Todo sobre los Ricardos

Tras el visionado de Todo sobre los Ricardo, no tengo la menor duda de que se trata de la película más inane que ha dirigido Aaron Sorkin en su corta carrera como director. Su biopic tiene escenas más o menos decentes que se esclarecen con una estupenda actuación de Nicole Kidman como Lucille Ball, pero a ratos tengo la sensación de que su estructura episódica pierde el norte al transitar por los mismos círculos discursivos al servicio del feminismo y la discriminación teñida de persecución política. Su argumento está estructurado a través de tres capas: las entrevistas a modo de documental de tres escritores de la sitcom I Love Lucy, los preparativos para una grabación en vivo en 1953 y los recuerdos matrimoniales de Lucille Ball y su esposo Desi Arnaz. A través de ellos, la trama presenta un pedazo de la vida de Lucille Ball, una actriz del cine clásico de Hollywood que ha alcanzado el estrellato obteniendo pequeños papeles en producciones de bajo presupuesto que terminan garantizándole el apodo de la "Reina de las películas B", en los tiempos en que atraviesa una crisis matrimonial con el carismático cantante y productor de origen cubano Desi Arnaz y lucha secretamente por el control creativo de la popular serie de TV de los 50 para desmontar el rol cotidiano de la mujer establecido por las rígidas normas conservadoras de la cadena de televisión CBS, mientras una cacería de brujas es iniciada en su contra por el Comité de Actividades Antiestadounidenses al sospecharse de que es simpatizante del comunismo. Como es habitual, Sorkin emplea la analepsis, los diálogos extensos y ocasionalmente el montaje paralelo para describir las circunstancias que rodean a esa comediante estelar de la televisión de los cincuenta, pero el trato rutinario le resta potencial dramático al desarrollo de los personajes centrales y todo se reduce a las discusiones banales de la pareja sobre el embarazo anunciado, los choques con los ejecutivos, los conflictos creativos que sostiene a puerta cerrada con los guionistas en las lecturas de mesa de guión antes de los ensayos para imponer su visión feminizada en contra de los clichés que caricaturizan a la mujer cotidiana. Nunca sale de esa zona de confort. A pesar de todo, consigue una auténtica reproducción de la época que incluye, dicho sea de paso, unas cuantas escenas nocturnas en los interiores de Ciro's. También una interpretación agradable de Kidman, quien, asistida por un maquillaje riguroso, emplea sus gestos y su expresividad para comunicar de manera convincente la determinación de una mujer que intenta independizarse del estigma de la industria del cine. Ella desarrolla cierta química en pantalla con Javier Bardem, quien asimismo anda bien maquillado para capturar las inquietudes de ese productor poderoso de origen cubano que lidia contra las presiones de la industria secretamente xenófoba y los políticos prejuiciosos que cazan brujas, en una actuación secundaria algo aceptable. Solo eso, digamos, impide que la propuesta sea más plana de la cuenta.



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Ficha técnica
Título original: Being the Ricardos
Año: 2021
Duración: 2 hr 12 min
País: Estados Unidos
Director: Aaron Sorkin
Guion: Aaron Sorkin
Música: Daniel Pemberton
Fotografía: Jeff Cronenweth
Reparto: Nicole Kidman, Javier Bardem, J.K. Simmons, Nina Arianda,
Calificación: 5/10

El visionado de El bar de las grandes esperanzas me cae como un trago desabrido en un día cualquiera de fin de semana. No puede ser más aburrida. Esta película de Clooney, estrenada recientemente en Amazon Prime Video, tiene una actuación notable de Ben Affleck que a ratos eleva el potencial dramático de la propuesta, pero no deja ser un drama de mayoría de edad inane y bastante convencional sobre las heridas paternales y la adolescencia de un aspirante a escritor. Está basada en las memorias del autor J.R. Moehringer. La trama, narrada ocasionalmente con la voz en off de un adulto JR, describe primero los años de infancia del pequeño JR Maguire, un niño curioso de nueve años que vive con su madre Dorothy en la casa de sus abuelos tras la ruptura de la relación que ella tenía con su padre, mientras es guiado moralmente por su tío Charlie, que actúa como figura paterna y es el dueño de un bar local frecuentado por fracasados que solo desean beber para olvidar los duros golpes de la vida. Por medio de la analepsis, la estructura no solo presenta en una primera mitad la infancia del chiquillo inocente que gusta leer de todo y memoriza palabras del diccionario, sino que, también, en una segunda parte, muestra la transición a la adultez de JR como un joven adolescente que consigue una beca para estudiar en la universidad de Yale y se enamora de una joven afroamericana de clase media alta, mientras lidia con el amargo sabor del fracaso y el dolor intrínseco provocado años atrás por el complejo paterno que lo pone a cuestionar el escaso valor del padre perdedor que lo abandonó. El problema fundamental de la narrativa, supongo, es que no ofrece ningún desarrollo significativo de los personajes más allá de una cuota de descripción, colocando sus acciones en una superficie atiborrada de clichés motivacionales, donde todo parece repetirse inútilmente en la vida de ese joven del pueblo que desea alcanzar el éxito como escritor en la gran ciudad desde la rutina de los diálogos sostenidos en el bar, en la casa y en la universidad. La escasa fuerza dramática, al menos, se compensa con la interpretación de Affleck como ese tío aleccionador que hace de efigie paternofilial con un trato creíble y muy intimista. Pero ni siquiera su presencia evita que el resultado se disuelva como un cubo de hielo en una copa vacía.



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Ficha técnica
Título original: The Tender Bar
Año: 2021
Duración: 1 hr 46 min
País: Estados Unidos
Director: George Clooney
Guion: William Monahan
Música: Dara Taylor
Fotografía: Martin Ruhe
Reparto: Tye Sheridan, Ben Affleck, Lily Rabe, Daniel Ranieri, Christopher Lloyd,
Calificación: 5/10

tick, tick... Boom!

