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A través del fuego

A través del fuego es una película que, en cierta medida, supone el regreso de Paul Greengrass a su poética de lo verídico, en un intento de abordar ese cine de catástrofes que discretamente se ha puesto de tendencia en Hollywood en los últimos años. Está basada en el libro de Lizzie Johnson, que describe los eventos reales del Camp Fire ocurridos en la localidad de Paradise en 2018 y que, a la fecha, es el incendio forestal más mortífero en la historia del Estado de California. Las dos horas que dura me mantienen enganchado del asiento porque, francamente, me parece un thriller de desastre que nunca pierde el rastro atrapante con las actuaciones de Matthew McConaughey y America Ferrera, con una trama que reafirma la destreza de Greengrass para retratar los acontecimientos con tensión. 


La trama sigue a Kevin McKay, un conductor de autobús escolar con una vida personal fracturada que se ve repentinamente responsable de evacuar a 22 niños y su maestra, Mary Ludwig, mientras el fuego devora los pueblos cercanos. En general, esta premisa sencilla sirve como base para estructurar la narrativa sobre las fórmulas habituales del cine de catástrofe, donde un hombre ordinario se convierte en un héroe accidental al enfrentar el peligro con su instinto de supervivencia. 


Lo interesante es que Greengrass evita sensacionalismos gratuitos y, a menudo, opta por construir el lado tenso del relato de manera progresiva, dejando el espacio necesario en ciertas escenas para aclarar el arco dramático del protagonista al mostrar sus acciones, añadiendo profundidad al desarrollo del conflicto con unos diálogos que me invitan a reflexionar sobre lo que sucede. 


Por tal razón, permanezco enganchado con los problemas familiares de Kevin como padre que intenta recuperar el vínculo con su hijo adolescente mientras cuida a su madre enferma; las operaciones de los bomberos para extinguir los incendios en las montañas y evacuar las zonas afectadas; la rutina de Kevin al conducir el autobús mientras discute con la directora de transporte por el mantenimiento; el deber de Kevin al manejar el autobús con niños por las autopistas mientras lucha contra el tráfico y habla con la profesora sobre la ruta. Aunque algunas escenas ocurren de forma predecible, la trama me resulta sorpresiva porque, por añadidura, suelta con sutileza los golpes de efecto para equilibrar la odisea del conductor y el infierno de llamas en la zona de evacuación. 


El barullo funciona, entre otras cosas, para elaborar un comentario sobre la paternidad y el impacto medioambiental, entendido como la ética de un hombre ordinario que se enfrenta a circunstancias extraordinarias para superar los miedos intrínsecos que lo llevaron a tomar decisiones erráticas en su vida. Este discurso es correcto al explorar temas como la fragilidad de la vida cotidiana y la solidaridad en tiempos de crisis, aunque pierde profundidad por el sesgo progresista que señala a la empresarialidad como responsable del daño medioambiental. 


Al margen de esto, McConaughey ofrece una actuación bastante orgánica al encarnar a un hombre imperfecto —un padre ausente y trabajador en crisis— que encuentra redención en el servicio a los demás, combinando su presencia física con una vulnerabilidad contenida en sus gestos expresivos. Ferrera, por su parte, aporta una conexión emocional creíble con los niños al interpretar a la profesora determinada. La química entre ambos alcanza momentos de intimidad. 


Técnicamente, la dirección de Greengrass deposita algunas de sus virtudes en el montaje dinámico, el encuadre móvil de una cámara en mano con constante movimiento y, asimismo, los efectos especiales que recrean el incendio aterrador: cielos anaranjados, cenizas flotantes y llamas furiosas; valiéndose de la fotografía solvente de Pål Ulvik Rokseth para subrayar el contraste cálido entre las atmósferas diurnas y la oscuridad infernal. Estos elementos, junto a la banda sonora de James Newton Howard, me hacen sentir el calor, el pánico y la claustrofobia dentro del autobús, como si yo formara parte del grupo vulnerable en la vía de escape. Su película es, sin duda, bien entretenida.



