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Sangre y oro
En Sangre y oro, Jafar Panahi recupera su poética de la docuficción con el propósito, supongo, de interrogar las realidades sociales en la sociedad iraní. Por lo que sé, fue prohibida en los cines iraníes porque, en cierta medida, la censura del régimen al consideró demasiado "oscura" para exhibirla, luego de que Panahi se negara a editarla. Y esto es algo que entiendo de inmediato durante los 95 minutos que tiene de metraje porque, a decir verdad, es una película de Panahi que avanza a ritmo parsimonioso como thriller dramático, que no grita, pero acumula silencios hasta que el peso se siente y surge su mirada escrutadora sobre la desigualdad social y la división de clases en Teherán. 


La trama arranca con una secuencia impactante: el intento de atraco a una joyería que termina en tragedia cuando Hussein, un repartidor de pizzas corpulento y taciturno, mata al joyero antes de dispararse a sí mismo con su pistola. Esta premisa, en su defecto, tiene un arranque atrapante por la manera en que Panahi comprime el drama social, el thriller psicológico y la docuficción para construir una narrativa sobre gente ordinaria. 


En este sentido, el relato sostiene el pulso narrativo porque el guion de Abbas Kiarostami se toma el tiempo necesario para añadir sustancia a la psicología interna del protagonista, mostrando su descenso al abismo a través de un largo racconto que, como in media res, retrocede para reconstruir los días previos y mostrar cómo un hombre aparentemente ordinario llega a ese punto de no retorno, en una serie de situaciones sobrias que se resuelven entre diálogos escuetos y exposición mesurada. 


No hay giros de tuerca ni elaboradas motivaciones psicológicas de manual. Lo que hay, no obstante, es la acción que funciona para edificar una síntesis discursiva sobre la movilidad de "clases" y la desigualdad social, entendido como el sufrimiento de un hombre atormentado por la acumulación de humillaciones cotidianas y prejuicios sociales que lo conducen al crimen para obtener lo que la sociedad le ha quitado: la posibilidad de una vida digna. Esto es específicamente cierto porque las escenas dan a entender, a través del registro dialógico, que Hussein es en realidad un veterano de la guerra Irán-Irak que vive con las secuelas físicas y psíquicas del conflicto, mientras trabaja de noche repartiendo pizzas en una ciudad que nunca duerme, y en ese deambular por las calles contempla dos mundos que apenas se tocan con los contrastes brutales entre la pobreza y la opulencia. 


Aunque la crítica social tiende a presentar algunas cuestiones maniqueas sobre la brecha entre ricos y pobres, es concisa al presentar cómo esa brecha se vive en la piel, o sea, en la imposibilidad de entrar a una tienda, en la vergüenza de no poder comprar un regalo de boda digno, en la sensación de ser invisible para quienes habitan otro estrato, señalando en efecto la corrupción y el abuso de poder de la élite perteneciente al aparato del gobierno. 


La actuación de Hussein Emadeddin eleva el material con su presencia física. Su cuerpo pesado, su habla lenta y su mirada casi ausente transmiten con naturalidad una mezcla de resignación y rabia contenida, que captura el malestar de un hombre al que el sistema ha empujado hasta el borde de la conducta autodestructiva. Todo en él resulta auténtico porque es un actor no profesional que, de hecho, se ganaba la vida como repartidor de pizza con esquizofrenia paranoide, por lo que prácticamente se interpreta a sí mismo. 


En términos generales, la dirección de Panahi deposita su mayor eficacia en el uso del encuadre móvil, la elipsis, el primer plano, el fuera de campo, el plano fijo, el sobreencuadre, el sonido diegético, y, ante todo, las panorámicas fotografiadas por Hossein Jafarian, que encuadran las atmósferas urbanas con una capa de realismo cercana al documental. Estos elementos, en última instancia, le conceden a su película un tono sombrío que es penetrante y difícil de olvidar.



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Ficha técnica
Título original: Crimson Gold (Talaye sorkh)
Año: 2003
Duración: 1 hr. 35 min.
País: Irán
Director: Jafar Panahi
Guion: Abbas Kiarostami
Música: Peyman Yazdanian
Fotografía: Hossein Jafarian
Reparto: Hussein Emadeddin, Kamyar Sheissi, Azita Rayeji, Shahram Vaziri,
Calificación: 7/10

Reto a muerte

Reto a muerte es una película que constituye, en cierta medida, el debut cinematográfico de Steven Spielberg como director de cine. Producida originalmente para televisión por Universal Television como un telefilme, posteriormente fue estrenada en cines por Universal Pictures, quedando como película de culto en una versión extendida que incluía escenas filmadas después de su emisión televisiva y que, además, suponía una adaptación de un relato de Richard Matheson, que también hace de guionista. El resultado es un filme que funciona como un ejercicio de tensión pura y alto octanaje en el que Spielberg, como joven debutante, demuestra una economía de medios para poner en marcha el poder del thriller minimalista, donde convierte una carretera desértica, un automóvil y un camión en un campo de batalla existencial durante 89 minutos de metraje. 


La trama sigue a David Mann, un vendedor ambulante que conduce su coche por las carreteras de California para reunirse con un cliente, pero cuyo viaje, aparentemente tranquilo, lo lleva a verse envuelto en una persecución mortal con el conductor implacable de un camión cisterna destartalado. Desde el principio, esta premisa me resulta particularmente atrapante por la manera en que Spielberg adopta las fórmulas habituales del thriller de misterio y la acción de carretera para establecer su poética sobre un hombre ordinario arrastrado por circunstancias extraordinarias. 


Esto se amplifica, entre otras cosas, con un guion que se toma el tiempo necesario para desarrollar la psicología interna de Mann, colocándolo a menudo en situaciones impredecibles que se vuelven tensas por la exposición mesurada y los diálogos escuetos, que se muestran con las maniobras de Mann en su automóvil rojo para rebasar al camión siniestro; la visita de Mann a un restaurante donde intenta descubrir la identidad del camionero al mirar a los sospechosos; las hazañas improvisadas de Mann al volante para frenar el camión que lo persigue a toda velocidad luego de ser acorralado en otra gasolinera. No hay explicación, no hay diálogo que justifique la hostilidad, no hay villano con rostro ni motivo declarado, no hay giros argumentales innecesarios. 


Spielberg, en efecto, entiende que el miedo más profundo nace de lo inexplicable. Y por esta razón, utiliza a Mann como vehículo para abordar un comentario sobre la fragilidad del individuo frente a fuerzas impersonales, entendido como la necesidad de supervivencia de un hombre que supera el temor a lo desconocido. Esto es especialmente cierto porque Mann es un simple vendedor que tiene la opción de abandonar la persecución para volver con su familia, pero decide enfrentar al camionero misterioso para poner fin a su "ansiedad". El camión es mostrado como una fuerza abstracta, casi mitológica, que persigue a Mann con una pulsión mecánica de muerte. La carretera se transforma en un laberinto sin salida, que ejerce su presión sobre la creciente paranoia. Esta metáfora es sutil al simbolizar la modernidad industrial y los dilemas del trabajador de cuello blanco. 


