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Spider-Man: un nuevo día
Spider-Man: Un nuevo día es una película de Destin Daniel Cretton que consigo ver, supongo, para tratar de encontrar aquellas buenas sensaciones que obtuve con Spider-Man: De regreso a casa (2017), Spider-Man: Lejos de casa (2019) y Spider-Man: Sin camino a casa (2021). No creo que se trate de algo fuera de serie, pero, francamente, me parece una secuela entretenida que, con su tono mesurado y sombrío, supone un regreso maduro para el héroe arácnido del vecindario que interpreta Tom Holland. 


La trama, ubicada cuatro años después de haber sido olvidado por todos por el hechizo de Doctor Strange, sigue a Peter Parker en los días en que es un vigilante a tiempo completo en Nueva York, mientras observa desde lejos cómo Michelle “MJ” Jones y Ned Leeds siguen adelante con sus vidas, aunque su labor como Spider-Man se complica cuando debe enfrentar la amenaza invisible de un villano que se mueve de mente en mente. 


Desde el principio, esta premisa me resulta peculiarmente ingeniosa por la forma en que la narrativa se distancia de las predecesoras al adoptar un tono misterioso que, por lo regular, se equilibra entre el drama, la aventura y la acción que es habitual en el cine de superhéroes. En medio de este equilibrio genérico, el guion encuentra el espacio para desarrollar aún más la psicología interna de Parker, además de cohesionar sus motivaciones personales sobre un abanico de situaciones impredecibles que se toman su debido tiempo para establecer el conflicto sobre diálogos escuetos y exposición calculada. 


En este sentido, permanezco enganchado con las peripecias que suceden entre las hazañas de Spider-Man para contener a Escorpión y otros villanos en persecuciones por las calles neoyorquinas; las pruebas de Spider-Man por sugerencia de Bruce Banner para adaptarse a los sentidos agudizados y telarañas orgánicas que brotan de sus muñecas; la lucha de Spider-Man contra la legión de La Mano para detener a la telépata que busca un dispositivo en el edificio del Departamento de Control de Daños (DODC). 


El asunto funciona con las secuencias de acción trepidantes y las escenas dramáticas que, por añadidura, permiten interrogar la existencia de Parker como un individuo afectado por la culpa y la soledad, cuyo aislamiento lo obliga a cuestionar la responsabilidad de un héroe famoso querido por todos y el abandono de un hombre anónimo que procesa el dolor de no tener amigos ni familia porque decidió alejarse para protegerlos, mientras su mente y su cuerpo sufren una transformación —la ausencia de amistades, el duelo por la tía May y la presión constante de proteger la ciudad desencadenan un cambio físico y psicológico en él que descontrola sus poderes—. 


A nivel expresivo, Holland entrega una interpretación solvente como Parker, pues ya no es el adolescente inseguro, sino un joven adulto herido, obstinado y solitario que sufre en silencio el miedo de volver a acercarse a la gente antes de descubrir el valor de aceptarse a sí mismo, aunque aún conserva el humor y la humanidad que lo hacen tan querible, junto a la destreza física para las escenas de riesgo que demuestra con el traje de Spider-Man. Su química con Zendaya está intacta por razones obvias. También provee algo de alivio cómico en las escenas que se roba Jon Bernthal como Frank Castle/The Punisher. Y deja que Sadie Sink se destaque en un papel complejo que añade capas de tragedia. 


La dirección de Cretton consigue equilibrar las secuencias de acción y los instantes dramáticos aprovechando unos efectos visuales que dimensionan la atmósfera de caos urbano, aunque a veces su ejecución tiende a sentirse un poco sobrecargada por la urgencia de querer abarcar más de lo necesario hasta perder el ritmo. Cretton también deja que la banda sonora de Michael Giacchino haga su trabajo para complementar las escenas de adrenalina y melancolía. Todo esto, en última instancia, logra que su película abra, de manera emocionante, un nuevo capítulo del vecino amistoso de Marvel.



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Ficha técnica
Título original: Spider-Man: Brand New Day
Año: 2026
Duración: 2 hr 25 min
País: Estados Unidos
Director: Destin Daniel Cretton
Guion: Chris McKenna, Erik Sommers, Justin Kuritzkes
Música: Michael Giacchino
Fotografía: Brett Pawlak
Reparto: Tom Holland, Zendaya, Jacob Batalon, Sadie Sink, Jon Bernthal, Mark Ruffalo, Michael Mando, Tramell Tillman
Calificación: 7/10
La marca del Zorro
En 1940, Rouben Mamoulian, uno de los directores más versátiles y estilizados de Hollywood, entregó con La marca del Zorro una nueva versión del clásico héroe enmascarado, iniciando así su entrada al cine de acción dentro del subgénero swashbuckler. Su película intenta funcionar como otra adaptación de la novela La maldición de Capistrano de Johnston McCulley, además de ser un remake de La marca del Zorro (1920). Dura apenas una hora y media, pero esto es más que suficiente como para hacerme saber que es una aventura de capa y espada entretenida de Mamoulian, que además mantiene cierta elegancia con las coreografías de esgrima y la presencia carismática de Tyrone Power como el mítico héroe enmascarado. 


La trama se ubica en la California mexicana de principios del siglo XIX y sigue a Don Diego Vega, un joven aristócrata educado en España que regresa a casa para encontrar su tierra oprimida por el corrupto gobernador Don Luis Quintero y el temible capitán Esteban Pasquale, a los cuales enfrenta por las noches adoptando la identidad secreta de Zorro, un vengador enmascarado que lucha por los campesinos y desafía a los tiranos. 


En general, esta premisa sencilla sirve como base para establecer el conflicto sobre las fórmulas habituales del cine de acción y la aventura de capa y espada, donde el héroe emplea sus habilidades con las armas y su ingenio para enfrentar a los villanos. El guion, por añadidura, se toma el tiempo necesario para desarrollar la psicología del protagonista sobre el juego de identidades, además de colocarlo en una serie de situaciones que guardan su factor sorpresivo detrás de los diálogos irónicos y la misión personal de Zorro como luchador de la justicia. 


De este modo, permanezco completamente enganchado en cada una de las escenas donde se muestra las actividades nocturnas en las que el Zorro combate contra los soldados antes de dejar su marca en forma de Z y subir la recompensa por su notoriedad; el plan del alcalde corrupto y su oficial para tratar de descubrir la identidad de El Zorro; el romance entre Diego y la hija del alcalde llamada Lolita; las discusiones de Diego con el fraile Felipe antes de revelarle su identidad; las maniobras astutas de El Zorro para robar el dinero de los abusivos impuestos cobrados por el alcalde y devolvérselo a los pueblerinos. 


En todas las escenas, Mamoulian combina la acción trepidante —saltos, duelos, persecuciones— en medio de un equilibrio narrativo que retiene cierta fluidez y ritmo para cohesionar el relato, además de procurar un comentario particularmente sutil sobre la injusticia, la corrupción burocrática y la ética del heroísmo. 


A pesar de ligeros facilismos, el asunto preserva su pulso por la actuación de Power en el rol protagónico. Su carisma natural brilla tanto en la faceta de Don Diego, un galán encantador y sarcástico que roba risas con su fingida debilidad, como en la de Zorro, un espadachín ágil, audaz y romántico; demostrando además su pericia física para las escenas del combate de esgrima que ponen de manifiesto su agilidad con la espada. Basil Rathbone, por su parte, interpreta al capitán Pasquale como un antagonista elegante, cruel y letal, que demuestra también una destreza particular para la esgrima. Ambos actores se lucen en la climática secuencia del duelo a muerte donde sus personajes chocan los sables con una coreografía tensa de maestría y movimiento. 