En Netflix me ha tocado ver, durante dos horas bastante largas, las imágenes de tick, tick... Boom!, el musical que marca el debut como director de Lin-Manuel Miranda y que, por lo visto, ha gozado de una aclamación casi unánime de gente que dice que es una revelación del género. Pero desafortunadamente no consigo emocionarme por nada de lo que veo. Como musical biográfico cuenta con una actuación más o menos carismática de Andrew Garfield, pero sus luces nunca llegan a iluminar un escenario teatral que regularmente repite los mismos números indulgentes y aburridos sobre la crisis creativa de un dramaturgo encerrado en la cárcel de Broadway de la falta de oportunidades. Está basada en la autobiografía de Jonathan Larson, ese compositor, letrista y dramaturgo estadounidense que de manera póstuma alcanzó notable éxito en Broadway en los años 90. La trama sigue al joven Larson durante esa década, donde tiene el sueño de convertirse en compositor de obras teatrales, mientras discute con su novia Susan y trabaja bajo presión como camarero en una cafetería de la ciudad de Nueva York a cambio de un salario que no alcanza ni para pagar la factura eléctrica del mes. A través del montaje paralelo y de la analepsis en escenas que saltan en el tiempo, el protagonista me cuenta sus inquietudes más intrínsecas cuando dedica el poco tiempo libre que tiene a componer las canciones de la obras que desea vender a Broadway para tener una carrera exitosa como la de Stephen Sondheim, así como la crisis temprana de los 30 en la que comienza a temerle a los fracasos y a preguntarse si merece la pena invertir el tiempo en sus aptitudes dramatúrgicas mientras la ansiedad y la frustración desordenan el piso de su apartamento. El personaje tiene cierto carisma y está interpretado con gracia por Garfield, sobre todo cuando emplea sus cualidades expresivas para señalar la desesperación de Larson para ser reconocido a través de las canciones que canta y las coreografías de los bailes en las que muestra su pericia física. Sin embargo, el brillo con el que da inicio la narrativa de su personaje se vacía lentamente como un teatro en una noche de ensayo por el trato acomodaticio y superficial con el que se presentan los estereotipos inclusivos de moda para hablar en clave de superación personal sobre el sueño americano y las barreras de los musicales teatrales. Cuento con los dedos las canciones que me resultan encantadoras y apenas paso de dos. No le encuentro el ritmo. Es un musical con vocación de solemnidad, pero con un resultado infinitamente plano.



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Ficha técnica
Título original: tick, tick... Boom!
Año: 2021
Duración: 2 hr 01 min
País: Estados Unidos
Director: Lin-Manuel Miranda
Guion: Steven Levenson
Música: Jonathan Larson
Fotografía: Alice Brooks
Reparto: Andrew Garfield, Alexandra Shipp, Robin de Jesus, Vanessa Hudgens,
Calificación: 5/10

Cordero

Durante la hora y cuarenta que tarda su premisa fantástica de folk horror, Cordero es una película que encuentro interesante por la manera sobria y original en que ordena los elementos de su mundo minimalista. Se trata de la ópera prima del director islandés Valdimar Jóhannsson, estrenada el año pasado en la sección Un Certain Regard del Festival de Cine de Cannes. En su debut, Jóhannsson concibe un híbrido entre el drama fantástico y el terror sobrenatural de tinta folclórica que narra, a un ritmo contemplativo y de forma escalofriante, una parábola sobre el dolor, la pérdida y los sacrificios de la maternidad que alteran la propia naturaleza del núcleo familiar. Relata la historia de María e Ingvar, una pareja que parece haber escapado del aire contaminado de la civilización para instalarse en la granja de un valle remoto, donde habitualmente realizan tareas campesinas alimentando a las manadas de corderos y demás animales que albergan el lugar, mientras ocultan el fuerte sentimiento de infelicidad producido por el duelo de haber perdido a su hija Ada. Por un segundo llego a pensar que no va a pasar nada significativo, pero el detonante me abre los ojos cuando María e Ingvar crían a una oveja recién nacida que, a medida que crece, adquiere el aspecto de un corderito antropomórfico. La ovejita antropomórfica llena el vacío afectivo de los padres con una cuota efímera de felicidad, pero también simboliza el sufrimiento de los padres que se niegan a aceptar la desdicha provocada por la injusticia de la naturaleza (la infertilidad de María), por lo que en un intento desesperado toman de ella lo que no es suyo. El comentario no solo habla sobre el martirio moral en la paternidad, sino también de la relación del hombre con la naturaleza. El cordero, que sigue inocentemente a su pastor hasta el corredor de la muerte, encamina simbólicamente al hombre que altera el orden natural de las cosas a la desdicha que termina en tragedia. Con una notable economía de recursos estéticos, Jóhannsson describe la melancolía intrínseca y las ansiedades de la pareja que se transforman en obsesión paterna, como el sobreencuadre a contraluz que los oprime, las panorámicas atmosféricas de los paisajes montañosos atiborrados de neblinas invernales para comunicar el aislamiento, la música extradiegética que amplifica el volumen de tensión. Su cuidado compositivo es consistente con lo que narra. Y pocas veces pierde su horizonte expresivo al mostrar los horrores de la paternidad escandinava a plena luz del día.



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Ficha técnica
Título original: Lamb (Dýrið)
Año: 2021
Duración: 1 hr 46 min
País: Islandia
Director: Valdimar Jóhannsson
Guion: Sjón Sigurdsson, Valdimar Jóhannsson
Música: Þórarinn Guðnason
Fotografía: Eli Arenson
Reparto: Noomi Rapace, Hilmir Snær Guðnason, Björn Hlynur Haraldsson,
Calificación: 7/10

Culpable

Por alguna razón que desconozco, Culpable es un thriller policial al que no le encuentro ninguna tensión significativa durante la hora y media que tarda su llamada al 911 para reportar el remake fallido. La película de Fuqua, que se trata de un remake del tenso y sorprendente thriller danés [Culpable] estrenado en 2018 con el que debutaba Gustav Möller, tiene una actuación más o menos creíble de Jake Gyllenhaal como el policía atormentado tras la línea de emergencia, pero su trama carece de pulso para la intriga y marca el número equivocado cuando intenta calcar a la original sin mucho apuro. La trama es prácticamente la misma. Narra la estresante jornada de trabajo de Joe Bayler, un oficial del Departamento de Policía de Los Ángeles que ocupa el puesto nocturno en el centro de llamadas de emergencias de 911, mientras espera un juicio en la corte por un incidente trágico ocurrido en sus tareas de servicio como policía. No hay nada que me consiga cautivar cuando el policía sometido al estrés postraumático se obsesiona con resolver el caso de la mujer que llama para reportar su supuesto secuestro en una camioneta blanca. Lo único que me saca una risotada es la escena del joven que llama para reportar que lo chocaron en su bicicleta y se hirió la rodilla. Más allá de eso permanezco impávido ante las revelaciones que escucha el protagonista sobre la familia completamente disfuncional marcada por la tragedia y la salud mental deplorable. En términos generales, Fuqua sigue la misma tendencia de la antecesora: la recurrencia del primer plano, una sola locación para fines claustrofóbicos, el uso intrusivo del color rojo y el sonido diegético interno-subjetivo de las voces que escucha Joe de los necesitan ayudan al otro lado del teléfono. Pero ni esa economía de recursos estilísticos remueve un resultado acomodaticio y previsible que, en efecto, se toma la molestia de alterar el discurso con una lectura moralista muy convencional sobre la culpa y la ética del deber policial que encaja ideológicamente en el espectro de la cultura norteamericana de la actualidad donde la brutalidad policial es habitual. Solo rescato, por supuesto, esa interpretación del siempre solvente Gyllenhaal cuando emplea la expresividad de su rostro para comunicar el sufrimiento intrínseco del policía que escucha las llamadas de peligro e intenta reconstruir su vida. Esa, digamos, es la excusa que me ha impulsado a perder el tiempo con este remake bastante inferior al original.



