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Depredador (1987)

Depredador es una película de John McTiernan a la que me acerco, nuevamente, con la finalidad de encontrar aquellas buenas experiencias que obtuve con ella cuando la veía en televisión local o por cable durante los años 90. No considero que sea una de las cimas del cine de acción ochentero, pero su metraje me hace entender el estatus de culto que ha recibido con el paso de los años porque, a decir verdad, me parece una película de acción endiabladamente entretenida, que me mantiene en todo momento al filo del asiento con cada una de las secuencias en la selva que, a ritmo trepidante, prueban que Arnold Schwarzenegger es el héroe de acción definitivo de los 80, donde vuelvo a quedar completamente impresionado con lo bien que han envejecido sus efectos especiales. 


La trama sigue a Dutch, un Mayor del ejército estadounidense que junto a su equipo de comandos de élite —el agente Dillon, el mercenario Mac, el especialista Poncho, el rudo Blain, el rastreador Billy y el operador Rick— acepta la misión de rescatar a un ministro que ha sido capturado por guerrilleros en la selva centroamericana, pero cuya travesía se ve obstaculizada cuando enfrenta a un extraterrestre que busca cazar a todo su grupo con tecnología avanzada. 


En general, esta premisa tiene un arranque bastante atrapante que se solidifica, dicho sea paso, por la manera sorpresiva en que conjunta el thriller de acción, la aventura de ciencia-ficción y el terror slasher. Y se vuelve incluso más interesante porque el guion se toma el tiempo necesario para desarrollar las caracterizaciones de los personajes lejos del cuadro de motivación, donde sus acciones se justifican sobre situaciones impredecibles que, por añadidura, ocurren cuando todos dialogan perplejos para tratar de comprender la amenaza a la que se enfrentan con sus armas, dando lugar a diálogos de una sola línea que permiten explicar sus respectivos trasfondos personales. 


En este sentido, permanezco atrapado por las peripecias que estallan con las sospechas de los comandos al identificar los cadáveres de soldados despellejados; el tiroteo iniciado el equipo de Dutch al atacar el campamento guerrillero y matar a todos los soldados antes de tomar a una mujer como prisionera; las emboscadas del depredador humanoide tecnológicamente avanzado que permanece invisible con un dispositivo de camuflaje y usa visión térmica para detectar el calor corporal de sus enemigos antes de cazar selectivamente; la estrategia de supervivencia de Dutch para matar al alienígena con trampas explosivas en los árboles y utensilios rudimentarios de la selva antes de alcanzar el punto de extracción. La narrativa siempre preserva un pulso consistente porque, entre otras cosas, equilibra de forma cohesionada los golpes de efecto que trasladan la acción a través de varios géneros. 


La interpretación de Schwarzenegger me resulta particularmente creíble cuando utiliza su corpulencia y destreza física para interpretar a Dutch como un hombre vulnerable que sangra, mata con la mirada y emplea su ingenio para cazar al cazador, logrando algunas escenas memorables que se sostienen por su carisma, los diálogos de una línea —como "If it bleeds, we can kill it"— y la metralleta en mano que dispara niveles de testosterona. Los secundarios que asisten a Schwarzenegger también entregan algunos momentos, destacándose casi siempre Carl Weathers y Bill Duke. 


Con todo ese reparto, McTiernan concibe un epicentro de tensión que pocas veces pierde la intensidad al dinamizar la puesta en escena con el encuadre móvil, el primer plano, el uso del plano subjetivo —la visión termal del depredador—, el campo-contracampo y las atmósferas selváticas fotografiadas por Donald McAlpine que adquieren cierto realismo, además de asegurar unos efectos especiales prácticos que amplifican el contraste de distorsión óptica y el efecto de invisibilidad del traje de la criatura. McTiernan también permite que la banda sonora de Alan Silvestri eleve el lado tenso con el leitmotiv orquestal. Estos elementos, en última instancia, garantizan que la película siempre se mantengan por encima de las expectativas entre disparos, explosiones y energía masculina.


Streaming en:




Ficha técnica
Título original: Predator
Año: 1987
Duración: 1 hr 47 min
País: Estados Unidos
Director: John McTiernan
Guion: Jim Thomas
Música: Alan Silvestri
Fotografía: Donald McAlpine
Reparto: Arnold Schwarzenegger, Carl Weathers, Sonny Landham, Bill Duke,
Calificación: 7/10

En su película más reciente, Steven Spielberg regresa a la zona segura del contacto alienígena, como lo había hecho antes. Descubre de qué se trata.







En El día de la revelación, Steven Spielberg recupera algunos tropos de su poética de lo alienígena con la finalidad, supongo, de dialogar con una nueva variante sobre el extrañamiento, la otredad y la condición de lo desconocido. Esto Spielberg lo había explorado previamente en películas emblemáticas de su filmografía como Encuentros cercanos del tercer tipo (1977) y E.T., el extraterrestre (1982). Pero en esta ocasión, su enfoque busca una mezcla de ficción especulativa y drama humano, basándose en una investigación de más de dos meses en la que redactó toda la historia que necesitaba en unas 50 páginas luego de leer información en The New York Times sobre el misterioso programa OVNI del Pentágono que, según él, reavivó su interés en el tema. Dicho tratamiento de la historia fue pulido por Spielberg en colaboración con su guionista David Koepp, quien había colaborado anteriormente con el director en La guerra de los mundos (2005).


Previo a los avances no tenía mucho entusiasmo por saber lo que Spielberg quería contar esta vez sobre los alienígenas para completar su trilogía informal sobre el tema. Pero tras pasar cerca de dos horas y medias, salgo con una sensación temblorosa, marcado por una fuerte impresión que me hace razonar lo suficiente como para saber que, francamente, se trata de una de las mejores películas de Spielberg que he visto en más de 20 años. Como thriller de ciencia-ficción me parece particularmente atrapante con su tono misterioso y, en cierta medida, representa un retorno magistral de Spielberg a los temas que han definido gran parte de su obra: el encuentro con lo desconocido, la búsqueda de la verdad y la capacidad de la gente ordinaria para trascender el miedo mediante la empatía, manteniendo cierta sobriedad sobre el relato para añadir profundidad de los personajes que interpretan Josh O'Connor y Emily Blunt.



