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Depredador (1987)

Depredador es una película de John McTiernan a la que me acerco, nuevamente, con la finalidad de encontrar aquellas buenas experiencias que obtuve con ella cuando la veía en televisión local o por cable durante los años 90. No considero que sea una de las cimas del cine de acción ochentero, pero su metraje me hace entender el estatus de culto que ha recibido con el paso de los años porque, a decir verdad, me parece una película de acción endiabladamente entretenida, que me mantiene en todo momento al filo del asiento con cada una de las secuencias en la selva que, a ritmo trepidante, prueban que Arnold Schwarzenegger es el héroe de acción definitivo de los 80, donde vuelvo a quedar completamente impresionado con lo bien que han envejecido sus efectos especiales. 


La trama sigue a Dutch, un Mayor del ejército estadounidense que junto a su equipo de comandos de élite —el agente Dillon, el mercenario Mac, el especialista Poncho, el rudo Blain, el rastreador Billy y el operador Rick— acepta la misión de rescatar a un ministro que ha sido capturado por guerrilleros en la selva centroamericana, pero cuya travesía se ve obstaculizada cuando enfrenta a un extraterrestre que busca cazar a todo su grupo con tecnología avanzada. 


En general, esta premisa tiene un arranque bastante atrapante que se solidifica, dicho sea paso, por la manera sorpresiva en que conjunta el thriller de acción, la aventura de ciencia-ficción y el terror slasher. Y se vuelve incluso más interesante porque el guion se toma el tiempo necesario para desarrollar las caracterizaciones de los personajes lejos del cuadro de motivación, donde sus acciones se justifican sobre situaciones impredecibles que, por añadidura, ocurren cuando todos dialogan perplejos para tratar de comprender la amenaza a la que se enfrentan con sus armas, dando lugar a diálogos de una sola línea que permiten explicar sus respectivos trasfondos personales. 


En este sentido, permanezco atrapado por las peripecias que estallan con las sospechas de los comandos al identificar los cadáveres de soldados despellejados; el tiroteo iniciado el equipo de Dutch al atacar el campamento guerrillero y matar a todos los soldados antes de tomar a una mujer como prisionera; las emboscadas del depredador humanoide tecnológicamente avanzado que permanece invisible con un dispositivo de camuflaje y usa visión térmica para detectar el calor corporal de sus enemigos antes de cazar selectivamente; la estrategia de supervivencia de Dutch para matar al alienígena con trampas explosivas en los árboles y utensilios rudimentarios de la selva antes de alcanzar el punto de extracción. La narrativa siempre preserva un pulso consistente porque, entre otras cosas, equilibra de forma cohesionada los golpes de efecto que trasladan la acción a través de varios géneros. 


La interpretación de Schwarzenegger me resulta particularmente creíble cuando utiliza su corpulencia y destreza física para interpretar a Dutch como un hombre vulnerable que sangra, mata con la mirada y emplea su ingenio para cazar al cazador, logrando algunas escenas memorables que se sostienen por su carisma, los diálogos de una línea —como "If it bleeds, we can kill it"— y la metralleta en mano que dispara niveles de testosterona. Los secundarios que asisten a Schwarzenegger también entregan algunos momentos, destacándose casi siempre Carl Weathers y Bill Duke. 


Con todo ese reparto, McTiernan concibe un epicentro de tensión que pocas veces pierde la intensidad al dinamizar la puesta en escena con el encuadre móvil, el primer plano, el uso del plano subjetivo —la visión termal del depredador—, el campo-contracampo y las atmósferas selváticas fotografiadas por Donald McAlpine que adquieren cierto realismo, además de asegurar unos efectos especiales prácticos que amplifican el contraste de distorsión óptica y el efecto de invisibilidad del traje de la criatura. McTiernan también permite que la banda sonora de Alan Silvestri eleve el lado tenso con el leitmotiv orquestal. Estos elementos, en última instancia, garantizan que la película siempre se mantengan por encima de las expectativas entre disparos, explosiones y energía masculina.


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Ficha técnica
Título original: Predator
Año: 1987
Duración: 1 hr 47 min
País: Estados Unidos
Director: John McTiernan
Guion: Jim Thomas
Música: Alan Silvestri
Fotografía: Donald McAlpine
Reparto: Arnold Schwarzenegger, Carl Weathers, Sonny Landham, Bill Duke,
Calificación: 7/10
Frankenstein

En Frankenstein, Guillermo del Toro recupera los esquemas operísticos de su poética del monstruo con la finalidad, sospecho, de ofrecer un enfoque distinto a las demás adaptaciones cinematográficas del mito romanticista creado por Mary Shelley. Francamente, no esperaba que fuera tan buena. Me parece una película de terror de Del Toro que está muy viva con su estética gótica que reensambla las piezas de la Criatura, con una sensibilidad que solo él posee para narrar un cuento trágico sobre ambición, muerte y fragilidad humana. 


Su trama, ubicada mayormente en los interiores de un barco en el Polo Norte, narra las experiencias de Víctor Frankenstein, un barón herido y rescatado por la tripulación frente a un hombre misterioso que lo persigue, poco antes de contarle al capitán su versión de los hechos como un doctor ambicioso que, luego de ser contratado por el traficante de armas Henrich Harlander, realiza un experimento peligroso con sus habilidades de anatomía para crear en su laboratorio a un hombre a partir de electricidad y cadáveres diseccionados, mientras se enamora de la prometida de su hermano William llamada Elizabeth. 


En términos estructurales, esta narrativa posee un arranque que me resulta atrapante por la manera en que se subvierten los elementos principales de la historia de Frankenstein, en unas escenas que se fusionan sobre un híbrido entre el melodrama gótico, la ciencia-ficción steampunk y el terror corporal de monstruos fantásticos. 


Esta subversión funciona adecuadamente porque, dicho sea de paso, el guión de Del Toro evita frecuentar lugares comunes con su uso de la analepsis y se toma la molestia de sintetizar las motivaciones de los personajes sobre una serie de situaciones imprevisibles que, a menudo, mantienen la coherencia entre las acciones shakespearianas nacidas de heridas profundas y los diálogos poéticos a puerta cerrada, apartándose de la línea del “científico crea monstruo; monstruo se venga” para construir el semblante psicológico que los impulsa a adoptar ciertos comportamientos. 


Esto es evidente, primero, en la actuación de Óscar Isaac, quien utiliza su pericia expresiva para interpretar a Frankenstein como un Prometeo torturado que, alejado del arquetipo de científico loco, se consume con el fuego del perfeccionismo obsesivo que lo obliga a deshacerse de su creación por un ataque de pánico narcisista, inducido por su ego frágil y el miedo al fracaso que lo horroriza al darse cuenta de que la Criatura es más humana que él mismo para reconocer sus defectos. Jacob Elordi, en cambio, aprovecha los gestos, la voz gutural y la mirada debajo del maquillaje prostético para interpretar a la Criatura como un ser de apariencia humanoide, de movimiento lento y ojos brillantes, perseguido por «lobos», cuya única «venganza» es el deseo de ser amado en la soledad eterna; transmitiendo su humanidad y dolor con un cuerpo que parece tallado en carne muerta. Entre ambos, se cruza Mia Goth con una actuación dual bastante solvente como una mujer compasiva. 


Con este reparto, Del Toro consigue colocar una delgada ironía que metaforiza el horror de dos seres opuestos, padre e hijo, intentando encontrar la aceptación en un mundo cruel que los rechaza por ser diferentes (uno por inteligencia y otro por apariencia). 