Dennis Weaver entrega una interpretación memorable al emplear su registro expresivo para manifestar con su cara los temores de un hombre pusilánime, algo resentido, sin gestos exagerados, que se ve obligado a descubrir reservas de coraje que ni él mismo sospechaba poseer, transmitiendo con naturalidad el tránsito de la irritación inicial a la desesperación, y de ahí a una determinación casi animal. 


Técnicamente, la dirección de Spielberg deposita algunas de sus virtudes en el uso eficaz del primer plano, el sonido interno-subjetivo, el sonido diegético, el fuera de campo, el plano subjetivo, el sobreencuadre, el picado-contrapicado, el campo-contracampo, y, ante todo, las panorámicas de la fotografía de Jack A. Marta, que le confiere un aspecto de neowestern a los espacios desérticos. También aprovecha la música estridente de Billy Goldenberg para ampliar el suspense. 


En general, Spielberg, quien apenas tenía aquí 25 años, dirige con una madurez que es verdaderamente sorprendente cuando demuestra un dominio total del montaje, del ritmo y del punto de vista para presentar un duelo sobre asfalto entre el hombre y la máquina.



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Ficha técnica
Título original: Duel
Año: 1971
Duración: 1 hr. 30 min.
País: Estados Unidos
Director: Steven Spielberg
Guion: Richard Matheson
Música: Billy Goldenberg
Fotografía: Jack A. Marta
Reparto: Dennis Weaver, Jacqueline Scott, Carey Loftin, Lou Frizzell
Calificación: 7/10
Depredador (1987)

Depredador es una película de John McTiernan a la que me acerco, nuevamente, con la finalidad de encontrar aquellas buenas experiencias que obtuve con ella cuando la veía en televisión local o por cable durante los años 90. No considero que sea una de las cimas del cine de acción ochentero, pero su metraje me hace entender el estatus de culto que ha recibido con el paso de los años porque, a decir verdad, me parece una película de acción endiabladamente entretenida, que me mantiene en todo momento al filo del asiento con cada una de las secuencias en la selva que, a ritmo trepidante, prueban que Arnold Schwarzenegger es el héroe de acción definitivo de los 80, donde vuelvo a quedar completamente impresionado con lo bien que han envejecido sus efectos especiales. 


La trama sigue a Dutch, un Mayor del ejército estadounidense que junto a su equipo de comandos de élite —el agente Dillon, el mercenario Mac, el especialista Poncho, el rudo Blain, el rastreador Billy y el operador Rick— acepta la misión de rescatar a un ministro que ha sido capturado por guerrilleros en la selva centroamericana, pero cuya travesía se ve obstaculizada cuando enfrenta a un extraterrestre que busca cazar a todo su grupo con tecnología avanzada. 


En general, esta premisa tiene un arranque bastante atrapante que se solidifica, dicho sea paso, por la manera sorpresiva en que conjunta el thriller de acción, la aventura de ciencia-ficción y el terror slasher. Y se vuelve incluso más interesante porque el guion se toma el tiempo necesario para desarrollar las caracterizaciones de los personajes lejos del cuadro de motivación, donde sus acciones se justifican sobre situaciones impredecibles que, por añadidura, ocurren cuando todos dialogan perplejos para tratar de comprender la amenaza a la que se enfrentan con sus armas, dando lugar a diálogos de una sola línea que permiten explicar sus respectivos trasfondos personales. 


En este sentido, permanezco atrapado por las peripecias que estallan con las sospechas de los comandos al identificar los cadáveres de soldados despellejados; el tiroteo iniciado el equipo de Dutch al atacar el campamento guerrillero y matar a todos los soldados antes de tomar a una mujer como prisionera; las emboscadas del depredador humanoide tecnológicamente avanzado que permanece invisible con un dispositivo de camuflaje y usa visión térmica para detectar el calor corporal de sus enemigos antes de cazar selectivamente; la estrategia de supervivencia de Dutch para matar al alienígena con trampas explosivas en los árboles y utensilios rudimentarios de la selva antes de alcanzar el punto de extracción. La narrativa siempre preserva un pulso consistente porque, entre otras cosas, equilibra de forma cohesionada los golpes de efecto que trasladan la acción a través de varios géneros. 


La interpretación de Schwarzenegger me resulta particularmente creíble cuando utiliza su corpulencia y destreza física para interpretar a Dutch como un hombre vulnerable que sangra, mata con la mirada y emplea su ingenio para cazar al cazador, logrando algunas escenas memorables que se sostienen por su carisma, los diálogos de una línea —como "If it bleeds, we can kill it"— y la metralleta en mano que dispara niveles de testosterona. Los secundarios que asisten a Schwarzenegger también entregan algunos momentos, destacándose casi siempre Carl Weathers y Bill Duke. 


Con todo ese reparto, McTiernan concibe un epicentro de tensión que pocas veces pierde la intensidad al dinamizar la puesta en escena con el encuadre móvil, el primer plano, el uso del plano subjetivo —la visión termal del depredador—, el campo-contracampo y las atmósferas selváticas fotografiadas por Donald McAlpine que adquieren cierto realismo, además de asegurar unos efectos especiales prácticos que amplifican el contraste de distorsión óptica y el efecto de invisibilidad del traje de la criatura. McTiernan también permite que la banda sonora de Alan Silvestri eleve el lado tenso con el leitmotiv orquestal. Estos elementos, en última instancia, garantizan que la película siempre se mantengan por encima de las expectativas entre disparos, explosiones y energía masculina.


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Ficha técnica
Título original: Predator
Año: 1987
Duración: 1 hr 47 min
País: Estados Unidos
Director: John McTiernan
Guion: Jim Thomas
Música: Alan Silvestri
Fotografía: Donald McAlpine
Reparto: Arnold Schwarzenegger, Carl Weathers, Sonny Landham, Bill Duke,
Calificación: 7/10

En su película más reciente, Steven Spielberg regresa a la zona segura del contacto alienígena, como lo había hecho antes. Descubre de qué se trata.







En El día de la revelación, Steven Spielberg recupera algunos tropos de su poética de lo alienígena con la finalidad, supongo, de dialogar con una nueva variante sobre el extrañamiento, la otredad y la condición de lo desconocido. Esto Spielberg lo había explorado previamente en películas emblemáticas de su filmografía como Encuentros cercanos del tercer tipo (1977) y E.T., el extraterrestre (1982). Pero en esta ocasión, su enfoque busca una mezcla de ficción especulativa y drama humano, basándose en una investigación de más de dos meses en la que redactó toda la historia que necesitaba en unas 50 páginas luego de leer información en The New York Times sobre el misterioso programa OVNI del Pentágono que, según él, reavivó su interés en el tema. Dicho tratamiento de la historia fue pulido por Spielberg en colaboración con su guionista David Koepp, quien había colaborado anteriormente con el director en La guerra de los mundos (2005).