En este sentido, la dirección de Mamoulian logra encuadrar a sus actores en una puesta en escena que, por defecto, deposita sus virtudes en el diseño de vestuario, los decorados de la época, el primer plano, el plano panorámico, el sonido diegético y las atmósferas que se benefician de la iluminación encuadrada por la cámara de Arthur C. Miller. Mamoulian también permite que la banda sonora de Alfred Newman se destaque con su leitmotiv sinfónico. Estos elementos, en última instancia, hacen de su película un entretenimiento bastante sólido y memorable del cine clásico.



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Ficha técnica
Título original: The Mark of Zorro
Año: 1940
Duración: 1 hr 34 min
País: Estados Unidos
Director: Rouben Mamoulian
Guion: John Taintor Foote, Garrett Fort, Bess Meredyth
Música: Alfred Newman
Fotografía: Arthur C. Miller
Reparto: Tyrone Power, Linda Darnell, Basil Rathbone, Gale Sondergaard, Eugene Pallette, J. Edward Bromberg
Calificación: 7/10
Depredador (1987)

Depredador es una película de John McTiernan a la que me acerco, nuevamente, con la finalidad de encontrar aquellas buenas experiencias que obtuve con ella cuando la veía en televisión local o por cable durante los años 90. No considero que sea una de las cimas del cine de acción ochentero, pero su metraje me hace entender el estatus de culto que ha recibido con el paso de los años porque, a decir verdad, me parece una película de acción endiabladamente entretenida, que me mantiene en todo momento al filo del asiento con cada una de las secuencias en la selva que, a ritmo trepidante, prueban que Arnold Schwarzenegger es el héroe de acción definitivo de los 80, donde vuelvo a quedar completamente impresionado con lo bien que han envejecido sus efectos especiales. 


La trama sigue a Dutch, un Mayor del ejército estadounidense que junto a su equipo de comandos de élite —el agente Dillon, el mercenario Mac, el especialista Poncho, el rudo Blain, el rastreador Billy y el operador Rick— acepta la misión de rescatar a un ministro que ha sido capturado por guerrilleros en la selva centroamericana, pero cuya travesía se ve obstaculizada cuando enfrenta a un extraterrestre que busca cazar a todo su grupo con tecnología avanzada. 


En general, esta premisa tiene un arranque bastante atrapante que se solidifica, dicho sea paso, por la manera sorpresiva en que conjunta el thriller de acción, la aventura de ciencia-ficción y el terror slasher. Y se vuelve incluso más interesante porque el guion se toma el tiempo necesario para desarrollar las caracterizaciones de los personajes lejos del cuadro de motivación, donde sus acciones se justifican sobre situaciones impredecibles que, por añadidura, ocurren cuando todos dialogan perplejos para tratar de comprender la amenaza a la que se enfrentan con sus armas, dando lugar a diálogos de una sola línea que permiten explicar sus respectivos trasfondos personales. 


En este sentido, permanezco atrapado por las peripecias que estallan con las sospechas de los comandos al identificar los cadáveres de soldados despellejados; el tiroteo iniciado el equipo de Dutch al atacar el campamento guerrillero y matar a todos los soldados antes de tomar a una mujer como prisionera; las emboscadas del depredador humanoide tecnológicamente avanzado que permanece invisible con un dispositivo de camuflaje y usa visión térmica para detectar el calor corporal de sus enemigos antes de cazar selectivamente; la estrategia de supervivencia de Dutch para matar al alienígena con trampas explosivas en los árboles y utensilios rudimentarios de la selva antes de alcanzar el punto de extracción. La narrativa siempre preserva un pulso consistente porque, entre otras cosas, equilibra de forma cohesionada los golpes de efecto que trasladan la acción a través de varios géneros. 


La interpretación de Schwarzenegger me resulta particularmente creíble cuando utiliza su corpulencia y destreza física para interpretar a Dutch como un hombre vulnerable que sangra, mata con la mirada y emplea su ingenio para cazar al cazador, logrando algunas escenas memorables que se sostienen por su carisma, los diálogos de una línea —como "If it bleeds, we can kill it"— y la metralleta en mano que dispara niveles de testosterona. Los secundarios que asisten a Schwarzenegger también entregan algunos momentos, destacándose casi siempre Carl Weathers y Bill Duke. 


Con todo ese reparto, McTiernan concibe un epicentro de tensión que pocas veces pierde la intensidad al dinamizar la puesta en escena con el encuadre móvil, el primer plano, el uso del plano subjetivo —la visión termal del depredador—, el campo-contracampo y las atmósferas selváticas fotografiadas por Donald McAlpine que adquieren cierto realismo, además de asegurar unos efectos especiales prácticos que amplifican el contraste de distorsión óptica y el efecto de invisibilidad del traje de la criatura. McTiernan también permite que la banda sonora de Alan Silvestri eleve el lado tenso con el leitmotiv orquestal. Estos elementos, en última instancia, garantizan que la película siempre se mantengan por encima de las expectativas entre disparos, explosiones y energía masculina.


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Ficha técnica
Título original: Predator
Año: 1987
Duración: 1 hr 47 min
País: Estados Unidos
Director: John McTiernan
Guion: Jim Thomas
Música: Alan Silvestri
Fotografía: Donald McAlpine
Reparto: Arnold Schwarzenegger, Carl Weathers, Sonny Landham, Bill Duke,
Calificación: 7/10
El último gran héroe

El último gran héroe es una película de John McTiernan que constituye, simultáneamente, una de las propuestas más originales e incomprendidas de los 90. La reviso tras pasar más de dos décadas sin verla. Y lejos de ser el fracaso que muchos señalaron en su estreno, francamente, me parece una película entretenida y criminalmente infravalorada de McTiernan, que parodia los clichés del género de acción con un Arnold Schwarzenegger en plena forma y capas metanarrativas, dejándome con una sensación placentera que se prolonga durante dos horas de disparos, explosiones y humor autorreferencial. 


Su trama sigue a Danny Madigan, un adolescente cinéfilo que, luego de recibir un boleto mágico del anciano proyeccionista del cine que frecuenta en Nueva York, es transportado a la realidad ficticia de la película que está viendo: Jack Slater IV, protagonizada por Schwarzenegger como Jack Slater, donde se vuelve un participante activo que debe ayudarlo a detener los planes del sicario Benedict.


En general, esta premisa me resulta atrapante porque su estructura metaficcional, aparentemente sencilla, es bastante ingeniosa al combinar con ironía las fórmulas del cine de acción de policías en pareja con la comedia de alto concepto. La inteligencia del guion reside en su capacidad para dimensionar el desarrollo de los personajes, en situaciones sorpresivas que abren el espacio necesario para conocer sus motivaciones a través de las acciones exageradas y los diálogos irónicos plenamente autoconscientes del lado absurdo del relato. 