A todo esto se suma, por si fuera poco, una estética depurada que subraya la simbiosis de los personajes a través del sobreencuadre, el primer plano, el plano simbólico, la iluminación, el diseño de vestuario, el encuadre móvil de una cámara en movimiento y, ante todo, las atmósferas góticas que se ajustan a la textura orgánica de efectos prácticos de Del Toro en los detalles de los decorados —laboratorios oscuros, frascos burbujeantes, espejos grandes, órganos ensangrentados, cuerpos disecados, castillos siniestros—. La banda sonora de Alexandre Desplat, de igual modo, seduce mis oídos con una música sinfónica. Todas estas propiedades, en última instancia, logran que esta versión sea entretenida y conmovedora, con similitudes cercanas a La forma del agua cuando interroga el horror de una sociedad que crea sus propios monstruos cuando abandona la otredad.



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Ficha técnica
Título original: Frankenstein
Año: 2025
Duración: 2 hr. 29 min.
País: Estados Unidos
Director: Guillermo del Toro
Guion: Guillermo del Toro
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Dan Laustsen
Reparto: Óscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth, Christoph Waltz, Felix Kammerer
Calificación: 7/10
Exterminio: la evolución

28 años después, conocida también con el título de Exterminio: la evolución, es una película de Danny Boyle que conjetura la tercera entrega en la saga de terror postapocalíptica compuesta por 28 días después (Boyle, 2002) y 28 semanas después (Fresnadillo, 2007), en la que se muestra a un grupo de individuos intentando sobrevivir a una sociedad británica colapsada por un virus mortífero que infecta a la gente con un estado irreversible de rabia. No sé si se trata de una de las mejores del género, pero el rato de casi dos horas que paso viéndola me induce a razonar lo necesario como para saber que, al igual que las predecesoras, es una secuela visceral y atrapante de terror de zombies, en la que Boyle suele poner a su disposición su frenético estilo para ofrecer un crudo retrato sobre supervivencia, familia y pérdida de inocencia. 


La trama se sitúa casi tres décadas después en un territorio de Gran Bretaña que ha sido aislado y puesto en cuarentena. El protagonista es, primero, Jamie, un cazador especializado que viaja junto a su hijo Spike a un lugar prohibido para cazar infectados y enseñarlo a valerse por sí mismo, poco después dejar a su moribunda esposa, Isla, en la casa ubicada en una comunidad de supervivientes en una isla segura separada del continente por una única calzada de mareas fuertemente defendida. 


En términos generales, la narrativa me parece emocionante por la manera en que, en principio, la fórmula se establece sobre la base genérica del drama familiar, la aventura postapocalíptica y el terror de zombis, donde se suele alternar su protagonismo para construir un comentario sobre la dinámica familiar en tiempos de crisis. En este sentido, me atrapa la travesía del padre fuerte que protege a su hijo de los infectados de grado Alfa (un tipo de infectado que ha evolucionado para ser más grande e inteligente que los demás) que corren endemoniados por los bosques nocturnos; el relevo protagónico de Spike cuando lleva por sí solo a su madre con la esperanza de curar su enfermedad mientras recibe la ayuda de un militar; la llegada del niño y su madre al campamento de un siniestro doctor y superviviente del brote llamado Ian Kelson. 


En cierta medida, los personajes tienen un desarrollo tridimensional que justifica sus motivaciones intrínsecas a nivel psicológico y, entre otras cosas, amplían el espectro de tensión con unas acciones que le añaden un tono imprevisible al abanico de situaciones que surge del conflicto intrafamiliar. El guión de Garland funciona porque evita los clichés y, por lo regular, se centra en la resiliencia humana y los dilemas éticos al plantear preguntas profundas sobre el sacrificio y el costo de la supervivencia, arrojando las respuestas sobre la síntesis de una familia fracturada que afecta el lado inocente de un niño obligado escapar de la mayoría de edad; agregando además ligeros subtextos sobre la infancia, la maternidad y el vínculo paternofilial. 


Los personajes se sienten reales y sus decisiones, ampliadas por la vulnerabilidad y las cicatrices de un mundo roto, poseen peso dramático por la sólida química de un reparto encabezado por Aaron Taylor-Johnson, Jodie Comer, Alfie Williams y un complejísimo Ralph Fiennes. Pero, de igual modo, me resultan eficaces por esa estética de Boyle que, con montaje rítmico y encuadre móvil, demuestra una vez más su maestría visual para mostrar con autenticidad el caos de los infectados, bajo la energía frenética que dinamiza unas secuencias de terror que evolucionan entre las atmósferas sangrientas, el miedo inesperado y las ciudades en ruinas, producto del maquillaje y los decorados de una estupenda dirección de arte. La música de Young Fathers, del mismo modo, eleva las secuencias de acción y los momentos más introspectivos con su selección ecléctica. 


Boyle, en última instancia, ha creado, con estos elementos, una secuela que respeta el legado de las películas anteriores y que supone, al menos para mí, un cierre emotivo de la primera trilogía.



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Ficha técnica
Título original: 28 Years Later
Año: 2025
Duración: 1 hr. 55 min.
País: Reino Unido
Director: Danny Boyle
Guion: Danny Boyle, Alex Garland
Música: Young Fathers
Fotografía: Anthony Dod Mantle
Reparto: Aaron Taylor-Johnson, Jodie Comer, Ralph Fiennes, Jack O'Connell, Alfie Williams
Calificación: 7/10
Nosferatu

Se dice que esta película de Nosferatu comenzó como un proyecto en el que su director, Robert Eggers, defendía la idea de rehacer la tradición vampírica de aquel viejo mito del vampiro nocturno que vive en el castillo tenebroso y chupa la sangre de sus víctimas antes del amanecer. El tiempo que tardo en digerirla es suficiente para saber, dicho sea de paso, que su versión está al mismo nivel de Nosferatu: Una sinfonía del horror (Murnau, 1922) y Nosferatu, el vampiro (Herzog, 1979). Se trata de un remake espléndido que nunca abandona su sentido de escalofríos ni las atmósferas lúgubres que Eggers, con estética densa, se encarga de construir en cada plano como si fuera el cuadro desempolvado de una mansión gótica, con un reparto que aprovecha para que la sonata del terror se inyecte con mayor ímpetu en el tejido sanguíneo. 


El argumento se sitúa en el siglo XIX y, tras un breve prólogo en el que una joven es poseída por una criatura sobrenatural, sigue la existencia de Thomas Hutter, un abogado que vive en una ciudad alemana y está casado con una mujer atormentada por pesadillas llamada Ellen, pero cuyo destino cambia radicalmente cuando abandona a su esposa para aceptar el encargo de su empleador de vender la decrépita residencia del solitario conde Orlok ubicada en Transilvania, a cambio de una garantía que mejore su estabilidad financiera. 


En términos generales, la narrativa de Eggers funciona adecuadamente porque, entre otras cosas, sigue al pie de la letra los pasajes de las antecesoras, en el que el héroe se enfrenta al fenómeno sobrenatural del vampiro que desea poseer a su esposa por las noches, mientras la maldición cae sobre la gente del pueblo como la peste y la mujer tiene pesadillas que la conducen a la psicosis. 


A pesar de que el desarrollo de los personajes se sintetiza sobre estereotipos genéricos, que no tienen tanta profundidad psicológica si se miran detenidamente dentro de los marcos descriptivos del guion, los diálogos tienen cierta vocación por lo poético y la trama solidifica su radio de acción sobre una estructura narrativa cohesionada que le añade sustancia a las situaciones que impulsan los motivos personales de cada uno de ellos para resolver el conflicto. 