Previo a los avances no tenía mucho entusiasmo por saber lo que Spielberg quería contar esta vez sobre los alienígenas para completar su trilogía informal sobre el tema. Pero tras pasar cerca de dos horas y medias, salgo con una sensación temblorosa, marcado por una fuerte impresión que me hace razonar lo suficiente como para saber que, francamente, se trata de una de las mejores películas de Spielberg que he visto en más de 20 años. Como thriller de ciencia-ficción me parece particularmente atrapante con su tono misterioso y, en cierta medida, representa un retorno magistral de Spielberg a los temas que han definido gran parte de su obra: el encuentro con lo desconocido, la búsqueda de la verdad y la capacidad de la gente ordinaria para trascender el miedo mediante la empatía, manteniendo cierta sobriedad sobre el relato para añadir profundidad de los personajes que interpretan Josh O'Connor y Emily Blunt.



Emily Blunt y Josh O'Connor


El argumento, ambientado en un contexto donde el mundo se encuentra al borde de la Tercera Guerra Mundial, sigue a Daniel Kellner (Josh O’Connor), un especialista en ciberseguridad que roba información clasificada sobre tecnología extraterrestre y archivos que evidencian el encubrimiento del gobierno entre los casos reportados de contactos entre humanos y alienígenas desde el incidente de Roswell, bajo el pretexto de revelar dichos documentos para el conocimiento del público con ayuda de su novia, Jane Blankenship (Eve Hewson), y del científico Hugo Wakefield (Colman Domingo), un defensor de la divulgación. Paralelamente, también muestra a Margaret Fairchild (Emily Blunt), una meteoróloga de televisión en Kansas City que, luego de experimentar lapsos mentales que despiertan sobre ella habilidades psíquicas durante una transmisión en vivo, se dispone junto a su novio a buscar a Keller por razones que desconoce. En medio de esta trama, se presenta además a Noah Scanlon (Colin Firth), el jefe de la Corporación Wardex, una corporación secreta del gobierno que lleva décadas encubriendo casos extraterrestres y que, además, tiene el objetivo de perseguir a Daniel y a Margaret para impedir que revelen los experimentos encubiertos sobre alienígenas que podrían poner en peligro el destino de la humanidad.


Desde las primeras escenas, Spielberg configura la premisa sobre las fórmulas de esa poética suya que construye la historia alrededor de los dilemas de personas ordinarias que atraviesan circunstancias extraordinarias, pero ajustando el equilibrio del conflicto desde los marcos genéricos del misterio, el drama y el thriller de ciencia-ficción sobre conspiraciones gubernamentales de extraterrestres. Lo interesante es que, a diferencia de las narrativas distópicas que abundan en el cine de ciencia ficción sobre extraterrestres, aquí opta por una ecuación sobria que se toma el tiempo necesario para profundizar en el desarrollo que hay detrás de las motivaciones de los personajes, además de que solidifica sus acciones sobre una serie de situaciones impredecibles que, por lo regular, evita los lugares comunes al incorporar elementos de conspiración, whistleblowers y capacidades psíquicas latentes, con diálogos sutiles que me invitan a reflexionar sobre las interrogantes del misterio que impulsa la trama.



Colin Firth


En este sentido, no me queda más remedio que sentirme provocado por las peripecias que, entre coloquios y persecuciones, ocurren entre la huida de Daniel junto a su novia para ocultarse de las autoridades federales en un convento; las habilidades psíquicas despertadas por Margaret al lado de su novio que le permiten manipular los pensamientos de los demás y comunicarse inconscientemente en otros idiomas; la explicación en la que Daniel le relata a Jane que Wardex realiza experimentos con alienígenas cautivos y aplica ingeniería inversa a su tecnología avanzada; la cacería de los agentes de Wardex para buscar a Daniel y a Margaret mientras Scanlon utiliza un dispositivo telepático para establecer un lazo psíquico y rastrearlos; la misión de Daniel y Margaret al escapar de una instalación del Dr. Wakefield donde descubren su propósito para divulgar la información sobre extraterrestres antes de la llegada de Scanlon. En cada de una de las escenas, Spielberg demuestra una vez más su dominio del storytelling cinematográfico, preservando un ritmo que, a pesar de perder algo fuerza en algunas escenas después de la media hora, se prolonga a lo largo de su estructura: el primer acto establece la conspiración con eficacia, el segundo intensifica la persecución de manera trepidante mientras profundiza el desarrollo de los personajes, y el tercero culmina en una catarsis que me invita a la reflexión.



Colman Domingo


La odisea de estos personajes, además de desarrollarse con fluidez rítmica, me resulta bastante interesante porque, entre otras cosas, ofrece un comentario profundo sobre el encuentro con lo desconocido, la ética de la divulgación y la necesidad de lo humano para traspasar sus temores intrínsecos mediante la empatía en la otredad. Esto, hasta cierto punto, se entiende como el deber casi obsesivo entre un hombre y una mujer que, marcados por los traumas de la infancia durante una abducción extraterrestre, buscan divulgar éticamente los archivos clasificados en televisión en vivo para dar a conocer la condición con la que los extraterrestres son tratados por los huéspedes humanos, donde la revelación simbólicamente refleja los límites de los secretos de Estado (de una empresa "privada" financiada con capital privado y público) para proteger del conocimiento público la información que puede desestabilizar las estructuras del poder del Estado Profundo. Esto es especialmente cierto porque, por una parte, Daniel desea divulgar la evidencia que tiene en sus manos para que la gente conozca la verdad sobre el trato insolidario que reciben los extraterrestres mientras que, por la otra, Margaret usa sus habilidades psíquicas para apaciguar la irracionalidad de los perseguidores de Scanlon.


Desde luego, esta síntesis discursiva de Spielberg pierde rigor cuando adopta los parámetros progresistas que emplea a los alienígenas para metaforizar superficialmente la condición de los inmigrantes en suelo estadounidense y, además, cuestionar las creencias irracionales del catolicismo mientras se demoniza el ejercicio de la función empresarial (donde los tecnócratas son los "malos" que usan la innovación tecnológica para otros fines clientelares asociados a los actores políticos y corporativos). Pero, al menos, mantiene algo de coherencia interna cuando emplea el tropo de los extraterrestres para dialogar sobre el rol del individuo para enfrentar la supresión gubernamental de la verdad en una era marcada por la desinformación, la fe redentora de la empatía para nuevas rutas de cooperación y, sobre todo, la conexión humana necesaria para entender que los alienígenas hipotéticos, entendido como posibles seres biológicos de otro planeta, podrían bien ser viajeros afectados por la marginación, el exilio y el sentimiento de no encajar en su propia sociedad. Spielberg no solo revela extraterrestres con tono esperanzador; revela lo mejor de uno mismo para comprender el extrañamiento hacia el otro en medio de divisiones culturales y políticas.





Al margen de esto, las actuaciones de de O'Connor y Blunt humanizan a sus personajes en cada una de las escenas donde exponen sus inquietudes. Con su registro expresivo, O'Connor interpreta a Daniel como un joven tenaz, rebelde, protector, vulnerable y un brillante experto en ciberseguridad que, tras ser abducido por extraterrestres en su infancia, adquiere un talento excepcional para analizar patrones numéricos y códigos que, asimismo, usa como ventaja para justificar el robo de información ultrasecreta y tecnología alienígena de una corporación clandestina con el objetivo de revelarla al mundo (inducido por la manipulación alienígena), convirtiéndose por defecto en ese arquetipo de héroe cotidiano que se suele observar en la esfera spielbergiana como fugitivo con determinación ética perseguido por fuerzas externas. Blunt, por su parte, entrega lo que a mi parecer es una de las actuaciones más sofisticadas de su carrera al combinar vulnerabilidad e inteligencia con su expresividad—incluyendo un monólogo en un idioma extraterrestre—; interpretando a Margaret como una mujer hiperactiva, volátil, inquieta, que se ve envuelta en una conspiración sobre encubrimiento extraterrestre mientras desarrolla un vínculo mental con Daniel y descubre capacidades psíquicas que nunca antes había tenido, producto de una abducción en su infancia que le otorga habilidades lingüísticas para comunicarse con todas las especies.


