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Marlina, la asesina en cuatro actos

En Marlina, la asesina en cuatro actos, la directora indonesia Mouly Surya intenta combinar, a modo tarantinesco, los elementos habituales del western, el drama y el suspenso con la finalidad de presentar una historia inspirada en unos hechos reales. De entrada, reúne las condiciones idóneas para entregar algo diferente, porque, a decir verdad, Surya ofrece aquí un thriller de venganza que, con estética de neowestern y una solvente actuación de Marsha Timothy, interroga en clave feminista un retrato sobrio sobre emancipación, justicia y resiliencia femenina frente a la opresión patriarcal, sin perder de vista un extraño tono hipnótico que me recuerda, en más de una ocasión, sus destrezas visuales. 


Su argumento se ambienta en una zona rural en la isla Sumba en Indonesia y sigue, en cuatro capítulos, la odisea de Marlina, una viuda que se enfrenta a la brutalidad de un grupo de siete hombres que irrumpen en su hogar con intenciones de robar el ganado de su difunto esposo, poco antes de envenenar a cuatro de ellos con una sopa de pollo y decapitar con un machete al jefe de la banda que la viola. 


En términos generales, la narrativa me parece atrapante porque, entre otras cosas, se estructura en cuatro actos —“El robo”, “El viaje”, “La confesión” y “El nacimiento”— que añaden varias dimensiones al cuento de venganza de la antiheroína, atravesando lugares que se vuelven imprevisibles al mezclar los géneros con cierta sutileza. 


En este sentido, sigo con atención la partida de Marlina cuando escapa con la cabeza cercenada del anciano violador para reportar el crimen a la policía; la travesía de Marlina en un autobús local que comparte con una amiga embarazada que huye de un esposo celoso mientras es perseguida por los dos ladrones restantes; la huida de Marlina a caballo por las llanuras hasta llegar a un pueblito para confesar el crimen de asesinato en defensa propia frente a los policías que juegan tenis de mesa; el regreso a casa de Marlina para ayudar a su amiga durante el parto después de la decapitación del último ladrón. 


Cada segmento aporta una capa adicional al desarrollo de Marlina, que ajusta su motivación desde la reacción inicial frente al abuso hasta su búsqueda de justicia en un sistema corrupto que es indiferente a su sufrimiento; en una serie de situaciones impredecibles que avanzan a ritmo pausado entre silencios, ironías, acciones violentas y diálogos escuetos. 


Este enfoque episódico me mantiene inmerso en la evolución trágica de la protagonista, pero, además, me invita a reflexionar porque dialoga con temas sobre la injusticia, la violencia sistémica y la condición social de la mujer; entendida como la determinación silenciosa de una mujer que, como víctima de una sociedad discriminatoria, lucha por su propia autonomía frente a un aparato patriarcal arreglado por machistas que cosifican a las mujeres por tradiciones ancestrales. 


Nada de esto se sintiera orgánico, supongo, sin la interpretación de Timothy como Marlina. Su registro expresivo capta, con la mirada y los gestos mínimos de su rostro, la vulnerabilidad y la fortaleza de una mujer que navega en un mundo corrompido que constantemente la subestima. 


Lo más interesante, además, radica en las propiedades formales que Surya adopta para ampliar la psicología de Marlina a través de la iluminación natural, el sonido diegético, el fuera de campo, los colores terrosos con tonos cálidos, el primer plano, el plano simbólico, los escenarios costumbristas y, ante todo, el uso consistente del gran plano general para sintetizar la soledad y el aislamiento del personaje con un amplio control compositivo del encuadre, en medio de los paisajes desolados que captura la fotografía de Yunus Pasolang. La banda sonora de Zeke Khaseli, de igual modo, se integra adecuadamente con sus melodías de guitarras y armónicas. Todo está densamente ajustado en su poética costumbrista. Se trata, sin duda alguna, de una buena película indonesia; una que, en última instancia, habla del poder de las mujeres para reescribir sus propias historias.



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Ficha técnica
Título original: Marlina the Murderer in Four Acts (Marlina si Pembunuh dalam Empat Babak)
Año: 2017
Duración: 1 hr 33 min
País: Indonesia
Director: Mouly Surya
Guion: Rama Adi, Garin Nugroho, Mouly Surya
Música: Zeke Khaseli
Fotografía: Yunus Pasolang
Reparto: Marsha Timothy, Yoga Pratama, Egy Fedly, Dea Panendra, Haydar Salishz
Calificación: 7/10


Los depravados

Mis estudios sobre el western me han acercado con cierto interés a las imágenes de Los depravados, conocida también en algunas partes como El vengador sin piedad, una película de Henry King que constituye uno de los dos westerns que realizó con Gregory Peck, estrenado ocho años después de la magnífica El pistolero (1950). Peck alguna vez admitió que le resultó difícil entender cómo interpretar a un personaje tan odioso porque, entre otras cosas, lo veía como un instrumento político para cuestionar el macartismo que él mismo detestaba. Y esto es completamente entendible porque, a decir verdad, es un western crepuscular que se beneficia de la enorme presencia de Peck para mantener la trama inquietante sobre justicia, creencia y venganza, sin perder de vista unas panorámicas preciosísimas en CinemaScope que le añaden autenticidad a su horizonte topográfico dentro del encuadre. 


En la trama, Peck interpreta a Jim Douglass, un ranchero que llega en su caballo hasta el poblado de Río Arriba con la finalidad de presenciar el ahorcamiento de cuatro forajidos capturados por el alguacil de los que está convencido que violaron y mataron a su esposa en su propio rancho apenas seis meses antes; pero cuya travesía de venganza da un giro cuando los bandidos escapan de la cárcel con una rehén y se ve obligado a cooperar con los agentes de la ley para perseguirlos por las montañas. 


En términos generales, la narrativa se estructura siguiendo las nomenclaturas básicas del western revisionista que son establecidas, dicho se de paso, cuando el vaquero íntegro que perdió la fe busca la venganza en un territorio donde la moral parece haber desparecido y solo predomina la violencia de los más fuertes. 


Sin embargo, me resulta bastante entretenida por la manera en que los elementos del género se integran con sutileza en cada escena y, ante todo, las motivaciones de los personajes están construidas con cierta solidez a través de los diálogos del guion de Philip Yordan, a pesar de ligeros facilismos con los que se resuelve el conflicto. 


La síntesis descriptiva del relato no iconógeno me revela todo lo que necesito saber sobre las acciones de algunos de los personajes que se distribuyen entre la búsqueda de venganza del cowboy perturbado por el pasado; la sabiduría breve del sacerdote en la iglesia que recibe a los pecadores; los dilemas amorosos de la chica vestida de negro que intenta recuperar el amor perdido; la huida por los montes de los cuatro fugitivos que desconocen los motivos por el cual el cazador los persigue para matarlos. Hay tiroteos, persecuciones a caballo, conversaciones en la cantina, caminatas por el pueblo desolado. 


Las secuencias de acción avanzan a un ritmo contenido que mantiene el grado de consistencia con la figura imponente de Peck. El registro de Peck no necesita pistola cuando dispara con la mirada y los gestos estoicos de su rostro para interpretar a Jim como un hombre serio, impasible, calculador, atrapado por las dudas de un dilema ético-moral cuando solo desenfunda el revólver para matar sin misericordia a los cuatro hombres equivocados; desarrollando una química palpable al lado de Joan Collins. Los villanos estereotipados también son un poco creíbles. 