Esto solo consigue que me quede atrapado con la desdicha de la mujer que se niega a caer tentada por las garras del vampiro siniestro que la seduce en los sueños; la odisea del hombre maldito que camina cerca de cadáveres y ratas para solucionar el enigma del villano vampiresco; la cruzada del profesor que utiliza sus pesquisas en alquimia y ocultismo para descifrar la conexión del vampiro obsesionado con la dama antes de clavar la estaca en su corazón. Hay locura, enfermedades, muerte, rituales, posesión, occisos, sarcófagos, oraciones, exorcismos, catacumbas. El terror es integrado de una manera eficaz que da miedo. 


Pero, de igual modo, hay una síntesis discursiva que, en su eje feminista, establece un comentario bastante sutil sobre el dominio patriarcal y los corolarios del abuso sexual, entendido como el sacrificio de una mujer que se resiste a ser poseída para usar su fuerza de voluntad en contra del poder masculino que le impide escapar de la cárcel del sufrimiento y hallar la felicidad en la emancipación. 


En este sentido, la actuación de Lily-Rose Depp me parece una verdadera revelación cuando ejerce su registro expresivo y su pericia física para captar, con mucha fidelidad, el delirio psicosexual de una mujer atrapada en el poder de la sumisión. A su lado, hay roles secundarios notables de Nicholas Hoult, Willem Dafoe y, ante todo, Bill Skarsgård como el vampiro macabro creado a partir de maquillaje prostético y un rango vocal reducido. 


Eggers suele encuadrarlos en una puesta en escena que crea un panorama sombrío y espeluznante al incorporar valores estéticos como el primer plano, la iluminación barroquista, los decorados ampulosos, el vestuario clásico, la colorización desaturada de azul, la auténtica reproducción de la época y el encuadre móvil que aporta dinamismo con la cámara en movimiento de 35mm de Jarin Blaschke. Estos elementos compositivos se integran de una forma consistente que, en efecto, nunca pierde su pulso para inyectar el terror, la sangre y la oscuridad a su tragedia gótica.



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Ficha técnica
Título original: Nosferatu
Año: 2024
Duración: 2 hr. 12 min.
País: Estados Unidos
Director: Robert Eggers
Guion: Robert Eggers
Música: Robin Carolan
Fotografía: Jarin Blaschke
Reparto: Lily-Rose Depp, Nicholas Hoult, Bill Skarsgård, Aaron Taylor-Johnson, Willem Dafoe, Emma Corrin
Calificación: 7/10

Cuckoo

En Cuckoo, el director alemán Tilman Singer recupera algunos rastros de su poética de los sentidos para comunicar, en clave de terror psicológico, algunos tópicos puntuales sobre la Alemania contemporánea. Al igual que su ópera prima, Luz, donde la iluminación desempeña un papel preponderante en la trama, emplea de manera extensiva eso que yo llamo «horror sensorial», una subcategoría genérica del terror que busca ampliar los estímulos particulares percibidos por los sentidos, siendo el sonido aquí el factor determinante para el ensamblaje argumentativo. Desde el primer minuto, se convierte para mí en un viaje hipnótico que, con una estética finamente ajustada, desafía la percepción tradicional del cine de terror sin renunciar en ningún momento a su rompecabezas de ruidos y sonidos. 


Su trama se ambienta en los años 80 y tiene como protagonista a Gretchen, una adolescente afligida por la muerte de su madre que se muda con su padre, su madrastra y su media hermana muda a una localidad turística ubicada en los Alpes bávaros, donde consigue trabajar como recepcionista en las instalaciones de un hotel administrado por un enigmático empresario llamado Herr König y cuya existencia, dicho sea de paso, se pone cuesta abajo cuando es testigo de una mujer extraña que la persigue por las noches emitiendo un chillido reverberante y altera sus sentidos hasta desarrollar una especie de precognición. 


En términos generales, la trama me resulta atrapante porque se equilibra con cierta sutileza el terror de posesiones, el cine policial de misterio y la ciencia ficción minimalista, alejándose de los límites comunes del género al colocar a los personajes sobre una serie de situaciones impredecibles que se edifican sobre bucles temporales, cabañas siniestras, invasión de casas, encuentros nocturnos, persecuciones inesperadas, tiroteos violentos y, ante todo, diálogos expositivos más que necesarios para explicar el complejo barullo. Singer evita los sustos fáciles. 


No hay sobresaltos gratuitos ni monstruos saltando de la oscuridad. El terror aquí proviene de la construcción lenta y meticulosa de un entorno perturbador, retorcido, donde la línea entre la irrealidad y la ilusión se disuelve. El conflicto central de los personajes, ensamblado sobre el hilo conductor del parasitismo de puesta, funciona desde la superficie para estructurar parábolas escuetas sobre la fertilidad, la discriminación, la xenofobia, la interculturalidad, la disfuncionalidad familiar y la condición social del inmigrante en la convulsiva sociedad alemana de la actualidad. Los temas se transcriben con consistencia en su capa de signos. 


Y me parece bastante magnética la actuación de Hunter Schafer, sobre todo cuando se vale de su registro expresivo para mostrar la vulnerabilidad y la confusión interna de un muchacho rebelde que, entre gritos y susurros, se enfrenta a las fuerzas desconocidas que lo rodean y, asimismo, descubre el valor de la aceptación al salvar a la hermanita que antes se negaba a reconocer. Su interpretación me mantuvo al borde de la butaca porque logra transmitir una creciente sensación de paranoia e inquietud sin perder el control. 


Lo más interesante, quizás, es la forma en que Singer encuadra las peripecias de este protagonista con unas propiedades estilísticas que, del mismo modo que su trabajo anterior, crea una atmósfera tensa que se amplifica notablemente por la topografía espaciotemporal, los componentes de luminosidad, la inserción inusual de la prolepsis, y, por encima de todo, el meticuloso uso del sonido diegético que eleva el volumen acústico del laberinto mental de los personajes. El diseño de sonido, así como la banda sonora que a menudo incluye música ochentera de Martin Dupont y Pray for Rain, contribuye a la creación de un ambiente inquietante que intensifica la experiencia. Y, discretamente, se atreve a desafiar con detalle las fórmulas del cine de terror, apostando por un enfoque más atmosférico, simbólico y reflexivo.



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Ficha técnica
Título original: Cuckoo
Año: 2024
Duración: 1 hr. 42 min.
País: Estados Unidos
Director: Tilman Singer
Guion: Tilman Singer
Música: Simon Waskow
Fotografía: Paul Faltz
Reparto: Hunter Schafer, Dan Stevens, Jessica Henwick, Marton Csokas, Greta Fernández
Calificación: 7/10
El conde

En El conde, Pablo Larraín regresa a ese cine sobre figuras históricas que ha depurado su estilo en los últimos años (con ejemplos tan claros como Jackie, Neruda y Spencer), pero refugiándose en los elementos habituales de la sátira para señalar, en clave de la ucronía y de la comedia de terror, algunos de los delitos del dictador chileno Augusto Pinochet. No es exactamente una película que me traslade hasta las nubes de su filmografía, sobre todo porque a veces pierde ritmo y su crítica política permanece situada en un terreno gris, pero su farsa de terror vampírico me resulta mordaz, oscura y bien entretenida cuando vuela por los cielos para interrogar la decadencia de una élite política que se chupa la sangre de los inocentes en beneficios de la tiranía. Su núcleo parece casi una secuela espiritual de El club, pero ahora su argumento no se concentra en unos curas condenados al ostracismo mientras expían sus pecados, sino más bien en una familia de burgueses que se reúnen a puerta cerrada para discutir su estado decadente; en una extraña mezcla narrativa que toma prestada algunas ideas conceptuales de Teorema (Pasolini, 1968) y Nosferatu, el vampiro (Herzog, 1979). 