El reparto de apoyo es igualmente solvente. Colin Firth encarna a Noah Scanlon con una frialdad calculadora que genera verdadera amenaza como villano, sin caer en caricaturas. Colman Domingo, como Hugo Wakefield, inyecta calidez y convicción moral al grupo de informantes, mientras Eve Hewson aporta credibilidad emocional como la devota Jane. La dirección de actores de Spielberg logra que incluso estos personajes secundarios se sientan plenamente realizados en cada interacción.



Emily Blunt


Desde el punto de vista técnico, Spielberg deposita sus mayores virtudes en una puesta en escena que manifiesta esa estética singular de su cine para concebir secuencias memorables y, a la vez, infundir a las escenas intensidad emocional. Por la parte visual, Spielberg narra la aventura de los personajes con artilugios como el primer plano, la elipsis, el montaje de tiempos alternativos, el uso del sobreencuadre, el encuadre móvil que dinamiza la acción y, ante todo, la eficaz fotografía de Janusz Kamiński que magnifica la atmósfera enigmática de las escenas con su característica iluminación azulada. Las secuencias de persecución —un choque con tren, huidas por carreteras y confrontaciones en instalaciones secretas— destacan por su dinamismo, filmadas en 35 mm con lentes anamórficos que otorgan profundidad y textura, mientras se complementan con los efectos especiales para renderizar con elegancia poética a los extraterrestres que adoptan formas discretas como animales antes de mostrar su verdadero aspecto. Por el lado sonoro, Spielberg permite que la banda sonora de John Williams, en su trigésima colaboración, eleve cada secuencia con una partitura que combina orquestación clásica con toques electrónicos moderno.


Estas propiedades, en última instancia, hacen que El día de la revelación me resulte como un logro notable del cine de ciencia-ficción, que reafirma además el compromiso cinematográfico de Spielberg como uno de los grandes narradores de nuestro tiempo, a sus casi 80 años. No solo entretiene con acción palpitante, misterio y efectos impresionantes, sino que me toca las fibras emocionales cuando presenta sus momentos icónicos —el pájaro cardinal que despierta habilidades, las visiones compartidas, la reconstrucción del hogar de la infancia como espacio de abducción—. El clímax, centrado en la transmisión global de “Disclosure Day”, constituye para mi gusto un momento de cine puro que me deja atónito y completamente impresionado por lo que veo en pantalla, hasta el punto de que sigo pensando en lo que veo cuando suben los créditos. Es una obra que, sin lugar a dudas, merece ser celebrada y recordada como un hito en la filmografía del Rey Midas de Hollywood.



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Ficha técnica
Título original: Disclosure Day
Año: 2026
Duración: 2 hr. 25 min.
País: Estados Unidos
Director: Steven Spielberg
Guion: David Koepp, Steven Spielberg
Música: John Williams
Fotografía: Janusz Kaminski
Reparto: Emily Blunt, Josh O'Connor, Colin Firth, Eve Hewson, Colman Domingo, Wyatt Russell
Calificación: 8/10

Tráiler de El día de la revelación 



A través del fuego

A través del fuego es una película que, en cierta medida, supone el regreso de Paul Greengrass a su poética de lo verídico, en un intento de abordar ese cine de catástrofes que discretamente se ha puesto de tendencia en Hollywood en los últimos años. Está basada en el libro de Lizzie Johnson, que describe los eventos reales del Camp Fire ocurridos en la localidad de Paradise en 2018 y que, a la fecha, es el incendio forestal más mortífero en la historia del Estado de California. Las dos horas que dura me mantienen enganchado del asiento porque, francamente, me parece un thriller de desastre que nunca pierde el rastro atrapante con las actuaciones de Matthew McConaughey y America Ferrera, con una trama que reafirma la destreza de Greengrass para retratar los acontecimientos con tensión. 


La trama sigue a Kevin McKay, un conductor de autobús escolar con una vida personal fracturada que se ve repentinamente responsable de evacuar a 22 niños y su maestra, Mary Ludwig, mientras el fuego devora los pueblos cercanos. En general, esta premisa sencilla sirve como base para estructurar la narrativa sobre las fórmulas habituales del cine de catástrofe, donde un hombre ordinario se convierte en un héroe accidental al enfrentar el peligro con su instinto de supervivencia. 


Lo interesante es que Greengrass evita sensacionalismos gratuitos y, a menudo, opta por construir el lado tenso del relato de manera progresiva, dejando el espacio necesario en ciertas escenas para aclarar el arco dramático del protagonista al mostrar sus acciones, añadiendo profundidad al desarrollo del conflicto con unos diálogos que me invitan a reflexionar sobre lo que sucede. 


Por tal razón, permanezco enganchado con los problemas familiares de Kevin como padre que intenta recuperar el vínculo con su hijo adolescente mientras cuida a su madre enferma; las operaciones de los bomberos para extinguir los incendios en las montañas y evacuar las zonas afectadas; la rutina de Kevin al conducir el autobús mientras discute con la directora de transporte por el mantenimiento; el deber de Kevin al manejar el autobús con niños por las autopistas mientras lucha contra el tráfico y habla con la profesora sobre la ruta. Aunque algunas escenas ocurren de forma predecible, la trama me resulta sorpresiva porque, por añadidura, suelta con sutileza los golpes de efecto para equilibrar la odisea del conductor y el infierno de llamas en la zona de evacuación. 


El barullo funciona, entre otras cosas, para elaborar un comentario sobre la paternidad y el impacto medioambiental, entendido como la ética de un hombre ordinario que se enfrenta a circunstancias extraordinarias para superar los miedos intrínsecos que lo llevaron a tomar decisiones erráticas en su vida. Este discurso es correcto al explorar temas como la fragilidad de la vida cotidiana y la solidaridad en tiempos de crisis, aunque pierde profundidad por el sesgo progresista que señala a la empresarialidad como responsable del daño medioambiental. 


Al margen de esto, McConaughey ofrece una actuación bastante orgánica al encarnar a un hombre imperfecto —un padre ausente y trabajador en crisis— que encuentra redención en el servicio a los demás, combinando su presencia física con una vulnerabilidad contenida en sus gestos expresivos. Ferrera, por su parte, aporta una conexión emocional creíble con los niños al interpretar a la profesora determinada. La química entre ambos alcanza momentos de intimidad. 