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Ficha técnica
Título original: The Guilty
Año: 2021
Duración: 1 hr 30 min
País: Estados Unidos
Director: Antoine Fuqua
Guion: Nic Pizzolatto
Música: Marcelo Zarvos
Fotografía: Maz Makhani
Reparto: Jake Gyllenhaal, Adrian Martinez, Christina Vidal, Eli Goree,
Calificación: 5/10

En su primer largometraje sin colaboración con su hermano Ethan, Joel Coen retrata la tragedia shakesperiana de Macbeth. 



La tragedia de Macbeth



La tragedia de Macbeth es una de las obras más populares y a la vez más cortas de la autoría de Shakespeare. Se publicó en 1623, durante el reinado de Jacobo I. Ha sido adaptada en la literatura, la ópera, el teatro, la televisión y, por supuesto, el cine, gozando siempre de una acogida modesta del público más selecto que conoce las luces shakesperianas que iluminan los escondrijos más oscuros del alma humana. En el caso del cine, que es lo que nos interesa, fue llevada a la gran pantalla desde la época silente en manos del pionero J. Stuart Blackton en un cortometraje mudo tristemente perdido de 1908. Griffith produjo un cortometraje mudo perdido de 1916, dirigido por Emerson. Welles, fiel conocedor de la obra de Shakespeare desde sus tiempos como director de teatro, también hizo su versión, estrenada a finales de los años 40 con muchas dificultades. Kurosawa la transformó en una obra maestra del jidaigeki en 1957 con Toshiro Mifune. El polémico Polanski hizo la suya en 1971. Y en años recientes, Justin Kurzel rodó una versión lóbrega y algo regular con Michael Fassbender. Más allá de las decisiones estéticas con la que los cineastas la han abordado, todas coinciden en dramatizar la ambición por el poder del general escocés que escucha la profecía de tres brujas que vaticinan su ascenso al trono como rey de Escocia de la manera más vil posible.

 

Esa última idea la sustento tras haber visto en Apple TV+ La tragedia de Macbeth, la primera película en solitario de Joel Coen que, precisamente, adapta la tragedia shakesperiana con un estilismo monocromático solemne que en ningún instante pierde su horizonte estético, ilustrado en blanco y negro, sumándose a esa lista de los que la han transferido a la gran pantalla sin desplomarse en el intento. Tuvo su estreno en el pasado Festival de Cine de Nueva York, donde por lo visto fue aplaudida por los supuestos especialistas de la crítica que la catalogaron como una de las películas más sublimes del año pasado. A mí, particularmente, no me emociona hasta el paroxismo para darle tal denominación, sobre todo porque conozco la narrativa de la obra y sé, de antemano, cómo terminan los asuntos internos del monarca. Pero, de igual manera, es un drama que encuentro bastante seductor cuando alimenta mis retinas con una hermosa factura visual, que tiñen de gris la puesta en escena por la que transitan las actuaciones espléndidas de Denzel Washington y Frances McDormand.




Denzel Washington como Macbeth. Fotograma de Apple TV+.



En términos generales, la película no es muy diferente de sus antecesoras filmadas. Como en aquella pintura al óleo de Henry Fuseli (Macbeth consultando la visión de la cabeza armada), comienza cuando Macbeth (Denzel Washington), un general al servicio del rey Duncan (Brendan Gleeson) que ha llevado a su ejército a la victoria sobre el traidor Thane de Cawdor, camina junto a su amigo Banquo (Bertie Carvel) por páramos neblinosos en donde se respira el hedor a sangre de guerra y se encuentra con tres brujas siniestras que profetizan que será ascendido al puesto de Cawdor y terminará siendo proclamado rey de Escocia, además de que su amigo Banquo también engendrará un linaje de reyes. Los dos hombres se quedan atónitos ante las visiones del trío de brujas y demuestran cierto escepticismo. Pero solo Macbeth cambia de inmediato de parecer cuando observa cómo los guardianes del rey Duncan, en una noche de luna llena, decapitan a Cawdor y minutos después él recibe el título que antes pertenecía al decapitado. Más tarde, la aparente tranquilidad de Macbeth ante el destino que le espera se ve perturbada rápidamente cuando, de forma alarmante, el rey Duncan nombra a su hijo Malcolm (Harry Melling) como príncipe de Cumberland, una movida que percibe como una obstáculo en su plan de adueñarse del trono profético. A puertas cerradas, Macbeth le revela las profecías de las brujas a su maquiavélica esposa Lady Macbeth (Frances McDormand), quien sin mucho apuro lo convence para efectuar un regicidio que acabe con la vida del rey en los aposentos de su castillo.



Denzel Washington y Frances McDormand. Fotograma de Apple TV+.


 

A través de los típicos soliloquios shakespearianos cargados de metáforas y significantes retóricos, Macbeth es descrito, no solo como un general (en esta ocasión afroamericano) amparado en la ética del servilismo y la docilidad cercana al idealismo, sino como un personaje dominante, magnánimo, cauto, cuyos rasgos característicos están construidos alrededor de la ambición en clave de venganza ocasionada por la sinuosidad de los superiores que, prácticamente, manifiestan poca importancia por sus hazañas militares. Tiene dos etapas fundamentales.

 

En la primera, el resentimiento recae sobre Macbeth porque se siente completamente vilipendiado al regresar del campo de batalla, como si su valentía militar no fuera lo suficientemente recompensada por el rey, y se extiende cuando se refugia religiosamente en los augurios de las brujas. Él desea más de lo que puede tener. Está obsesionado con los títulos de la nobleza y el poder. Y camina en la soledad más grisácea por los pasillos lóbregos de su castillo dialogando consigo mismo para calcular las posibilidades del homicidio perfecto y el porvenir monárquico. Quiere conquistar ilegítimamente lo que no le pertenece para demostrar cuán lejos puede llegar para satisfacer sus delirios personales. Esa lucha intrínseca es lo que, a mi parecer, hace de Macbeth un personaje bastante interesante, sobre todo cuando su brújula inmoral es Lady Macbeth. Lady Macbeth es, por así decirlo, la mujer que lo hunde en el fango de la infamia, la arquitecta que esboza el plan que, en un principio, él se niega a ejecutar porque las dudas le nublan la visión. Macbeth no tiene predisposición para el asesinato del rey; Lady Macbeth es que lo impulsa a cometerlo, la que lo manipula para que pueda cumplir sus deseos. Esto es notable en la escena de la hospitalidad sangrienta de su castillo, en la que Lady Macbeth, como buena mujer fatal, ha drogado a los sirvientes del rey Duncan mientras Macbeth entra sigilosamente a su cama y lo asesina clavándole su daga en la garganta. Tras el magnicidio, Macbeth vacila en su aposento, pero recibe una bofetada de voluntad de Lady Macbeth para que siga adelante bajo la influencia del buen fingir; mientras ella, por supuesto, coloca la evidencia que incrimina a los lacayos. Así, en el la mañana en que Macduff (Corey Hawkins) descubre e cuerpo sin vida del rey, Macbeth mata a los vasallos al lado del cadáver para atar cabos sueltos.