Con todos ellos, King traza una visión oscura del lejano oeste que desmitifica el idealismo tradicionalista al arrojar metáforas religiosas que interrogan el honor, la naturaleza de la creencia y el sentido de justicia desde el conservadurismo. El sello estilístico de King se preserva, de igual forma, con los valores que ilustra en la puesta en escena a través de la elipsis, el primer plano, el campo-contracampo, el uso psicológico del color, los decorados, el fuera de campo y la densidad panorámica aplicada a cada plano de los paisajes de la frontera mexicana con la lente de Leon Shamroy. El tratamiento se complementa, además, con un contagioso leitmotiv de la música de Lionel Newman. Se trata, en efecto, de un western finamente ajustado del prolífico director estadounidense.



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Ficha técnica
Título original: The Bravados
Año: 1958
Duración: 1 hr. 38 min.
País: Estados Unidos
Director: Henry King
Guion: Philip Yordan
Música: Lionel Newman
Fotografía: Leon Shamroy
Reparto: Gregory Peck, Joan Collins, Henry Silva, Lee Van Cleef, Stephen Boyd
Calificación: 7/10
Open Range

Pacto de justicia es una película de Kevin Costner con la que paso un rato gratificante de más de dos horas, supongo, por la forma en que utiliza con solvencia los elementos tradicionales del género del oeste. No tiene algo que sea fuera de serie, pero lo que veo en ella lo sitúo al mismo nivel que Danza con lobos, la ópera primera del director que fue muy popular durante los años 90. A un ritmo ajustado, es un western revisionista muy entretenido que, lejos de sus obviedades, pone sobre la mesa las cartas adecuadas en los personajes sólidos y en una tensión que se incrementa como la manecilla de un reloj antes del tiroteo final a la hora señalada. 


La trama, basada en una de las tantas novelas de Lauran Paine, se sitúa en Montana en el 1882 y narra las peripecias de Charley Waite, un vaquero veterano que es contratado por el señor Boss Spearman para conducir su ganado en el campo abierto junto a otros dos ayudantes, pero cuya travesía por las llanuras se complica después de una visita al pueblo de Harmonville, donde colisiona con un despiadado terrateniente irlandés que envía a sus hombres a tirotear su campamento por el odio que le tiene a los ganaderos que pasan por sus terrenos para alimentar al rebaño sin su permiso. 


El asunto del ajuste de cuentas se estructura siguiendo los parámetros habituales del western revisionista al mostrar al pistolero con el pasado oscuro que intenta redimirse al vengar a sus colegas muertos y retar a un duelo a muerte al villano despótico que, con sus secuaces, ejerce su autoridad sobre un pueblo tranquilo. 


De esa manera para mí no es muy difícil quedar atrapado por las situaciones que se derivan del conflicto moral y los diálogos que sostienen los personajes para solidificar sus motivaciones dentro de los marcos de los dilemas éticos; como las cabalgatas por las praderas, las discusiones en la comisaría del alguacil corrupto, los altercados en la cantina, las amenazas en los campamentos nocturnos, los servicios del valiente dueño del establo, las visitas a la casa del médico en la que el cowboy se enamora de la dama, las conversaciones sobre los planes y el impactante duelo climático en el que los protagonistas se entran a tiro limpio con los bandidos encapuchados en una especie de homenaje al mito de Wyatt Earp. 


La narración está ensamblada con un montaje rítmico que amplía la duración de las escenas para que uno logre absorber el paisaje y el núcleo de la confrontación, sin perder de vista el desarrollo de los personajes que responde a esos estereotipos usuales del western (los vaqueros honestos, los forajidos despiadados, la damisela enamoradiza, los distintos pobladores, etc.). La fórmula que emplea Costner es precisa cuando extiende las acciones de los personajes para hablar sobre la lealtad, la justicia y la venganza, a menudo con un registro que comparte similitudes directas con la inmensa Los imperdonables (Eastwood, 1992). 


Se destaca, además, por los valores estéticos que añade a la puesta en escena para mantener el tono en su lugar a través de la iluminación natural, el vestuario, las panorámicas que resaltan los paisajes montañosos y los decorados que reproducen la época con cierta autenticidad en cada una de las edificaciones del pueblo artificial que creó el equipo del diseño de producción durante algunas semanas. La música de Michael Kamen agrega un volumen empático a las tragedias de los personajes. Y las actuaciones del reparto me resultan creíbles al margen de los estereotipos del oeste, destacándose primero el propio Costner como el vaquero noble que busca venganza mientras ordena los pensamientos de culpa que lo atormentan desde los días en que era un soldado en la Guerra Civil; también Robert Duvall como el experimentado ganadero con el rifle Winchester y Annette Bening como el interés romántico del protagonista. Con todos ellos siento algo placentero de lo que no puedo quejarme. Es un buen western de Costner.



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Ficha técnica
Título original: Open Range
Año: 2003
Duración: 2 hr. 18 min.
País: Estados Unidos
Director: Kevin Costner
Guion: Craig Storper
Música: Michael Kamen
Fotografía: James M. Muro
Reparto: Kevin Costner, Robert Duvall, Annette Bening, Michael Gambon, Diego Luna, Michael Jeter
Calificación: 7/10

En su primer western, Scorsese interroga la decadencia de una nación blanca consumida por la codicia, el asesinato y el oro negro.



Los asesinos de la luna



Los asesinos de la luna es una película que Martin Scorsese empezó a desarrollar, supongo, desde que leyó el libro Killers of the Flower Moon: The Osage Murders and the Birth of the FBI, escrito por el periodista estadounidense David Grann y publicado en el año 2017. El libro de no ficción de Grann, examina como detective a la nación indígena de los Osage, cuyos miembros, a principios del siglo XX, se convirtieron en las personas más ricas del mundo y, a partir de entonces, muchos de ellos desaparecieron y fueron asesinados en circunstancias misteriosas que activaron las alarmas del FBI, en una de las primeras investigaciones serias de la agencia fundada por J. Edgar Hoover. "La nación Osage, igual que muchos otros pueblos indígenas de Estados Unidos, fueron expulsados de su tierra hacia el noreste de Oklahoma", dijo Grann para la BBC. "Se pensaba que esa tierra no tenía ningún valor. Era rocosa e infértil. Pero entonces bajo su reserva descubrieron unos de los depósitos de petróleo más grandes del país". En el cine este exterminio, propiamente dicho, ya se había tratado minúsculamente en algunas de las escenas de El FBI en acción (LeRoy, 1959), con una vista estereotipada que humilla la dignidad de los indígenas (como era habitual en aquellos años). Pero se puede decir que, con esta, Scorsese es el primer cineasta en tocar esa página oscura de la historia norteamericana porque, entre otras cosas, retrata por primera vez y desde otra óptica el complejo caso de los Osage, con un tratamiento cinematográfico que busca revisar los capítulos olvidados para hacerle justicia a esa tribu nativo americana.