Técnicamente, la dirección de Greengrass deposita algunas de sus virtudes en el montaje dinámico, el encuadre móvil de una cámara en mano con constante movimiento y, asimismo, los efectos especiales que recrean el incendio aterrador: cielos anaranjados, cenizas flotantes y llamas furiosas; valiéndose de la fotografía solvente de Pål Ulvik Rokseth para subrayar el contraste cálido entre las atmósferas diurnas y la oscuridad infernal. Estos elementos, junto a la banda sonora de James Newton Howard, me hacen sentir el calor, el pánico y la claustrofobia dentro del autobús, como si yo formara parte del grupo vulnerable en la vía de escape. Su película es, sin duda, bien entretenida.



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Ficha técnica
Título original: The Lost Bus
Año: 2025
Duración: 2 hr. 10 min.
País: Estados Unidos
Director: Paul Greengrass
Guion: Brad Ingelsby, Paul Greengrass
Música: James Newton Howard
Fotografía: Pål Ulvik Rokseth
Reparto: Matthew McConaughey, America Ferrera, Ashlie Atkinson, Yul Vazquez
Calificación: 7/10

La película más reciente de Phil Lord y Christopher Miller representa un viaje por el espacio con Ryan Gosling piloteando la nave.



Proyecto Fin del Mundo



En Proyecto Fin del mundo, los directores Phil Lord y Christopher Miller apuestan a recuperar su poética del dúo con la finalidad, supongo, de que funcione como adaptación de la novela homónima de Andy Weir que duró varias semanas como best-seller en la lista del New York Times. Su enfoque, adoptado por el guion de Drew Goddard, es bastante similar a lo que pasa en El marciano (Scott, 2015), otra adaptación cinematográfica de la primera obra autopublicada de Weir que narra la ingeniosa supervivencia de un astronauta en Marte —también con guion de Goddard—. Pero traslada el asunto al espacio interestelar para subvertir los tropos del cine de ciencia ficción de Hollywood que a menudo toca el caso hipotético sobre el contacto alienígena. El alcance de esta premisa hizo que los productores de Metro-Goldwyn-Mayer adquieran temprano los derechos exclusivos del material y contrataran de inmediato a Ryan Gosling, que ya tiene experiencia en películas sobre el espacio luego de su rol en El primer hombre (Chazelle, 2018).


El metraje de casi tres horas me induce a razonar los suficiente como para saber, dicho sea de paso, que no está a la altura de su desmedida ambición por sus explicaciones científicas apresuradas y humor en medio de la crisis, algo que tiende estropear ligeramente algunas escenas redundantes. Sin embargo, encuentro que es una película de ciencia ficción dura que, como aventura interestelar, nunca pierde el pulso espectacular y entretenido con la presencia de Gosling como el astronauta perdido en el espacio, donde se me invita incluso a reflexionar con esas metáforas que sirven como base textual para interrogar cuestiones sobre la incomunicación y la ética de la cooperación humana.



Ryan Gosling


La trama, ambientada en un futuro no muy lejano, sigue la existencia de Ryland Grace (Ryan Gosling), un astronauta con amnesia temporal que, tras haber sido inducido a un coma médico, se despierta solo en una nave espacial a años luz de la Tierra, sin recordar quién es ni cómo ha llegado hasta allí, descubriendo a dos miembros muertos de su tripulación, en la que pone a prueba sus conocimientos como científico para comprender su entorno, mientras poco a poco recupera su memoria para entender el propósito de su misión: resolver el enigma de unos microorganismos alienígenas que aceleran la extinción del sol conocidos como astrófagos, los cuales circulan a través de una tenue línea infrarroja que va del Sol a Venus llamada la "línea Petrova" y, además, actúan como parásitos que consumen la energía de las estrellas, disminuyendo su brillo y temperatura, algo que podría causar un enfriamiento global catastrófico de la Tierra en 30 años. A medida que avanza, Grace recuerda sus días como profesor de secundaria y un infame biólogo molecular contratado por la NASA para ejecutar la misión, pero su objetivo cambia por completo al establecer un vínculo peculiar con un alienígena procedente del planeta Erid en otro sistema estelar al que llama "Rocky".



Ryan Gosling y Sandra Hüller


En términos generales, la narrativa se estructura bajo las fórmulas habituales del cine de ciencia-ficción dura que se halla en el imaginario de Weir traducido por Goddard, donde un protagonista convertido en superviviente aborda metódicamente los desafíos espaciales a través del método científico para cumplir su tarea. La diferencia radica en que ahora dicho protagonista es un profesor de ciencias obligado ser astronauta para salvar el mundo de una hecatombe. El guion de Goddard se apresura a dimensionar el barullo dejando algunas interrogantes flotando en un marco de exposición, pero me parece que funciona adecuadamente porque, por añadidura, construye el desarrollo de Grace sobre largos flashbacks que establecen un sustento sólido para las motivaciones descritas que impulsan el conflicto, en una serie de situaciones impredecibles que se originan de las acciones a puerta cerrada sobre experimentación científica y el extraño vínculo establecido por el contacto con el alienígena de aspecto rocoso en varias escenas.



En este sentido, no me queda más remedio que sentirme provocado por las peripecias que, entre comicidad y dinamismo, ocurren con el reclutamiento de Grace que ocurre en el pasado cuando Eva Stratt (Sandra Hüller) le ofrece la oportunidad de estudiar las muestras de astrófagos; los experimentos científicos en los que Grace descubre en su laboratorio y bajo la estricta vigilancia del gobierno que los astrófagos son una fuente de combustible volátil; el plan de Stratt —conocido como "Proyecto Ave María"— para aprovechar el combustible generado por astrófagos y enviar una tripulación en una misión suicida a Tau Ceti —la única estrella no infectada por astrófagos con la clave para rescatar el Sol— en una nave equipada con sondas llamada Ave María; la negativa de Grace de tomar el riesgo de continuar la misión del viaje de ida luego de un accidente; la investigación de Grace dentro de la nave Ave María en el espacio interestelar antes de acceder a comunicarse con el eridiano en su gigantesca nave extraterrestre de aleación de xenonita por la órbita de Tau Ceti; el enlace de comunicación frecuentado por Grace y por Rocky a través de la ecolocalización poco antes de colaborar juntos para alcanzar un mismo fin. Las secuencias en las que Grace y Rocky resuelven desafíos relacionados con astrofísica, química, biología y física de partículas se presentan de manera clara y emocionante, sin sacrificar rigor.



Ryan Gosling


La odisea espacial de estos personajes, además de presentarse a paso rítmico, me resulta particularmente interesante porque, entre otras cosas, ofrece un comentario algo sutil sobre la incomunicación, la resiliencia humana y la ética de la colaboración; pero entendido ahora como la convicción de un hombre inseguro y egoísta que, para despojarse de la irresponsabilidad que le impide avanzar en su identidad hermética, se dispone a colaborar éticamente con un alienígena que comparte el mismo propósito de auxiliar un planeta natal. Esto es específicamente cierto porque Grace, que en el pasado prefería trabajar aislado de los demás y optó por impartir clases en lugar asumir una labor científica, comprende la importancia de valorar la otredad con Rocky, a través de una eticidad de comunicación que le permite a ambos obtener un beneficio mutuo del intercambio de conocimiento. A pesar de que hay algunas pretensiones progresistas a nivel subtextual en sus asuntos sobre escepticismo, división y cambio climático, la idea es conceptualizada con una sutileza que celebra la capacidad de encontrar conexión incluso en las circunstancias más adversas, evitando además el error común de simplificar excesivamente la curiosidad científica al explicarla con elegancia mediante diálogos accesibles.