Las brujas



En la segunda, se muestra más a Macbeth como un tirano aprisionado por la paranoia y el tormento psicológico que solo desea saciar su sed de poder ordenando los asesinatos premeditados de los pequeños enemigos políticos que podrían conspirar contra su reinado. Esto es palpable en las escenas en que busca asesinar al heredero de Duncan, Malcolm, aunque al final este escapa hacia Inglaterra. También cuando se ve perturbado por el oráculo de los hijos de Banquo y ordena a sus guardias a que asesinen a su mejor amigo y a su hijo; cosa que sucede luego en la planicie de la casa destruida, donde matan a Banquo en una emboscada y Ross (Alex Hassell), que llega a supervisar el magnicidio, tiene un poco de misericordia con su hijo Fleance (Lucas Barker). Las consecuencias de su ambición germinan sobre su ser una semilla de maldad que lo atrapan en un círculo vicioso de sangre y vileza. Ahora que lo tiene todo ya no es solamente un hombre ambicioso cegado por la deducción de falsas premisas en la esfera político-monárquica, sino, además, en un soberano codicioso que se convierte en un villano enviciado por los marcos limítrofes del poder que lo degradan moralmente a él y a su inestable reino.



Frances McDormand como Lady Macbeth. Fotograma de Apple TV+.

 

No hay ningún tipo de fisura en la actuación de Washington como Macbeth. Washington ya había interpretado en el teatro a otros personajes de Shakespeare, pero nunca se había acercado a interpretar a Macbeth. Esta es la primera vez que interpreta a Macbeth en el cine. No sé si la coloque entre sus mejores actuaciones, pero me atrevo a decir que es una de las interpretaciones más solventes en esta etapa de su carrera y, sin lugar a dudas, garantizo una nominación segura a mejor actor en los Oscars. No me sorprendería si ganase su tercero. De una forma orgánica y muy tácita transmite el descenso a la locura de ese autócrata escocés con el lenguaje corporal, los silencios, la mirada, la caminata imponente y la expresividad mesurada que bajo el rostro estoico oculta los graves efectos psicológicos originados por la ambición de tomar el poder por la fuerza. Imprime el relato sórdido de un hombre inicuo que camina por las sendas de su castillo para maquinar diabluras hablando consigo mismo a través de unos monólogos brillantes que tienen el peso poético y filosófico shakespeariano. Y desarrolla una química placentera al lado de McDormand, quien hace de vampiresa interpretando a Lady Macbeth como una mujer insistente, inescrupulosa, predispuesta y muy manipuladora que aprieta la mano de su marido para que "asesine al sueño" que los va a castigar a ambos con la amarga sentencia de la tragedia. El trato más o menos teatralizado con el que son encuadrados se podría percibir como algo superficial, pero en mi opinión no hay una escena en la que ambos no me resulten creíbles cuando planean los sucesos malvados para mantener el poder del reinado a toda costa. Son actuaciones que tienen su registro dramático en el ímpetu metafórico de los diálogos.






Para esta versión, Coen, quien debuta en solitario mientras su hermano Ethan le dedica tiempo al teatro, emplea dispositivos estéticos que le permiten señalar de una forma ingeniosa los estados de ánimo que atraviesa el protagonista durante todo su recorrido. Su estilo visual se construye una vez más con la lente de Bruno Delbonnel, además de contar con un apartado sonoro muy estridente de Carter Burwell. Los más interesantes, a mi juicio, son la iluminación barroquista que golpea las caras de los personajes en diferentes direcciones, los decorados minimalistas que se acercan al teatro filmado, los planos atmosféricos de enorme cuidado compositivo con el que encuadra el panorama fantasmagórico y los amplios espacios claustrofóbicos de los interiores del castillo dotados de cierta teatralidad, la relación de aspecto cuadrado, el sonido extradiegético que habitualmente suena como si fueran estruendosos tambores para subrayar las inquietudes de Macbeth y las intenciones de los otros personajes. Tiene humor en unas cuantas escenas, la violencia abrupta característica de su estilo y omite las secuencias de grandes batallas. Apuesta por el intimismo y la teatralidad de los diálogos. Notablemente su puesta en escena está impresa bajo un blanco y negro monocromático ceniciento y frío como los cielos nublados de invierno que comunica de forma intimista la lejanía, la obsesión, la miseria moral y la desdicha existencial de esas figuras monárquicas de la Edad Media que caen en las tinieblas.



Denzel Washington como Macbeth



Coen recurre constantemente a la subjetividad para evocar los periodos alucinatorios que agobian al tiránico Macbeth y que la mantienen sujeto a periodos de ensoñación prolongada, como en la secuencia del banquete en la que, frente a todos sus súbditos, mira de lejos al fantasma de Banquo y lo persigue hasta una habitación vacía. También en la que el paranoico Macbeth habla de nuevo con las brujas para despejar las inquietudes sobre el porvenir y, tras ver el conjuro de una visión en la que el adulto Fleance vaticina el reinado del prófugo Macduff, ordena la ejecución de toda su familia, incluyendo su esposa y sus hijos. Su noción de Macbeth es la de un tirano que ha perdido el juicio a causa de la megalomanía y las sospechas. Y condena las acciones del mismo cerca del clímax en el que se desmorona el castillo de naipes y su esposa pierde la cordura hasta lanzarse al vacío, mientras él espera sentado en el trono al vengativo Macduff que lo reta a un duelo a muerte para vengar a su familia.

 

Aunque no considero que la película sea una obra excelsa ni mucho menos de las mejores de 2021, como dicen algunos, no deja de parecerme una tragedia muy escueta sobre la ambición, la vesania, el resarcimiento y el poder en medio de los terrenos inhóspitos de la decadencia moral. Tiene planos fastuosos y momentos pesadillescos que me ponen a cavilar sobre el lado más siniestro de la desesperación humana. De una forma revisionista y soterrada, interroga con cierto simbolismo las políticas normativas de los roles de género con algunas lecturas femeninas, y los claroscuros del poder político desde la óptica del afroamericano que está condenado al desastre si repite los mismos errores de los gobernantes blancos. La decapitación simbólica de Macbeth en manos de Macduff amplifica la parábola que se acomoda en sentido figurado a las modas ideológicas de estos tiempos. No sé si Coen seguirá el resto de su trayectoria de manera autónoma, pero sería interesante si lo hiciera. Como ejercicio estilizado, su drama histórico de carácter shakespeariano es tenso y a la vez cautivador, elaborado con una estética inconfundible que me hipnotiza cuando menos lo espero. 