Antes de asistir al estreno escuché a muchos quejándose en las redes sociales por la extensa duración, a lo que Scorsese respondió de manera reticente diciendo: "La gente dice que son tres horas, pero venga ya, puedes sentarte enfrente de la televisión y ver algo durante cinco horas. Lo respetas. Respeta el cine.” Y quizá tengan un poco de razón, sobre todo porque tras haberla visto durante tres horas y media me asalta por momentos la sensación de que pierde un poco de ritmo al extender la ola de crímenes más allá de lo necesario (pasada las dos horas ya se sabe quiénes son las víctimas y deduzco con facilidad el destino final de los rateros en manos de los federales). El resultado, a mi parecer, hubiese sido el mismo si tuviera solo dos horas y media de metraje. Pero es, desde luego, un western revisionista bastante sólido, en el que Scorsese, con toda su pericia estética, narra el episodio vergonzoso de una nación y señala a los culpables blancos para desmitificar moralmente un sueño americano manchado de avaricia, homicidios y petróleo ensangrentado. Su núcleo, en síntesis, ofrece un híbrido entre el western, el cine policial y el drama judicial que toma prestado su marco de referencia de La heredera (Wyler, 1949), Gigante (Stevens, 1956), la excelente Petróleo sangriento (Anderson, 2007) y la inane La puerta del cielo (Cimino, 1980).




Leonardo DiCaprio y Lily Gladstone. Fotograma de Paramount Pictures.



El argumento lo firma Eric Roth y sitúa la acción a principios del siglo XX en la Nación Osage en Oklahoma, en un prólogo que narra, a través de intertítulos en blanco y negro, el ascenso de los Osage como las personas más adineradas del planeta, tras descubrir varios yacimientos de petróleo en sus dominios que atrajo de inmediato a una gran cantidad de sujetos blancos que se mudan allí con segundas intenciones lejos de la supuesta servidumbre (era la primera vez que indios tenían sirvientes blancos). El protagonista es Ernest Burkhart (Leonardo DiCaprio), un hombre caucásico que llega al condado en 1920 para ser la mano derecha de su tío William “King” Hale (Robert De Niro), un terrateniente muy poderoso que controla toda la comunidad mientras finge ser una persona afable y honesta que se preocupa por los demás. En seguida, el señor Hale, al que apodan como “rey”, pone en marcha su plan que consiste, valga la redundancia, en utilizar a Ernest y a un selecto grupo de basura blanca para ejecutar un genocidio calculado sobre varios integrantes notables de los Osage y robar de ellos el dinero de los suelos petrolíferos, con métodos diseñados para suplantar evidencia y sobornar a las autoridades del pueblo para que nadie sepa nada, en un incidente nefasto de encubrimiento. El negocio también incluye la manipulación por medio de matrimonios arreglados entre hombres blancos y mujeres indígenas de los Osage para obtener dinero de la herencia de las fallecidas a través del headright (derecho de cabeza), un derecho especial de propiedad que se otorga solo a la jerarquía de las familias de los Osage que poseen las tierras con petróleo (que es cedido por la rama femenina si alguien fallece, incluyendo a cónyuges). Ernest, que entra en esa categoría tras su oficio como chofer, se casa con su matrona, Mollie (Lily Gladstone), la esposa nativa americana que comienza a sospechar que sus parientes están siendo asesinados por entidades desconocidas.




Lily Gladstone junto a Janae Collins, Cara Jade Myers y Jillian Dion

 

En términos generales, Scorsese vuelve a mostrar a personajes del bajo mundo sin ninguna brújula moral, pero ahora esboza el asunto desde la refracción de una pandilla de sureños soeces y despreciables que venden su alma al diablo por un puñado de dólares. Con ellos, presenta la violencia realista, cruda, sin filtros. Son unos asesinos a sangre fría, sociópatas de doble cara, forajidos de cuello rojo despojados de cualquier rastro de humanidad, consumidos por los diablos de la codicia ciega y los inicios del capitalismo salvaje. Esto es especialmente cierto cuando, en una primera mitad, muestra a Ernest como un hombre que ejerce la tarea de un tonto útil y, a la vez, fácilmente manipulable que ejecuta al pie de la letra las tareas que le asigna su tío Hale cuando se reúnen en secreto con los delincuentes que contratan como asesinos a sueldo, donde la base de la conspiración es la del oportunismo basado en la falsa confianza que condiciona a los Osage a confiar en ellos mientras secretamente participan médicos que ayudan a envenenar a pacientes, matones que asesinan de un tiro en la cabeza sin ningún tipo de remordimiento (silencian incluso a los detectives privados que se entrometen), periodistas que omiten las noticias de los crímenes con encabezados fabricados, alguaciles que son cómplices de homicidio y no ocultan la indiferencia hacia los indígenas asesinados (ni siquiera investigan los crímenes porque reciben sobornos). Pero Ernest realiza toda su labor desde la faceta privilegiada que disfruta como esposo servicial, enamorado de sus intereses, mientras se hace la vista gorda cuando Mollie llora la muerte de su madre y la intoxicación de una de sus hermanas.


En la segunda mitad, Scorsese prosigue con la rutina del asesinato de los Osage, distribuyendo la balanza del protagonismo entre las maquinaciones de un Ernest influenciado por el tío diabólico y las sospechas indirectas que se desarrollan partiendo del dolor intrínseco de Mollie. Pero coloca sutilmente dos golpes de efecto que son fundamentales para iniciar la típica hecatombe de sus personajes malvados. El primero, mostrado con unos cuantos flashbacks, es el asesinato brutal de un disparo en la cabeza sobre la temperamental hermana de Mollie (cuyo cadáver queda irreconocible frente a los pobladores), luego de que Hale enviara a sus hombres para liquidarla por encargo. El segundo ocurre en la escena de una explosión devastadora de una casa que sacude el vecindario y acaba con la vida de la última hermana de Mollie (junto al marido de esta y una sirvienta blanca). Estos sucesos, sumados a la iniciativa de Mollie de visitar a Washington para pedir ayuda al presidente Coolidge, y a las peripecias cotidianas en las que Ernest suministra inyecciones de insulina y otras sustancias para matar a Mollie, somete a los antagonistas a una desesperación prolongada que los obliga a limpiar los cabos sueltos para no ser capturados por unos agentes enviados por el Buró de Investigación, una rama independiente del Departamento de Justicia creada para solventar crímenes complejos y donde entra en escena Tom White (Jesse Plemons).



Robert De Niro y Leonardo DiCaprio. Fotograma de Paramount Pictures.



Originalmente el protagonista de esta historia iba a ser el agente Tom White, un hombre blanco que arriba en la Nación Osage para resolver el sumario de los delitos sobre indígenas. El papel estaba destinado a DiCaprio y era una parte integral para adaptar fielmente el libro homónimo de Grann, que cuenta todo desde la página investigativa de los agentes novicios del recién formado FBI. Esta era la versión del primer borrador del guion de Roth y la que tenía el respaldo de Scorsese. Pero DiCaprio, que en su faceta de ecologista defiende a muerte los derechos de los nativoamericanos, solicitó una revisión del guion dos años después de finalizar la escritura. Entonces Scorsese y Roth trabajaron otra vez en el guion y cambiaron toda la estructura. En el nuevo guion, Tom White dejó de ser el protagonista y la intervención del FBI se redujo a una subtrama que funciona como conclusión. La acción central de la narrativa arranca desde el matrimonio de Ernest con Mollie Burkhart, y toda la envoltura se disuelve en el complot arreglado por Hale. Los ejecutivos de Paramount, que preferían la ecuación policial y no estaban a gusto con el presupuesto inflado, dijeron a quemarropa que no respaldarían esa redacción del guion porque no tenía viabilidad comercial al proyectar solo a los pérfidos. Esta es, en pocas palabras, la transcripción final que se ve en esta película.