Al margen de esta síntesis discursiva, Gosling entrega una interpretación orgánica que, con su expresividad y mirada serena, demuestra su versatilidad para cargar la película entera sobre sus hombros. Interpreta a Grace como un hombre curioso, solitario, irresponsable, que en principio se niega a ser un héroe, pero que asume una determinación arriesgada en el proceso de reconstruir su memoria mientras trata de sobrevivir a una misión que lo lleva a impedir un cataclismo que amenaza con extinguir la vida a escala planetaria, donde una amistad inesperada con el otro llamado Rocky significa que quizá no tenga que hacerlo solo. Gosling posee una extraña destreza para mostrar inteligencia sin arrogancia y vulnerabilidad sin debilidad, con un carisma natural que transforma cada escena de resolución científica en un momento de genuina satisfacción cuando llora, ríe y reflexiona ante la incertidumbre con el traje de astronauta; logrando además cierta pericia física cuando gira entornos de gravedad cero. La voz de James Ortiz, de igual modo, lo acompaña en varias escenas como alivio cómico recurrente, que ajusta su tono para interpretar a Rocky como un ser alegre e ingenioso de piedra que, como mecánico, nunca abandona la esperanza de seguir adelante como único sobreviviente de su nave.



Ryan Gosling


Como es habitual, los directores, Lord y Miller, encuadran la historia del astronauta y el extraterrestre en una puesta en escena que, desde los primeros minutos, manifiesta un carácter de urgencia. Mantienen un ritmo dinámico a lo largo de las más de dos horas y media, alternando hábilmente entre el presente en la nave, flashbacks terrestres y secuencias de acción contenidas que, a menudo, se sintetizan a través de dispositivos estilísticos como el primer plano, el plano subjetivo, la elipsis, el fuera de campo, el sonido diegético y el encuadre móvil de una cámara en movimiento de Greig Fraser que capta, asimismo, los espacios herméticos del interior de la nave por el ambicioso diseño de producción. Su espectáculo visual, fruto de unos efectos especiales que combinan elementos CGI y sets construidos, se subraya en los diseños de las naves y en las panorámicas imaginadas en el espacio que transmiten una sensación auténtica de vértigo, especialmente en la secuencia palpitante del planeta Adrián. También conceden cierta originalidad al diseño del alienígena Rocky como una araña de roca en una pequeña esfera presurizada, ya que su realización híbrida (práctica y digital) logra manifestar su personalidad sensible sin caer en la caricatura.


Estas propiedades, dicho sea de paso, consiguen que esta película de ciencia-ficción me atrape con su narrativa ágil, incluso cuando el humor característico del estilo de los directores, que surge de forma espontánea del ingenio de Grace y de las peculiaridades de la comunicación con Rocky, no me cause tanta risa. La interacción entre Grace y Rocky, por lo menos, se convierte en el corazón emocional del relato al explorar temas de amistad interestelar, empatía transcultural y cooperación más allá de las diferencias biológicas ante la posibilidad de un primer contacto con inteligencia extraterrestre. A todo esto se añade una banda sonora de Daniel Pemberton que complementa espléndidamente la atmósfera con arreglos orquestales combinados con texturas electrónicas. No salgo de verla pensando que se trata de uno de los grandes eventos del género, pero descubro, en última instancia, que siempre mantiene la consistencia para ser emocionante y generar preguntas que educan sobre el potencial humano, algo que es ya raro de ver con frecuencia en los blockbusters de Hollywood.



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Ficha técnica
Título original: Project Hail Mary
Año: 2026
Duración: 2 hr. 36 min.
País: Estados Unidos
Director: Phil Lord, Christopher Miller
Guion: Drew Goddard
Música: Daniel Pemberton
Fotografía: Greig Fraser
Reparto: Ryan Gosling, Sandra Hüller, Milana Vayntrub, Lionel Boyce, James Ortiz (voz)
Calificación: 7/10

Tráiler de Proyecto Fin del mundo



El agente secreto

En El agente secreto, el cineasta brasileño Kleber Mendonça Filho recupera su poética del sonido con la finalidad, supongo, de dialogar sobre el pánico colectivo durante la dictadura de Ernesto Geisel. En sus más de dos horas y medias salgo con la sensación de que tiene marcados sesgos ideológicos que caen en el didactismo, pero lo dejo pasar por alto porque, francamente, me parece un thriller político sobrio y atrapante en el que Filho, con estética densa, captura el estado de paranoia y amnesia cultural frente a la memoria histórica de un régimen militar, aprovechando una potente actuación de Wagner Moura


La trama, ambientada durante los años 70, sigue a Armando, un antiguo profesor universitario que, en medio de la agitación política, asume el nombre Marcelo y regresa a su ciudad natal en Recife durante la semana de carnaval para visitar a su hijo pequeño Fernando, quedándose en la residencia de una anciana junto a otros refugiados políticos, mientras es perseguido por unos matones enviados para eliminarlo por un incidente turbio del pasado que condujo a la muerte de su esposa Fátima. 


En términos estructurales, la narrativa me resulta interesante porque, por añadidura, se monta con montaje invertido sobre la base de un largo racconto, estructurado a partir de las escenas de dos investigadoras jóvenes que reconstruyen los hechos de Armando como exiliado al transcribir las grabaciones de su voz en unos casetes, que sirven además para mostrar conflictos interpersonales en tres episodios de drama histórico y thriller político. 


El guión de Filho adopta un enfoque metanarrativo para  ampliar el desarrollo del protagonista, con unas acciones que profundizan su psicología interna a través de diálogos sutiles y situaciones tensas que, a menudo, nunca abandonan los giros impredecibles. Cada escena mantiene un grado de consistencia que se prolonga por la sospecha permanente de Armando cuando es buscado por sicarios del gobierno; las conversaciones de Armando con los demás exiliados en la comuna; la labor de unos policías corruptos que investigan el caso de una pierna humana encontrada en el río Capibaribe dentro de un tiburón; los consejos que recibe Armando de su suegro Alexandre en una sala de proyección del Cinema São Luiz; los trabajos de Armando con identidad falsa en el archivo de registro social de la ciudad para confirmar la desaparición de su madre. 


El relato del agente se convierte, entre otras cosas, en una parábola sociopolítica sobre el autoritarismo clientelar, entendido como la imposibilidad de huir de un hombre honesto que intenta resistir un régimen autoritario que busca castigarlo con violencia represiva por negarse a cooperar con la red de chantaje clientelista de empresarios corrompidos de Eletrobras durante los últimos años de la dictadura militar en 1977. 