Esta decisión consigue, en efecto, que me mantenga pegado del asiento al observar las pistas que Danny le da a Jack para hacer avanzar la trama de su propia secuela; las hazañas de Jack para matar a los criminales con pistola en mano en su casa y en el funeral de un mafioso; la persecución en la que Danny y Jack ingresan al mundo "real" para estropear el plan de Benedict de convencer al asesino Destripador de Jack Slater III para asesinar al verdadero Schwarzenegger y usar el ticket para liberar a los villanos de otras películas. 


A ritmo cohesionado, las escenas mantienen un tono que no se limita solo a la burla paródica y a la acción trepidante, sino que, además, celebra el potencial escapista del cine para cuestionarse a sí mismo sobre temas como la pérdida y la dinámica padre-hijo, montados a menudo desde la óptica de un chico curioso que, al sufrir por la muerte de su padre y los traumas del acoso en un barrio marginal, encuentra consuelo mirando las películas, donde el héroe admirado se convierte en una especie de figura paternal.


Las actuaciones, por añadidura, son aceptables para que estos tópicos sean razonables. Schwarzenegger ofrece una de sus interpretaciones más divertidas al aceptar la caricatura de su propia imagen como héroe de acción indestructible, entregando one-liners memorables cuando interpreta a Jack como un policía marcado por la muerte de su hijo que ayuda a Danny por las experiencias pasadas del deber policial, alcanzando su tope en las escenas en que confronta su vulnerabilidad o en la irónica aparición interpretándose a sí mismo. Austin O'Brien transmite credibilidad como el chaval que aprende a afrontar los desafíos de la vida real cuando se refugia en la cinefilia. Y Charles Dance se roba varias escenas como el villano elegante y siniestro de los ojos explosivos. 


Con ellos, McTiernan dirige el asunto con su habitual destreza visual, a través de las secuencias de acción palpitantes arregladas con el encuadre móvil, el montaje rítmico y una fotografía correcta de Dean Semler que subraya los contrastes urbanos y atmosféricos de los dos mundos. La banda sonora de Michael Kamen, de igual modo, es competente al mezclar sus orquestaciones con el rock de AC/DC, Def Leppard y Megadeth. Todos estos elementos logran que esta película de culto, en última instancia, sea atrevidamente divertida al narrar la historia absurda del policía y el niño que descubren el valor del heroísmo dentro y fuera de una pantalla.



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Ficha técnica
Título original: Last Action Hero
Año: 1993
Duración: 2 hr 10 min
País: Estados Unidos
Director: John McTiernan
Guion: Shane Black, David Arnott
Música: Michael Kamen
Fotografía: Dean Semler
Reparto: Arnold Schwarzenegger, Austin O'Brien, Charles Dance, Anthony Quinn, Frank McRae, Robert Prosky, Tom Noonan,  F. Murray Abraham, Ian McKellen
Calificación: 7/10
Superman

Luego de varios años de visionados esporádicos, me acerco a revisar Superman, la película de Richard Donner que, en el momento de su estreno, definió el género de superhéroes y que, además, captura a plenitud la esencia del icónico personaje de DC Comics creado por Jerry Siegel y Joe Shuster. La versión extendida que logro ver añade 45 minutos de material que, entre otras cosas, amplía la historia de origen de Superman. Tiene una duración de tres horas, pero me parece una película de superhéroes que, a ritmo trepidante, sigue manteniendo el sentido de maravilla con la actuación legendaria de Christopher Reeves como el hombre que vuela alto como avión para defender la verdad, la justicia y el ideal americano. 


El argumento, tras un prólogo en el que Jor-El y su esposa envían a su hijo Kal-El en una nave con destino a la Tierra antes de la destrucción del planeta Kriptón, relata a lo largo de tres décadas los días de Clark Kent, primero, como un joven refugiado adoptado por la familia Kent en una pequeña granja de Smallville en Kansas, donde aprende valores estadounidenses como la honestidad y el trabajo duro mientras esconde sus extraordinarios poderes; y, segundo, como un adulto que, varios años más tarde, se muda a Metrópolis para trabajar como un tímido reportero en el Daily Planet junto a Lois Lane, y asume también la identidad secreta de Superman para combatir al genio criminal Lex Luthor, quien planea hundir la costa oeste de Estados Unidos con un misil. 


En términos generales, la narrativa me resulta atrapante, desde el principio, porque combina la aventura épica con la acción fantástica del cine de superhéroes sin perder el horizonte de sorpresa y heroicidad, a menudo integrando la fórmula con cierta sutileza para explorar las propiedades que definen a Superman como símbolo de la esperanza y protector de los débiles. 


De esta forma, Donner logra un equilibrio que mantiene el pulso entre las conversaciones de Kal-El con el holograma de su padre en la Fortaleza de la Soledad; la cotidianidad de Clark como periodista enamorado de su compañera Lois en medio de la agitada jornada laboral en el periódico; los actos públicos de heroísmo en los que Superman adquiere fama al salvar a la gente de las calamidades. Los personajes son interesantes porque mantienen sus motivaciones sobre las descripciones histriónicas de los cómics y, por lo regular, permanecen en un epicentro cohesionado de situaciones impredecibles que se vuelven emocionantes cada vez que Superman emplea sus poderes para rescatar a los indefensos. 


Lo más notable, dicho sea de paso, se encuentra en la interpretación emblemática de Reeves cuando utiliza su registro expresivo y su pericia física para interpretar, por una parte, a un periodista inseguro que se oculta detrás de los lentes y, por la otra, a un héroe invulnerable de traje azul y capa roja que lucha contra las injusticias para representar la idea de superar adversidades con determinación y resiliencia. Su actuación dota al personaje de humanidad y nobleza, además de que su química con Margot Kidder, quien interpreta a una Lois curiosa y valiente, aporta también un romance creíble y momentos cómicos que dan ligereza a la narrativa. Gene Hackman, por su parte, entrega un villano carismático y astuto en Luthor, cuya inteligencia y humor sarcástico lo convierten en un antagonista memorable sin caer en la caricatura. 


Con este reparto, Donner consigue un espectáculo que aún hoy me asombra gracias al montaje dinámico y los efectos especiales de proyección frontal, especialmente en algunas de las secuencias en las que Superman vuela por los cielos. La banda sonora de John Williams, de igual modo, integra sus notas melódicas con mucha consistencia para elevar el tono heroico y optimista de las escenas. No sé si la vuelva a ver otra vez, pero salgo con la creencia, al menos, de que un hombre puede volar por el cielo para ser un faro de optimismo, valentía y entretenimiento.



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Ficha técnica
Año: 1978
Duración: 3 hr 08 min
País: Estados Unidos
Director: Richard Donner
Guion: Robert Benton, David Newman, Leslie Newman, Mario Puzo
Música: John Williams
Fotografía: Geoffrey Unsworth
Reparto: Christopher Reeve, Margot Kidder, Marlon Brando, Gene Hackman, Ned Beatty, Jackie Cooper
Calificación: 7/10

En esta nueva entrega de Misión: imposible, Tom Cruise se despide en lo que posiblemente sea el capítulo final de la saga de acción que inició el 22 de mayo de 1996.