Tras el breve prólogo de una voz en off que describe a Pinochet como un vampiro de 250 años que comenzó su historial delictivo desde la Revolución francesa, su trama se desarrolla en la actualidad chilena y muestra a Pinochet como un anciano débil, cansado, inmoral, atrapado por la gloria del pasado, que ha dejado de tomar la sangre de la gente y tras su muerte fingida vive en una localidad remota junto a su fiel mayordomo, Fyodor; donde tiene la intención de morirse de una vez por todas por la complicada situación financiera de su familia y la deshonra pública de su figura (le molesta que lo acusen de ladrón, a pesar de que no le importa que lo llamen asesino), aunque ocasionalmente suele vestirse de militar para volar de noche por la ciudad en busca de nuevas víctimas. 


El periplo del vampiro Pinochet, dentro de su marco de originalidad, tiene algunas escenas divertidas que se construyen a partir de los episodios sangrientos y, ante todo, de los diálogos que sostiene la familia con una monja joven que llega para exorcizar los demonios del conde, pero cuya sintaxis, arreglada por el relato no iconógeno, revela a modo subliminal la corrupción del dictador entendido como el enriquecimiento ilícito de un tirano corrupto que, fuera de los crímenes de lesa humanidad y de la falta de ética, se refugiaba en la malversación de fondos estatales y en el lavado de activos para enriquecer a su familia. 


Su discurso de carácter antipinochetista también acentúa la hipocresía conservadora para aceptar las verdades lóbregas que se ceden como herencia dentro de la esfera de privilegios, mostrando a Pinochet y su familia sin ningún tipo de carisma o empatía, como seres vampirescos de moral putrefacta, aunque en algunos pasajes se debilita cuando solo subraya la parte obvia del asunto. 


Sin embargo, incluso con las falencias discursivas la fábula gótica mantiene un grado de consistencia, manteniendo el tono burlesco con actuaciones agradables de ​Jaime Vadell, Paula Luchsinger, Gloria Münchmeyer y el siempre mayúsculo Alfredo Castro. 


Con ellos, Larraín reconstruye los últimos días del dictador no solo para revisar las fechorías oscurecidas por la impunidad, sino, además, para rastrear el legado político que todavía pesa sobre la memoria colectiva de una sociedad chilena amenazada por el resurgimiento de la extrema derecha; en una puesta en escena que goza de realismo mágico y de atmósferas oscuras de contraste gótico que elevan el componente proxémico del espacio con el trabajo fotográfico en blanco y negro de Edward Lachman, además de una partitura de música clásica que escucho con placer. A veces el resultado peca de solemne, pero es una comedia negra que nunca pierde su horizonte cómico, profano y excéntrico. Para mi gusto es, propiamente dicho, otra buena película del director chileno.



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Ficha técnica
Título original: El Conde
Año: 2023
Duración: 1 hr. 51 min.
País: Chile
Director: Pablo Larraín
Guión: Guillermo Calderón, Pablo Larraín
Música: 
Fotografía: Edward Lachman
Reparto: Jaime Vadell, Paula Luchsinger, Alfredo Castro, Gloria Münchmeyer, Stella Gonet 
Calificación: 7/10


Los ojos sin rostro

Asisto, con cierta cautela, a consumir durante hora y media las imágenes de Los ojos sin rostro, una película del cineasta Georges Franju que, durante años, ha sido encumbrada por la cinefilia más añeja como una obra representativa del cine de terror francés, a pesar de que en el día de su estreno tuvo una acogida tibia de parte de la prensa y causó una polémica significativa ante los censores por su representación gráfica de la violencia hacia las mujeres. Particularmente no me provoca emociones fuertes o alguna sensación que me haga pensar que se trata de algo fuera de serie, pero me parece una cinta que, lejos de sus significantes poéticos y de su superficie previsible, alcanza su grado sustancioso de escalofríos cuando sintetiza un estudio incisivo sobre la culpa, la desesperación y la obsesión por la belleza femenina como instrumento de terror corporal. 


Su argumento se sitúa en París en los años 60 y sigue al Dr. Génessier, un científico loco que, junto con su fiel asistente Louise (a la que ayudó a reparar su rostro gravemente dañado), reside en una mansión y dedica gran parte de su tiempo a raptar mujeres bellas para ejecutar experimentos macabros en su laboratorio, realizando cirugías en las que remueve el tejido de la cara con el objetivo de trasplantarlo en el rostro de su hija Christiane, la cual quedó horriblemente desfigurada en un accidente automovilístico en el coche que él mismo conducía y vive en un estado de cautiverio portando una máscara blanca que oculta sus cicatrices. 


La narrativa estructura el asunto de una manera básica, lineal, en donde por lo regular todas las situaciones se configuran a través de los mecanismos habituales del subgénero de horror sobre doctores excéntricos y la exposición de los diálogos, dicho sea de paso, solo funciona para ampliar el espectro de acción que hay detrás de las motivaciones más obvias, quedando casi siempre en la inercia de las experimentaciones obsesivas que tienen una ejecución algo facilona en el calabozo de la muerte (donde el elemento policial sospecha del crimen, pero nunca interviene más allá de la inutilidad para romper con las normas morales establecidas). 


Sin embargo, hay una tensión que me atrapa cuando menos lo espero, en unas secuencias que exponen el lado siniestro de ese psicópata que emplea el bisturí, los guantes y la mascarilla en la sala de operaciones para diseccionar la piel de mujeres hermosas que le permitan realizar el trasplante sobre la cara de su hija, mientras colecciona a pastores alemanes enjaulados y la secretaria se deshace de los cadáveres a orillas del río más cercano. 


Destaco primero la actuación central de Pierre Brasseur como el médico homicida obsesionado con el rostro de la mujer perfecta para practicar una cirugía de heteroinjerto que lo ayude a reducir el tormento causado por la culpabilidad; la secundaria de Alida Valli como la ayudante incondicional que cubre su cicatriz con una gargantilla de perlas y es cómplice de las desapariciones, así como también la de Édith Scob como la ingenua y tierna hija de la careta nívea que permanece enjaulada como una paloma en aislamiento y cuya única llave para escapar hacia la emancipación es el escalpelo de la cordura en estado latente. 


Franju los encuadra en una puesta en escena que esquematiza, con sutileza cercana al expresionismo alemán y los referentes hitchcockianos, algunos componentes estéticos que elevan la cualidad poética de algunos planos y que, ante todo, dejan un rastro de sobriedad en unas atmósferas claustrofóbicas en blanco y negro en las que predomina el pánico, la sangre, los gritos de las inocentes y los estados de ánimo imprevistos; entre los que se ilustran el sobreencuadre, el plano congelado, la elipsis, el sonido diegético, el primer plano, la iluminación expresionista y el simbolismo (las palomas, las cruces, las máscaras, las marcas, los perros, etc.), además de una música de Maurice Jarre que se seduce mis oídos con un leitmotiv contagioso. No sé si trata de una obra mayúscula del cine francés de terror, pero el resultado final es terrorífico con la dosis adecuada de ritmo, tan afilado como un cuchillo en el quirófano.



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Ficha técnica
Título original: Eyes Without a Face (Les Yeux sans visage)
Año: 1960
Duración: 1 hr 30 min
País: Francia
Director: Georges Franju
Guion: Claude Sautet, Pierre Boileau, Thomas Narcejac
Música: Maurice Jarre
Fotografía: Eugen Schüfftan 
Reparto: Pierre Brasseur, Alida Valli, Juliette Mayniel, Edith Scob,
Calificación: 7/10

Una extraña obsesión, conocida en algunos lugares con el título de La chaqueta de piel de ciervo o Deerskin: Matador Style, es una comedia negra que, de una manera entretenida y muy original, se toma tan solo una hora y un cuarto para mostrar las obsesiones de Dupieux sobre los mecanismos expresivos del cine, sin perder en ningún momento el lado sorpresivo que evoca su registro híbrido entre el slasher y el neowestern más atípico, insólitamente con una actuación desternillante y perturbadora de Jean Dujardin que atraviesa caminos para mí insospechados cuando hace de un hombre fracasado, solitario y completamente desquiciado. 