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Ficha técnica
Título original: The Tragedy of Macbeth
Año: 2021
Duración: 1 hr 45 min
País: Estados Unidos
Director: Joel Coen
Guión: Joel Coen
Música: Carter Burwell
Fotografía: Bruno Delbonnel
Reparto: Denzel Washington, Frances McDormand, Alex Hassell,
Calificación: 7/10




Rey Richard

Rey Richard: Una familia ganadora es un biopic deportivo que se anota algunos momentos con la grata actuación de Will Smith, pero a ratos tengo la sensación de que se extiende innecesariamente cuando repite los mismos clichés mercadológicos de superación personal de familia. La dirige Reinaldo Marcus Green, el mismo que hace un tiempo dirigió a modo de ópera prima esa bagatela policial titulada Monstruos y hombres. Aquí el trato moralista es más o menos aceptable y se deja ver cuando aborda el núcleo de una familia afroamericana con grandes esperanzas, pero es igual de convencional. Relata la historia de Richard Williams, un padre de familia afroamericano que en medio de una situación socioeconómica precaria en la ciudad de Compton dedica gran parte de su tiempo para criar a dos niñas que tienen unas habilidades prodigiosas para el tenis y responden a los nombres de Serena y Venus Williams. La trama sigue sin mucho apuro las fórmulas establecidas de los dramas biográficos inspiracionales, sobre todo cuando el padre intenta guiar a sus hijas por el buen camino mientras es testigo de la violencia barrial y de los prejuicios raciales de la gente blanca que trabaja en los circuitos del tenis poniendo barreras a los afroamericanos, siempre mostrando una tenacidad inquebrantable para sacar a su familia de la pobreza. Todo luce demasiado calculado y moralmente limpio para que la familia afroamericana alcance las oportunidades que abren las puertas de la gloria del deporte. Y se repite en unas cuantas ocasiones con las mismas escenas de las discusiones familiares iniciadas por la terquedad del padre que intenta decidir el futuro de las hijas dotadas y los encontronazos con los entrenadores que solo ven interés en el asunto para lucrarse con los patrocinios tempranos de las adolescentes que juegan los torneos juniors de tenis. A pesar de todo me parece creíble la interpretación de Will Smith cuando emplea su registro dramático y su gestualidad para captar la personalidad irritante de ese padre afroamericano obstinado y sobreprotector que cree que sabe todos los métodos heterodoxos para encaminar a sus hijas hacia el estrellato deportivo, en una actuación que posiblemente le garantice una nueva nominación al Oscar a Mejor Actor. También el rol secundario de Jon Bernthal como el entrenador carismático de Florida que tiene el instinto para cazar los talentos de las jóvenes tenistas. Lo otro se me olvida rápido. Es un biopic deportivo algo tibio sobre el sacrificio paternofilial.



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Ficha técnica
Título original: King Richard
Año: 2021
Duración: 2 hr 24 min
País: Estados Unidos
Director: Reinaldo Marcus Green
Guion: Zach Baylin
Música: Kris Bowers
Fotografía: Robert Elswit
Reparto: Will Smith, Demi Singleton, Saniyya Sidney, Aunjanue Ellis, Jon Bernthal,
Calificación: 6/10

Ghostbusters: El legado

Creo que la única razón por la que he visto Ghostbusters: el legado es por ese fantasma maldito de la nostalgia que en estos tiempos viene enlatado en imágenes convertidas en productos para el consumo masivo, de esos que te hipnotizan de inmediato con solo ver la envoltura. No encuentro otra explicación para comprender cómo he perdido el tiempo viendo semejante disparate. No me cabe la menor duda de que es la peor que he visto de la franquicia, además de la más insulsa de Jason Reitman como director. Es una secuela aburrida, inerte, cuyo factor de diversión se desvanece como un fantasma en la niebla cuando atraviesa el terreno familiar del reciclaje nostálgico para dummies. Su trama, situada varios años después de que los Cazafantasmas se separaran tras derrotar a Vigo the Capartian y abandonaran el negocio, tiene como protagonista a Phoebe, una niña genio que se traslada a una granja en Summerville, Oklahoma, junto con su madre Callie y su hermano Trevor, lugar en donde descubre el equipo y los experimentos científicos de su abuelo, el Cazafantasma Egon Spengler que murió custodiando un portal para impedir que escapen los fantasmas. El aparatoso viaje de la chiquilla científica me aburre terriblemente porque su narrativa está ensamblada de una manera acomodaticia y previsible con los síntomas más comunes del síndrome Spielberg: niños ordinarios que descubren eventos extraordinarios; además de cumplir al pie de la letra con los estereotipos habituales de la cultura de la diversidad que anda de moda con mucha pretensión en los círculos inclusivos de Hollywood. De ese modo no hallo ningún tipo de sorpresa en las acciones de los personajes que confluyen paralelamente en situaciones distintas, como la madre soltera que coquetea con el sismólogo torpe, el chico que conduce el empolvado ECTO-1 para conquistar a la chica del restaurante, el par de niños curiosos que aprenden a cazar a los fantasmas con el equipo heredado del abuelo, el caos ocasionado por los fantasmas fugados, la climática secuencia en la que los nuevos Cazafantasmas luchan para sellar la actividad paranormal de los espectros con la breve ayuda a modo de Deus ex machina de los originales que aparecen como fan service. Y todo con el típico comentario de los vínculos familiares y el empoderamiento femenino más trillado. Agradezco, por supuesto, el pequeño homenaje de despedida a Harold Ramis, pero todo lo otro es un ejercicio infantilizado con un ritmo fatigoso, alejado de cualquier rastro de entretenimiento.



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Ficha técnica
Título original: Ghostbusters: Afterlife
Año: 2021
Duración: 2 hr 03 min
País: Estados Unidos
Director: Jason Reitman
Guion: Jason Reitman, Gil Kenan
Música: Rob Simonsen
Fotografía: Eric Steelberg
Reparto: Carrie Coon, Paul Rudd, Finn Wolfhard, Mckenna Grace, Logan Kim, Celeste O'Connor, Dan Aykroyd, Bill Murray, Ernie Hudson, Sigourney Weaver,
Calificación: 3/10