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Ficha técnica
Título original: The Lost Bus
Año: 2025
Duración: 2 hr. 10 min.
País: Estados Unidos
Director: Paul Greengrass
Guion: Brad Ingelsby, Paul Greengrass
Música: James Newton Howard
Fotografía: Pål Ulvik Rokseth
Reparto: Matthew McConaughey, America Ferrera, Ashlie Atkinson, Yul Vazquez
Calificación: 7/10
Roofman

En Roofman, Derek Cianfrance recupera los apuntes de su poética del robo con la intención, imagino, de capturar la historia basada en hechos reales sobre el ladrón estadounidense Jeffrey Manchester, quien a finales de los 90 cobró notoriedad en las noticias por robar más de 40 sucursales de McDonald's entrando desde el techo. Se trata de la película más reciente del director de Triste San Valentín y La luz entre los océanos, tras una ausencia de más de nueve años, aunque me supongo que ha valido la espera porque, francamente, las dos horas que tiene de metraje pasan volando por su insólita premisa. Es una película de atraco que también funciona como comedia romántica, pero Cianfrance logra un equilibrio que siempre mantiene el lado entretenido y atrapante por la interpretación de Channing Tatum como el carismático fugitivo, dejando sobre mí una huella duradera cuando establece su química con Kirsten Dunst


La trama sigue a Jeffrey como un ladrón y veterano divorciado del Ejército estadounidense que, por asuntos familiares y la necesidad de hacer feliz a su pequeña hija, decide robar con pistola en mano locales de McDonald's, sin cruzar la línea de la violencia, poco antes de ser arrestado por la policía y volverse un fugitivo de la justicia al escapar de prisión, permaneciendo escondido en un Toys "R" Us de Charlotte en el año 2004, donde sobrevive entre dulces y juguetes. 


En términos generales, esta narrativa me atrapa de inmediato por la manera en que esboza, con cierta ironía, los fragmentos del ladrón de techos, con un trato finamente ajustado que se equilibra bastante bien al subvertir las fórmulas habituales del cine de asaltos, la comedia romántica y el drama biográfico. 


Por si fuera poco, el guión hace que el personaje sea interesante porque sus acciones, narradas con la voz en off, se construyen sobre un dilema ético y moral que profundiza su desarrollo psicológico a través de los diálogos escuetos y las situaciones absurdas que devienen en la cárcel de los juguetes, en las visitas a la iglesia con nombre falso y la relación amorosa que él tiene con Leigh Wainscott. 


El conflicto nunca deja que el ladrón agradable salga impune porque, entre otras cosas, es interrogado desde la superficie con un comentario social sobre la redención, pero entendido como la contradicción de un antisocial que cae en el abismo del crimen para sostener a su familia en medio del desempleo y luego, como fugitivo, trata de remendar sus errores ocupando el rol patriarcal de una nueva familia que encuentra junto a una mujer soltera que lo ve como el padre ausente que necesitan sus dos hijas; explorando además la culpa y el daño que causa a quienes ama. 


La actuación de Tatum ofrece un balance entre lo cómico y lo dramático cuando emplea su expresividad para interpretar el papel de un delincuente oportunista que, debajo del carisma, se halla un hombre moralmente complejo arrastrado a un problema —un padre desesperado que roba McDonald's por su condición socioeconómica— que lo obliga a acumular mentiras para mantener feliz a su familia, como un niño grande atrapado en un cuerpo de adulto que no sabe exactamente lo que quiere; en una de las actuaciones más estupendas de su carrera. Dunst, por su parte, entrega una interpretación más que solvente como la empleada honesta que se enamora sin saberlo de un fugitivo, aportando vulnerabilidad y fuerza expresiva con su mirada. 


Con ellos, Cianfrance evoca en cada escena la textura cálida y orgánica de la atmósfera urbana de los años 2000 filmada en 35mm por Andrij Parekh, consiguiendo además eficacia en los decorados internos de Toys "R" Us, en el uso del encuadre móvil y en la reproducción de los detalles de la época. La banda sonora de Christopher Bear, de igual modo, añade un toque sensible y melancólico. Todo esto logra, en resumen, que la película se vuelva, con humor y ligereza, una meditación conmovedora sobre la búsqueda de segundas oportunidades.