Emily Blunt y Josh O'Connor


El argumento, ambientado en un contexto donde el mundo se encuentra al borde de la Tercera Guerra Mundial, sigue a Daniel Kellner (Josh O’Connor), un especialista en ciberseguridad que roba información clasificada sobre tecnología extraterrestre y archivos que evidencian el encubrimiento del gobierno entre los casos reportados de contactos entre humanos y alienígenas desde el incidente de Roswell, bajo el pretexto de revelar dichos documentos para el conocimiento del público con ayuda de su novia, Jane Blankenship (Eve Hewson), y del científico Hugo Wakefield (Colman Domingo), un defensor de la divulgación. Paralelamente, también muestra a Margaret Fairchild (Emily Blunt), una meteoróloga de televisión en Kansas City que, luego de experimentar lapsos mentales que despiertan sobre ella habilidades psíquicas durante una transmisión en vivo, se dispone junto a su novio a buscar a Keller por razones que desconoce. En medio de esta trama, se presenta además a Noah Scanlon (Colin Firth), el jefe de la Corporación Wardex, una corporación secreta del gobierno que lleva décadas encubriendo casos extraterrestres y que, además, tiene el objetivo de perseguir a Daniel y a Margaret para impedir que revelen los experimentos encubiertos sobre alienígenas que podrían poner en peligro el destino de la humanidad.


Desde las primeras escenas, Spielberg configura la premisa sobre las fórmulas de esa poética suya que construye la historia alrededor de los dilemas de personas ordinarias que atraviesan circunstancias extraordinarias, pero ajustando el equilibrio del conflicto desde los marcos genéricos del misterio, el drama y el thriller de ciencia-ficción sobre conspiraciones gubernamentales de extraterrestres. Lo interesante es que, a diferencia de las narrativas distópicas que abundan en el cine de ciencia ficción sobre extraterrestres, aquí opta por una ecuación sobria que se toma el tiempo necesario para profundizar en el desarrollo que hay detrás de las motivaciones de los personajes, además de que solidifica sus acciones sobre una serie de situaciones impredecibles que, por lo regular, evita los lugares comunes al incorporar elementos de conspiración, whistleblowers y capacidades psíquicas latentes, con diálogos sutiles que me invitan a reflexionar sobre las interrogantes del misterio que impulsa la trama.



Colin Firth


En este sentido, no me queda más remedio que sentirme provocado por las peripecias que, entre coloquios y persecuciones, ocurren entre la huida de Daniel junto a su novia para ocultarse de las autoridades federales en un convento; las habilidades psíquicas despertadas por Margaret al lado de su novio que le permiten manipular los pensamientos de los demás y comunicarse inconscientemente en otros idiomas; la explicación en la que Daniel le relata a Jane que Wardex realiza experimentos con alienígenas cautivos y aplica ingeniería inversa a su tecnología avanzada; la cacería de los agentes de Wardex para buscar a Daniel y a Margaret mientras Scanlon utiliza un dispositivo telepático para establecer un lazo psíquico y rastrearlos; la misión de Daniel y Margaret al escapar de una instalación del Dr. Wakefield donde descubren su propósito para divulgar la información sobre extraterrestres antes de la llegada de Scanlon. En cada de una de las escenas, Spielberg demuestra una vez más su dominio del storytelling cinematográfico, preservando un ritmo que, a pesar de perder algo fuerza en algunas escenas después de la media hora, se prolonga a lo largo de su estructura: el primer acto establece la conspiración con eficacia, el segundo intensifica la persecución de manera trepidante mientras profundiza el desarrollo de los personajes, y el tercero culmina en una catarsis que me invita a la reflexión.



Colman Domingo


La odisea de estos personajes, además de desarrollarse con fluidez rítmica, me resulta bastante interesante porque, entre otras cosas, ofrece un comentario profundo sobre el encuentro con lo desconocido, la ética de la divulgación y la necesidad de lo humano para traspasar sus temores intrínsecos mediante la empatía en la otredad. Esto, hasta cierto punto, se entiende como el deber casi obsesivo entre un hombre y una mujer que, marcados por los traumas de la infancia durante una abducción extraterrestre, buscan divulgar éticamente los archivos clasificados en televisión en vivo para dar a conocer la condición con la que los extraterrestres son tratados por los huéspedes humanos, donde la revelación simbólicamente refleja los límites de los secretos de Estado (de una empresa "privada" financiada con capital privado y público) para proteger del conocimiento público la información que puede desestabilizar las estructuras del poder del Estado Profundo. Esto es especialmente cierto porque, por una parte, Daniel desea divulgar la evidencia que tiene en sus manos para que la gente conozca la verdad sobre el trato insolidario que reciben los extraterrestres mientras que, por la otra, Margaret usa sus habilidades psíquicas para apaciguar la irracionalidad de los perseguidores de Scanlon.


Desde luego, esta síntesis discursiva de Spielberg pierde rigor cuando adopta los parámetros progresistas que emplea a los alienígenas para metaforizar superficialmente la condición de los inmigrantes en suelo estadounidense y, además, cuestionar las creencias irracionales del catolicismo mientras se demoniza el ejercicio de la función empresarial (donde los tecnócratas son los "malos" que usan la innovación tecnológica para otros fines clientelares asociados a los actores políticos y corporativos). Pero, al menos, mantiene algo de coherencia interna cuando emplea el tropo de los extraterrestres para dialogar sobre el rol del individuo para enfrentar la supresión gubernamental de la verdad en una era marcada por la desinformación, la fe redentora de la empatía para nuevas rutas de cooperación y, sobre todo, la conexión humana necesaria para entender que los alienígenas hipotéticos, entendido como posibles seres biológicos de otro planeta, podrían bien ser viajeros afectados por la marginación, el exilio y el sentimiento de no encajar en su propia sociedad. Spielberg no solo revela extraterrestres con tono esperanzador; revela lo mejor de uno mismo para comprender el extrañamiento hacia el otro en medio de divisiones culturales y políticas.





Al margen de esto, las actuaciones de de O'Connor y Blunt humanizan a sus personajes en cada una de las escenas donde exponen sus inquietudes. Con su registro expresivo, O'Connor interpreta a Daniel como un joven tenaz, rebelde, protector, vulnerable y un brillante experto en ciberseguridad que, tras ser abducido por extraterrestres en su infancia, adquiere un talento excepcional para analizar patrones numéricos y códigos que, asimismo, usa como ventaja para justificar el robo de información ultrasecreta y tecnología alienígena de una corporación clandestina con el objetivo de revelarla al mundo (inducido por la manipulación alienígena), convirtiéndose por defecto en ese arquetipo de héroe cotidiano que se suele observar en la esfera spielbergiana como fugitivo con determinación ética perseguido por fuerzas externas. Blunt, por su parte, entrega lo que a mi parecer es una de las actuaciones más sofisticadas de su carrera al combinar vulnerabilidad e inteligencia con su expresividad—incluyendo un monólogo en un idioma extraterrestre—; interpretando a Margaret como una mujer hiperactiva, volátil, inquieta, que se ve envuelta en una conspiración sobre encubrimiento extraterrestre mientras desarrolla un vínculo mental con Daniel y descubre capacidades psíquicas que nunca antes había tenido, producto de una abducción en su infancia que le otorga habilidades lingüísticas para comunicarse con todas las especies.