Este texto, por lo regular, es algo rebuscado por su maniqueísmo comunistoide, pero se sostiene por la interpretación de Moura, elevada con un registro expresivo que comunica con la mirada y los gestos la presión de un insurgente acorralado, paranoico, vulnerable, que es perseguido por "tiburones" peligrosos y guarda la determinación de vengarse por el asesinato de su esposa (se entiende que su esposa fue una víctima anónima de secuestro y tortura) mientras se esconde en un refugio. Cuando él está en pantalla, Filho suele encuadrarlo en una puesta en escena que se beneficia, dicho sea de paso, de unos valores estéticos que se diseminan a través del uso de la analepsis, el sonido diegético, el fuera de campo, el campo-contracampo, el plano simbólico, la profundidad de campo, el sobreencuadre, el plano subjetivo, la auténtica reproducción de la época y, ante todo, las atmósferas urbanas de Evgenia Alexandrova que evocan —con lentes anamórficos Panavision— el clima opresivo entre luces y sombras. La música, de igual modo, se incorpora con orquestaciones y ritmos brasileños folclóricos. Todos estos elementos consiguen, en última instancia, que la película sea un retrato inolvidable, tenso y emocionante sobre el precio de la memoria como acto de resistencia frente a las heridas históricas.  



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Ficha técnica
Título original: The Secret Agent (O Agente Secreto)
Año: 2025
Duración: 2 hr. 41 min.
País: Brasil
Director: Kleber Mendonça Filho
Guion: Kleber Mendonça Filho
Música: Mateus Alves, Tomaz Alves de Souza
Fotografía: Evgenia Alexandrova
Reparto: Wagner Moura, Gabriel Leone, Udo Kier, Maria Fernanda Cândido, Hermila GuedesThomas Aquino
Calificación: 7/10
Fue solo un accidente

Fue solo un accidente, de Jafar Panahi, es una de esas películas que te atraviesan lentamente y te dejan temblando mucho después de que se apaguen las luces. No es la más subversiva de su filmografía, pero me convence lo suficiente como para saber que es una de sus más afiladas, una película brillante que condensa años de crítica sociopolítica, exilio interior y rabia soterrada en apenas 103 minutos de cine puro que Panahi encuadra con maestría para subrayar el estado de resistencia de voces oprimidas que luchan por la libertad, la verdad y la justicia frente al régimen represivo iraní. 


Tras un prólogo en el que un padre de familia conduce su coche por la carretera y atropella accidentalmente a un perro en la noche, la trama sigue a Vahid, un mecánico modesto que se ve repentinamente obligado a golpear con su pala y a secuestrar a plena luz del día al cliente que lleva dicho auto a su taller de mecánica, luego de haberlo identificado como uno de los torturadores que lo castigaron durante los años de prisión política, donde se dispone también a buscar en su camioneta a otros expresidiarios para confirmar la identidad del capturado de la pierna prostética y ojos vendados antes de enterrarlo vivo en el desierto por sus crímenes. 


En términos generales, la narrativa tiene un arranque que me atrapa por la manera en que Panahi ajusta el drama sobre el misterio y el thriller, pero sin renunciar a esa poética de la carretera que funciona para documentar la desilusión colectiva de los iraníes en las calles, como ocurre en Taxi Teherán, Tres caras y Los osos no existen


A partir de la sospecha, Panahi construye un mecanismo de relojería que nunca frecuenta lugares comunes porque, entre otras cosas, el desarrollo psicológico de los personajes está finamente ajustado sobre un uso magistral del relato no iconógeno, en unas situaciones impredecibles que evitan el didactismo derivativo y se resuelven sobre diálogos irónicos para justificar con sutileza las acciones de venganza que surgen de la duda y el trauma compartido en la furgoneta entre un mecánico, una fotógrafa, un desempleado y una pareja comprometida, cuando recuerdan las experiencias en la cárcel del sádico agente. 


Con estos personajes, Panahi incorpora en la estructura situacionista un discurso crítico sobre la represión política y la justicia ciega, entendido como la resiliencia de un hombre honesto que, junto a otros, está atrapado en un dilema ético-moral entre la sed de justicia y el miedo a convertirse en monstruo ante la imposibilidad de no poder identificar a su opresor para castigarlo porque le vendaron los ojos. No hay héroes ni villanos claros; solo la negación de ciudadanos aprisionados entre la memoria y el presente, donde el espacio de la furgoneta sucia simboliza el encarcelamiento de cinco expresidiarios (cada uno con su herida abierta) que debaten qué hacer con el supuesto verdugo y transforman el viaje en un juicio improvisado sobre impunidad y violencia. 


Los actores, casi todos no profesionales, están magníficos y poseen mucha intensidad dramática para transmitir la impotencia del sufrimiento con la mirada, los silencios y los gestos; destacándose Vahid Mobasseri, Mariam Afshari y Ebrahim Azizi. 


La puesta en escena de Panahi encuadra a este reparto con una estética que sintetiza el conflicto del accidente a través de la elipsis, el uso proxémico del espacio, la psicología del color, el fuera de campo, el primer plano, el sonido diegético, el plano general, el plano subjetivo, y, ante todo, las atmósferas de Amin Jaferi que aprovechan la luz natural para ampliar el sentido de austeridad entre paisajes desérticos y urbanos. Todo esto supone, en última instancia, la demostración de que Panahi, a sus 65 años y después de todo lo que ha vivido —cárcel, prohibiciones, clandestinidad—, sigue siendo uno de los cineastas más relevantes, al contar verdades incómodas sobre la sociedad iraní. Esta película, por así decirlo, constituye una de las más     impresionantes de su carrera.



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Ficha técnica
Título original: It Was Just an Accident (Yek tasadef sadeh)
Año: 2025
Duración: 1 hr. 43 min.
País: Irán
Director: Jafar Panahi
Guion: Jafar Panahi
Música: 
Fotografía: Amin Jaferi
Reparto: Ebrahim Azizi, Madjid Panahi, Vahid Mobasseri, Mariam Afshari, Hadis Pakbaten, Delmaz Najafi, George Hashemzadeh
Calificación: 8/10
Marlina, la asesina en cuatro actos

En Marlina, la asesina en cuatro actos, la directora indonesia Mouly Surya intenta combinar, a modo tarantinesco, los elementos habituales del western, el drama y el suspenso con la finalidad de presentar una historia inspirada en unos hechos reales. De entrada, reúne las condiciones idóneas para entregar algo diferente, porque, a decir verdad, Surya ofrece aquí un thriller de venganza que, con estética de neowestern y una solvente actuación de Marsha Timothy, interroga en clave feminista un retrato sobrio sobre emancipación, justicia y resiliencia femenina frente a la opresión patriarcal, sin perder de vista un extraño tono hipnótico que me recuerda, en más de una ocasión, sus destrezas visuales. 


Su argumento se ambienta en una zona rural en la isla Sumba en Indonesia y sigue, en cuatro capítulos, la odisea de Marlina, una viuda que se enfrenta a la brutalidad de un grupo de siete hombres que irrumpen en su hogar con intenciones de robar el ganado de su difunto esposo, poco antes de envenenar a cuatro de ellos con una sopa de pollo y decapitar con un machete al jefe de la banda que la viola. 


En términos generales, la narrativa me parece atrapante porque, entre otras cosas, se estructura en cuatro actos —“El robo”, “El viaje”, “La confesión” y “El nacimiento”— que añaden varias dimensiones al cuento de venganza de la antiheroína, atravesando lugares que se vuelven imprevisibles al mezclar los géneros con cierta sutileza. 