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Ficha técnica
Título original: Roofman
Año: 2025
Duración: 2 hr. 06 min.
País: Estados Unidos
Director: Derek Cianfrance
Guion: Derek Cianfrance, Kirt Gunn
Música: Christopher Bear
Fotografía: Andrij Parekh
Reparto: Channing Tatum, Kirsten Dunst, Peter Dinklage, Ben Mendelsohn, Juno Temple, Lakeith Stanfield 
Calificación: 7/10
El aprendiz

En El aprendiz, Ali Abbasi intenta vender un relato sensacionalista sobre un fragmento de la vida del empresario y actual presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump. La manera en que demoniza su biografía es tan atrevida que, en medio de la polémica en las pasadas elecciones estadounidenses, el propio Trump llegó a llamarlo "trabajo de hacha difamatorio y políticamente repugnante". Las dos horas que duro viéndola me hacen pensar lo suficiente como para saber que, en su abanico de obviedades, se trata de un encargo con marcados fines políticos que busca demonizar a Trump con cierto maniqueísmo. Y de cierta manera lo consigue porque, a pesar de la capa ficcionalizada que exagera algunos hechos, es un biopic sobre Trump que nunca deja de ser entretenido cuando entrega su trama sobre ambición, negocios y el poder corruptor del sueño americano, con dos actuaciones fenomenales de Sebastian Stan y Jeremy Strong. 


La trama, guionizada por el periodista Gabriel Sherman, se ambienta en la ciudad de Nueva York durante los años 70 y sigue a Trump como un empresario ambicioso que custodia el negocio inmobiliario de su familia y que, para quitarse de encima las investigaciones del gobierno federal en contra de su padre por discriminación contra inquilinos afroamericanos, establece un vínculo con el poderoso abogado Roy Cohn, con el que además aprende las reglas necesarias para triunfar en la esfera del capitalismo. 


En términos generales, la narrativa me resulta atrapante por la forma en que Abbasi, dicho sea de paso, opta por mostrar la asociación entre Trump y Cohn sobre la vieja dialéctica del discípulo y el maestro, pero estacionada ahora sobre la vorágine capitalista que sirve como base para examinar los años de formación del empresario. 


Los personajes están desarrollados con soltura, y las escenas están ensambladas con un ritmo que es consistente distribuyendo la asesoría del abogado influyente sobre el empresario novato; las fiestas decadentes que revelan la homosexualidad tapada del mentor; las negociaciones a puerta cerrada para convencer a los inversionistas de bienes raíces; el matrimonio del millonario con la modelo llamada Ivana; la manipulación del administrador sobre sus propios familiares; el ascenso absoluto del empresario exitoso que dirige su imperio desde el interior de la lujosa Torre Trump durante la era Reagan en los años 80. 


En su síntesis discursiva, el material suele presentar la figura de Trump como un hombre rico que aprende a negociar atacando lo establecido, la moral y la verdad sin ningún rastro de empatía; pero esto funciona, entre otras cosas, para edificar un comentario satírico sobre los vicios del capitalismo, entendido ahora como la forma individualizada en que un empresario pierde moralmente el contacto con su propia humanidad a medida que es aprisionado por la corrupción, el engaño, la traición y el poder necesario para conquistar el sueño americano. 


Nada de esto sería posible, supongo, sin la actuación estupenda de Stan. Me parece que es la mejor interpretación de su carrera y no hay ni una sola escena en la que no luzca creíble cuando utiliza la mirada, los gestos y las manías para mimetizar, con densidad dramática, la personalidad de Trump como la de un individuo narcisista, elegante, soberbio, ingrato, manipulador y adicto a las anfetaminas, que debajo del traje caro se aprovecha de las debilidades ajenas para satisfacer sus ambiciones personales como lobo capitalista, entre las que se encuentran las infidelidades con otras mujeres, las cirugías de liposucción para detener su obesidad y reducción del cuero cabelludo para ocultar la calvicie. Su performance aterriza al personaje de Trump, evitando convertirlo, dentro de los marcos ficcionales, en una caricatura paródica. A su lado también hay una actuación bastante solvente de Strong como el abogado que, con elegancia y verborrea sofisticada, enseña los trucos empresariales al protegido antes de su declive. 