El reparto de apoyo es igualmente solvente. Colin Firth encarna a Noah Scanlon con una frialdad calculadora que genera verdadera amenaza como villano, sin caer en caricaturas. Colman Domingo, como Hugo Wakefield, inyecta calidez y convicción moral al grupo de informantes, mientras Eve Hewson aporta credibilidad emocional como la devota Jane. La dirección de actores de Spielberg logra que incluso estos personajes secundarios se sientan plenamente realizados en cada interacción.



Emily Blunt


Desde el punto de vista técnico, Spielberg deposita sus mayores virtudes en una puesta en escena que manifiesta esa estética singular de su cine para concebir secuencias memorables y, a la vez, infundir a las escenas intensidad emocional. Por la parte visual, Spielberg narra la aventura de los personajes con artilugios como el primer plano, la elipsis, el montaje de tiempos alternativos, el uso del sobreencuadre, el encuadre móvil que dinamiza la acción y, ante todo, la eficaz fotografía de Janusz Kamiński que magnifica la atmósfera enigmática de las escenas con su característica iluminación azulada. Las secuencias de persecución —un choque con tren, huidas por carreteras y confrontaciones en instalaciones secretas— destacan por su dinamismo, filmadas en 35 mm con lentes anamórficos que otorgan profundidad y textura, mientras se complementan con los efectos especiales para renderizar con elegancia poética a los extraterrestres que adoptan formas discretas como animales antes de mostrar su verdadero aspecto. Por el lado sonoro, Spielberg permite que la banda sonora de John Williams, en su trigésima colaboración, eleve cada secuencia con una partitura que combina orquestación clásica con toques electrónicos moderno.


Estas propiedades, en última instancia, hacen que El día de la revelación me resulte como un logro notable del cine de ciencia-ficción, que reafirma además el compromiso cinematográfico de Spielberg como uno de los grandes narradores de nuestro tiempo, a sus casi 80 años. No solo entretiene con acción palpitante, misterio y efectos impresionantes, sino que me toca las fibras emocionales cuando presenta sus momentos icónicos —el pájaro cardinal que despierta habilidades, las visiones compartidas, la reconstrucción del hogar de la infancia como espacio de abducción—. El clímax, centrado en la transmisión global de “Disclosure Day”, constituye para mi gusto un momento de cine puro que me deja atónito y completamente impresionado por lo que veo en pantalla, hasta el punto de que sigo pensando en lo que veo cuando suben los créditos. Es una obra que, sin lugar a dudas, merece ser celebrada y recordada como un hito en la filmografía del Rey Midas de Hollywood.



Streaming en:



Ficha técnica
Título original: Disclosure Day
Año: 2026
Duración: 2 hr. 25 min.
País: Estados Unidos
Director: Steven Spielberg
Guion: David Koepp, Steven Spielberg
Música: John Williams
Fotografía: Janusz Kaminski
Reparto: Emily Blunt, Josh O'Connor, Colin Firth, Eve Hewson, Colman Domingo, Wyatt Russell
Calificación: 8/10

Tráiler de El día de la revelación 



La película más reciente de Phil Lord y Christopher Miller representa un viaje por el espacio con Ryan Gosling piloteando la nave.



Proyecto Fin del Mundo



En Proyecto Fin del mundo, los directores Phil Lord y Christopher Miller apuestan a recuperar su poética del dúo con la finalidad, supongo, de que funcione como adaptación de la novela homónima de Andy Weir que duró varias semanas como best-seller en la lista del New York Times. Su enfoque, adoptado por el guion de Drew Goddard, es bastante similar a lo que pasa en El marciano (Scott, 2015), otra adaptación cinematográfica de la primera obra autopublicada de Weir que narra la ingeniosa supervivencia de un astronauta en Marte —también con guion de Goddard—. Pero traslada el asunto al espacio interestelar para subvertir los tropos del cine de ciencia ficción de Hollywood que a menudo toca el caso hipotético sobre el contacto alienígena. El alcance de esta premisa hizo que los productores de Metro-Goldwyn-Mayer adquieran temprano los derechos exclusivos del material y contrataran de inmediato a Ryan Gosling, que ya tiene experiencia en películas sobre el espacio luego de su rol en El primer hombre (Chazelle, 2018).


El metraje de casi tres horas me induce a razonar los suficiente como para saber, dicho sea de paso, que no está a la altura de su desmedida ambición por sus explicaciones científicas apresuradas y humor en medio de la crisis, algo que tiende estropear ligeramente algunas escenas redundantes. Sin embargo, encuentro que es una película de ciencia ficción dura que, como aventura interestelar, nunca pierde el pulso espectacular y entretenido con la presencia de Gosling como el astronauta perdido en el espacio, donde se me invita incluso a reflexionar con esas metáforas que sirven como base textual para interrogar cuestiones sobre la incomunicación y la ética de la cooperación humana.



Ryan Gosling


La trama, ambientada en un futuro no muy lejano, sigue la existencia de Ryland Grace (Ryan Gosling), un astronauta con amnesia temporal que, tras haber sido inducido a un coma médico, se despierta solo en una nave espacial a años luz de la Tierra, sin recordar quién es ni cómo ha llegado hasta allí, descubriendo a dos miembros muertos de su tripulación, en la que pone a prueba sus conocimientos como científico para comprender su entorno, mientras poco a poco recupera su memoria para entender el propósito de su misión: resolver el enigma de unos microorganismos alienígenas que aceleran la extinción del sol conocidos como astrófagos, los cuales circulan a través de una tenue línea infrarroja que va del Sol a Venus llamada la "línea Petrova" y, además, actúan como parásitos que consumen la energía de las estrellas, disminuyendo su brillo y temperatura, algo que podría causar un enfriamiento global catastrófico de la Tierra en 30 años. A medida que avanza, Grace recuerda sus días como profesor de secundaria y un infame biólogo molecular contratado por la NASA para ejecutar la misión, pero su objetivo cambia por completo al establecer un vínculo peculiar con un alienígena procedente del planeta Erid en otro sistema estelar al que llama "Rocky".



Ryan Gosling y Sandra Hüller


En términos generales, la narrativa se estructura bajo las fórmulas habituales del cine de ciencia-ficción dura que se halla en el imaginario de Weir traducido por Goddard, donde un protagonista convertido en superviviente aborda metódicamente los desafíos espaciales a través del método científico para cumplir su tarea. La diferencia radica en que ahora dicho protagonista es un profesor de ciencias obligado ser astronauta para salvar el mundo de una hecatombe. El guion de Goddard se apresura a dimensionar el barullo dejando algunas interrogantes flotando en un marco de exposición, pero me parece que funciona adecuadamente porque, por añadidura, construye el desarrollo de Grace sobre largos flashbacks que establecen un sustento sólido para las motivaciones descritas que impulsan el conflicto, en una serie de situaciones impredecibles que se originan de las acciones a puerta cerrada sobre experimentación científica y el extraño vínculo establecido por el contacto con el alienígena de aspecto rocoso en varias escenas.



