporativismo agresivo de empresarios capitalistas que solo buscan el
beneficio personal gracias a los consumidores; y, sobre todo, las
divisiones políticas de una sociedad completamente distraída por las modas
superfluas de la cultura pop y las tendencias efímeras en redes sociales
que se niega a prestar atención a los avisos de los científicos locos
sobre el colapso de la civilización humana. El problema es que hay
demasiado maniqueísmo en su síntesis discursiva de carácter globalista. Su
amplio collage de personajes se divide entre los demonizados seguidores
del negacionismo que se niegan a mirar arriba y los supuestos
profesionales del empirismo que miran desde abajo lo verificable. Los
buenos son los científicos buenistas que buscan soluciones para enfrentar
la contrariedad y, en cambio, los "malos" son los políticos trumpistas de
saco y corbata que, junto a los empresarios, encabezan el liderazgo de los
individuos negacionistas de índole "irracional" que eligen rechazar la
realidad para evadir la "incómoda" verdad fabricada por los liberales
paranoicos y permanecer sentados en la zona de confort del sentido común.
El comentario coincide con la actual coyuntura de los progres que,
montados en la ola de Greta Thunberg, se empeñan en ridiculizar a los
negacionistas del cambio climático, que al igual que yo, rechazan que esto
sea lo que provoque el calentamiento global (porque nadie en su sano
juicio va a creer en estas patrañas del cambio climático diseñadas para
destruir la industrialización de occidente).
El problema fundamental, a mi parecer, es que el alegato apologista y
satírico sobre el cambio climático, que en un principio brilla como la luz
del sol con su capa de ironía, pierde su efecto porque la narrativa
estructura los episodios de las acciones de los personajes de una manera
circular que repite infructuosamente los coloquios sobre el cometa del fin
del mundo. Atraviesa demasiado lugares comunes que debilitan el entramado
tragicómico. Y todo se reduce a las discusiones a puertas cerradas o en
televisión en vivo que banalizan la parte más obvia del mensaje. De este
modo, no me sorprendo viendo a Mindy hablando por televisión cuando asume
su rol como asesor gubernamental, la movida de Dibiasky como cabeza de la
oposición del movimiento público que critica al gobierno y defiende la
causa de la comunidad científica progresista; la ninfómana presentadora que se acuesta
con Mindy; los agentes del gobierno a los que le importan muy poco lo que
le suceda a la gente; la opinión dividida entre los alarmistas que reivindican la hipotética devastación global y los juiciosos que refutan las diatribas
de los fanáticos más ignorantes; los planes siniestros del
multimillonario ambicioso con voz infantil. En la mayoría de los casos me
asalta la indiferencia, aunque consigo disfrutar de algunos, como la
climática secuencia de la noche del fin del mundo donde el cometa destruye
la Tierra mientras los protagonistas condenados celebran la última cena en
familia.
Desde luego, valoro las intenciones pedagógicas que subrayan con carácter
de urgencia el tópico sobre el medioambiente, pero no me causa nada de
gracia su sátira condensada como crítica social por ese toque maniqueo que
no deja espacios en blanco para la reflexión. Está ensamblada de una forma
pretenciosa, desequilibrada, con personajes sosos que no me terminan de
enganchar, a pesar de contar con un reparto estelar. Y ni siquiera me
sorprende su epílogo en el que los más ricos escapan en una nave
intergaláctica hacia otro planeta en el edén del castigo mientras la
hecatombe del cometa desencadena un apocalipsis del que solo sobrevive el
político abusivo que ya no tiene nada que perder. Ni el tono que mezcla la
tragicomedia con trozos de drama. Tal vez como documental hubiese
funcionado mejor, pero esa es otra historia. La encuentro igual de regular
que La gran apuesta.
Ficha técnica Título original: Don't Look Up Año: 2021 Duración: 2 hr 18 min País: Estados Unidos Director: Adam McKay Guión: Adam McKay Música: Nicholas Britell Fotografía: Linus Sandgren Reparto: Leonardo DiCaprio, Jennifer Lawrence, Meryl Streep, Cate
Blanchett, Jonah Hill, Rob Morgan, Mark Rylance, Tyler Perry, Timothée
Chalamet, Ron Perlman, Calificación: 6/10