Con ellos, Abbasi construye un biopic rítmico y entretenidísimo que, bajo una relación de aspecto cuadrada, captura la época con mucha fidelidad, sin perder de vista la atención al detalle en su retrato ficcionalizado sobre un multimillonario maquiavélico. 



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Ficha técnica
Título original: The Apprentice
Año: 2024
Duración: 2 hr. 02 min.
País: Canadá
Director: Ali Abbasi
Guion: Gabriel Sherman
Música: Martin Dirkov, David Holmes, Brian Irvine
Fotografía: Kasper Tuxen
Reparto: Sebastian Stan, Jeremy Strong, Maria Bakalova, Martin Donovan
Calificación: 7/10
Diarios de motocicleta

Diario de motocicletas es una película de Walter Salles que no me produce una catarsis emocional como para elogiarla hasta las nubes, pero a lo justo evoca sobre mí una extraña sensación liberadora que me atrapa y, ante todo, deja un rastro de enorme belleza visual con las panorámicas mostradas durante la reconstrucción higienizada del viaje de Ernesto Guevara por la carretera continental. Esto consigue añadirle una dimensión naturalista a la poética del viaje que, en su registro biográfico, reconstruye la ruta del futuro guerrillero marxista con dos actuaciones espléndidas de Gael García Bernal y Rodrigo de la Serna; sin perder de vista el horizonte que constituye su discurso político y socioantropológico. Su argumento está basado en las memorias escritas por el Che cuando apenas era un veinteañero. 


La trama se sitúa a principios de los años 50 y sigue a Ernesto Guevara como un estudiante de medicina que, poco antes de terminar su carrera, emprende un viaje en motocicleta junto a su amigo Alberto Granado, partiendo desde Buenos Aires para viajar miles de kilómetros por América del Sur y regresar en avión desde Venezuela. 


En términos generales, la narrativa, contada desde el punto de vista del Che, suele frecuentar los lugares comunes del road movie cuando los protagonistas viajan en moto por el continente y se acuestan con las mujeres que conocen; cuando discuten al aire libre las dificultades que ralentizan el viaje; cuando observan paisajes impresionantes de montañas; cuando se hacen pasar por doctores para ganar dinero. 


Pero me parece interesante porque, como relato de mayoría de edad, Salles desmitifica la figura de Guevara para mostrarlo, en sus pretensiones progresistas, como la versión romantizada, de un joven idealista en búsqueda de una identidad, que encuentra terapéutico viajar en moto por las carreteras para descubrir otras culturas y cuya mirada catalizadora, asimismo, despierta su conciencia política cuando es testigo de las presuntas injusticias que laceran la dignidad de las clases más empobrecidas de Latinoamérica. Su síntesis discursiva puntualiza, en algunas escenas, las desigualdades económicas endémicas del continente, la condición social de las comunidades indígenas y la represión política que se organiza fuera de campo contra los comunistas analfabetos, a pesar de que a veces cae en el abismo didáctico de las obviedades maniqueas de izquierda que santifica al revolucionario marxista más allá de lo necesario. 


Las motivaciones de los personajes tienen profundidad en su lado biográfico. Y me resulta agradable observar en su viaje de amistad los momentos de diversión, las disputas, la rebeldía juvenil, las reflexiones personales. De igual forma, hallo mucha química en las interpretaciones de Gael García Bernal y Rodrigo de la Serna. Uno interpreta a un muchacho rebelde, autorreflexivo, solidario, honesto, mujeriego, cuya ambición lo lleva a mirar con sus propios ojos la diversidad etnológica de la región, pero también el panorama de desdicha que se esconde detrás de las cordilleras rodeadas de niebla; en un trayecto que modifica su personalidad, varios años antes de caer adoctrinado por las ideologías de la izquierda que lo convertirían en un ícono revolucionario. El otro interpreta a un hombre decidido, promiscuo, extrovertido, que posee el don de la palabra para engañar a los demás y arranca en su moto La Poderosa a ritmo lento para disfrutar de su juventud antes de realizar como voluntario labores de leprosería. 