En este sentido, no me queda más remedio que sentirme provocado por las peripecias que, entre comicidad y dinamismo, ocurren con el reclutamiento de Grace que ocurre en el pasado cuando Eva Stratt (Sandra Hüller) le ofrece la oportunidad de estudiar las muestras de astrófagos; los experimentos científicos en los que Grace descubre en su laboratorio y bajo la estricta vigilancia del gobierno que los astrófagos son una fuente de combustible volátil; el plan de Stratt —conocido como "Proyecto Ave María"— para aprovechar el combustible generado por astrófagos y enviar una tripulación en una misión suicida a Tau Ceti —la única estrella no infectada por astrófagos con la clave para rescatar el Sol— en una nave equipada con sondas llamada Ave María; la negativa de Grace de tomar el riesgo de continuar la misión del viaje de ida luego de un accidente; la investigación de Grace dentro de la nave Ave María en el espacio interestelar antes de acceder a comunicarse con el eridiano en su gigantesca nave extraterrestre de aleación de xenonita por la órbita de Tau Ceti; el enlace de comunicación frecuentado por Grace y por Rocky a través de la ecolocalización poco antes de colaborar juntos para alcanzar un mismo fin. Las secuencias en las que Grace y Rocky resuelven desafíos relacionados con astrofísica, química, biología y física de partículas se presentan de manera clara y emocionante, sin sacrificar rigor.



Ryan Gosling


La odisea espacial de estos personajes, además de presentarse a paso rítmico, me resulta particularmente interesante porque, entre otras cosas, ofrece un comentario algo sutil sobre la incomunicación, la resiliencia humana y la ética de la colaboración; pero entendido ahora como la convicción de un hombre inseguro y egoísta que, para despojarse de la irresponsabilidad que le impide avanzar en su identidad hermética, se dispone a colaborar éticamente con un alienígena que comparte el mismo propósito de auxiliar un planeta natal. Esto es específicamente cierto porque Grace, que en el pasado prefería trabajar aislado de los demás y optó por impartir clases en lugar asumir una labor científica, comprende la importancia de valorar la otredad con Rocky, a través de una eticidad de comunicación que le permite a ambos obtener un beneficio mutuo del intercambio de conocimiento. A pesar de que hay algunas pretensiones progresistas a nivel subtextual en sus asuntos sobre escepticismo, división y cambio climático, la idea es conceptualizada con una sutileza que celebra la capacidad de encontrar conexión incluso en las circunstancias más adversas, evitando además el error común de simplificar excesivamente la curiosidad científica al explicarla con elegancia mediante diálogos accesibles.



Al margen de esta síntesis discursiva, Gosling entrega una interpretación orgánica que, con su expresividad y mirada serena, demuestra su versatilidad para cargar la película entera sobre sus hombros. Interpreta a Grace como un hombre curioso, solitario, irresponsable, que en principio se niega a ser un héroe, pero que asume una determinación arriesgada en el proceso de reconstruir su memoria mientras trata de sobrevivir a una misión que lo lleva a impedir un cataclismo que amenaza con extinguir la vida a escala planetaria, donde una amistad inesperada con el otro llamado Rocky significa que quizá no tenga que hacerlo solo. Gosling posee una extraña destreza para mostrar inteligencia sin arrogancia y vulnerabilidad sin debilidad, con un carisma natural que transforma cada escena de resolución científica en un momento de genuina satisfacción cuando llora, ríe y reflexiona ante la incertidumbre con el traje de astronauta; logrando además cierta pericia física cuando gira entornos de gravedad cero. La voz de James Ortiz, de igual modo, lo acompaña en varias escenas como alivio cómico recurrente, que ajusta su tono para interpretar a Rocky como un ser alegre e ingenioso de piedra que, como mecánico, nunca abandona la esperanza de seguir adelante como único sobreviviente de su nave.



Ryan Gosling


Como es habitual, los directores, Lord y Miller, encuadran la historia del astronauta y el extraterrestre en una puesta en escena que, desde los primeros minutos, manifiesta un carácter de urgencia. Mantienen un ritmo dinámico a lo largo de las más de dos horas y media, alternando hábilmente entre el presente en la nave, flashbacks terrestres y secuencias de acción contenidas que, a menudo, se sintetizan a través de dispositivos estilísticos como el primer plano, el plano subjetivo, la elipsis, el fuera de campo, el sonido diegético y el encuadre móvil de una cámara en movimiento de Greig Fraser que capta, asimismo, los espacios herméticos del interior de la nave por el ambicioso diseño de producción. Su espectáculo visual, fruto de unos efectos especiales que combinan elementos CGI y sets construidos, se subraya en los diseños de las naves y en las panorámicas imaginadas en el espacio que transmiten una sensación auténtica de vértigo, especialmente en la secuencia palpitante del planeta Adrián. También conceden cierta originalidad al diseño del alienígena Rocky como una araña de roca en una pequeña esfera presurizada, ya que su realización híbrida (práctica y digital) logra manifestar su personalidad sensible sin caer en la caricatura.


Estas propiedades, dicho sea de paso, consiguen que esta película de ciencia-ficción me atrape con su narrativa ágil, incluso cuando el humor característico del estilo de los directores, que surge de forma espontánea del ingenio de Grace y de las peculiaridades de la comunicación con Rocky, no me cause tanta risa. La interacción entre Grace y Rocky, por lo menos, se convierte en el corazón emocional del relato al explorar temas de amistad interestelar, empatía transcultural y cooperación más allá de las diferencias biológicas ante la posibilidad de un primer contacto con inteligencia extraterrestre. A todo esto se añade una banda sonora de Daniel Pemberton que complementa espléndidamente la atmósfera con arreglos orquestales combinados con texturas electrónicas. No salgo de verla pensando que se trata de uno de los grandes eventos del género, pero descubro, en última instancia, que siempre mantiene la consistencia para ser emocionante y generar preguntas que educan sobre el potencial humano, algo que es ya raro de ver con frecuencia en los blockbusters de Hollywood.