Misión: Imposible – La Sentencia Final


Las películas de Misión: Imposible, a lo largo de los años, me han entretenido en un par de ocasiones porque se construyen sobre una fórmula genérica que resulta simple: el agente Ethan Hunt, interpretado por Tom Cruise, acepta una misión de la FMI que, en apariencia, es “imposible” antes de que el mensaje se autodestruya en cinco segundos, donde el MacGuffin de la operación funciona como un catalizador para impulsar la trama y ver cómo él, como héroe, resuelve los conflictos que surgen por el villano megalómano de turno que debe combatir, habitualmente asistido con un grupo de especialistas que intervienen en distintas disciplinas de espionaje. Esto ha sido así desde aquel estreno que supuso la primera película el 22 de mayo de 1996. La entrada para ir al cine a verlas se justifica para ver a Cruise corriendo con urgencia por las calles, escalando el edificio más alto del mundo, exponiendo su cuerpo a peligros extremos, colgando en la puerta de aviones, conduciendo motos en persecuciones frenéticas, ejecutando saltos HALO, lanzándose en motocicleta por un acantilado, recuperando objetos valiosos para impedir el fin del mundo. Y nadie lo hace mejor que él, porque, en efecto, es el último héroe de acción de Hollywood, uno que tiene como hobby desafiar a la muerte cuando asume sus propias escenas de riesgo.


En Misión: Imposible – La Sentencia Final, el director Christopher McQuarrie rastrea esta fórmula establecida justo como lo ha hecho en Misión imposible: nación secreta (2015), Misión imposible: repercusión (2018) y Misión imposible: sentencia mortal (2023), dejando que Cruise haga todo tipo de maniobras arriesgadas para que el asunto nunca deje de ofrecer algo novedoso. Las casi tres horas que dura me invitan a razonar lo suficiente como para saber que, en sus mejores momentos, es una secuela entretenida que entrega secuencias de acción trepidantes y, además, supone un final adecuado para el legado de Cruise como Ethan Hunt que empezó hace tres décadas atrás. 



Misión: Imposible – La Sentencia Final


La trama, situada poco después de la predecesora, presenta a Ethan Hunt (Tom Cruise) en una misión a contrarreloj en la que busca al ciberterrorista Gabriel (Esai Morales) con la finalidad de detener a la superinteligencia artificial conocida como “La Entidad” y evitar un apocalipsis nuclear programado por ella para que las naciones del mundo se destruyan entre sí, mientras recibe la ayuda habitual de los otros agentes de la FMI (Fuerza Misión Imposible), entre los que se encuentran el técnico Benji Dunn (Simon Pegg), el hacker Luther Stickell (Ving Rhames) y los nuevos reclutas, la asesina Paris (Pom Klementieff), el agente Theo Degas (Greg Tarzan Davis) y la ladrona Grace (Hayley Atwell). El hilo conductor establece el conflicto principal sobre el MacGuffin de “La Entidad” y los dispositivos necesarios para apagarla, en tres actos en los que Hunt y su equipo se enfrentan a un enemigo invisible que está en todas partes desde el ciberespacio.



Tom Cruise y Esai Morales. Fotograma de Paramount.


En la primera mitad, se muestran unos cuantos tiroteos, persecuciones y combates cuerpo a cuerpo, pero, mayormente, hay una serie de diálogos expositivos que tienden a sobreexplicar el barullo más de lo necesario cuando Hunt, luego de ser capturado y de escapar de Gabriel, intenta recuperar el módulo central que le puede dar el control del código fuente de La Entidad, mientras discute con los altos mandos del gobierno estadounidense para convencerlos de que puede frenar la llave maestra la catástrofe que se avecina y envía a su cuadrilla por separado a la isla de San Mateo, en el mar de Bering, para rastrear las coordenadas del submarino hundido bautizado con el nombre de Sebastopol, poco antes de recibir la noticia de que Gabriel se ha robado un malware (Píldora Venenosa) diseñado específicamente por Luther para infectar el sistema de la IA renegada que controla a nivel global los sistemas nucleares de las superpotencias.



En la segunda mitad, en cambio, se intensifica la cuota de suspenso desde las escenas en que Hunt se une a un portaaviones estadounidense en el Océano Pacífico Norte para bucear hacia los restos del Sebastopol y recobrar el código fuente, antes de revelar que su plan maestro es cargar el virus sobre La Entidad en una unidad física que la mantenga aislada del mundo exterior, aunque, más adelante, debe viajar al búnker sudafricano en el que se hallan los servidores de la IA y la Píldora Venenosa en manos de Gabriel para iniciar las negociaciones (se entiende que Hunt tiene el código fuente y Gabriel, por el contrario, tiene el dispositivo viral que detiene a La Entidad).



Pom Klementieff, Greg Tarzan Davis, Tom Cruise, Simon Pegg, Hayley Atwell.


En términos generales, la narrativa me parece atrapante porque, entre otras cosas, profundiza en la premisa de la inteligencia artificial descontrolada que amenaza con dominar el mundo al manipular información, presentando a La Entidad como una fuerza casi mitológica que desafía a Hunt y su conjunto hasta atraparlos en serios dilemas éticos que los obliga a cuestionar sus métodos y valores. También aborda temas como el sacrificio y la redención, con Ethan enfrentándose a las consecuencias de sus elecciones pasadas mientras lucha por salvar el futuro. Cuando esto sucede me olvido de los clichés porque los estereotipos están colocados con sutileza y las acciones de los personajes responden, a menudo, a las decisiones éticas en tiempos de guerra.


Además, su guion teje un tapiz que conecta las ocho películas de la saga, utilizando el leitmotiv de “nuestras vidas son la suma de nuestras elecciones” para explorar la travesía de Hunt durante todos estos años. Su capacidad para cerrar una era sin caer en la nostalgia fácil es de agradecer porque cada referencia a las películas anteriores se siente orgánica, sirviendo para enriquecer la historia en lugar de depender de ella. Este enfoque retrospectivo no solo homenajea toda la franquicia, sino que también dota a la película de una profundidad emocional que es rara en el thriller de acción de la actualidad.


Tom Cruise


Un aspecto destacado de Sentencia Final es su comentario sobre las contingencias de la inteligencia artificial y el globalismo. La Entidad, entendida como una IA capaz de distorsionar información y sabotear el poder, metaforiza los temores contemporáneos sobre la tecnología desenfrenada que puede socavar la confianza en instituciones y controlar el relato de la posverdad. Más allá de esto, la película insinúa una alegoría incluso más profunda: La Entidad simboliza el avance del globalismo, una ideología que, al homogeneizar la política y la cultura, puede dividir el tejido social y erosionar la soberanía de los Estados nacionales. Esta síntesis discursiva es bastante sutil y especialmente insólita (considerando que se trata de la película producida en una industria como Hollywood, que está controlada por globalistas) porque resuena en un mundo actual donde las tensiones entre los soberanistas y los globalistas son cada vez más evidentes, haciendo de la película, desde la superficie, un thriller con cierta relevancia sociopolítica.


Tom Cruise


Lo más interesante, quizás, es que Cruise, a sus 62 años, todavía es el corazón de la saga. Su interpretación como Hunt demuestra que, para él, la edad no es un factor que ponga barreras en el cine de acción, realizando personalmente acrobacias de alto riesgo que desafían los límites humanos, como colgarse de un biplano a 3000 metros de altura y una intensa secuencia submarina con riesgo de hipoxia en aguas heladas. En algunas escenas también presenta peleas cuerpo a cuerpo, saltos acrobáticos en paracaídas, carreras a pie por las calles nocturnas y sitios subterráneos. Su compromiso con el entrenamiento riguroso y la ejecución de escenas sin dobles, combinando efectos prácticos con una condición física impecable, consolida su reputación como un ícono de acción, destacando en un contexto apocalíptico donde la exigencia física y mental es máxima. A todo esto se añade la vulnerabilidad emocional cuando interpreta a Ethan como un héroe honesto, determinado, que se sacrifica por sus amigos incluso en los instantes de peligro incalculable. El reparto secundario que le acompaña es decente demostrando las pericias físicas de los personajes cuando tienen apariciones breves que complementan el curso de los eventos y aportan algo de frescura, con un par de diálogos de una línea que equilibran la tensión con momentos de humor y camaradería en medio de las peleas y los tiroteos.