Con ellos dos, Salles blanquea la histórica expedición en moto y, además, utiliza una estética contemplativa, cercana a un documental, que se vuelve absorbente, ante todo, por el uso proxémico del espacio, manifestado con ímpetu en las panorámicas que magnifican las atmósferas naturalistas de los ecosistemas latinoamericanos constituidos por montañas, praderas, bosques, nieve, ríos, desiertos y pueblos remotos. Su topografía de paisajes, en resumen, me resulta lo suficientemente hermosa como para montar un comercial de National Geographic. 



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Ficha técnica
Título original: Diarios de motocicleta
Año: 2004
Duración: 2 hr. 06 min.
País: Argentina
Director: Walter Salles
Guion: José Rivera
Música: Gustavo Santaolalla
Fotografía: Eric Gautier
Reparto: Gael García Bernal, Rodrigo de la Serna, Mía Maestro, Mercedes Morán
Calificación: 7/10
BlackBerry: El inicio de la historia

En BlackBerry, el tercer largometraje del cineasta canadiense Matt Johnson, se narra la historia poco conocida sobre los fundadores de Research In Motion (RIM), la compañía detrás de los teléfonos inteligentes de BlackBerry, en la misma línea que La red social (Fincher, 2010) y Steve Jobs (Boyle, 2015). Y lo que me cuenta, en más o menos dos horas, me entretiene bastante. Visto desde la superficie su fórmula biográfica es previsible, pero me olvido de todo ello porque es una comedia endiabladamente entretenida, que goza de sólidas actuaciones y nunca pierde su ritmo de consistencia narrando con pulso dramático el ascenso y caída de BlackBerry. 


Su argumento, basado en el libro Losing the Signal: The Untold Story Behind the Extraordinary Rise and Spectacular Fall of BlackBerry, se sitúa en 1996 en la localidad de Waterloo en Canadá y sigue de cerca a Mike Lazaridis, y su mejor amigo Douglas Fregin, en los tiempos en que preparan el prototipo de un dispositivo celular llamado "Pocketlink" al empresario Jim Balsillie, luego de haber sido engañados por otra compañía al vender unos módems, con la finalidad de venderlo para rescatar a la empresa de una bancarrota segura. 


En una primera mitad, muestra la fricción que surge entre los personajes, el liderazgo de Balsillie como CEO con una estrategia de negocios que busca revolucionar el mercado de los teléfonos móviles, las reuniones con potenciales inversionistas, el trabajo de ingeniería de Lazaridis como co-CEO para ensamblar con sus ideas un prototipo de Pocketlink al que renombran como "BlackBerry" (instalando, por defecto, uno de los primeros teléfonos inteligentes del mundo), la dominación absoluta del BlackBerry en el mercado de la telefonía móvil frente a competidores hostiles que la ven como una amenaza, y los problemas de infraestructura de las redes por sobrecarga. En la segunda presenta la decadencia de la corporación tras ocupar la cima de la pirámide, iniciada por la crisis de liderazgo interno, la ambición desmedida de Balsillie por comprar franquicias de hockey, la indecisión creativa de Lazaridis para innovar y las alarmas que activa el lanzamiento del iPhone anunciado por Steve Jobs en 2007. 


En todo el conjunto, el asunto me resulta sumamente entretenido por la manera en que Johnson, con una mirada cercana al docudrama, equilibra adecuadamente los conflictos, el humor y los diálogos con unos personajes cautivantes que elevan las escenas que se desarrollan a puerta cerrada para examinar, propiamente dicho, el fracaso corporativo entendido como la crisis gerencial de unos administradores que no se ponen de acuerdo para mantener un grado de innovación en el transitorio mercado competitivo de la tecnología. Hay humor y tristeza en los conflictos de los personajes. Su tono tragicómico me parece finamente ajustado. 