La decisión de Scorsese de contar la historia desde la perspectiva de los antagonistas, en un principio, tiene cierta liquidez porque interroga la moralidad del Viejo Oeste y dignifica la imagen de los nativos americanos que durante el cine clásico de Hollywood fue ridiculizada como una caricatura. En muchos westerns los indios americanos eran siempre retratados como estereotipos racistas de gente con la cara pintada, hacha en mano y gritando en montañas para ejecutar vaqueros blancos. En las cintas de John Ford era casi una fórmula sagrada. Pero aquí los indios son los buenos y los blancos son los malos de la película. No hay términos medios. Su discurso, que a veces adquiere paralelismos con la colonización de Estados Unidos que arrasó con territorios indígenas en el siglo XIX, tiene un matiz posrevisinionista porque se traslada a un período posterior a la conquista del oeste secuestrada por el descubrimiento del petróleo en los orígenes del capitalismo, con la finalidad, pienso, no solo de esquematizar un comentario antropológico sobre las costumbres ancestrales de los Osage y la amplia transculturación adoptada por los matrimonios birraciales entre católicos e indígenas, sino, además, sintetizar una metáfora de las injusticias perpetradas contra unos indígenas pobres que accidentalmente se enriquecieron al encontrar líquido negro en los terrenos que ocupaban y provocaron la envidia de todos los rufianes blancos de la zona que vigilaban como buitres mientras aparentaban devoción para acercarse, entendido también como el atropello planificado por unos supremacistas blancos que ven la violencia étnica como la única alternativa para arrebatar la riqueza a unos indígenas que, dentro de los manifiestos de superioridad racial del Ku Klux Klan, ven como seres inferiores que no merece ninguna clase de prosperidad. Su material denuncia, en efecto, que la frontera de la libertad se fundó por ladrones, xenófobos y asesinos codiciosos blindados por el gobierno federal que ejercían la coacción como un instrumento para enriquecerse ilegalmente.



Lily Gladstone y Leonardo DiCaprio

 

El problema de esta postura, que de seguro va a enamorar a los mormones progre de la izquierda, es que Scorsese calcula una inclinación extremadamente moral que radicaliza sus concepciones éticas y, cáusticamente, reduce a los personajes a figuras maniqueas que durante un tercio de la narración no tienen claroscuros y no me provocan el grado de emoción que extraigo de otras películas de Scorsese, quedando muchas veces en un horizonte trasparente que repite con inercia el polinomio de conversaciones, asesinatos y conspiraciones siniestras. No hay mucha variación o sorpresa. Tampoco encuentro una complejidad que sustente las motivaciones de los personajes. Los malos son los blancos sórdidos y homicidas. Y los buenos, por el contrario, son los indios pacíficos y santificados que encajan en el cuadro de mártires. Todo está muy delineado y no se escudriña mucho más allá de la capa obvia de apariencias que se relata en la superficie con cierto didactismo.



Por lo menos, la cuestión me mantiene adherido a la butaca durante tres horas y media con las actuaciones que ofrecen DiCaprio, De Niro y Gladstone. DiCaprio, en su sexta colaboración con Scorsese, ejecuta su enorme registro expresivo para interpretar, con la mirada y los gestos de su cara, a un hombre repugnante, indecoroso, apático, sin modales ni educación, que detrás de la sonrisa demoníaca guarda el pasado de veterano de la Primera Guerra Mundial, acostumbrado a la sordidez que se halla en las tabernas donde juega al póquer con los demás bandidos para expresar su ambición por el dinero fácil, envuelto en el codicioso complot de su tío para saquear la riqueza de la Nación Osage, con un aspecto descuidado y dientes sucios que reflejan a plenitud los rasgos de una persona maltratada que no mide las consecuencias de sus acciones; pero cuya torpeza enamora a la rica mujer Osage con la que se casa y a la que luego intenta envenenar (sin saberlo) inyectándole drogas que la debilitan para evitar sospechas. Tiene cierta ambigüedad moral. Su interpretación como Ernest Burkhart es bastante creíble porque transmite una extraña mezcla entre la repulsión, la discordia y la desvergüenza que pone en duda el sentimiento ambiguo de amor que profesa a Mollie, aunque al fin de cuentas, en el tercer acto, se ve afectado por la culpa al ser testigo de la magnitud de los asesinatos (sospecha que Hale piensa matarlo a él también junto a toda su familia). Habla incluso con el acento sureño y en lengua Osage. El único punto débil que veo de su actuación es que a veces me da la impresión de que tiene diálogos olvidables y es un personaje de una dimensión que nunca amplía el espectro psicológico de su sociopatía.


De Niro, por otro lado, interpreta a Will Hale como un jefe hipócrita, amoral, perverso, retorcido, racista, cínico, extasiado por la avidez y la impunidad, del que solo dios sabe cuántas diabluras ha cometido para enriquecerse, que desde su lúgubre oficina de masón mueve como un ventrílocuo los hilos de la política local del pueblito de Osage en Oklahoma para destruir, con fraude y parricidio, a las vidas humanas que marca con su caterva organizada de sicarios contratados, mientras saluda al prójimo nativo americano con una bondad tan falsificada como un billete de un dólar. Es un anciano dispuesto a traicionar hasta su sombra. De alguna manera, su actuación me impresiona porque interpreta de nuevo a un hombre virulento que solo confía en sí mismo, pero cuya posición de poder, ejercida solo con coloquios y secretismo, acaba en su caída cuando lo traspasa hasta límites inhumanos.



Leonardo DiCaprio y Robert De Niro



Siempre es disfrutable observar la complicidad entre DiCaprio y De Niro cuando comparten escenas en esta cinta de Scorsese, pero el corazón de toda la película pertenece a Gladstone. Ella entrega la mejor actuación de su corta carrera como actriz al interpretar a Mollie como una mujer honrada, reservada, inteligente, que comunica afecto y cercanía solo con la mirada y la voz sosegada, guiada siempre por esa intuición femenina que despierta su pánico moral cuando sufre en carne propia la pérdida de sus seres queridos en manos de los responsables que desean hurtar su propiedad, pero cuya lealtad hacia su esposo engañoso conserva su estado de firmeza porque ve en él a alguien inseguro y posiblemente noble que, por su condición de pobreza, dejó poseer su alma por los demonios del vicio (ella se niega a creer que él fuera capaz de traicionarla hasta la revelación del clímax). Tiene temple natural y una fuerza muy orgánica. Hay serenidad en su rostro. Su pelo negro, los ojos bien abiertos, el idioma Osage y la expresividad delicada, evoca un sentido de compasión que, en varias escenas, toca las tres dimensiones y se eleva con mayor ímpetu cuando agoniza en la cama como consecuencia de síntomas de envenenamiento. De cierto modo, ella es como una heroína porque es la que toma la iniciativa de pedir ayuda al presidente (se entiende que ella es el catalizador de que Hoover envíe a sus subordinados para investigar la ola de crimen). No la había visto tan bien desde Ciertas mujeres (Reichardt, 2016).