La hija oscura

Escudriñando el catálogo actual de Netflix he visto La hija oscura, película a la que le estaba siguiendo los rastros desde su estreno en el pasado Festival de Cine de Venecia porque marca el debut como directora de Maggie Gyllenhaal. Quería ver cómo sería y tal parece que mi intuición no se equivocaba. En su ópera prima, Gyllenhaal ilustra a un ritmo parsimonioso un retrato emotivo y a la vez intimista que interroga las rígidas estructuras establecidas de la maternidad, con actuaciones bastante orgánicas de Olivia Colman y Jessie Buckley. Se basa en la novela homónima de Elena Ferrante, la cual adapta Gyllenhaal con un guión de su autoría. Y trata la vida de Leda Caruso, una profesora universitaria de mediana edad y traductora de renombre que se pasa los días de vacaciones en las playas de Grecia mientras conoce algunos pueblerinos y se obsesiona con una mujer y su hija que, de alguna forma, le recuerdan aquellos tiempos en que vivía con sus dos hijas pequeñas a las que abandonó. Con una solvente economía de recursos estéticos, Gyllenhaal captura la crisis intrínseca de esa madre traumatizada por la culpa que la encarcela psicológicamente, como la analepsis que describe la línea temporal del pasado agridulce de la insatisfacción maternal, el color azul vertido sobre el vestuario y algunos escenarios que señala la dicotomía entre responsabilidad y la crueldad en clave de libertad femenina, el primer plano que comunica la honestidad más profunda y el plano subjetivo de las miradas que inquietan. Su drama tiene registros psicológicos que en un principio transforman el viaje de autodescubrimiento de la madre en un pozo de ambigüedad que me pone a cuestionar sus intenciones, y un tono claustrofóbico que consigue que uno empatice por el dolor reprimido que atraviesa la protagonista. Se eleva paulatinamente con la magnífica interpretación de Olivia Colman cuando emplea su gestualidad sutil y la mirada melancólica para transmitir el sentido de culpa y el arrepentimiento de una mujer egoísta que una vez falló como madre y desea una cuota de perdón para alcanzar la reconciliación con las hijas perdidas. Al lado de Colman también observo una actuación en paralelo bastante emotiva de Jessie Buckley como la madre joven que anhela alejarse de los roles establecidos por la ética materna para obtener algo de independencia aislándose de su familia y buscar llenar vacíos afectivos. Quizá se extiende más allá de lo necesario, pero con la presencia de esas dos actrices nunca pierde su horizonte como drama psicológico. 



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Ficha técnica
Título original: The Lost Daughter
Año: 2021
Duración: 2 hr 01 min
País: Estados Unidos
Director: Maggie Gyllenhaal
Guion: Maggie Gyllenhaal
Música: Dickon Hinchliffe
Fotografía: Hélène Louvart
Reparto: Olivia Colman, Jessie Buckley, Ed Harris, Dakota Johnson, Peter Sarsgaard,
Calificación: 7/10

Eternals

Mi necesidad de buscar algo de superhéroes para pasar el rato y no pensar mucho en los problemas de la vida cotidiana me ha hecho ver Eternals, película que dirige Chloé Zhao tras su victoria en los Oscars. Pero, lejos de los efectos especiales y la pirotecnia habitual, en dos horas y media bastante largas lo único que encuentro es un aburrimiento tan infinito como el universo con el relato de origen políticamente correcto de estos Power Rangers de la fase cuatro de Marvel. El argumento, firmado por un puñado de guionistas que incluye a la misma Zhao, me cuenta la historia de Los Eternos, una raza cósmica de seres inmortales que tienen poderes sobrehumanos y han vivido en secreto durante miles de años entre las grandes civilizaciones humanas de la antigüedad, con el objetivo de combatir la amenaza de los Deviants y custodiar el surgimiento de una entidad de los Celestiales que se encuentra gestándose en el núcleo del planeta como parte del plan de su dios, el Celestial Arishem, mientras de paso se adaptan a la evolución de los pueblos su humanos sin intervenir mucho en sus contradicciones. Al principio muestro un poco de interés por la mitología de esos Eternos que responden a los nombres de Ikaris, Druig, Kingo, Thena, Makkari, Sprite, Sersi, Ajak, Gilgamesh y Phastos, sobre todo cuando interrogan su propio pasado desde los conflictos de la cotidianidad del presente. Pero llega un punto en el que me comienza a fatigar la falta de sustancia de personajes artificiosos, la abundancia de escenas retrospectivas que sobreexplican más de lo necesario los mismos sucesos ancestrales, los chistes de segunda mano recitados con pretensión, las secuencias de acción burdas y reiterativas en las que los héroes enfrentan a los bichos gruñones. Tiene su sentido de espectáculo, pero no hay emoción y se vuelve previsible. Sigue al pie de la letra los estereotipos inclusivos que están de moda en la escuela de la diversidad, además de permanecer sin mucho apuro en los marcos limítrofes de la fórmula de superhéroes establecida por Marvel que ya está comenzando a mostrar un serio desgaste creativo por el abuso del reciclaje más excesivo. Me tiene sin cuidado su comentario sobre el amor, el empoderamiento femenino, las dinámicas grupales y el poder de los vínculos humanos. Quizá solo me parecen interesantes las personalidades de Ikaris, Kingo, Druig y Thena, pero el resto del grupo no termina de trascender. Es la película más floja de la realizadora de Nomadland.



Streaming en:



Ficha técnica
Título original: Eternals
Año: 2021
Duración: 2 hr 36 min
País: Estados Unidos
Director: Chloé Zhao
Guion: Chloé Zhao, Matthew K. Firpo, Ryan Firpo, Patrick Burleigh
Música: Ramin Djawadi
Fotografía: Ben Davis
Reparto: Gemma Chan, Richard Madden, Angelina Jolie, Kit Harington, Kumail Nanjiani, Salma Hayek,
Calificación: 5/10

Finch

Finch es una película de carretera posapocalíptica que, en mi opinión, tiene intenciones nobles que se construyen a paso lento con la buena actuación de Tom Hanks, pero la falta de piezas arrastra su narrativa a caminos convencionales que no suponen para mí ninguna sorpresa durante las dos horas que dura su viaje. Se trata de la segunda película del director Miguel Sapochnik. Supongo que la he visto porque me daba curiosidad por conocer la nueva aventura de Hanks, quien a veces interpreta a gente que se pierde en lugares desolados donde el peligro acecha de lejos de forma inesperada. En esta ocasión, Hanks se traslada a un mundo postapocalíptico en el que interpreta a Finch Weinberg, un ingeniero en robótica que vive con su perro Goodyear en un laboratorio subterráneo que alguna vez fue propiedad de la compañía para la que trabajaba antes de un cataclismo ocasionado por una llamarada solar que destruyó la capa de ozono y convirtió la Tierra en una desierto inhabitable, donde a veces se ve obligado a salir a la superficie vistiendo un traje especial que lo protege de los rayos ultravioleta con el fin de buscar provisiones para subsistir. La travesía de Finch tiene un arranque que me mantiene interesado en su modo de vida, sobre todo cuando construye a un robot al que llama Jeff y poco a poco le enseña a valerse por sí mismo para que haga las tareas de rutina y cuide al perro cuando él ya no esté, pero pronto me invade la sensación de que todo lo que le sucede se vuelve predecible cuando conduce su camioneta junto al perro y el robot por las carreteras polvorientas con el objetivo de llegar a San Francisco, mientras hace unas cuantas paradas en las que no sucede nada significativo más allá de los fenómenos meteorológicos extremos, los humanos desconocidos que han perdido la moralidad a causa del hambre y las típicas anécdotas sobre el pasado. Como es de esperar, Hanks me resulta creíble como ese hombre moribundo que pasa sus últimos días cuidando a su perro y aleccionando a su robot como si fuera un hijo. También me agradan los efectos visuales detrás de la creación del robot amistoso. Pero desafortunadamente nunca hay un impulso que consiga conmoverme por lo que sucede. Al final de no deja ser una película de ciencia ficción un poco blanda sobre la amistad y los vínculos humanos.