En la trama, firmada con guion de Dupieux, Dujardin interpreta a Georges, un hombre de unos 44 años que se gasta unos 7 mil euros en una chaqueta de cuero con flecos y en una videocámara digital con la intención de partir hacia un pueblo remoto, donde se registra en un pequeño hotel cercano a una montaña y conoce, además, a una cantinera que es aficionada a la edición de vídeos, a la que invita a participar como editora en la película que está rodando. 


El cuadro clínico de George, ampliado por un espectro de psicopatía y manías siniestras, me parece interesante cuando comienza a tener conversaciones a puerta cerrada con su chaqueta de piel de venado y graba con su cámara obsesivamente a la gente del condado, ofreciéndoles un poco de dinero (prestado de la cantinera que financia su filme) a cambio de que se quiten la chaqueta y prometan que no volverán a usarla nunca más; algo que, dicho sea de paso, manifiesta en la superficie la descomposición psicológica ocasionada por la ruptura matrimonial y la irrealización de los deseos frustrados de ser cineasta que lentamente lo traslada a los límites que despierta su instinto homicida. 


Con un estilo que conjunta la sangre del terror slasher y el vestuario de manual del western, Dupieux consigue dimensionar las capas de conflictos internos del personaje, particularmente con el atrezo de ropa de vaquero y la videocámara que filma a través del sobreencuadre el cuchillo que corta gargantas, a veces con un uso sutil del sonido diegético interno-subjetivo que comunica la despersonalización más trastornada cuando el tipo habla con su otro yo. 


Pero lo hace, supongo, con la finalidad de colocar una pequeña parábola que interroga el cine entendido como un medio que se "roba" la realidad y condena al realizador a un círculo vicioso homologable al de un asesino serial cuando "asesina" a los que filma con el objetivo, mientras ensambla las piezas de su obra (simbolizada por el atuendo de cowboy). 


Detrás de la brutalidad ejercida, su análisis desmonta los mitos de la crisis creativa de los cineastas, casi como un homenaje discreto a Tres rostros para el miedo (Powell, 1960) en el que la cámara es un testigo ocular y demoledoramente simbólico de los actos de "violencia" ejercidos por el proceso fílmico que destruye el espíritu creativo del cineasta, además de subrayar el rol de la mujer como nueva cineasta en la cadena de inclusión y diversidad. El resultado en apariencia es simple, pero me engancha, desde luego, por esa complejidad significante que reflexiona sobre la naturaleza del propio cine.



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Ficha técnica
Título original: Deerskin (Le daim)
Año: 2019
Duración: 1 hr 16 min
País: Francia
Director: Quentin Dupieux
Guion: Quentin Dupieux
Música: Janko Nilovic
Fotografía: Quentin Dupieux
Reparto: Jean Dujardin, Adèle Haenel, Albert Delpy, Coralie Russier
Calificación: 7/10

El hombre que ríe

El hombre que ríe no es exactamente una película muda perteneciente al período de cine expresionista alemán como he escuchado en algunos sitios, es más bien, cine silente que refleja las inquietudes góticas de la Universal Pictures administrada por Carl Laemmle durante la década de los años 20 en donde estaban de moda los relatos de tipo La bella y la bestia como principal fuente de espectáculo luego del éxito de El fantasma de la ópera (1925); pero me atrevo a decir, con toda seguridad, que al menos su estética retiene el espíritu del movimiento en cada uno de los fotogramas que la componen bajo la mirada de Paul Leni, que la dirigió como su penúltima obra antes de fallecer a los 44 años a un año después del estreno. 


Particularmente no me traslada hacia un estado de paroxismo emocional, pero tras haberla visto ahora en su edición restaurada, me doy cuenta de que, quizás, lo más interesante es la manera en que Leni edifica el melodrama gótico con una estética sombría que eleva cada fragmento del encuadre por donde Conrad Veidt camina para reírse y que demuestra, ante todo, su pericia como artesano del expresionismo alemán, casi como si fuera su testamento cinematográfico. Su versión es la tercera que adapta la novela homónima de Víctor Hugo, tras la francesa producida en 1908 y, posteriormente, la alemana de bajo presupuesto rodada en 1921. 


Como el material de origen, se sitúa a fines del siglo XVII en Inglaterra y narra la historia de Gwynplaine, un hombre que desde que era un niño huérfano ha quedado deformado con una risa grotesca que le impide mostrar sus emociones y que le sirve, dicho sea de paso, para ejercer de protagonista en el acto circense de un teatro ambulante administrado por el filósofo que le salvó la vida junto a una bella invidente a la que quiere llamada Dea, mientras ocasionalmente recibe burlas de la gentuza que lo desprecia y paga para verlo como un fenómeno al que apodan "El hombre que ríe". 


En términos generales, la puesta en escena de Leni emplea una amplia variedad de dispositivos formales que ilustran, sutilmente, la desilusión del personaje que solo desea ser feliz al lado de su amada ciega, entre los que se destaca el encuadre móvil en modalidades rupturistas que desplazan la cámara de Gilbert Warrenton por lugares inusuales, junto con una iluminación expresionista que atrapa de inmediato a mis pupilas con los decorados ampulosos de carácter gótico y las atmósferas nocturnas más barrocas, además de colocar una partitura monofónica que aprovecha el uso novedoso (para su época) del sistema Movietone que sincroniza sonidos ocasionales de campanas, golpes y trompetas, a pesar de tratarse de una cinta muda con intertítulos. 


Sus capítulos me atrapan por esa mezcla extraña entre el melodrama romántico, el terror gótico y la aventura de capa y espada. Pero lo que me parece verdaderamente escalofriante es la interpretación de Veidt cuando utiliza su enorme registro expresivo para comunicar, con su rostro y el maquillaje prostético de dentadura postiza hecho por Jack Pierce, el sufrimiento de ese hombre de la sonrisa monstruosa que está profundamente avergonzado de su desfiguración maldita y que, contra viento y marea, lucha contra los prejuicios sociales de la aristocracia británica a la que pertenece por herencia para ser libre y estar con la mujer que ama. También hay roles secundarios solventes de Brandon Hurst como el maquiavélico bufón del rey y, además, de Mary Philbin como la mujer dulce que perdió la vista. Todos ellos adornan secuencias que, a veces, son previsibles hasta el clímax folletinesco de la persecución que me recuerda a Griffith, pero que, curiosamente, siempre me resultan entretenidas cuando esbozan sus parábolas sobre el amor, las injusticias y la libertad.



Ficha técnica
Título original: The Man Who Laughs (Der Mann, der lacht)
Año: 1928
Duración: 1 hr 50 min
País: Estados Unidos
Director: Paul Leni
Guion: J. Grubb Alexander, Walter Anthony
Música: N/A (muda)
Fotografía: Gilbert Warrenton
Reparto: Conrad Veidt, Mary Philbin, Olga Baclanova, Cesare Gravina,
Calificación: 7/10

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El teléfono negro

El teléfono negro no es exactamente una película que me coloque en un estado de trance o que me lleve al paroxismo emocional, pero considerando los estrenos del género que he digerido en los últimos meses esta, sin lugar a dudas, supone para mí una cinta de terror escalofriante y bastante original, que solo se toma unas cuantas llamadas de larga distancia para comunicar con destreza los sustos más inesperados de factura sobrenatural. Está adaptada del cuento corto del mismo nombre escrito por Joe Hill. Y la dirige Scott Derrickson, un cineasta que siempre me ha parecido irregular y que por lo visto regresa a sus orígenes formales como artesano del horror, como ya lo había demostrado en El exorcismo de Emily Rose y Siniestro


El argumento sitúa la acción en los años 70 y trata sobre Finney Shaw, un niño tímido e inseguro que vive en un pequeño pueblo de Colorado junto a su hermana traviesa y su padre alcohólico, donde en la escuela constantemente es acosado por los abusivos que lo ven como un débil, mientras la localidad es asaltada por la noticia de un secuestrador de niños al que los medios han apodado como El Raptor ("The Grabbler"), cuyo modus operandi consiste en raptarlos vestido con una máscara diabólica y sombrero de copa para colocarlos en su camioneta negra y llevarlos a la guarida de nunca jamás. 