Streaming en:



Ficha técnica
Título original: Project Hail Mary
Año: 2026
Duración: 2 hr. 36 min.
País: Estados Unidos
Director: Phil Lord, Christopher Miller
Guion: Drew Goddard
Música: Daniel Pemberton
Fotografía: Greig Fraser
Reparto: Ryan Gosling, Sandra Hüller, Milana Vayntrub, Lionel Boyce, James Ortiz (voz)
Calificación: 7/10

Tráiler de Proyecto Fin del mundo



La nueva película de Yorgos Lanthimos es una locura que, como remake, subvierte todas las claves de la original surcoreana. Descubre cómo lo ha hecho. 

 
 
Bugonia


En Bugonia, Yorgos Lanthimos recupera los rastros de su poética de la crueldad para subvertir, dicho sea de paso, las claves insertadas en la película surcoreana Salvar el planeta Tierra (Jang, 2003), en un intento de buscar nuevas rutas narrativas para hacer un remake con las excentricidades particulares de su cine que a mí, en más de una ocasión, me produce letargo. Esto se debe a que durante su preproducción, luego de que el propio Lanthimos reemplazará a Jang como director, el guionista Will Tracy intentó alejarse de reproducir la historia de la película original en su guión, ya que prefería que las dos fuesen tratadas como obras diametralmente opuestas entre sí. El cambio se vislumbra, asimismo, en la asociación simbólica de su título, derivado de la palabra griega que significa "nacido de bueyes", refiriéndose a un antiguo ritual mediterráneo del que se tenía la creencia de que un enjambre de abejas nacía mágicamente a partir del cadáver en descomposición de un toro o ternero sacrificado al cabo de unos días. Este concepto, que metaforiza el ciclo de renovación de lo vivo y lo muerto, es adoptado por Lanthimos para atribuirle otro significado, ajustado a la actualidad.


A partir de este idea, la película me deja con una sensación de sorpresa que me impide apartar los ojos de todas las bizarradas que suceden en sus dos horas ajustadas. Francamente, supera mis expectativas y devuelve mi fe por el cine de su director que se había quedado dormida desde La favorita (2018). Me parece un remake en el que Lanthimos, con una estética depurada, mantiene un tono satírico bastante absurdo que siempre se vuelve sutil para dialogar sobre las clases sociales y la eticidad del capitalismo corporativista en una era convulsa, con dos actuaciones fenomenales de Jesse Plemons y Emma Stone, que ya han demostrado previamente lo que son capaces de hacer a las órdenes del griego. Cuando esta dupla está en pantalla su presencia eleva el material hasta colocarlo muy por encima de su antecesora surcoreana.



Aidan Delbis y Jesse Plemons


La trama, ambientada en Estados Unidos, sigue la existencia de Teddy Gatz (Jesse Plemons), un hombre conspiranoico y marcado por los traumas del pasado que, junto a su primo autista Don (Aidan Delbis), secuestra a la CEO de la poderosa corporación farmacéutica Auxolith llamada Michelle Fuller (Emma Stone), convencido de que ella es un extraterrestre de una especie maligna conocida como los Andromedanos, llamados así por su procedencia de la galaxia Andrómeda. En medio de los interrogatorios en el sótano de su casa, Teddy revela que la razón para secuestrarla se debe a que su raza alienígena está matando a las abejas de la Tierra y sometiendo a los humanos a una servidumbre ciega mientras destruyen los recursos naturales, sometiéndola además a torturas calculadas para obligarla a revelar su verdadera identidad, poco antes de afeitarle la cabeza y cubrirla con crema antihistamínica para evitar que envíe una señal de auxilio a otros andromedanos. Teddy, asimismo, negocia con Michelle para reunirse con el emperador andromedano antes del próximo eclipse lunar, en el que la nave nodriza entraría en contacto con la atmósfera terrestre sin ser detectada.




En términos generales, la estructura narrativa de Lanthimos me resulta atrapante por la manera en que combina la comedia negra criminal y la ciencia-ficción minimalista, tomando giros inesperados que se desvían casi a totalidad de la versión surcoreana con su horizonte mesurado. Esto se debe, a menudo, porque el guión de Tracy se toma el tiempo necesario para robustecer y equilibrar el desarrollo de los personajes, añadiéndole capas sustanciosas que profundizan su psicología sobre una serie de situaciones absurdas que se mantienen atadas, entre otras cosas, a un carrusel de acciones excéntricas que se disuelve sobre escenas de tortura y diálogos a puerta cerrada que saltan del existencialismo a la violencia más impredecible. El comportamiento errático de los personajes es bastante entretenido cuando se distribuye entre la labor de Teddy como apicultor obsesionado con las colmenas; los métodos extremos adoptados por Teddy para electrocutar a Michelle antes de deducir que su tolerancia al dolor se debe a su posición de realeza intergaláctica; la cena en la que Michelle provoca una pelea a golpes con Teddy al mencionar la enfermedad de su madre; la curiosidad de Don cuando vigila a Michelle con escopeta en mano para que no escape; la visita de un policía gordinflón con bigote que sospecha que Teddy es el secuestrador.



Emma Stone, Aidan Delbis y Jesse Plemons


Por añadidura, lo que que eleva Bugonia por encima de una mera comedia negra de enredos es su compromiso con tópicos profundos que resuenan con la contemporaneidad al presentarse como una sátira salvaje sobre la alienación moderna, las fracturas sociales y el abuso del poder corporativo. En su núcleo, plantea esto desde el resentimiento de un hombre manipulador y paranoico de clase obrera que, inducido por el coma de su madre (afectada por el experimento clínico de un fármaco Auxolith), rapta a una empresaria de la empresa en la que trabaja para manifestar su ira latente ante el sistema que le ha fallado hasta mantenerlo «explotado» en un trabajo deplorable y distorsionar la noción que tiene de la pérdida de la fe, donde su creencia en los alienígenas es producto de los traumas familiares que lo obligaron a abandonar su catolicismo como ciudadano norteamericano atrapado en la imposibilidad de salir del umbral de la pobreza sistémica ni de la dependencia materna, hallando una vía de escape en la teorías conspirativas y en las ideologías políticas. Su rebelión contra la CEO no es un acto de envidia clasista, sino una afirmación desesperada de agencia individual contra un sistema que aplasta su dignidad como proletariado alienado. 


De este modo, Teddy encuentra su refugio en la violencia antisocial para exigir por la fuerza sus «derechos» y esconder sus inseguridades en nombre de los demás, en un ritual de venganza personal donde lucha contra una corporación que regula la vida cotidiana a través de patentes farmacéuticas que encarecen medicamentos y limitan ofertas de salud, aunque en realidad solo anhela robar un antídoto secreto andromedano para curar a su madre.