Tom Cruise


Como la octava y posiblemente última de la saga de Ethan Hunt, esta película es para mí, al menos, un cierre espectacular y conmovedor de una de las franquicias de acción más influyentes. Las secuencias de acción llevan el sello distintivo de la fórmula, y se sienten emocionantes porque combinan efectos prácticos con un uso acertado del CGI, creando momentos que amplifican el suspenso por la manera eficaz en que McQuarrie utiliza elementos estéticos como el desencuadre, la elipsis, los flashbacks, la prolepsis, la iluminación, el encuadre móvil y un montón de planos meticulosamente encuadrados en materia compositiva, fruto de una correcta fotografía de Fraser Taggart, que dinamiza la experiencia desde las persecuciones urbanas en Londres hasta las acrobacias en locaciones exóticas como Sudáfrica. De igual modo, la banda sonora de Lorne Balfe, que reinterpreta el icónico tema de Lalo Schifrin, impulsa la narrativa con una energía palpitante. Me despido de ella pensando en aquellos días en que tenía 10 años y veía a Tom Cruise corriendo en las películas. Ahora que tengo casi 40, Tom Cruise sigue corriendo en las películas como si no hubiera un mañana para él. Es el mejor héroe de acción y verlo entregar todo a sus casi 63 años es una recompensa valiosa por casi tres décadas de lealtad.



Streaming en:



Ficha técnica
Título original: Mission: Impossible - The Final Reckoning
Año: 2025
Duración: 2 hr. 49 min.
País: Estados Unidos
Director: Christopher McQuarrie
Guion: Christopher McQuarrie, Bruce Geller, Erik Jendresen
Música: Lorne Balfe, Max Aruj, Alfie Godfrey
Fotografía: Fraser Taggart
Reparto: Tom Cruise, Hayley Atwell, Ving Rhames, Simon Pegg, Esai Morales, Pom Klementieff
Calificación: 7/10

Tráiler de Misión: Imposible – La Sentencia Final



Ben-Hur

Para celebrar un poco temprano el 100 aniversario de su estreno, consigo ver una versión restaurada de Ben-Hur, una película muda de Fred Niblo que está basada en la novela homónima de Lew Wallace y que, además, cuenta el calvario de un judío en medio de los orígenes bíblicos de Jesús de Nazaret. Por lo que sé, fue una producción dificultosa que costó cerca de $4 millones de dólares (la más cara de toda la era del cine mudo) y supuso, de igual forma, un éxito enorme que catapultó a la recién creada Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) a la cima de los grandes estudios de Hollywood. El rato de más de dos horas que paso viendo sus imágenes me convence lo suficiente como para saber que se trata, sin lugar a dudas, de una epopeya bíblica bastante emocionante, que nunca abandona el sentido de espectacularidad con los escenarios monumentales y la presencia dominante de Ramón Novarro como el héroe judío. 


Su historia se sitúa en el contexto de la ocupación romana que somete a los hebreos a una violenta represión, mientras en Belén ocurre el milagro que conduce a la Adoración de los Reyes Magos. Varios años después de este prólogo, el argumento tiene como protagonista a Judá Ben-Hur, un joven judío de familia acomodada que vive en un palacio con su hermana y su madre, pero cuya vida, después de tener una discusión con Messala (un antiguo amigo que se ha convertido en centurión romano y desprecia a los judíos), cae en la desgracia cuando mata accidentalmente al nuevo gobernador romano de Judea y es condenado como esclavo en las galeras mientras su familia es encarcelada en el año 26. d.C. 


En términos generales, la narrativa mantiene un grado notable de consistencia al relatar los eventos más significativos de la obra original y los personajes, dentro de sus registros descriptivos, tienen el espacio necesario para exteriorizar sus motivaciones personales, despojándose de detalles innecesarios y conservando siempre el epicentro de ironía que eleva el componente melodramático en algunas escenas, con un ritmo que estructura todo de una manera cohesionada. 


De esta forma, no me queda más remedio que caer impresionado con la odisea de Judá que se distribuye entre los trabajos forzados junto a los demás esclavos en una galera de guerra romana poco antes de una batalla naval en la que salva a un almirante romano; la reunión en Antioquía con su viejo sirviente Simónides y su hija Esther; los días de gloria en los que se convierte en un victorioso auriga en las carreras de cuadrigas; la búsqueda de la madre y la hermana encerradas en la prisión de leprosos; la intervención divina de Jesucristo cuando emerge con la mano para bendecir a los creyentes que tienen fe. Hay aventura, injusticias, enfrentamientos épicos, romance a puerta cerrada, discusiones sobre prejuicios, actos milagrosos, legionarios dispuestos a luchar por la libertad. 


Lo más interesante, quizás, es la actuación central Novarro cuando utiliza los gestos histriónicos y su pericia física para subrayar la figura de Judá como la de un hombre valiente, determinado y ambicioso que lucha para liberar a su pueblo oprimido por los romanos. El resto del reparto también ofrece buenas actuaciones, incluyendo Francis X. Bushman como el maquiavélico y corpulento Messala. 


Todos ellos son encuadrados por Niblo en una puesta en escena ampulosa, que refleja su destreza a través del fuera de campo, el vestuario detallado, los colosales decorados que reproducen la época con autenticidad, los efectos de sobreimpresión, el uso recurrente del Technicolor y, ante todo, las panorámicas del gran plano general que magnifican el paisaje en las secuencias de mayor solemnidad, sobre todo en la espectacular secuencia de la carrera de cuadrigas que ofrece una clase de montaje. Todo está densamente ajustado en su épica sobre los comienzos del cristianismo y, entre otras cosas, me parece tan impresionante como Ben-Hur (Wyler, 1959).



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Ficha técnica
Título original: Ben-Hur: A Tale of the Christ
Año: 1925
Duración: 2 hr. 23 min.
País: Estados Unidos
Director: Fred Niblo
Guion: Carey Wilson, June Mathis
Música: N/A (muda)
Fotografía: Clyde De Vinna, René Guissart, Percy Hilburn, Glenn Kershner, Karl Struss 
Reparto: Ramón Novarro, May McAvoy, Francis X. Bushman, Betty Bronson, Kathleen Key
Calificación: 7/10

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El conde de Montecristo

El conde de Montecristo, la nueva adaptación de la famosísima novela de Alejandro Dumas, es una película francesa que renueva mi fe por el cine de aventuras y, dicho sea de paso, me obliga a razonar lo suficiente como para saber que bien hubiese sido producida por Hollywood hace 15 años atrás, porque es una producción de Pathé que apuesta por ese aire de clasicismo que parece cada día como el recuerdo de una era pasada. Es, incluso, la segunda película sobre la obra de Dumas estrenada en este siglo, tras The Count of Monte Cristo (Reynolds, 2002). Los directores Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière se empeñan en mostrarla como un espectáculo que, en sus tres horas, mantiene un ritmo consistente que nunca abandona el sentido de esplendor ni el tono grandilocuente con el que se narra la entretenida aventura de época sobre traición, injusticia y venganza; sin perder de vista el rastro de unos personajes singulares atrapados en un círculo de dilemas morales. 