El asunto despierta mi interés y me coloca en un lapso de tensión, sobre todo cuando el protagonista es secuestrado por el psicópata y en el sótano oscuro descubre un teléfono negro de disco que suena a pesar de estar desconectado, con el que aparentemente puede escuchar las voces de los otros niños asesinados que le indican lo que tiene que hacer para sobrevivir. 


En términos generales, Derrickson estructura la premisa con el efectismo habitual de la narrativa de terror supernatural sobre fantasmas y premoniciones, ocasionalmente utilizando la analepsis para subrayar la dudas internas que los personajes comparten de modo intersubjetivo, acercándose cerca del clímax al slasher más convencional que es un poco previsible. 


Pero su propuesta siempre me resulta aterradora y sorpresiva por la manera en que narra todo con ritmo trepidante y, al mismo tiempo, evoca atmósferas claustrofóbicas en los espacios cerrados para ampliar el espectro de miedo y de paranoia en la casa maldita, sin que los personajes pierdan la consistencia. La atemporalidad del relato no solo le sirve para examinar como parábola los temores intergeneracionales del los preadolescentes que caen en la trampa del bullying, sino, además, la fuerza de voluntad para reponerse de las inseguridades que le impiden avanzar. 


Dentro de los marcos del género, presenta actuaciones convincentes del reparto, de los que destaco a Mason Thames como el chico timorato; Madeleine McGraw como la hermanita desobediente que sigue las pistas de sus sueños premonitorios para rescatar a su hermano; y, sobre todo, Ethan Hawke como el perverso y retorcido villano que oculta el pasado traumático debajo de la máscara y juega con la honestidad de su víctima para saciar sus impulsos violentos en el sótano de la locura. Cuando Hawke está en pantalla, el terror se vuelve real y alcanza otra dimensión de la que es difícil escapar.



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Ficha técnica
Título original: The Black Phone
Año: 2021
Duración: 1 hr 43 min
País: Estados Unidos
Director: Scott Derrickson
Guion: C. Robert Cargill, Scott Derrickson
Música: Mark Korven
Fotografía: Brett Jutkiewicz
Reparto: Ethan Hawke, Mason Thames, Jeremy Davies, James Ransone,
Calificación: 7/10

Titane

A casi un año de haberse estrenado en el Festival de Cine de Cannes, consigo finalmente ver la cinta Titane, segunda entrada de la directora francesa Julia Ducournau que en aquella ocasión se alzó con la prestigiosa Palma de Oro en medio de la polémica. Y no es para menos. Al igual que su ópera prima, Crudo, en la que una joven prometedora se obsesiona con comer carne cruda en una facultad de veterinaria, Ducournau retorna a la poética del horror corporal con un tratamiento orgánico y retorcido que me mantiene sujeto al asiento cuando examina, en clave alegórica, su estudio sobre la polisexualidad y la identidad de género, enterrada como la llanta de un auto en el lodo. En la apertura sigue a una niña llamada Alexa, quien sufre un accidente al rebelarse contra su padre en el coche en el que viajan, lo que le provoca una lesión en el cráneo que le deja permanentemente una cicatriz tapada con una placa de titanio en un lado de la cabeza. 


La trama sigue la travesía de Alexia cuando es ya una mujer adulta que trabaja como corista en un show de automóviles, donde baila semidesnuda subida en la tapa de carros a las órdenes del público masculino que adora su exhibicionismo sensual, pero que esconde el extraño fetiche de tener sexo con el carro (hasta quedar embarazada) y, de igual forma, su profesión como asesina en serie cuyo modus operandi consiste en matar a hombres y mujeres clavándoles una pinza en el oído. 


La premisa, tratada con una fórmula que mezcla la tinta del body horror y la ciencia ficción minimalista, se puede interpretar a simple vista como una alegoría de la identidad de género en la sociedad contemporánea, particularmente a partir de las secuencias en la que una preñada Alexia asume la identidad masculina del hijo andrógino perdido de un bombero drogadicto; pero, Ducournau lo complementa con otros subtextos. La simbólica cicatriz es la marca de las llamas del sufrimiento y de la impotencia que no se borra nunca con ningún extinguidor: el abuso recibido por ser diferente. 


El embarazo no deseado metaforiza el temor de la mujer de repetir la pesadilla de parir un ser distinto que no encaje dentro de las métricas normativas del género. El comportamiento de Alexia refleja el resquebrajamiento psicológico de una mujer incomprendida que ha sido abusada lo suficiente como para engendrar un odio visceral hacia hombres y mujeres por no tolerar su identidad sexual. Es muy posible que en un pasado Alexia sea una víctima de un núcleo familiar disfuncional, donde recibió maltratos físicos y emocionales por sus preferencias sexuales más inusuales, por lo que se refugia ahora en la violencia para manifestar su ira como acto de rebeldía ante el mandato heteronormativo. 


En un sentido dialéctico, Alexia es una mujer que llena el vacío provocado por la falta de autoaceptación a través del padre falsificado que la comprende y, Vincent, por su lado, es el padre afligido que ve en Alexia al hijo que perdió. 


Lo interesante es la manera en que Ducournau sostiene la consistencia de estos temas con una complejidad bastante soterrada que, kilométricamente, bebe el aceite del cine corpóreo de Cronenberg y del surrealismo más lynchiano, con un atrevido engranaje visual y sonoro. Y todo con una estupenda actuación de la debutante Agathe Rousselle, que logra expresar, con su gestualidad y su lenguaje corporal, el dolor de esa mujer convertida en monstruo mecánico que, como el metal de titanio, ha resistido el fuego de la intolerancia por su condición sexual. También la de Vincent Lindon como el padre atormentado que recurre a las drogas para olvidar la tragedia en la que se negó a aceptar la sexualidad de su hijo desaparecido. 


No me atrevo a decir que es una de las obras sublimes del año, sobre todo porque a veces se subordina demasiado al texto feminista, pero, desde luego, el experimento transgresor de no deja de parecerme provocativo y calculadamente inquietante.



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Ficha técnica
Título original: Titane
Año: 2021
Duración: 1 hr 48 min
País: Francia
Director: Julia Ducournau
Guion: Julia Ducournau
Música: Jim Williams
Fotografía: Ruben Impens
Reparto: Agathe Rousselle, Vincent Lindon, Garance Marillier, Myriem Akeddiou,
Calificación: 7/10

Cordero

Durante la hora y cuarenta que tarda su premisa fantástica de folk horror, Cordero es una película que encuentro interesante por la manera sobria y original en que ordena los elementos de su mundo minimalista. Se trata de la ópera prima del director islandés Valdimar Jóhannsson, estrenada el año pasado en la sección Un Certain Regard del Festival de Cine de Cannes. En su debut, Jóhannsson concibe un híbrido entre el drama fantástico y el terror sobrenatural de tinta folclórica que narra, a un ritmo contemplativo y de forma escalofriante, una parábola sobre el dolor, la pérdida y los sacrificios de la maternidad que alteran la propia naturaleza del núcleo familiar. 