Además, dentro de su marco de sencillez hay una auténtica reproducción de la época que, a veces, da la sensación de que fue filmada en los 90, así como una banda sonora emotiva y un uso solvente del encuadre móvil que dinamiza la acción a través de la cámara en mano y el zoom rápido (crash zoom) que de golpe encuadra a los personajes en plano medio para lograr, en ocasiones, un buen efecto cómico. Pero lo que verdaderamente se queda conmigo, después de los créditos, son las actuaciones principales de Jay Baruchel y Glenn Howerton. Uno interpreta a un genio de la computación que es tímido, indeciso y dependiente. El otro interpreta a un empresario temperamental, arrogante y manipulador. La mezcla es explosiva cuando ambos están en pantalla. Me atrapa y no me suelta hasta el final.



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Ficha técnica
Título original: BlackBerry
Año: 2023
Duración: 2 hr. 00 min.
País: Canadá
Director: Matt Johnson
Guion: Matt Johnson, Matthew Miller
Música: Jay McCarrol
Fotografía: Jared Raab
Reparto: Jay Baruchel, Glenn Howerton, Matt Johnson, Cary Elwes
Calificación: 7/10
In Cold Blood

A sangre fría es una película en la que Richard Brooks, con una mirada cercana al documental y los elementos comunes del drama policial, procesa la meticulosa reconstrucción de un homicidio, sin perder nunca el rastro de tensión que extrae del material adaptado de la novela homónima de no ficción de Truman Capote. No sé si se trata de lo mejor que he visto de su catálogo, sobre todo porque se construye sobre la base de los registros habituales del cine policial que la colocan en una trayectoria previsible, pero, desde luego, no deja de parecerme atrapante por las actuaciones formidables de Robert Blake y de Scott Wilson. 


En la trama, tanto Blake como Wilson, interpretan respectivamente a Perry Smith y a Richard "Dick" Hickock, un par de ex convictos que se conocen en una zona rural de Kansas en el otoño de 1959 y, en medio de las miserias personales, se disponen juntos a elaborar un plan para invadir la gran de la adinerada familia Clutter, con el fin de robar una cantidad considerable de dinero (unos $10 mil dólares) que supuestamente guardan en una caja fuerte de pared. 


Por una parte, Brooks sigue de cerca el modo de vida de los ladrones después de que ejecutan el crimen fuera de campo y huyen por la carretera sin dejar evidencias en la noche más oscura; mostrando primero a Perry como un hombre inseguro, mentalmente desequilibrado, adicto a las aspirinas, antiguo veterano de Corea, cojo de una pierna cicatrizada, que rememora constantemente los abusos físicos y emocionales que recibía de todo los que lo cuidaron durante su estadía miserable en el núcleo de una familia disfuncional (con un padre abusivo y una madre alcohólica) antes de cometer sus primeros delitos; y, segundo, presentando a Dick como un tipo extrovertido, cínico, mujeriego, pusilánime, adicto al dinero fácil, que luego de salir de la cárcel recurre al robo a mano armada para ganarse la vida en una sociedad norteamericana marcada por la falta de oportunidades, aprovechándose de la ingenuidad de Perry para que sea su mano derecha. 


Por la otra, Brooks muestra primero la perspectiva de la familia Clutter antes de la noche de los asesinatos y, tras el punto de giro, vuelca su relato al punto de vista de los detectives de la policía que investigan la escena del crimen al poco tiempo de iniciar la cacería sobre los dos sospechosos, mientras examinan las pistas y formulan cuestionarios sobre las posibles causas que condujeron a los asesinos sociopáticos a matar con un cuchillo y escopeta a una familia de cuatro miembros. 


En términos estructurales, los dos episodios que convergen están ensamblados con un montaje paralelo que mantiene un grado notable de consistencia examinando en cada escena la psicología de los homicidas fugitivos y la ética del deber de los policías que investigan para atraparlos, en una extraña mezcla entre el cine de carretera en pareja, el drama psicológico, el thriller policial, el terror de invasión de casas y el cine carcelario. 