En este sentido, sigo con atención la partida de Marlina cuando escapa con la cabeza cercenada del anciano violador para reportar el crimen a la policía; la travesía de Marlina en un autobús local que comparte con una amiga embarazada que huye de un esposo celoso mientras es perseguida por los dos ladrones restantes; la huida de Marlina a caballo por las llanuras hasta llegar a un pueblito para confesar el crimen de asesinato en defensa propia frente a los policías que juegan tenis de mesa; el regreso a casa de Marlina para ayudar a su amiga durante el parto después de la decapitación del último ladrón. 


Cada segmento aporta una capa adicional al desarrollo de Marlina, que ajusta su motivación desde la reacción inicial frente al abuso hasta su búsqueda de justicia en un sistema corrupto que es indiferente a su sufrimiento; en una serie de situaciones impredecibles que avanzan a ritmo pausado entre silencios, ironías, acciones violentas y diálogos escuetos. 


Este enfoque episódico me mantiene inmerso en la evolución trágica de la protagonista, pero, además, me invita a reflexionar porque dialoga con temas sobre la injusticia, la violencia sistémica y la condición social de la mujer; entendida como la determinación silenciosa de una mujer que, como víctima de una sociedad discriminatoria, lucha por su propia autonomía frente a un aparato patriarcal arreglado por machistas que cosifican a las mujeres por tradiciones ancestrales. 


Nada de esto se sintiera orgánico, supongo, sin la interpretación de Timothy como Marlina. Su registro expresivo capta, con la mirada y los gestos mínimos de su rostro, la vulnerabilidad y la fortaleza de una mujer que navega en un mundo corrompido que constantemente la subestima. 


Lo más interesante, además, radica en las propiedades formales que Surya adopta para ampliar la psicología de Marlina a través de la iluminación natural, el sonido diegético, el fuera de campo, los colores terrosos con tonos cálidos, el primer plano, el plano simbólico, los escenarios costumbristas y, ante todo, el uso consistente del gran plano general para sintetizar la soledad y el aislamiento del personaje con un amplio control compositivo del encuadre, en medio de los paisajes desolados que captura la fotografía de Yunus Pasolang. La banda sonora de Zeke Khaseli, de igual modo, se integra adecuadamente con sus melodías de guitarras y armónicas. Todo está densamente ajustado en su poética costumbrista. Se trata, sin duda alguna, de una buena película indonesia; una que, en última instancia, habla del poder de las mujeres para reescribir sus propias historias.



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Ficha técnica
Título original: Marlina the Murderer in Four Acts (Marlina si Pembunuh dalam Empat Babak)
Año: 2017
Duración: 1 hr 33 min
País: Indonesia
Director: Mouly Surya
Guion: Rama Adi, Garin Nugroho, Mouly Surya
Música: Zeke Khaseli
Fotografía: Yunus Pasolang
Reparto: Marsha Timothy, Yoga Pratama, Egy Fedly, Dea Panendra, Haydar Salishz
Calificación: 7/10


Exterminio: la evolución

28 años después, conocida también con el título de Exterminio: la evolución, es una película de Danny Boyle que conjetura la tercera entrega en la saga de terror postapocalíptica compuesta por 28 días después (Boyle, 2002) y 28 semanas después (Fresnadillo, 2007), en la que se muestra a un grupo de individuos intentando sobrevivir a una sociedad británica colapsada por un virus mortífero que infecta a la gente con un estado irreversible de rabia. No sé si se trata de una de las mejores del género, pero el rato de casi dos horas que paso viéndola me induce a razonar lo necesario como para saber que, al igual que las predecesoras, es una secuela visceral y atrapante de terror de zombies, en la que Boyle suele poner a su disposición su frenético estilo para ofrecer un crudo retrato sobre supervivencia, familia y pérdida de inocencia. 


La trama se sitúa casi tres décadas después en un territorio de Gran Bretaña que ha sido aislado y puesto en cuarentena. El protagonista es, primero, Jamie, un cazador especializado que viaja junto a su hijo Spike a un lugar prohibido para cazar infectados y enseñarlo a valerse por sí mismo, poco después dejar a su moribunda esposa, Isla, en la casa ubicada en una comunidad de supervivientes en una isla segura separada del continente por una única calzada de mareas fuertemente defendida. 


En términos generales, la narrativa me parece emocionante por la manera en que, en principio, la fórmula se establece sobre la base genérica del drama familiar, la aventura postapocalíptica y el terror de zombis, donde se suele alternar su protagonismo para construir un comentario sobre la dinámica familiar en tiempos de crisis. En este sentido, me atrapa la travesía del padre fuerte que protege a su hijo de los infectados de grado Alfa (un tipo de infectado que ha evolucionado para ser más grande e inteligente que los demás) que corren endemoniados por los bosques nocturnos; el relevo protagónico de Spike cuando lleva por sí solo a su madre con la esperanza de curar su enfermedad mientras recibe la ayuda de un militar; la llegada del niño y su madre al campamento de un siniestro doctor y superviviente del brote llamado Ian Kelson. 


En cierta medida, los personajes tienen un desarrollo tridimensional que justifica sus motivaciones intrínsecas a nivel psicológico y, entre otras cosas, amplían el espectro de tensión con unas acciones que le añaden un tono imprevisible al abanico de situaciones que surge del conflicto intrafamiliar. El guión de Garland funciona porque evita los clichés y, por lo regular, se centra en la resiliencia humana y los dilemas éticos al plantear preguntas profundas sobre el sacrificio y el costo de la supervivencia, arrojando las respuestas sobre la síntesis de una familia fracturada que afecta el lado inocente de un niño obligado escapar de la mayoría de edad; agregando además ligeros subtextos sobre la infancia, la maternidad y el vínculo paternofilial. 


Los personajes se sienten reales y sus decisiones, ampliadas por la vulnerabilidad y las cicatrices de un mundo roto, poseen peso dramático por la sólida química de un reparto encabezado por Aaron Taylor-Johnson, Jodie Comer, Alfie Williams y un complejísimo Ralph Fiennes. Pero, de igual modo, me resultan eficaces por esa estética de Boyle que, con montaje rítmico y encuadre móvil, demuestra una vez más su maestría visual para mostrar con autenticidad el caos de los infectados, bajo la energía frenética que dinamiza unas secuencias de terror que evolucionan entre las atmósferas sangrientas, el miedo inesperado y las ciudades en ruinas, producto del maquillaje y los decorados de una estupenda dirección de arte. La música de Young Fathers, del mismo modo, eleva las secuencias de acción y los momentos más introspectivos con su selección ecléctica. 


Boyle, en última instancia, ha creado, con estos elementos, una secuela que respeta el legado de las películas anteriores y que supone, al menos para mí, un cierre emotivo de la primera trilogía.



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Ficha técnica
Título original: 28 Years Later
Año: 2025
Duración: 1 hr. 55 min.
País: Reino Unido
Director: Danny Boyle
Guion: Danny Boyle, Alex Garland
Música: Young Fathers
Fotografía: Anthony Dod Mantle
Reparto: Aaron Taylor-Johnson, Jodie Comer, Ralph Fiennes, Jack O'Connell, Alfie Williams
Calificación: 7/10