La trama se desarrolla a lo largo de varios años a principios del siglo XIX y relata la existencia de Edmond Dantès, un hombre inocente que es arrestado y acusado de ser bonapartista el mismo día de su boda, donde tiempo después es encarcelado en una prisión en una isla remota, en la que conoce a un abate recluso con el que cava un túnel para escapar y, además, descubre la anécdota de un tesoro escondido que luego pretende buscar para vengarse de los soeces que lo traicionaron y le hicieron distanciarse de su amada Mercédès, que en su ausencia se casa con el que una vez fue su mejor amigo. 


En términos generales, el asunto me atrapa de inmediato porque la tragedia de Dantès, entre otras cosas, se solidifica sobre la base de unos personajes envidiosos, codiciosos y corruptos que funcionan como un catalizador para dimensionar la personalidad oscura que justifica su sed de venganza durante más de dos décadas. 


Los diálogos tienen vocación por la ironía, las escenas están cohesionadas en su lógica interna y los personajes tienen su momento para lucirse cuando no son eclipsados por la figura del conde enmascarado que los manipula desde las sombras. El argumento está finamente ajustado en su híbrido de aventura, romance y drama histórico. El grado de intriga permanece sobre la capa de consistencia que se muestra en la fuga planificada en el Château d'If; el descubrimiento del vasto tesoro en la isla de Montecristo; la caída de Edmond al lado oscuro que lo lleva a adoptar una identidad secreta para poner en marcha su plan de venganza con la enorme fortuna; las estratagemas de Edmond cuando utiliza a dos jóvenes para ganarse la confianza y manipular desde su castillo a los tres enemigos que conspiraron en su contra. 


En este sentido, la actuación de Pierre Niney me resulta creíble cuando ofrece su registro expresivo para interpretar, con los gestos y el maquillaje prostético, la efigie de un héroe astuto, orgulloso, oscuro, que se niega a olvidar el pasado trágico para impulsar el objetivo de venganza que ilumina su alma perdida y alcanzar la redención en el mar de la libertad. Junto a él, hay actuaciones espléndidas del reparto de secundarios, sobre todo la de Anaïs Demoustier como la dama que responde a los latidos de su corazón con la mirada. 


Lo más interesante, quizás, es que todos ellos se pasean por una puesta en escena que refleja el compromiso de los cineastas por la autenticidad del período que se acentúa sobre los decorados, el vestuario, el maquillaje, iluminación romanticista y las modalidades del encuadre móvil que dinamizan las escenas con los movimientos de cámara que maneja Nicolas Bolduc. La música de Jérôme Rebotier es, de igual modo, integrada con solvencia en escenas clave. 


Todos estos elementos me dejan con la sensación de que estos profesionales están comprometidos con hacer que el entretenimiento sea grandioso de nuevo. Se trata, sin lugar a dudas, de una cautivante versión del clásico de Dumas.



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Ficha técnica
Título original: The Count of Monte Cristo (Le Comte de Monte-Cristo)
Año: 2024
Duración: 2 hr. 58 min.
País: Francia
Director: Matthieu Delaporte, Alexandre de La Patellière
Guion: Matthieu Delaporte, Alexandre de La Patellière
Música: Jérôme Rebotier
Fotografía: Nicolas Bolduc
Reparto: Pierre Niney, Anaïs Demoustier, Laurent Lafitte, Anamaria Vartolomei, Vassili Schneider, Patrick Mille, Pierfrancesco Favino, Julien De Saint Jean
Calificación: 7/10

Diarios de motocicleta

Diario de motocicletas es una película de Walter Salles que no me produce una catarsis emocional como para elogiarla hasta las nubes, pero a lo justo evoca sobre mí una extraña sensación liberadora que me atrapa y, ante todo, deja un rastro de enorme belleza visual con las panorámicas mostradas durante la reconstrucción higienizada del viaje de Ernesto Guevara por la carretera continental. Esto consigue añadirle una dimensión naturalista a la poética del viaje que, en su registro biográfico, reconstruye la ruta del futuro guerrillero marxista con dos actuaciones espléndidas de Gael García Bernal y Rodrigo de la Serna; sin perder de vista el horizonte que constituye su discurso político y socioantropológico. Su argumento está basado en las memorias escritas por el Che cuando apenas era un veinteañero. 


La trama se sitúa a principios de los años 50 y sigue a Ernesto Guevara como un estudiante de medicina que, poco antes de terminar su carrera, emprende un viaje en motocicleta junto a su amigo Alberto Granado, partiendo desde Buenos Aires para viajar miles de kilómetros por América del Sur y regresar en avión desde Venezuela. 


En términos generales, la narrativa, contada desde el punto de vista del Che, suele frecuentar los lugares comunes del road movie cuando los protagonistas viajan en moto por el continente y se acuestan con las mujeres que conocen; cuando discuten al aire libre las dificultades que ralentizan el viaje; cuando observan paisajes impresionantes de montañas; cuando se hacen pasar por doctores para ganar dinero. 


Pero me parece interesante porque, como relato de mayoría de edad, Salles desmitifica la figura de Guevara para mostrarlo, en sus pretensiones progresistas, como la versión romantizada, de un joven idealista en búsqueda de una identidad, que encuentra terapéutico viajar en moto por las carreteras para descubrir otras culturas y cuya mirada catalizadora, asimismo, despierta su conciencia política cuando es testigo de las presuntas injusticias que laceran la dignidad de las clases más empobrecidas de Latinoamérica. Su síntesis discursiva puntualiza, en algunas escenas, las desigualdades económicas endémicas del continente, la condición social de las comunidades indígenas y la represión política que se organiza fuera de campo contra los comunistas analfabetos, a pesar de que a veces cae en el abismo didáctico de las obviedades maniqueas de izquierda que santifica al revolucionario marxista-leninista más allá de lo necesario. 


Las motivaciones de los personajes tienen profundidad en su lado biográfico. Y me resulta agradable observar en su viaje de amistad los momentos de diversión, las disputas, la rebeldía juvenil, las reflexiones personales. De igual forma, hallo mucha química en las interpretaciones de Gael García Bernal y Rodrigo de la Serna. Uno interpreta a un muchacho rebelde, autorreflexivo, solidario, honesto, mujeriego, cuya ambición lo lleva a mirar con sus propios ojos la diversidad etnológica de la región, pero también el panorama de desdicha que se esconde detrás de las cordilleras rodeadas de niebla; en un trayecto que modifica su personalidad, varios años antes de caer adoctrinado por las ideologías de la izquierda que lo convertirían en un ícono revolucionario. El otro interpreta a un hombre decidido, promiscuo, extrovertido, que posee el don de la palabra para engañar a los demás y arranca en su moto La Poderosa a ritmo lento para disfrutar de su juventud antes de realizar como voluntario labores de leprosería. 