El único inconveniente, no obstante, es que la síntesis discursiva sobre el capitalismo corporativo y las clases sociales termina sintiéndose simplista cuando reduce su análisis a dos polos irreconciliables dentro de un tejido social determinista. Por una parte, muestra el polo de la empresaria farmacéutica, Michelle, como el de una persona malvada que, debajo de la sostificacion y el lujo de una vida organizada, justifica su idea del progreso como un daño colateral que viola el principio de no agresión al imponer costos involuntarios sobre los experimentos que realiza con los individuos «sacrificados» con las vacunas (la madre de Teddy), sugiriendo una eticidad retorcida que ostenta a las élites oligárquicas como «alienígenas» que racionalizan la «explotación» como una forma de producir innovación dentro de la lógica del mercado. Por la otra, retrata al marginado, Teddy, como víctima paranoica y reaccionaria que, marcado por el sufrimiento de su madre, abandona la pasividad al ver en la explosión de violencia una herramienta contra la «opresión» impuesta por los que se lucran con la fragilidad ajena, insinuando que la respuesta de secuestrar y torturar está justificada por la causa mayor de desmantelar imperios corporativos deshumanizantes. Entre estos dos polos violentos, Don se pone en la línea de la moralidad al ser mostrado como alguien bondadoso, ingenuo, encarcelado por su condición autista en un círculo de violencia absurda.



Emma Stone


Al presentar la violencia como la única salida «auténtica» de los dos bandos corrompidos por el poder burocrático, la película convierte su crítica en un cuento moral infantiloide en el que los ricos son malos, los pobres están locos, y no hay término medio posible porque todo conduce a la muerte nihilista de la sociedad. Esta dialéctica es heredada directamente de la película surcoreana original, pero Lanthimos la acentúa aún más con su frialdad simétrica: los «de arriba» siempre aparecen en espacios amplios y luminosos; los «de abajo» en agujeros claustrofóbicos y sucios. El resultado es un mundo sin matices dentro de una falacia colectivista, donde el capitalismo solo puede ser corporativismo depredador y la resistencia solo puede ser locura violenta. Lanthimos nunca separa ambos conceptos en su discursividad progresista. Y queda, más bien, en una confusión deliberada entre capitalismo de mercado y estatismo corporativo que ridiculiza el ejercicio empresarial para que todo quede bajo la etiqueta «corporación privada maligna», negando con cierto cinismo la complejidad económica real que hay en el riesgo del emprendimiento y las cosas que alcanza el individuo con su voluntad cuando no se subordina a los intereses del grupo, irónicamente, como ocurre con Teddy. Cuando la película necesita subrayar por qué el sistema es injusto, recurre al gag o a la hipérbole, con las escenas absurdas como sustituto de una argumentación racional.



Jesse Plemons


A pesar de estas contrariedades discursivas, las actuaciones Jesse Plemons y Emma Stone consiguen que casi todas las escenas sean hilarantes con su química eléctrica y desquiciada. Plemons, para empezar, utiliza su registro expresivo para interpretar a Teddy como un hombre solitario, inseguro, calculador, negacionista, radicalizado por ideologías extremistas, que desea una sociedad igualitarista debilitando las estructuras corporativas y solo emplea su conocimiento para vengarse al sacrificar literalmente a una ternera para que las abejas reencarnen en su grado de alteridad existencial, comunicando su patetismo subyacente con la mirada, los gestos y el aspecto descuidado de su ropa, además de su pericia física para el slapstick; en lo que viene siendo una de las interpretaciones más sobrias y delirantes de su carrera. Stone, en cambio, pone en práctica su proceso actoral intuitivo para interpretar, con su cabeza rasurada y el movimiento corporal, a una oligarca empoderada, frívola, elegante, de ojos alienígenas, que ha acumulado años de privilegios con su industria farmacéutica asociada al intervencionismo estatal, pero que tras ser capturada como rehén, revela una naturaleza extraña como una villana caricaturesca que no es más que la abeja reina que, desde su utopía, dirige a un enjambre colectivista para destruir el fracaso del individualismo en la Tierra plana. Con la modulación vocal, el maquillaje y el humor espontáneo, ambos comunican de forma orgánica el delirio inexpresivo de sus personajes.



Emma Stone


Como es habitual, Lanthimos humaniza a los personajes que ellos interpretan diálogos robóticos, encuadres simétricos y un humor negro que roza lo grotesco. Por la parte visual, su estética dimensiona los claroscuros de sus personajes a través de la psicología del color, el primer plano, el picado-contrapicado, el plano fijo, el fuera de campo, el sonido diegético, el plano panorámico y, sobre todo, las atmósferas que se mutan sobre el uso proxémico del espacio entre los interiores elegantes y los sótanos desorganizados, fruto de un trabajo fotográfico competente de Robbie Ryan que sabe emplear la iluminación para sintetizar las intenciones adoptando una relación de aspecto 4:3 en todas las escenas, filmadas en 35mm con el formato VistaVision. Los efectos prácticos en las escenas de tortura añaden un toque visceral sin caer en la gratuidad. Las escenas retrospectivas en blanco y negro también funcionan para establecer los vínculos opuestos detrás de las motivaciones de Teddy y de Michelle. Además, en cada escenario hay una especial atención al detalle sobre el vestuario, los decorados y el diseño de producción. Por la parte sonora, la música de Jerskin Fendrix intensifica el lado trágico y dramático del relato con su orquestación sinfónica de cuerdas tradicionales y crescendos de tonos punzantes que evocan el pánico de la incertidumbre que hay detrás de los zumbidos discordantes.


En última instancia, me atrevo a decir que Bugonia es una adición valiosa al canon de Lanthimos porque entretiene de forma desenfrenada y, al mismo tiempo, me obliga a reflexionar sobre las desigualdades creadas por políticas fallidas y la falta de ética de un corporativismo que devora el intercambio voluntario de los consumidores. Su farsa sangrienta logra un equilibrio entre la carcajada insospechada y el escalofrío moral. Plemons y Stone están en estado de gracia absoluta, mientras el debutante Aidan Delbis aporta un nerviosismo encantadoramente torpe que completa el trío protagónico. Hay extrañeza, misantropía y verdades tragicómicas que convierten lo absurdo en algo dolorosamente reconocible. No es perfecta, desde luego, pero en un panorama cinematográfico saturado de inanidad, ofrece sustancia con estilo sin renunciar a ser divertidísima.



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Ficha técnica
Título original: Bugonia
Año: 2025
Duración: 1 hr. 59 min.
País: Estados Unidos
Director: Yorgos Lanthimos
Guion: Will Tracy, Jang Joon-hwan
Música: Jerskin Fendrix
Fotografía: Robbie Ryan
Reparto: Emma Stone, Jesse Plemons, Aidan Delbis, Alicia Silverstone, Stavros Halkias
Calificación: 7/10

Tráiler de Bugonia



Frankenstein

En Frankenstein, Guillermo del Toro recupera los esquemas operísticos de su poética del monstruo con la finalidad, sospecho, de ofrecer un enfoque distinto a las demás adaptaciones cinematográficas del mito romanticista creado por Mary Shelley. Francamente, no esperaba que fuera tan buena. Me parece una película de terror de Del Toro que está muy viva con su estética gótica que reensambla las piezas de la Criatura, con una sensibilidad que solo él posee para narrar un cuento trágico sobre ambición, muerte y fragilidad humana. 