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Ficha técnica
Título original: Finch
Año: 2021
Duración: 1 hr 55 min
País: Estados Unidos
Director: Miguel Sapochnik
Guion: Craig Luck, Ivor Powell
Música: Gustavo Santaolalla
Fotografía: Jo Willems
Reparto: Tom Hanks, Caleb Landry Jones (voz)
Calificación: 6/10

En esta comedia satírica Adam McKay utiliza a un reparto estelar de estrellas para interrogar el negacionismo y la paranoia del cambio climático.



No miren arriba



Según las estimaciones de los científicos que día y noche observan con el telescopio los cielos nocturnos en busca de posibles asteroides que puedan chocar contra la Tierra, se cree que el impacto de un meteorito de los grandes, de aproximadamente 10 km de largo, tendría una potencia equivalente a la de diez mil millones de bombas atómicas y además provocaría una catástrofe sin precedentes que dejaría una senda de destrucción total, convirtiendo la superficie del planeta en un infierno en unos pocos minutos. El último de esos peñones cayó un día soleado hace 65 millones de años y causó la extinción de los dinosaurios que una vez reinaron la cima de la pirámide alimenticia, además de tatuar un cráter de proporciones ciclópeas sobre la zona que hoy bautizan con el nombre de Chicxulub. Pero los científicos no son los únicos que se preocupan por dicho evento, también lo son los productores y directores de Hollywood preocupados por sacudir la mata del cine de catástrofes que un sinnúmero de veces ha planteado la calamidad en unas cuantas películas sobre rocas que amenazan con caer en la Tierra, entre las que se encuentran las medianas Impacto profundo y Armageddon.


En la plataforma de streaming de Netflix he visto una nueva que se suma a ese listado de las que abordan el caso hipotético del fin del mundo firmado por un cometa. Se titula No miren arriba y está dirigida por Adam McKay, director algo irregular que marca su regreso a la sátira desde la estupenda Vice. A diferencia de las ya mencionadas, en las que de alguna manera presentan cómo los héroes resuelven la traba con las convenciones típicas del cine de desastre de ciencia ficción, se trata de una sátira cínica que examina, a modo de parábola, la presunta crisis del cambio climático y la banalidad sociopolítica ocasionada por la ineptitud gubernamental y el negacionismo colectivo de gente cuyo juicio está perpetuamente nublado por las estupideces de las redes sociales y la frivolidad mediática. Hasta cierto punto el discurso satírico sobre la crisis medioambiental y el lado ignorante del capitalismo funciona adecuadamente, pero por momentos tengo la sensación de que todo se torna inútilmente redundante y su comedia pierde el efecto sorpresa por el reparto de lujo de personajes estereotipados que permanecen en la superficie porque solo cumplen con una cuota de descripción, dejando que la narrativa de los científicos que intentan razonar con los borregos sobre el fin del mundo sea ridículamente previsible.




Jonah Hill, Leonardo DiCaprio, Jennifer Lawrence y Meryl Streep. Fotograma de Netflix.

 

Don’t Look Up se ambienta en un futuro no muy lejano y comienza cuando Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence), doctora en astronomía de la Universidad Estatal de Michigan, descubre a través del Telescopio Subaru un cometa desconocido que tiene una trayectoria que apunta hacia el planeta Tierra. El dato escalofriante es confirmado por su superior, el Dr. Randall Mindy (Leonardo DiCaprio), quien tras calcular el trayecto con fórmulas matemáticas se da cuenta, en un primer plano que captura su preocupación, que dicho cometa impactará a la Tierra en aproximadamente seis meses y tiene el tamaño suficiente para desencadenar una extinción masiva que ponga fin a la civilización humana. Tanto Randall como Kate hacen lo que haría cualquier astrónomo ante semejante circunstancia: reportar el asunto de seguridad nacional al primer mandatario. Con asistencia del jefe de la Oficina de Coordinación de Defensa Planetaria de la NASA, el Dr. Teddy Oglethorpe (Rob Morgan), se dirigen a la Casa Blanca donde el nepotismo es la regla, pero primero duran unas cuantas horas sentados en espera de la presidenta Janie Orlean (Meryl Streep) y su hijo, el jefe de gabinete, Jason Orlean (Jonah Hill).


McKay muestra a Mindy y Dibiasky como los científicos turbados por las observaciones que deben lidiar contra la irracionalidad de los burócratas conservadores que condenan el papel iluminador de la ciencia para el progreso humano y la predicción de catástrofes, además de los medios de comunicación absurdos que trivializan la seriedad del asunto por el bien de los ratings. Esto es evidente, primero, cuando ellos se reúnen con la veleidosa presidenta Orlean para explicarle la gravedad de que el cometa impacte con la Tierra y lo único que reciben de ella y el hijo inicuo es la negativa de restarle importancia porque, desafortunadamente, eso no es una prioridad de Estado como para agendarlo inmediatamente, llegando incluso a ordenarle a la directora inexperta de la NASA que niegue el suceso para que no cunda el pánico; aunque en última instancia la presidenta procede a darle luz verde a una operación para destruir el cometa porque aprovecha la situación para ganar popularidad en los índices de aprobación de los comicios y tapar así un escándalo sexual que afecta la imagen de su gestión, originado por acostarse en un motel con su candidato a la Corte Suprema. Paralelamente, Mindy y Dibiasky llevan la noticia del cometa a un programa de entrevistas matutino, donde los anfitriones Jack Bremmer (Tyler Perry) y Brie Evantee (Cate Blanchett) tratan el tema de una manera frívola y burlesca que solo refleja la ignorancia vomitiva que prevalece en los medios para adormecer a los espectadores que siguen la corriente, teniendo como resultado que Dibiasky pierda la compostura en vivo porque sabe que el mundo se va a acabar pero nadie se lo toma en serio, cosa que acaba generando múltiples memes en línea que la ridiculizan.



Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence. Fotograma de Netflix.