Relata la historia de María e Ingvar, una pareja que parece haber escapado del aire contaminado de la civilización para instalarse en la granja de un valle remoto, donde habitualmente realizan tareas campesinas alimentando a las manadas de corderos y demás animales que albergan el lugar, mientras ocultan el fuerte sentimiento de infelicidad producido por el duelo de haber perdido a su hija Ada. Por un segundo llego a pensar que no va a pasar nada significativo, pero el detonante me abre los ojos cuando María e Ingvar crían a una oveja recién nacida que, a medida que crece, adquiere el aspecto de un corderito antropomórfico. 


La ovejita antropomórfica llena el vacío afectivo de los padres con una cuota efímera de felicidad, pero también simboliza el sufrimiento de los padres que se niegan a aceptar la desdicha provocada por la injusticia de la naturaleza (la infertilidad de María), por lo que en un intento desesperado toman de ella lo que no es suyo. El comentario no solo habla sobre el martirio moral en la paternidad, sino también de la relación del hombre con la naturaleza. El cordero, que sigue inocentemente a su pastor hasta el corredor de la muerte, encamina simbólicamente al hombre que altera el orden natural de las cosas a la desdicha que termina en tragedia. 


Con una notable economía de recursos estéticos, Jóhannsson describe la melancolía intrínseca y las ansiedades de la pareja que se transforman en obsesión paterna, como el sobreencuadre a contraluz que los oprime, las panorámicas atmosféricas de los paisajes montañosos atiborrados de neblinas invernales para comunicar el aislamiento, la música extradiegética que amplifica el volumen de tensión. Su cuidado compositivo es consistente con lo que narra. Y pocas veces pierde su horizonte expresivo al mostrar los horrores de la paternidad escandinava a plena luz del día.



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Ficha técnica
Título original: Lamb (Dýrið)
Año: 2021
Duración: 1 hr 46 min
País: Islandia
Director: Valdimar Jóhannsson
Guion: Sjón Sigurdsson, Valdimar Jóhannsson
Música: Þórarinn Guðnason
Fotografía: Eli Arenson
Reparto: Noomi Rapace, Hilmir Snær Guðnason, Björn Hlynur Haraldsson,
Calificación: 7/10

En esta nueva película, el director británico Edgar Wright vuelve a jugar con los géneros a ritmo de música y luces para ilustrar los claroscuros del distrito de Soho de los Swinging Sixties.


Last Night in Soho



Se dice que a Edgar Wright se le ocurrió la idea de Last Night in Soho mientras estrenaba Hot Fuzz: super policías’ en 2007. Su intención era homenajear, a través de un viaje de nostalgia, las luces del showbiz del distrito de Soho en Londres y la estética pop de los Swinging Sixties, pero también tratar de capturar los callejones sombríos como si se tratara de una alucinación de esas que aniquilan el idealismo a punta de cuchillo. Tras el rodaje de Una noche en el fin del mundo en 2013, presentó el proyecto a los productores. Y más tarde en 2019 comenzó a escribir el guión junto a la guionista Krystin Wilson-Cairns, arrastrándola hasta los bares del sótano de Soho donde le contó la historia que salió de su cabeza. Como es cinéfilo y, además, melómano (como lo exhibe en muchas de sus películas donde la música es narración), escribió el guión en colaboración con Wilson-Cairns y formó el híbrido partiendo de las anécdotas de mayoría de edad que le contaban sus padres y la colección de discos de canciones populares del período, tomando además como fuente de inspiración unas cuantas películas británicas de la década de 1960. Tras la posproducción, estaba pautada para estrenarse en el 2020, pero a causa de la peste tuvo que mover su fecha de estreno.


En la actualidad El misterio de Soho se ha estrenado en las salas de cine de mi país y he tenido la oportunidad de ir a verla para analizar el nuevo producto de Wright. Y debo decir que me ha cautivado. La película no solo refleja de nuevo las preocupaciones de Wright para revisar los géneros cinematográficos con giros enérgicos como ya lo había hecho en la trilogía del Cornetto, Scott Pilgrim vs. the World y posteriormente en Baby Driver, sino que, además, construye un ejercicio de terror psicológico bastante estilizado en el que abunda el frenesí y las pesadillas laberínticas para señalar el lado oscuro del Soho del Swinging London, casi como una mezcolanza referencial entre Suspiria y Repulsion. Está ensamblada con ritmo, colores, música y vitalidad. Su trama, consciente en todo momento de los artificios del horror giallo y el misterio, me resulta contagiosa cuando menos lo espero y me provoca un par de sobresaltos por la simbiosis de las dos heroínas que interpretan con mucho entusiasmo Thomasin McKenzie y Anya Taylor-Joy.




Thomasin McKenzie como Ellie. Fotograma cortesía de Working Title.


 

El misterio de Soho relata la historia de Eloise Turner (Thomasin McKenzie), una joven introvertida que ama la moda de los años sesenta y como melómana disfruta de la música del periodo, habitualmente encerrada en su cuarto mientras baila muy entusiasmada y se cubre con los vestuarios hechos por ella con el papel de los periódicos. Un ligero raccord entre la música del tocadiscos detenida por la caída de una fotografía de su madre y su abuela frente a Criterion, señala la fragmentación que se avecina. Ellie, llamada por su apodo, desea convertirse en diseñadora de moda, quizá para seguir los pasos de su madre, que también fue una diseñadora, pero que se suicidó cuando ella era pequeña, marcándola para siempre hasta el punto en que frecuentemente ve su fantasma cuando se mira en los espejos. Se acerca a lograrlo cuando obtiene una beca para estudiar en el London College of Fashion, pero antes de partir tiene un diálogo casi profético con su abuela.

 

Durante el coloquio, su abuela habla un poco sobre las experiencias regocijantes que tuvo con su hija en aquellos años como diseñadoras de moda, pero también de la gentuza y de los “peligros” que asechan en Londres, advirtiéndole a Ellie que tenga cuidado porque, a diferencia de su madre (a la cual le pasó algo estando allí), ella tiene un don que le permite “ver” y “sentir” cosas de una manera distinta. Ellie responde: “quizá ahí no me acuerde tanto de mi madre”. El diálogo en cuestión saca a la luz que la motivación, o mejor dicho, la ambición de Ellie como diseñadora de moda se debe a que anhela redimir la memoria de su madre, pero también que la partida de su madre la afecta psicológicamente, anunciado de forma temprana su fraccionamiento identitario.



Thomasin McKenzie y Anya Taylor-Joy. Imagen de Working Title


 

El argumento presenta a Ellie como una muchacha tímida, reservada, ambiciosa y muy solitaria, cuya travesía a Londres se dificulta por la compañía detestable de una compañera de cuarto esnob y envidiosa que lidera un grupo de chismosas más o menos igual que ella. Como no parece encajar en ese círculo de toxicidad, y solo John (Michael Ajao), un estudiante negro parece entenderla, se muda sola a una habitación en la propiedad de la anciana Alexandra Collins (Diana Rigg). A partir de su estadía en la residencia de la señora, varios golpes de efecto sueltan pistas discretas que señalan los problemas psicológicos de la identidad fragmentada de Ellie cuando tiene alucinaciones de personas desconocidas a través de los espejos. El detonante se amplía en una secuencia nocturna en la que Ellie tiene un sueño vívido que la traslada en vivo y en directo al sector de Soho de la década de los 60. El plano de los tocadiscos, las luces intermitentes de rojo y azul que bombardean el aposento y la música diegética de “You’re my World” de Cilla Black, simbolizan la entrada de Ellie a su mundo deseado: los sesenta ya no huelen a nostalgia, sino que, ahora, se convierte en la irrealidad. Y Ellie, como una sonámbula agradecida por el sueño hecho realidad, se da cuenta de que la protagonista de su aventura (que es ella misma) es una joven rubia llamada Sandie (Anya Taylor-Joy), una aspirante a cantante que, a diferencia de ella, es decidida, extrovertida, y en el Café de Paris, coquetea con el apuesto Jack (Matt Smith) e inmediatamente comienza una relación con su James Bond.