Con el pedigrí de esos tres actores, Scorsese se refugia por primera vez en el western histórico para reconstruir con lupa una tragedia americana que parecía estar enterrada en el desierto, pero lo que más me sorprende son las cualidades estéticas que utiliza para acomodar su visión desde la puesta en escena. No se trata de algo fuera de serie o que no haya comprobado antes en su filmografía con mejores notas, pero lo que veo, desde luego, ostenta un valor incuestionable. De entrada, define transiciones con intertítulos y recopila imágenes en blanco y negro de textura de cine mudo para puntualizar exactitudes históricas con un estrato de documental que describe la bonanza de los Osage y también hechos escabrosos como la masacre racial de Tulsa. Su lienzo es robustecido, además, con un diseño de producción que reproduce la época de los años 20 con autenticidad a través del vestuario y de unos decorados enormes que rellenan el poblado de gente, caballo, coches, trenes y viviendas de madera al mejor estilo arquitectónico del viejo oeste. A veces, como es usual, usa el sonido diegético o los ruidos como enlace de continuidad para encadenar secuencias a modo de raccord. La amplitud visual logra su permanencia con un trabajo de fotografía de Rodrigo Prieto que es muy consistente con las obsesiones estilísticas suyas que, particularmente, siempre dinamizan la acciones de los personajes que ocupan el encuadre por medio del encuadre móvil de una cámara en constante movimiento, distintos puntos de iluminación que vigorizan las inquietudes recónditas, el fuera de campo, la cámara lenta, el uso del color como semblante psicológico (específicamente el típico color rojo), las panorámicas que magnifican el paisaje de las praderas de Oklahoma. Sus planos adquieren también una función antropológica que adopta el atrezo para acentuar la cultura, los ornamentos y las tradiciones milenarias de la reserva Osage. En esa vertiente, emplea la música de Robbie Robertson (en su última banda sonora antes de fallecer) con una fidelidad que duplica canciones de los nativos americanos y música folclórica como el blues, aunque con una escasa valía percutiva que no toca mis oídos.



Leonardo DiCaprio y Lily Gladstone

 

Al margen de esos elementos estéticos, yo veo simplemente esta película como otra épica en la que Scorsese remueve los temas recurrentes como el amor, la [des]confianza y la traición, pero explorado desde el vínculo doméstico de una pareja interracial que es el epicentro de complicidad de una sociedad de malhechores caucásicos que roban y matan brutalmente a los nativos americanos para manifestar su odio. Está ensamblada con un montaje crepuscular de Thelma Schoonmaker que a veces debilita la cohesión interna en su avance kilométrico por escenas lineales sin giros ni curvas, pero que siempre recupera su ritmo de aceleración. Y concretamente me toca fuerte en tres secuencias: la explosión de la casa vecina que mata a la hermana de Mollie, toda la investigación de los federales que culmina en el intrigante proceso judicial que sentencia a los criminales y el epílogo situado en el programa radiofónico de The Lucky Strike Hour en el que el propio Scorsese habla sobre el destino final de los personajes. No creo que sea de sus mejores, pero sí que es muy buena subvirtiendo los mitos de un oeste que perdió sus valores. Creo que hubiera sido una obra maestra si Scorsese siguiera la intención de traducir todo el libro de Grann como un misterio detectivesco. Pero, tristemente, esa es otra historia.



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Ficha técnica
Título original: Killers of the Flower Moon
Año: 2023
Duración: 3 hr. 30 min.
País: Estados Unidos
Director: Martin Scorsese
Guion: Eric Roth, Martin Scorsese
Música: Robbie Robertson
Fotografía: Rodrigo Prieto
Reparto: Leonardo DiCaprio, Robert De Niro, Lily Gladstone, Jesse Plemons
Calificación: 7/10

Tráiler de Los asesinos de la Luna



Two Mules for Sister Sara

Dos mulas para la hermana Sara es un western de Siegel que se rodó en México durante solo 65 días con muchos percances y supuso la segunda de las cinco colaboraciones de Eastwood a las órdenes del director. Habiendo consumido sus imágenes ahora, tras más de 50 años de su estreno, no sé si se trate de algo fuera de serie dentro del género, pero por alguna extraña razón en las casi dos horas que dura paso un rato placentero y no deja parecerme un western entretenido, de sólida factura de Siegel, cuyo viaje siempre cabalga por territorios seguros con la química espléndida entre Clint Eastwood y Shirley MacLaine. 


Los papeles de ambos me recuerdan a Robert Mitchum y a Deborah Kerr en la amena Solo dios lo sabe (se dice que en un principio Boetticher escribió el guion para que ellos dos la protagonizaran, pero Siegel desaprobó la idea), aunque ahora la acción se sitúa en pleno apogeo de la Revolución mexicana. Y durante ese periodo cuenta la historia de Hogan, un mercenario con un pasado oscuro asociado a la Guerra Civil que, en medio del páramo mexicano, mata a unos bandidos para rescatar a una mujer vestida de monja que se hace llamar la hermana Sara, con la que forma un vínculo muy cercano a medida que transitan a caballo y burro por los pueblos afectos por la guerra para ayudar a los revolucionarios mexicanos que luchan contra los militares de la ocupación francesas. 


La narrativa del vaquero con nombre y de la monja profana pone de manifiesto un puñado de situaciones que son ligeramente previsibles cuando Siegel toma prestado ciertos elementos del spaguetti western de carácter revisionista para reflejar, con su poética de la violencia, la lucha de los campesinos revolucionarios al servicio de los juaristas que, como mexicanos, buscan independizarse del dominio aristocrático francés, casi en la misma vena que en Vera Cruz (Aldrich, 1954). 


Pero el registro de acción nunca pierde el tono y el ritmo ágil para narrar lo que sucede con consistencia, particularmente en conflictos que me toman por sorpresa, como el ataque de los indios en el que Hogan es herido por una flecha y Sara atiende sus heridas para simbolizar el flechazo amoroso de ambos; la dinamita que Hogan le pasa a Sara para detonarla en el puente por el que pasa un tren de municiones francés; las escenas de intimidad en la que Hogan coquetea y la monja bebe whisky para disimular sus intenciones; la climática emboscada nocturna de Hogan y la tropa de revolucionarios juaristas a un fuerte custodiado por oficiales franceses en el que se desata un infierno de balas y explosiones. 


Incluso en las partes más facilonas, el rol de Eastwood me resulta creíble porque evoca de nuevo la personalidad de ese pistolero duro, cínico, solitario, moralmente ambiguo, de pocas palabras que, como cazarrecompensas, recurre a la astucia para matar a los enemigos con su cigarro, el revólver y un par de one-liners. La de MacLaine, por igual, es bastante agradable como esa monja extravagante, decidida, que debajo del hábito esconde las heridas de la prostitución. 


En su conjunto, es un western bastante elegante, que eleva su devoción con las panorámicas del oeste de la lente de Gabriel Figueroa y, sobre todo, con esa música de Ennio Morricone que seduce mis oídos con su leitmotiv melodioso compuesto de silbidos y flautas.



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Ficha técnica
Título original: Two Mules for Sister Sara
Año: 1970
Duración: 1 hr. 56 min.
País: Estados Unidos
Director: Don Siegel
Guión: Albert Maltz
Música: Ennio Morricone
Fotografía: Gabriel Figueroa
Reparto: Clint Eastwood, Shirley MacLaine, Manolo Fábregas
Calificación: 7/10

Cielo amarillo

Paso un rato entretenido viendo las imágenes de Cielo amarillo, un western de William Wellman que adapta, con guion de Lamar Trotti, la novela de W. R. Burnett, que a la vez toma prestados elementos de la obra La tempestad, de Shakespeare. Tiene minúsculos instantes predecibles, pero eso no afecta, a mi juicio, una trama bastante intrigante que galopa fuertemente con la destreza de Wellman por los terrenos de la traición, las pasiones y la codicia que destruye a los hombres del oeste. La coloco un peldaño por debajo de El incidente en Ox-Bow, ese western revisionista inolvidable que interroga la moralidad de una tierra inhóspita; pero, desde luego, la disfruto por igual. 