Con ellos dos, Salles blanquea la histórica expedición en moto y, además, utiliza una estética contemplativa, cercana a un documental, que se vuelve absorbente, ante todo, por el uso proxémico del espacio, manifestado con ímpetu en las panorámicas que magnifican las atmósferas naturalistas de los ecosistemas latinoamericanos constituidos por montañas, praderas, bosques, nieve, ríos, desiertos y pueblos remotos. Su topografía de paisajes, en resumen, me resulta lo suficientemente hermosa como para montar un comercial de National Geographic. 



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Ficha técnica
Título original: Diarios de motocicleta
Año: 2004
Duración: 2 hr. 06 min.
País: Argentina
Director: Walter Salles
Guion: José Rivera
Música: Gustavo Santaolalla
Fotografía: Eric Gautier
Reparto: Gael García Bernal, Rodrigo de la Serna, Mía Maestro, Mercedes Morán
Calificación: 7/10

Godzilla Minus One

Godzilla Minus One es la película número 33 en la popular franquicia kaiju de Toho y, en general, es la quinta rodada en la actual era Reiwa que ha servido como reinicio desde hace ya ocho años. A diferencia de lo han hecho los señores de Hollywood en los últimos años con sus versiones recicladas, esta, por el contrario, me resulta interesante porque recupera la esencia que se halla en las cintas del período Shōwa. Desde el minuto uno, es una película kaiju muy entretenida que, además ofrecer una mirada a la crisis de la posguerra, saca de las profundidades al rey de los monstruos y deja el rastro de unos efectos especiales que nunca pierden el sentido de espectacularidad, durante dos horas en las que permanezco adherido a mi asiento sin preocuparme por lo que sucede en el mundo exterior. 


Su trama se ambienta justo cuando acaba la Segunda Guerra Mundial y tiene como protagonista a Kōichi Shikishima, un piloto kamikaze que se convierte en un desertor cuando estaciona su avión en la base japonesa de una isla tras fingir un fallo mecánico y, en medio de las discusiones con los mecánicos, descubre a una criatura gigantesca que ataca la guarnición. 


En términos generales, la narrativa sigue la línea de esa estructura de tres actos en la que el héroe afectado por la culpa del pasado busca redimirse, pero ahora este es colocado sobre el escenario de la posguerra que, por añadidura, funciona como telón de fondo para ampliar la motivación intrínseca de un objetor de conciencia con estrés postraumático que huye del conflicto bélico y lucha consigo mismo por la deshonra de desertar. Los dilemas éticos del protagonista tienen un desarrollo justificado. 


La relación entre los personajes humanos y el monstruo se maneja con sutileza en cada situación, evitando caer en lugares comunes y, ante todo, ofreciendo en su lugar una narración cohesionada que se distribuye adecuadamente entre las secuencias de destrucción del monstruo que sale del mar para destruir la ciudad; el melodrama familiar del piloto que forma una familia inesperada con una mujer y una niña huérfana; los días de trabajo de los voluntarios que recuperan minas en un barco; las conversaciones a puerta cerrada con los hombres que planean sepultar a la bestia en el fondo marino usando la logística de la ciencia. 


En su síntesis discursiva, Yamazaki muestra el espectáculo de catástrofes, en la superficie, para explorar tópicos como la pérdida, la redención y las secuelas de la guerra, desde la óptica de un soldado adolorido que anhela recuperar la voluntad de vivir tras sentirse culpable por escapar al sacrificio y al orgullo patriótico. También sintetiza, a modo subyacente, un comentario sobre el espíritu resiliente del pueblo japonés frente a los momentos de desesperación que a menudo debilitan la moral en medio del caos y la adversidad, donde la fuerza destructiva del monstruo no es más que una alegoría de los efectos de la bomba atómica sobre la sociedad japonesa de la posguerra y las consecuencias que obstaculizaron la reconstrucción. 


El elenco, encabezado por Ryunosuke Kamiki y Minami Hamabe, consigue que el asunto se sienta creíble. Ellos son encuadrados en una puesta en escena que, a fin de cuentas, encuentra su mayor virtud en los increíbles efectos visuales en CGI que renderizan la atmósfera de devastación y acentúan el diseño imponente de Godzilla cada vez que emerge del océano y causa estragos en las ciudades al escupir su rayo de calor, en unas secuencias que trasladan el mito hasta sus raíces genéricas entre las explosiones y los rugidos. 


Hay, asimismo, atención al detalle en la recreación del período. Y el tono de desolación y esperanza se complementa, además, con una banda sonora de Naoki Sato que agrega una capa adicional de emoción con sus partituras que arreglan el leitmotiv clásico de Akira Ifukube y, sobre todo, evocan melodías sinfónicas que subrayan el lado melancólico, épico y peligroso del relato. Estos elementos se integran de una forma calibrada que, dentro de sus limitantes previsibles, impulsa la franquicia hacia nuevas fronteras y reafirma a Godzilla como el rey indiscutible de los monstruos.



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Ficha técnica
Título original: Godzilla Minus One (Gojira -1.0)
Año: 2023
Duración: 2 hr. 04 min.
País: Japón
Director: Takashi Yamazaki
Guion: Takashi Yamazaki
Música: Naoki Sato
Fotografía: Kôzô Shibasaki
Reparto: Ryunosuke Kamiki, Minami Hamabe, Yûki Yamada, Munetaka Aoki, Hidetaka Yoshioka
Calificación: 7/10

El planeta de los simios

El planeta de los simios es una película de Franklin J. Schaffner de la que guardo el recuerdo imborrable de haberla visto al lado de mi padre en televisión local durante mi infancia, sin pensar mucho en lo que veía, pero, ante todo, absorbido por la extrañeza de ver ese mundo poblado de simios parlantes y hombres primitivos en perpetuo estado de esclavitud. Al recuperar sus imágenes ahora, no creo que se trate de una de las mejores del género de ciencia-ficción que he visto, pero, sin temor a equivocarme, es una película bastante entretenida, en la que Schaffner saca sus mejores cartas en la presencia heroica de Charlton Heston y en una trama distópica que, en su choque de civilizaciones, interroga la naturaleza autodestructiva de la especie humana sin perder de vista el sentido visual que crea su mundo de simios inteligentes con maquillaje prostético. 


En su argumento, basado en la novela homónima de Pierre Boulle, Heston interpreta a Taylor, un astronauta acompañado de otros tres tripulantes que viaja a la velocidad de la luz en una nave espacial que se dirige hacia un planeta desconocido para fines de exploración científica y que, luego de permanecer en un lapso prolongado de hibernación, despierta en el momento en que su nave se estrella en un lago y calcula que por la dilatación del tiempo se halla en un presunto sistema estelar situado a 300 años del planeta Tierra; pero cuyo trayecto como superviviente cambia radicalmente cuando descubre, junto a sus compañeros, que el planeta en cuestión está habitado por una raza de simios inteligentes que dominan a unos humanos primitivos que son mudos, en un utopía darwiniana invertida donde al parecer los primeros evolucionaron por encima de los segundos. 


En general, la trama deja unas cuantas preguntas sin responder que olvido de inmediato, supongo, porque las acciones de los personajes responden a situaciones de supervivencia que a menudo catalizan el conflicto cuando el héroe es capturado por los simios junto a una comunidad primitiva de humanos y, estando encarcelado en su celda, establece un vínculo con una psicóloga chimpancé que se queda fascinada por su inteligencia. 