 

Como se trata de una comedia, los personajes responden a estereotipos que están conscientes en todo momento de lo absurdo del mundo. El Dr. Randall Mindy, interpretado espléndidamente por DiCaprio, es un profesor de astronomía y padre de familia que, debajo de su aparente tranquilidad, está muy desesperado porque nadie parece tomarse en serio sus advertencias sobre el fin del mundo, a veces calma su ansiedad con la ayuda de medicamentos antidepresivos, y manifiesta las inseguridades que lo colocan constantemente en una balanza moral que lo obliga a aceptar las exigencias de la presidenta inescrupulosa sin oposiciones y a dejarse seducir por la comunicadora Brie para caer en la trampa del adulterio, logrando ganarse la simpatía de la gente por su naturaleza dócil y permisiva. Mindy, en mi opinión, es el más interesante de todo el reparto porque representa la figura del científico honesto, comprometido con las causas que protejan a la humanidad a toda costa, que es secuestrado por las garras de la manipulación mediática y burocrática. Como por inercia, todos los demás personajes giran alrededor de él, pero no alcanzan a igualar su desarrollo.



Meryl Streep como Janie Orlean. Foto de Netflix.



Entre los demás secundarios están la Dra. Dibiasky, la presidenta Orlean, el jefe de personal y el magnate de la industria BASH. Dibiasky es la científica que tiene los pies en la tierra y sabe que el mundo se ha vuelto lo suficientemente loco como para negar su descubrimiento, llegando incluso a ser censurada por el poder burocrático. Janie Orlean, interpretada por Streep, es la presidenta trumpista de los Estados Unidos que, como narcisista que viste de rojo republicano y ególatra conservadora montada en las ruedas del poder, pone los intereses de la nación por encima de las vidas de los ciudadanos, aprovechando la misión de la NASA para desviar el cometa como el trampolín de un circo mediático que disminuya el eco de las polémicas y le añada puntos positivos al desempeño su administración, atreviéndose también a abortar la misión en el último minuto cuando se entera de que su corteza contiene elementos de metales raros valorados en trillones de dólares. Igual de cínico es Jason Orlean, el jefe de gabinete e hijo de Janie, que trata a los científicos como una botella de agua en el zafacón y ejerce su poder para hostigarlos, burlándose en muchas ocasiones de lo que dicen. Y el tercer puesto de villano lo ocupa, Peter Isherwell, el CEO multimillonario de la corporación tecnológica BASH que convence a la presidenta Orlean para explotar comercialmente los minerales del suelo del cometa usando drones de perforación, con el fin de fragmentarlo en lugar de destruirlo y así recuperar los pedazos que caigan en el océano. El resto de los personajes son meras caricaturas prescindibles.



Jennifer Lawrence, Leonardo DiCaprio y Timothée Chalamet. Fotograma de Netflix.



No hay que tener el cerebro de Greta Thunberg para darse cuenta de que los personajes de McKay se construyen como estereotipos para erigir un argumento subrepticio sobre la importancia de la toma de decisiones basadas en la "ciencia" como la única alternativa para combatir los supuestos efectos "catastróficos" del cambio climático (aquí metaforizado por el cometa) que profetizan algunos agentes de la izquierda progresista; los corolarios de los monopolios naturales producidos por el corporativismo agresivo de empresarios capitalistas que solo buscan el beneficio personal gracias a los consumidores; y, sobre todo, las divisiones políticas de una sociedad completamente distraída por las modas superfluas de la cultura pop y las tendencias efímeras en redes sociales que se niega a prestar atención a los avisos de los científicos locos sobre el colapso de la civilización humana. El problema es que hay demasiado maniqueísmo en su síntesis discursiva de carácter globalista. Su amplio collage de personajes se divide entre los demonizados seguidores del negacionismo que se niegan a mirar arriba y los supuestos profesionales del empirismo que miran desde abajo lo verificable. Los buenos son los científicos buenistas que buscan soluciones para enfrentar la contrariedad y, en cambio, los "malos" son los políticos trumpistas de saco y corbata que, junto a los empresarios, encabezan el liderazgo de los individuos negacionistas de índole "irracional" que eligen rechazar la realidad para evadir la "incómoda" verdad fabricada por los liberales paranoicos y permanecer sentados en la zona de confort del sentido común. El comentario coincide con la actual coyuntura de los progres que, montados en la ola de Greta Thunberg, se empeñan en ridiculizar a los negacionistas del cambio climático, que al igual que yo, rechazan que esto sea lo que provoque el calentamiento global (porque nadie en su sano juicio va a creer en estas patrañas del cambio climático diseñadas para destruir la industrialización de occidente).



Jennifer Lawrence y Leonardo DiCaprio. Imagen de Netflix.



El problema fundamental, a mi parecer, es que el alegato apologista y satírico sobre el cambio climático, que en un principio brilla como la luz del sol con su capa de ironía, pierde su efecto porque la narrativa estructura los episodios de las acciones de los personajes de una manera circular que repite infructuosamente los coloquios sobre el cometa del fin del mundo. Atraviesa demasiado lugares comunes que debilitan el entramado tragicómico. Y todo se reduce a las discusiones a puertas cerradas o en televisión en vivo que banalizan la parte más obvia del mensaje. De este modo, no me sorprendo viendo a Mindy hablando por televisión cuando asume su rol como asesor gubernamental, la movida de Dibiasky como cabeza de la oposición del movimiento público que critica al gobierno y defiende la causa de la comunidad científica progresista; la ninfómana presentadora que se acuesta con Mindy; los agentes del gobierno a los que le importan muy poco lo que le suceda a la gente; la opinión dividida entre los alarmistas que reivindican la hipotética devastación global y los juiciosos que refutan las diatribas de los fanáticos más ignorantes; los planes siniestros del multimillonario ambicioso con voz infantil. En la mayoría de los casos me asalta la indiferencia, aunque consigo disfrutar de algunos, como la climática secuencia de la noche del fin del mundo donde el cometa destruye la Tierra mientras los protagonistas condenados celebran la última cena en familia.


Desde luego, valoro las intenciones pedagógicas que subrayan con carácter de urgencia el tópico sobre el medioambiente, pero no me causa nada de gracia su sátira condensada como crítica social por ese toque maniqueo que no deja espacios en blanco para la reflexión. Está ensamblada de una forma pretenciosa, desequilibrada, con personajes sosos que no me terminan de enganchar, a pesar de contar con un reparto estelar. Y ni siquiera me sorprende su epílogo en el que los más ricos escapan en una nave intergaláctica hacia otro planeta en el edén del castigo mientras la hecatombe del cometa desencadena un apocalipsis del que solo sobrevive el político abusivo que ya no tiene nada que perder. Ni el tono que mezcla la tragicomedia con trozos de drama. Tal vez como documental hubiese funcionado mejor, pero esa es otra historia. La encuentro igual de regular que La gran apuesta.



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Ficha técnica
Título original: Don't Look Up
Año: 2021
Duración: 2 hr 18 min
País: Estados Unidos
Director: Adam McKay
Guión: Adam McKay
Música: Nicholas Britell
Fotografía: Linus Sandgren
Reparto: Leonardo DiCaprio, Jennifer Lawrence, Meryl Streep, Cate Blanchett, Jonah Hill, Rob Morgan, Mark Rylance, Tyler Perry, Timothée Chalamet, Ron Perlman,
Calificación: 6/10