El argumento se sitúa en 1867, en un contexto posterior a la fiebre del oro, donde una banda de forajidos liderada por el vaquero James "Stretch" Dawson roba un banco y, tras ser perseguidos por soldados, atraviesan a caballo un desierto de sal en el Valle de la Muerte y casi mueren por fatiga y deshidratación. Una parte sustantiva del conflicto se desentraña cerca de un pueblo fantasma, en el que Stretch y sus hombres acorralan a una mujer valiente que vive con su abuelo en una casa porque sospechan que esconden oro descubierto en una mina abandonada cerca de la montaña. 


El hilo conductor no solo le sirve a Wellman para examinar el dilema moral de un forajido obligado a ser ladrón por las heridas del pasado, sino, además, la manera en que la codicia corrompe la ética de las dinámicas grupales. El metal preciado destroza el aparato de confianza de los bandidos hasta que no queda otra cosa que la desconfianza, la alevosía y la crisis interna de liderazgo, producida, hasta cierto punto, porque todos buscan enriquecerse ilícitamente para escapar de la miseria, aunque el héroe lentamente regresa a un estado moralmente reformado por el amor que lo seduce desde los rincones de la mujer brava que se hace la difícil. 


Hay una buena actuación de Gregory Peck como el vaquero honesto que se redime usando su pistola en nombre de lo que es correcto. También roles secundarios notables, primero, de Anne Baxter como la mujer indomable que con su rifle espanta al más malvado de los hombres, y, segundo, Richard Widmark como el despiadado bandido que no confía en nadie y está completamente cegado por la ambición. Toda la pandilla de salvajes es encuadrada por Wellman con un pulso rítmico que desarrolla a los personajes con diálogos no iconógenos y mantiene el sentido de acción a través de los tiroteos que se desenvuelven en las praderas desérticas, las minas de oro y los pueblos desolados. 


Por su puesta en escena abundan panorámicas en blanco y negro que satisfacen mis retinas, logrando un balance entre la tranquilidad y el lado hostil de un territorio donde acechan los peligros apaches. La secuencia del climático tiroteo en la oscuridad del salón, en el que la elipsis sonora construye las acciones ubicadas fuera de campo, es una cosa magnífica. La tensión no se agota hasta ese final feliz, en el que el vaquero alcanza la redención y se queda con la chica.



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Ficha técnica
Título original: Yellow Sky
Año: 1948
Duración: 1 hr 38 min
País: Estados Unidos
Director: William A. Wellman
Guion: Lamar Trotti
Música: Alfred Newman
Fotografía: Joseph MacDonald
Reparto: Gregory Peck, Anne Baxter, Richard Widmark, Robert Arthur, John Russell,
Calificación: 7/10

Las furias

Las furias es un western que encuentro interesante dentro del catálogo de ese profesional en el género llamado Anthony Mann. Mann la ejecuta con una rica economía narrativa para narrar a fuego lento una historia de crisis financieras, heridas paternales y conflictos territoriales, con dos actuaciones de peso de Barbara Stanwyck y Walter Huston. Está basada en la novela homónima de Niven Busch y se ambienta en Nuevo México durante el siglo XIX, donde narra un fragmento en la vida de T. C. Jeffords, un terrateniente megalómano, viudo y arrogante que regenta una amplia extensión de tierra desde su rancho conocido como "Las furias" y que, ocasionalmente, discute sobre los asuntos financieros de la familia con su hija Vance, la heredera ambiciosa y despiadada que lo ayuda a mantener las cosas en orden. 


La trama me parece interesante porque, en efecto, se aleja de los mecanismos habituales del género cuando el padre ambicioso con sombrero de vaquero aplica la mano dura para expulsar a una familia de mexicanos [los Herrera] y, a la vez, la hija trata de negociar por su lado con los banqueros que tienen en la mira desplazarlos por no pagar las hipotecas correspondientes. 


Como western, se distancia de los tiroteos y las persecuciones en diligencias, para dialogar más bien con los problemas financieros de los ganaderos hacendados traducidos en términos capitalistas sobre derechos de propiedad y, sobre todo, del vínculo paternofilial de carácter psicoanalítico freudiano en el que la hija predispuesta toma con determinación las decisiones más razonables para rescatar a su padre de la ruina económica y de las garras de una señora trepadora prometida de este a la que desfigura en un ataque de ira antes de su partida para mitigar la decepción, mientras negocia y se enamora de un banquero que le guarda rencor a su padre porque cree que una parte de la tierra es legítimamente suya. 


Destaco, por encima de todo, la interpretación de Stanwyck cuando nuevamente encarna con mucha credibilidad a una mujer imponente, astuta, malvada y de carácter fuerte que doma a los hombres con su encanto para salvar las propiedades del patriarca de su familia con sus habilidades para el comercio. También Huston como el anciano tiránico, porfiado y temperamental que se niega a entregar lo que es suyo, en lo que sería su última actuación antes de fallecer a los 67 años. 


Mann los captura con acertados componentes visuales que tiñen de blanco y negro panorámicas bellísimas por las praderas crepusculares, planos que revelan inquietudes inmediatas con el espacio, así como una solvente banda sonora de Franz Waxman, y, sobre todo, la típica poética del viaje donde el personaje principal viaja para sanar las heridas con un poco de redención. Su western está dotado de artesanía, drama denso, acciones inesperadas y pasajes trágicos, a la altura de Curva del río, El hombre de Laramie y El hombre del oeste



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Ficha técnica
Título original: The Furies
Año: 1950
Duración: 1 hr 49 min
País: Estados Unidos
Director: Anthony Mann
Guion: Charles Schnee
Música: Franz Waxman
Fotografía: Victor Milner
Reparto: Barbara Stanwyck, Wendell Corey, Walter Huston,
Calificación: 7/10

Vera Cruz

Tenía unos cuantos meses sin ver un western tan entretenido como Vera Cruz, de Robert Aldrich. Aldrich lo dirige con la solidez de un revólver y un toque de ironía que se enciende como la dinamita con la presencia explosiva de Gary Cooper y Burt Lancaster con el fin de ilustrar, en cierta medida, el mito del vaquero honrado atrapado por la amoralidad, la traición y la lucha de clases. 


En la trama, Cooper y Lancaster interpretan a dos vaqueros en el espectro opuesto de la ley que, en medio de la rebelión mexicana de 1866, son contratados por la guardia del emperador Maximiliano para escoltar a una condesa que lleva consigo un cargamento de oro con destino a Veracruz. Uno es un cowboy serio, honesto, solitario, que intenta escapar a su pasado como coronel sureño de la Guerra Civil. El otro es el líder desconfiado, codicioso y rudo de una banda de forajidos que busca el beneficio personal. 


Aunque sus acciones responden a los estereotipos habituales del oeste, el conflicto se desarrolla, a mi parecer, de una manera trepidante cuando en medio de la misión ellos desenfundan sus pistolas para custodiar la carrosa de unos revolucionarios juaristas que se oponen al régimen y de paso se ven atraídos por dos damas exóticas de distintas procedencias sociales. Además de ellos, hay un rol secundario pintoresco de Sara Montiel como la bella carterista. 