Su trama, ubicada mayormente en los interiores de un barco en el Polo Norte, narra las experiencias de Víctor Frankenstein, un barón herido y rescatado por la tripulación frente a un hombre misterioso que lo persigue, poco antes de contarle al capitán su versión de los hechos como un doctor ambicioso que, luego de ser contratado por el traficante de armas Henrich Harlander, realiza un experimento peligroso con sus habilidades de anatomía para crear en su laboratorio a un hombre a partir de electricidad y cadáveres diseccionados, mientras se enamora de la prometida de su hermano William llamada Elizabeth. 


En términos estructurales, esta narrativa posee un arranque que me resulta atrapante por la manera en que se subvierten los elementos principales de la historia de Frankenstein, en unas escenas que se fusionan sobre un híbrido entre el melodrama gótico, la ciencia-ficción steampunk y el terror corporal de monstruos fantásticos. 


Esta subversión funciona adecuadamente porque, dicho sea de paso, el guión de Del Toro evita frecuentar lugares comunes con su uso de la analepsis y se toma la molestia de sintetizar las motivaciones de los personajes sobre una serie de situaciones imprevisibles que, a menudo, mantienen la coherencia entre las acciones shakespearianas nacidas de heridas profundas y los diálogos poéticos a puerta cerrada, apartándose de la línea del “científico crea monstruo; monstruo se venga” para construir el semblante psicológico que los impulsa a adoptar ciertos comportamientos. 


Esto es evidente, primero, en la actuación de Óscar Isaac, quien utiliza su pericia expresiva para interpretar a Frankenstein como un Prometeo torturado que, alejado del arquetipo de científico loco, se consume con el fuego del perfeccionismo obsesivo que lo obliga a deshacerse de su creación por un ataque de pánico narcisista, inducido por su ego frágil y el miedo al fracaso que lo horroriza al darse cuenta de que la Criatura es más humana que él mismo para reconocer sus defectos. Jacob Elordi, en cambio, aprovecha los gestos, la voz gutural y la mirada debajo del maquillaje prostético para interpretar a la Criatura como un ser de apariencia humanoide, de movimiento lento y ojos brillantes, perseguido por «lobos», cuya única «venganza» es el deseo de ser amado en la soledad eterna; transmitiendo su humanidad y dolor con un cuerpo que parece tallado en carne muerta. Entre ambos, se cruza Mia Goth con una actuación dual bastante solvente como una mujer compasiva. 


Con este reparto, Del Toro consigue colocar una delgada ironía que metaforiza el horror de dos seres opuestos, padre e hijo, intentando encontrar la aceptación en un mundo cruel que los rechaza por ser diferentes (uno por inteligencia y otro por apariencia). 


A todo esto se suma, por si fuera poco, una estética depurada que subraya la simbiosis de los personajes a través del sobreencuadre, el primer plano, el plano simbólico, la iluminación, el diseño de vestuario, el encuadre móvil de una cámara en movimiento y, ante todo, las atmósferas góticas que se ajustan a la textura orgánica de efectos prácticos de Del Toro en los detalles de los decorados —laboratorios oscuros, frascos burbujeantes, espejos grandes, órganos ensangrentados, cuerpos disecados, castillos siniestros—. La banda sonora de Alexandre Desplat, de igual modo, seduce mis oídos con una música sinfónica. Todas estas propiedades, en última instancia, logran que esta versión sea entretenida y conmovedora, con similitudes cercanas a La forma del agua cuando interroga el horror de una sociedad que crea sus propios monstruos cuando abandona la otredad.



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Ficha técnica
Título original: Frankenstein
Año: 2025
Duración: 2 hr. 29 min.
País: Estados Unidos
Director: Guillermo del Toro
Guion: Guillermo del Toro
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Dan Laustsen
Reparto: Óscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth, Christoph Waltz, Felix Kammerer
Calificación: 7/10
V de venganza

Después de pasar cerca de 18 años, me acerco de nuevo a V de venganza, de James McTiegue, la película basada en la novela gráfica escrita por Alan Moore e ilustrada por David Lloyd, que me causó cierta impresión cuando la vi por primera vez en 2006. Lo que descubro ahora, tras más de dos horas de metraje, no es exactamente lo mismo que pensé en aquella ocasión, pero sigo razonando lo suficiente como para saber que tiene hallazgos interesantes que la alejan de los productos convencionales del género de superhéroes. No solo pienso que se trata de una película de culto bastante profética, sino que, además, tiene un ritmo trepidante y es sumamente entretenida al narrar la distopía del justiciero anarquista que usa la máscara Guy Fawkes para luchar contra un régimen totalitario; manteniendo el pulso de suspenso incluso el clímax irregular que se apresura a cerrar el asunto con fuegos artificiales. 


La historia se ambienta en Gran Bretaña en un futuro alternativo a partir de 2019, en un período de inestabilidad en el que una pandemia arrasó con la sociedad y el país está gobernado por un partido político ultranacionalista, dirigido por un canciller llamado Adam Sutler, que impone un régimen fascista totalitario junto a sus cinco ministros y controla a la población a través de la propaganda, el encarcelamiento, la intimidación y la vigilancia permanente. 


La trama tiene como protagonista a V, un vigilante enmascarado que, en la noche del 4 de noviembre, rescata de un asalto a una mujer llamada Evey Hammond y la lleva ser testigo de la destrucción del Old Bailey; poco antes de asaltar una cadena de televisión en la mañana del 5 de noviembre para dirigirse a la nación y anunciar su plan para derrocar al gobierno fascista que oprime a la sociedad británica dentro de un año. 


En términos generales, la narrativa me parece intrigante porque opta por sintetizar la estructura para mostrar a V como un antihéroe solitario, elocuente y sofisticado que, detrás de la máscara, esconde la fuerza de voluntad que le sirve como arma para acabar con la tiranía de los burócratas corruptos que mienten y persiguen a disidentes, inmigrantes, homosexuales y religiosos con el fin de mantenerse aferrados al poder. 