Matt Smith como Jack.



Aunque esta premisa de la chica encarcelada en el sueño no es novedosa, Wright emplea una serie de dispositivos diegéticos que funcionan para dimensionar el espacio de intimidad que se gesta en la mente de Ellie cuando ella espera a que termine su día aburrido en la escuela de moda para ir por las noches al mundo de los sueños a observar a la rubia de Soho. Por medio de la música, la elipsis, el encuadre móvil, el uso psicológico del color (rojo y azul) y, especialmente, el sobreencuadre presente en muchísimos planos (sobre todo en las ventanas y los espejos) establece una narración subjetiva que se construye con los datos de la experiencia de individuación de la heroína y que, por así decirlo, dota de espesor a los acontecimientos de su mundo y las percepciones más intrínsecas que poco a poco transforman su motivación porque, al refugiarse en el sueño del pasado protagonizado por Sandie, ella adquiere la inspiración que la dura realidad le ha quitado para reemplazarlo por su fragilidad emocional (la pérdida de la madre, los atropellos, las burlas, etc.). Por una parte, estructura los episodios felices de la cotidianidad idealizada por el sueño y, por el otro, muestra cómo la ensoñación real lentamente se muta en una pesadilla.



Anya Taylor-Joy y Matt Smith. Imagen de Working Title.



La narrativa revela que el proceso de sustracción que aísla a su protagonista de la realidad ajena del mundo es ocasionado porque, secretamente, ella ve a Sandie como una modelo a seguir y por eso mimetiza parte de su personalidad. Por esa razón Ellie sueña varias veces con Sandie, y en el mundo real adopta su seguridad, tiñendo su cabello de rubio, cambiando su estilo para vestir a la moda de los sesenta, ganando fama en el instituto con los diseños de sus vestidos por encima de las envidiosas y consiguiendo un trabajo en un pub para sustentarse y pagar la renta, donde ocasionalmente también se topa con un misterioso anciano canoso con la cara de Terence Stamp que piensa que ella le resulta familiar. El pasaje de ida y vuelta a los sueños que tiene Ellie la pone a mirar desde lejos la audición que Sandie tiene con éxito en un club nocturno de Soho organizado por Jack, los encuentros apasionados en el mismo cuarto de Ellie, los bailes exóticos en un espectáculo burlesque en el Rialto donde un montón de caballeros ensacados le aplauden a las piernas de las bailarinas, pero también las malas noches de Sandie en la que prima las discusiones de pareja, el engaño que ilustra la cara malvada de Jack, la decepción engendrada por la prostitución que la hacen acostarse con hombres despreciables que comparten los mismos rostros deformes. El viaje de autodescubrimiento de Ellie, que un principio era paradisíaco por su amor a los años 60, es ahora, en su estado de vigilia, la manifestación de alucinaciones perturbadoras de Jack y de los hombres sin rostros que abusan de Sandie.



Anya Taylor-Joy y Thomasin McKenzie. Imagen de Working Title.


 

Las digresiones persistentes y recurrentes de desrealización que experimenta la protagonista a partir de esos sueños horribles evocan sobre mí una sensación de claustrofobia que es tan perversa como placentera y me recuerdan a Deneuve agobiada en esos pasillos infernales de Polanski donde la realidad y el sueño son el producto de una misma cosa. En el tercer acto se intensifica cuando Ellie, tras una salida a una fiesta de Halloween con John, tiene grotescas visiones de hombres sin rostros que aparecen por todas partes y una en la que Jack asesina con un cuchillo a Sandie en su dormitorio, y luego hace de detective para investigar si el homicidio pasó de verdad, acudiendo a la policía que no la toma en serio, leyendo periódicos de la época sobre personas que desaparecieron sin dejar rastros, pensando que el homicida es el señor que a veces la seguía, corriendo como una desquiciada por las calles londinenses, y, finalmente, llegando a la climática confrontación en la casa del terror donde duerme y la señora Collins le dice que ella es Sandie y ha matado con su cuchillo a todos esos hombres con los que se acostaba como represalia, esperando matarla a ella también para que no revele la verdad que, como ya he mencionado, carece de lógica porque es solo fruto de su imaginación. El plano final, en el que luego del episodio escabroso la exitosa Ellie mira en el espejo a su madre y a Sandie (implicando que ambas en realidad son la misma persona), corrobora el dialelo con las letras de la canción icónica de Dave Dee, Dozy, Beaky, Mick & Tich.



Anya Taylor-Joy como Sandie.


 

Parecería como si el fondo de la película solo retrata en la superficie un enfoque punitivo hacia los personajes femeninos que era común en algunas películas británicas de los 60, en la que la chica soñadora que desea triunfar en los escenarios es duramente castigada por el entorno cruel administrado por los hombres, pero el discurso sobre el pasado de Soho apunta para otro lado. Soho es una zona exclusiva de Londres en la que el ocio es la principal fuente de comercio. Durante los Swinging Sixties del siglo XX, era conocida popularmente por los lugares de entretenimiento de vida nocturna como los pubs, los cines, los clubes nocturnos y los cabarets que iluminaban las calles con letreros con luces de neón, pero también contenía un sector lóbrego donde predominaban los sex shops, las ventas ilegales de drogas y los prostíbulos. Hoy es predominantemente un distrito saturado de tiendas de moda y restaurantes caros.


Por lo tanto, en el exterior Wright utiliza el espacio de esa área multicultural no solo para rendir tributo al pasado, sino, también, para intentar reflejar las corolarios de la nostalgia como forma de escape, comunicando que el pasado, por más interesante que parezca, tiene sus demonios y hay que dejarlo descansar. Pero de una manera recóndita también ostenta a través de su heroína la cosificación sexual de la mujer que es tratada por los hombres como muñeca de porcelana, de la mujer que se ha cansado de ser la víctima y ahora sostiene con su mano el cuchillo marca slasher de la justicia feminista para acabar con el dominio masculino sin rostro que la oprime en los locales de mala muerte. Aunque el texto responde a los temas que tanto están de moda actualmente, nunca deja de ser sutil.



Thomasin McKenzie. Imagen de Working Title.



No creo que se trate de la película más significativa de filmografía variopinta de Wright, a vece algunos elementos están sobrando, pero me parece endiabladamente entretenida cuando avanza a un ritmo bastante ágil de colores y música para narrar las peripecias psicológicas de esa joven atrapada por los sueños pesadillescos de los fantasmas de Soho que nunca existieron. Su reproducción del período de los Swinging Sixties es maravillosa. Destaco la actuación de Taylor-Joy como la chica rubia glamurosa e independiente que asesina hombres, y la de McKenzie como la modista quimérica y ciclotímica que no anda bien de la cabeza. Todo se reduce al juego de duplicidad entre esas dos jóvenes actrices que, si no me equivoco, tienen un futuro muy brillante. Cuando ellas están en la pantalla las noches de Soho se tornan divertidas, pero también bastante siniestras, como si fueran pesadillas en clave de nostalgia. Una locura total. 



Streaming en:




Ficha técnica
Título original: Last Night in Soho
Año: 2021
Duración: 1 hr 56 min
País: Reino Unido
Director: Edgar Wright
Guión: Krysty Wilson-Cairns, Edgar Wright
Música: Steven Price
Fotografía: Chung Chung-hoon
Reparto: Thomasin McKenzie, Anya Taylor-Joy, Matt Smith, Terence Stamp
Calificación: 7/10