La aventura preserva un ritmo placentero durante la hora y media en que los cazarrecompensas montan a caballo por las praderas, pelean en las cantinas, disparan a los rebeldes, cambian de bando, traicionan a otros para enriquecerse. El fondo de la rebelión mexicana, le sirve a Aldrich para presentar un viejo oeste desvalorizado y violento, donde las dos caras del vaquero norteamericano son revisadas, mostrándolos como unas figuras cínicas que, por causa de las tragedias personales, han perdido la moralidad y no le importa ensuciarse las manos de sangre a la hora de ofrecer sus servicios como mercenarios a cualquier bando. 


Los diálogos poseen una ironía contagiosa. Las secuencias de acción me parecen ejecutadas con un montaje solvente. Y es bastante acertada la forma en la que Aldrich, asistido por la lente de Laszlo, captura con el encuadre móvil ciertas acciones de los personajes, incluyendo las ricas panorámicas que magnifican el paisaje de la época. Es un western cuyo tono violento, así como algunos momentos de humor y de acción, pocas veces pierde el sentido de asombro.



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Ficha técnica
Título original: Vera Cruz
Año: 1954
Duración: 1 hr 33 min
País: Estados Unidos
Director: Robert Aldrich
Guion: Roland Kibbee, James R. Webb
Música: Hugo Friedhofer
Fotografía: Ernest Laszlo
Reparto: Gary Cooper, Burt Lancaster, Denise Darcel, Sara Montiel, Cesar Romero, Ernest Borgnine, Charles Bronson,
Calificación: 7/10
Wichita

De las historias del viejo oeste norteamericano siempre me ha causado cierta fascinación la leyenda de Wyatt Earp y el famoso tiroteo en el corral O.K., hasta el punto en que he disfrutado westerns clásicos que representan el conflicto como Pasión de los fuertes y Duelos de titanes. A la lista también añado Wichita, ciudad infernal, un western en Technicolor simple y entretenido que, a través de ricas panorámicas capturadas en CinemaScope, revisa el mito de Wyatt Earp con un buen rol de Joel McCrea. Es uno de los tres westerns que protagonizó McCrea a las órdenes de ese buen artesano de Hollywood llamado Jacques Tourneur. 


La historia se ambienta en Kansas, específicamente en el pueblo de Wichita, donde se presenta la figura de Wyatt Earp, un antiguo cazador de búfalos y hombre de aventuras al servicio del deber y de los valores éticos, que consigue un trabajo como alguacil tras ahuyentar a unos forajidos a los que previamente había confrontado en las praderas de las periferias. 


Las situaciones de la trama se desarrollan de una manera acomodaticia y ligeramente predecible, pero me resultan placenteras por la forma en que las acciones del protagonista responden al estereotipo usual del vaquero honesto y muy serio que utiliza su revólver para sembrar la ley y el orden en un pueblo acostumbrado al caos. 


Me alegra ver al protagonista desarmando a los tipos malos, montando a caballo por las llanuras polvorientas, cambiando las botas y el sombrero, enamorándose de la bella Vera Miles, discutiendo a puertas cerradas con los hombres poderosos que amenazan con destituirlo por las medidas que toma como sheriff, intercambiando disparos con los desalmados que buscan vengarse provocando un desorden seguro. 


Tourneur edifica las acciones en una puesta en escena que aprovecha muy bien el gran plano general en CinemaScope para ilustrar los paisajes hermosos del viejo oeste y el retrato pintoresco de la gente de la época, encuadrando todo con especial atención a los detalles auténticos de los decorados, y recurriendo a una acertada banda sonora para ampliar el espectro de peligro en los enfrentamientos más tensos. Sus secuencias de tiroteos son bastante solventes. 


Quizá lo más interesante es la interpretación sencilla de McCrea cuando emplea su expresividad y su estoicismo para añadirle cierta autenticidad a ese vaquero moralmente obligado a corregir los males de un condado, mostrando, en cierta medida, que verdaderamente tenía una presencia imponente para interpretar a hombres del oeste.



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Ficha técnica
Título original: Wichita
Año: 1955
Duración: 1 hr 21 min
País: Estados Unidos
Director: Jacques Tourneur
Guion: Daniel B. Ullman
Música: Hans J. Salter
Fotografía: Harold Lipstein
Reparto: Joel McCrea, Vera Miles, Lloyd Bridges, Wallace Ford, Edgar Buchanan,
Calificación: 7/10
First Cow

Hay una simplicidad que hace de First Cow, de Kelly Reichardt, una película muy emotiva sobre la miseria que engendran las contradicciones morales de la frontera norteamericana. Por lo que veo, Reichardt recurre nuevamente al naturalismo más poético y a una estética minimalista para contar un relato, conjuntando el drama y el western de una manera sutil, austera, parsimoniosa. 


Su narrativa, construida con un largo racconto, se ambienta en el siglo XIX en el viejo Oeste de Oregón y retrata la vida de Cookie, un cocinero contratado por unos cazadores de pieles que andan en una expedición en busca de riquezas, y, de King-Lu, un inmigrante chino que huye de unos hombres que lo persiguen. 


Con un ritmo que fluye como el caudal de un río en la mañana, se toma su tiempo para narrar los destinos de esos individuos solitarios que poco a poco se convierten en prisioneros de la desesperanza, el hambre y la condición humana que los obliga a robar para subsistir en el bosque, aunque una fuerte amistad los mantiene unidos ante la adversidad, sobre todo con el detonante que muestra la simbiosis que desarrollan con la vaca de un terrateniente, a la cual ordeñan por las noches para robar su leche y hornear galletas con el fin de venderlas en el pueblo. 


Reichardt no solo encuadra la desilusión y la dura situación que ellos atraviesan para sobrevivir, sino, además, la estrecha relación del hombre con la madre naturaleza, representada por esa vaca fértil que les provee abundancia y regocijo efímero y que simboliza, pasiva y subterráneamente, la fuerza generatriz del entorno natural; tópicos con los que ha dialogado a lo largo de su filmografía. Su final es conmovedor cuando enuncia, por medio del fundido a negro, el entierro de la generosidad en un terreno hostil en el que reinan los intereses, la xenofobia y la codicia. 


Asimismo emplea dispositivos formales como la elipsis, la relación de aspecto, el gran plano general y el sobreencuadre, con los que captura el paisaje húmedo y boscoso en medio de los silencios, la soledad y la poesía visual, además de la muerte fuera de campo que espera a esos protagonistas. El vestuario y los decorados me resultan auténticos. Y hay actuaciones orgánicas del reparto encabezado por John Magaro y Onion Lee. A pesar de la sencillez, no hay nada fuera de tono. Es a mi parecer una película sobria y trágica de esa gran cineasta del cine independiente estadounidense.



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Ficha técnica 
Título original: First Cow
Año: 2019
Duración:  2 hr 01 min
País: Estados Unidos
Director: Kelly Reichardt
Guion: Jonathan Raymond, Kelly Reichardt
Música: William Tyler
Fotografía: Christopher Blauvelt
Reparto: John Magaro, Orion Lee, Toby Jones, Ewen Bremner, Scott Shepherd,
Calificación: 7/10

Duelo de titanes

De las tantas versiones que se han estrenado en el cine del mito de Wyatt Earp y de Doc Holliday, debo decir que me la paso de maravilla viendo Duelo de titanes, el western de John Sturges que cuenta una especie de versión ficcionalizada de los eventos que desencadenaron el legendario tiroteo en el O.K. Corral. Es un western que me cautiva durante dos horas con una grata presencia de Burt Lancaster y Kirk Douglas. 