El asunto, que en apariencia presenta un híbrido entre el cine carcelario y la aventura de ciencia ficción, mantiene mi interés encendido porque el montaje ensambla cada una de las escenas con un ritmo que estructura la narrativa de una forma cohesionada que deja pocos cabos sueltos y, además, coloca en el centro del discurso la motivación de un astronauta que anhela escapar de la prisión para continuar sus estudios científicos, así como una sociedad de simios donde la autoridad se ejerce sobre la base de una teocracia que suprime el conocimiento en nombre de la fe. 


A través de los roles invertidos entre los humanos y los simios, se edifican alegorías sociológicas que hablan de cuestiones integrales como el racismo, la discriminación, la intolerancia, las injusticias y la discrepancia entre la ciencia y la religión. La sociedad simia, estratificada por el miedo y la ignorancia, sirve como un espejo distorsionado de los problemas sociales de la humanidad que, a día de hoy, todavía siguen vigentes como peldaños de nuestra civilización. 


La actuación de Heston, por otro lado, le añade profundidad a la acción que cristaliza esos tópicos porque interpreta a Taylor como un hombre determinado, cínico y duro que no teme enfrentarse al poder teocrático para encontrar la libertad fuera de la jaula, demostrando también su pericia física para las persecuciones y los combates. A su lado se destaca también Kim Hunter como la psicóloga que estudia el comportamiento del humano enjaulado y desafía las normas de su sociedad por el beneficio de la ciencia. 


Schaffner suele encuadrarlos en una puesta en escena solvente en la que, en resumidas cuentas, es notable por la representación de los paisajes desolados y la atmósfera opresiva del planeta alienígena, evocando sobre mí la sensación de ver un mundo totalmente diferente pero extrañamente familiar. Su uso del gran plano general y del encuadre móvil subrayan la desorientación del protagonista al estar atrapado en un planeta rarísimo. 


Su punto más sólido se muestra en la caracterización de los simios a través de sus gestos y expresiones faciales, realizada por John Chambers mediante una innovadora técnica de maquillaje prostético que agrega autenticidad a sus valores de producción. Sus efectos especiales, sumados a ese giro final en el que el astronauta halla los restos de la Estatua de la Libertad en la playa (revelando, en efecto, que ha regresado a un planeta Tierra destruido por guerra nuclear apocalíptica), son imágenes de advertencia sobre el destino de la humanidad que no olvidaré nunca. Sentí el mismo impacto siendo un niño y lo vuelvo a rememorar tras varios años.



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Ficha técnica
Título original: Planet of the Apes
Año: 1968
Duración: 1 hr. 52 min.
País: Estados Unidos
Director: Franklin J. Schaffner
Guion: Michael Wilson, Rod Serling
Música: Jerry Goldsmith
Fotografía: Leon Shamroy
Reparto: Charlton Heston, Roddy McDowall, Kim Hunter, Maurice Evans, James Whitmore, Linda Harrison
Calificación: 7/10
El lobo del mar

El lobo del mar es una película de Michael Curtiz que rastrea ese cine sobre aventuras marítimas que él mismo estableció como modelo de seguimiento en las regulares El capitán BloodEl halcón de los mares (1940). Pero, a diferencia de esas predecesoras, en esta ocasión su acercamiento al género funciona adecuadamente porque está escrita con guion de Robert Rossen que, insólitamente, desmitifica a los héroes capa y espada del barco para mantener su línea de adaptación sacada de la novela de Jack London. En su horizonte más cercano, es una aventura marítima que Curtiz mantiene a flote en todo momento con atmósferas brumosas y una tensión atrapante que alcanza su mayor punto de virtud en la actuación formidable de Edward G. Robinson como el malvado capitán del barco fantasmagórico. 


La trama se sitúa a comienzos del siglo XX y sigue a tres personas (un fugitivo, un escritor y una convicta) que, por causas del destino, se suben al Fantasma, un barco que está bajo el dominio de Wolf Larsen, un capitán perverso que ejerce el liderazgo con las manías típicas de un tirano y somete a todos los hombres de la tripulación a la dictadura del miedo. 


En términos generales, en cubierta hay una sensación de pánico y de crueldad que se prolonga, con cierta consistencia, en cada una de las escenas en que el capitán sádico dialoga con los nuevos pasajeros sometidos a la servidumbre voluntaria y, además, abusa de una tripulación compuesta en su mayoría de criminales; mientras la única mujer a bordo planea escapar por su cuenta y el fugitivo tiene la intención de encabezar un motín que acabe con la tiranía del capitán. 


A un ritmo contemplativo, Curtiz, consciente del mal que ocupaba las potencias del Eje en Asia y Europa durante la Segunda Guerra Mundial, muestra la odisea del Fantasma y su capitán como una parábola del totalitarismo que destruye la dignidad de los oprimidos, pero desde la perspectiva de un fascista que ve en la violencia el medio idóneo para borrar los errores del pasado e imponer su compás ético hacia el trayecto de la autarquía, mientras se suprime las libertades individuales que suponen una amenaza para el régimen. En pocas palabras, utiliza al capitán Wolf como la representación de un dictador, y la gente bajo su mando son mostrados como víctimas de la opresión sistémica. Esto es especialmente cierto cuando Wolf conserva la estabilidad de su autocracia sobre la base de mentiras, demagogia y la retórica shakespeariana que adormece a los borregos para evitar que se rebelen en una revuelta. 


En ese sentido, la interpretación de Robinson me parece creíble cuando emplea la mirada, el soliloquio y los gestos histriónicos para encarnar, casi como un prototipo del capitán Ahab, los rasgos de un hombre cruel, cínico, virulento, culto, sin brújula moral, que alimenta su odio pisoteando la dignidad de los súbditos y se refugia en la embarcación fantasmal en el océano para olvidar un pasado marcado por el dolor, la culpa y las desdichas familiares (se entiende que Wolf también es un exiliado del mar y en el fondo es inseguro, pero cuyo comportamiento pérfido es solo el producto de las disputas con el hermano fallecido que lo persigue como un espectro); llegando a su grosor culminante en las escenas en que los dolores de cabeza y la ceguera subrayan la decadencia moral del personaje. 


Al lado de Robinson observo también actuaciones bastante orgánicas, primero, de John Garfield como el rebelde amotinado, y, segundo, de Ida Lupino como la dama que anhela huir de la cueva de los lobos; dejando un tercer puesto a Barry Fitzgerald como el cocinero traicionero que prepara el alivio cómico. 


Para mí sorpresa, Curtiz los encuadra en una puesta en escena que adquiere un grado notable de fuerza en el uso del relato no iconógeno, las modalidades puntuales del encuadre móvil, los planos subjetivos, los decorados que añaden autenticidad al interior sórdido del navío, la iluminación expresionista de marcado contraste que evoca intenciones y en unos paisajes lóbregos del mar que magnifican el lado siniestro a través de la niebla que captura la cámara de Sol Polito; así como una banda sonora de mucha sensibilidad acústica arreglada por Erich Wolfgang Korngold. Todos estos elementos consiguen que el viaje por el océano sea tan oscuro como inolvidable.



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Ficha técnica
Título original: The Sea Wolf
Año: 1941
Duración: 1 hr. 39 min.
País: Estados Unidos
Director: Michael Curtiz
Guion: Robert Rossen
Música: Erich Wolfgang Korngold
Fotografía: Sol Polito
Reparto: Edward G. Robinson, Ida Lupino, John Garfield, Barry Fitzgerald
Calificación: 7/10