Las escenas están cohesionadas de una forma rítmica que, con el uso de la elipsis, me toma por sorpresa cuando el vigilante nocturno da inicio a su plan de sabotaje de las instituciones gubernamentales, a pesar de que, a veces, mata demasiado fácil a los villanos mientras se relaciona con la mujer que comparte un pasado trágico similar al suyo. Los diálogos tienen vocación por lo poético. Y las escenas retrospectivas construyen las motivaciones de los personajes al añadir una sustancia sobre sus acciones, como si fueran las piezas de un rompecabezas que se resuelve sobre la gratuidad y los giros inesperados. Todos ellos están interpretados por un buen reparto. 


De entrada, destaco la actuación de Hugo Weaving, que se vale de la pericia física, los diálogos, la máscara, la peluca, el sombrero y la capa negra para interpretar a V como un vengador romántico y misterioso que busca vengarse para solventar los traumas psicológicos que lo endurecieron. A su lado hay roles secundarios notables de John Hurt como el dictador megalómano que ejerce su autoridad desde una pantalla; y, especialmente, de Natalie Portman como una mujer vulnerable, fuerte, con agudo sentido de justicia que por razones personales se vincula a la rebelión del enmascarado. 


Lo más interesante, supongo, es la manera en que las acciones de los personajes edifican sobre la superficie metáforas sociológicas que reflexionan sobre la noción de la identidad y la naturaleza corrupta del Estado, pero sintetizado, en su análisis político, desde el punto de vista de un hombre que entiende que el fin justifica los medios y la revolución hacia la libertad comienza cuando el individuo pierde el miedo para ser libre con el poder de las ideas. 


A modo subtextual, lo más escalofriante, quizás, es la manera en que su narrativa, que se desarrolla en el 2020, profetiza la desinformación, la polarización política, la vigilancia masiva y las consecuencias de una pandemia global que se viene dando desde hace ya cuatro años en el clima político de la actualidad. Se puede decir que encuentra un balance entre el entretenimiento y el comentario social. Y al margen del sombrío estilo visual, la espléndida banda sonora de Dario Marianelli y los personajes complejos, ofrece, como thriller distópico, un recordatorio poderoso de que las ideas tienen la capacidad de cambiar el mundo y que, incluso en las circunstancias más oscuras, la resistencia es posible porque son a prueba de balas.



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Ficha técnica
Título original: V for Vendetta
Año: 2005
Duración: 2 hr. 12 min.
País: Estados Unidos
Director: James McTeigue
Guion: Lilly Wachowski, Lana Wachowski
Música: Dario Marianelli
Fotografía: Adrian Biddle
Reparto: Natalie Portman, Hugo Weaving, Stephen Rea, John Hurt, Rupert Graves
Calificación: 7/10
Memoria

Desde el momento en que entré a mi sala de cine para ver Memoria, de Apichatpong Weerasethakul, sabía que estaba a punto de vivir una experiencia única. Las películas del director tailandés siempre han sido para mí algo más que simples narraciones: son inmersiones sensoriales, mundos poblados de gente extraviada, donde lo mundano se transforma en lo inesperado bajo una extraña capa de paisajes contemplativos. Lo particular es que aquí se va a la selva amazónica colombiana para trasladar por primera vez su cine a occidente y, además, diluir sobre el encuadre las preocupaciones que a menudo gobiernan su cine a través de su poética naturalista. Entra en sintonía con su largometraje previo, Cementerio de esplendor. Pero la diferencia es que, aquí, Weerasethakul emplea su estética con cierta sutileza para acentuar, entre sonidos y poesía visual, el vínculo de la naturaleza que parece haberse perdido entre los recuerdos de los seres solitarios y alienados por el clima urbano, presentado además con una orgánica interpretación de Tilda Swinton. 


La trama se sitúa en Colombia, donde Swinton interpreta a Jessica, una mujer escocesa que trabaja como botánica en un negocio de venta de flores en Medellín y que, luego de despertar por la noche al escuchar un sonido misterioso que solo ella puede percibir, se dispone a transitar por las calles para investigar un poco más sobre el ruido que la perturba; mientras visita a su hermana enferma en el hospital y, asimismo, establece una relación amistosa con un ingeniero de sonido que le ofrece pistas acústicas sobre lo que anda investigando. 


En términos generales, la narrativa adoptada por Weerasethakul muestra el viaje de esta protagonista como el de una mujer perdida que anhela hallar las respuestas de sus inquietudes entre dos panoramas diametralmente opuestos: la ciudad y el campo. Esta dialéctica funciona en la superficie para colocar lecturas bastante soterradas sobre la alienación del individuo contemporáneo que se entiende, de igual modo, como la imposibilidad de contemplar las cosas sencillas de la naturaleza que parecen haber sido arrebatadas por una sociedad que mata a sus integrantes entre edificios, diligencias y labores superfluas. 


Esto es específicamente cierto porque Jessica no recuerda nada cuando está en la ciudad y deambula como un ser vacío por las avenidas; pero cuando viaja al campo "accede" a compartir la memoria con otro para comprender lo que "perdió" de su propia naturaleza, como los ecos de una tragedia que se fugan por la ventana para perderse en la jungla más oscura. En pocas palabras, su síntesis discursiva habla sobre la condición humana y la conexión con la Tierra que a veces se olvida por los dilemas de la modernidad líquida. 


En este sentido, la actuación contenida de Swinton se convierte en el vehículo adecuado para explorar las preguntas planteadas, porque su rostro expresa la complejidad de emociones sin necesidad de grandes gestos o diálogos, de una mujer solitaria, reservada, cuyas pasiones la han alejado de la búsqueda de sentido espiritual, como una alienígena perdida en un mundo extraño que busca reencontrarse consigo misma. 


Esta interpretación de Swinton me resulta hipnótica por la forma en que Weerasethakul la encuadra, en una puesta en escena que refleja sus pericias estilísticas para dimensionar la psicología del personaje por medio de los paisajes del gran plano general, largos planos fijos, la elipsis, el campo-contracampo, la topografía espaciotemporal, el silencio y, ante todo, el sonido diegético que se sutura fuera de campo para crear una atmósfera inmersiva. Desde el primer instante, el diseño sonoro se transfigura en un personaje más, un elemento clave que guía a Jessica a lo largo de la historia mientras yo la observo hipnotizado. Hay escenas en las que simplemente escucho el viento o el agua fluir, como si estuviera en el campo tirado en la grama. Se trata, en efecto, de una película meditativa, arrítmica, deliberadamente ambigua, que me invita a escuchar el mundo de una manera diferente y, sobre todo, a observar el misterio de la belleza en lo cotidiano.



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Ficha técnica
Título original: Memoria
Año: 2021
Duración: 2 hr. 16 min.
País: Colombia
Director: Apichatpong Weerasethakul
Guion: Apichatpong Weerasethakul
Música: César López
Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom
Reparto: Tilda Swinton, Daniel Giménez Cacho, Jeanne Balibar, Juan Pablo Urrego, Elkin Díaz
Calificación: 7/10