Filmada en un precioso Technicolor, cuenta la historia de Wyatt Earp, un comisario de Dodge City que anda tras la pista de la pandilla de forajidos de Ike Clanton y Johnny Ringo. Earp se une a Doc Holliday, un carismático apostador que tiene la reputación de meterse en problemas y matar a tipos malos. Y su travesía me atrapa cuando ambos andan a caballo por las grandes praderas del desierto, enfrentan a tiro limpio a bandidos que se burlan de la justicia, se relacionan con mujeres fatales de salones. Son personajes en espectros opuestos de la ley. Uno es un sheriff serio, valiente y moralmente correcto que mantiene el orden del poblado. El otro es un astuto pistolero que se reparte sus días entre al alcohol, las mujeres y el póker. 


El estilo de Sturges, apoyado por la fotografía de Charles Lang, consigue el efecto deseado cuando encuadra la acción con grandes panorámicas en el desierto, muchísimos planos generales, en una puesta en escena que crea un relato idealizado del lejano oeste con unos escenarios auténticos y un vestuario que puede ser tan colorido como austero. Su tono es discreto, sobrio, violento. Se toma su debido tiempo para desarrollar los conflictos morales de esos vaqueros que están atados a un código de lealtad.


Aunque el ritmo se desequilibra minuciosamente y algunas subtramas están sobrando, no deja de parecerme interesante por la química estupenda del reparto. Todas mis quejas se disipan cuando veo el rol de Lancaster como ese alguacil motivado por el deber y la hermandad, y también a Douglas como el intrépido jugador y pistolero despiadado con el pasado oscuro que lo hace toser. La climática secuencia del tiroteo es intensa. Pero creo que lo que verdaderamente lo hace memorable es la banda sonora de Dimitri Tiomkin, que compone una de las canciones más contagiosas que he escuchado en cualquier western con la voz de Frankie Laine. Me parece un western magnífico.



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Ficha técnica 
Título original: Gunfight at the O.K. Corral 
Año: 1957
Duración:  2 hr 02 min
País: Estados Unidos
Director: John Sturges
Guion: Leon Uris
Música: Dimitri Tiomkin
Fotografía: Charles Lang
Reparto: Burt Lancaster, Kirk Douglas, Rhonda Fleming, Jo Van Fleet, DeForest Kelley, John Hudson, Lee Van Cleef, Dennis Hopper
Calificación: 7/10
Out West (1918)

El sheriff, de Roscoe 'Fatty' Arbuckle, es una comedia del oeste que consigue hacerme reír durante 20 minutos trepidantes de puro slapstick con las peripecias del gordito de oro del cine mudo de Hollywood. Es un cortometraje muy divertido. Y tiene gags cómicos que nunca abandonan los elementos ingeniosos del slapstick ni la destreza física de los intérpretes. La protagoniza el mismo Fatty Arbuckle, acompañado de roles secundarios de Buster Keaton y Al St. John. Fue la primera película de la productora de Arbuckle, Comique, rodada en el lejano oeste, razón por cual, supongo, intenta satirizar los estereotipos del género del western de la época. 


Cuenta la historia de un vagabundo que se esconde en uno de los vagones de un tren con destino al viejo oeste. La trama coloca a ese vagabundo en una serie de circunstancias que agudizan unos conflictos bien hilarantes, como los encontronazos que tiene al robarle la comida a tres pasajeros del tren, la huida que emprende frente a unos indios merodeadores que desean comérselo, el trabajo que tiene como cantinero en el pueblo gracias a su enfrentamiento a tiro limpio con unos forajidos que intentan robar en el salón, la persecución junto con el inexpresivo dueño del salón para salvar a la damisela en peligro que es secuestrada. 


Valiéndose de la elipsis, del gran plano general y en ocasiones del primer plano, Arbuckle ejecuta el humor a un ritmo tan trepidante como el de una locomotora, construyendo situaciones esperpénticas separadas por el espacio y el tiempo que se benefician de un riguroso montaje alternativo, presentando una sociedad en la que abunda la violencia, los personajes caricaturescos amantes del revólver y una moraleja placentera que se debilita minúsculamente solo por una escena muy racista. El rol de Fatty da mucha risa, pero encuentro más contagioso el de Keaton como el compañero con la cara de piedra. Tiene efectismo para rato. Es una comedia muy entretenida. 



Ficha técnica 
Título original: Out West
Año: 1918
Duración:  25 min
País: Estados Unidos
Director: Roscoe 'Fatty' Arbuckle
Guion: Natalie Talmadge, Roscoe 'Fatty' Arbuckle
Música: (Película muda)
Fotografía: George Peters
Reparto: Roscoe 'Fatty' Arbuckle, Buster Keaton, Al St. John, Alice Lake
Calificación: 7/10

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No paro de reírme viendo a 'Allá en el lejano oeste', la comedia de James W. Horne protagonizada por el Gordo y el Flaco. Me parece increíble que su humor slapstick se sienta fresco y llegue hasta mis días, a pesar de la simplicidad del relato. 


En la trama Stan y Ollie se dirigen en una mula al pueblo de Brushwood Gulch con el fin de entregar una carta a Mary, la hija de un minero que, aparentemente, ha heredado la mina de oro que su padre descubrió. Cuando llegan a la cantina del poblado, son engañados por el propietario del salón, quien utiliza a su mujer, Lola, para hacerse pasar por Mary y adueñarse del documento que certifica la fortuna. Pero Stan y Ollie se dan cuenta del engaño y comienzan a emplear la locura para recuperar el pedazo de papel. 


Los gags que veo tienen un efecto cómico muy sorpresivo, ejecutados por Horne en secuencias como la persecución en las habitaciones del recinto (para morirse de la risa) y la climática confrontación en la que Stan, Ollie y la mula Dinah irrumpen en el hotel por la noche para robar la correspondencia y entregársela a la damisela. 


Las actuaciones de Oliver Hardy y Stan Laurel tienen un carácter expresivo, gestual, de mucha pericia física cuando recurren a cuerdas, poleas, cubos, sombreros y todo tipo de atrezzos para concebir la comicidad por la crearon su leyenda. Hasta la mula Dinah se ríe de sus ocurrencias. 


Curiosamente me provoca mucha gracia la escena en la que Stan usa su dedo pulgar como encendedor para ayudar a Ollie. Las situaciones son ingeniosas con los recursos más simples. También me resulta estupenda la manera en que bailan "At the Ball That's All", y cuando cantan 'On the Trail of the Lonesome Pine' mientras se van al sur. Sin duda, es una película muy divertida del alocado dúo. 


Ficha técnica
Título original: Way Out West
Año: 1937
Duración: 1 hr 05 min
País: Estados Unidos
Director: James W. Horne
Guion: Charley Rogers, Felix Adler, James Parrott
Música: Marvin Hatley
Fotografía: Art Lloyd, Walter Lundin
Reparto: Stan Laurel, Oliver Hardy, Sharon Lynn, James Finlayson,
Calificación: 7/10

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