Pero, además, me resulta cautivadora la manera en que Brooks emplea una serie de mecanismos estéticos para acentuar la psicología de los personajes a través del sonido diegético, la elipsis, la analepsis, el plano subjetivo, la acertada banda sonora de jazz de Quincy Jones y un oportuno trabajo de fotografía de Conrad L. Hall que magnifica la textura de la imagen por medio de atmósferas lóbregas compuestas mayormente de claroscuros; en una puesta en escena bastante moderna que añade realismo en casi todas las locaciones exteriores que se encuadran en blanco y negro. 


Con todos esos componentes sobre la marcha, su retrato al estilo del true crime es tenso, escalofriante, perturbador, cuando dialoga sobre la pena de muerte y, ante todo, reflexiona sobre la imposibilidad del sueño americano de aquellos inadaptados sociales que, pocas veces, son escuchados antes de ser declarados culpables de todos los cargos.



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Ficha técnica
Título original: In Cold Blood
Año: 1967
Duración: 2 hr. 14 min.
País: Estados Unidos
Director: Richard Brooks
Guion: Richard Brooks
Música: Quincy Jones
Fotografía: Conrad L. Hall
Reparto: Robert Blake, Scott Wilson, John Forsythe, Paul Stewart
Calificación: 7/10
Dantón

Tras unos cuantos años sin escudriñar el cine de ese gran director polaco llamado Andrzej Wajda, siendo El hombre de hierro la última película suya que recuerdo haber visto, regreso a su selección con el visionado de Dantón, una película biográfica que está adaptada de la obra de teatro escrita en 1929 por el dramaturgo Stanisława Przybyszewska y que, por alguna razón, ha quedado marginada en el olvido con el paso de los años. Para sorpresa mía, es una de las mejores que he visto del cineasta. Lejos de las imprecisiones, es una película histórica en la que Wajda ilustra, con una estética soberbia, la injusticia y los choques de poder que devoraron la Revolución francesa como Saturno lo hizo con sus hijos, empleando dos actuaciones formidables de Gérard Depardieu y de Wojciech Pszoniak que elevan la consistencia narrativa durante más de dos horas. 


El argumento se sitúa en pleno apogeo del Reinado de Terror y se desarrolla básicamente sobre el conflicto político entre dos de las personalidades más emblemáticas de la época de la Revolución, los dos líderes jacobinos Georges Danton y Maximilien Robespierre, donde el núcleo interroga los claroscuros morales de ambos. 


En una primera parte, Robespierre tiene mayor protagonismo y es mostrado como un autócrata frío, reservado, quebradizo, taciturno, que ejerce el poder de forma dictatorial desde las reuniones a puerta cerrada que organiza en su Comité de Salud Pública con la única finalidad de castigar a los opositores y de conspirar para eliminar a Danton, aunque en un principio se niega porque este es su amigo y además se ha ganado la voluntad popular. En una segunda mitad, Danton adquiere un rol más significativo y es presentado como un individuo justo, temperamental, contestatario, de oratoria elegante, que deposita su confianza en esa gente que se muere de hambre en las calles y lo ven como un libertador que desafía la autoridad, mientras rechaza la vía del golpe de Estado para derrocar la tiranía de Robespierre, optando por el método del diálogo como herramienta razonable de diplomacia gubernamental antes del juicio ilegítimo. 


La actuación de Depardieu me parece bastante sobria cuando interpreta a Danton con gestos histriónicos que agregan un valor mayúsculo a los discursos idealistas que lanza con energía wagneriana sobre el Tribunal que escucha su voz ronca antes de guillotinarlo. En la contraparte, Pszoniak también está a la altura cuando personifica a Robespierre como un dictador hipocondríaco, sibilino, que medita entre silencios y exabruptos para guillotinar a sus enemigos mientras es consumido por la incertidumbre. 


Con un ritmo consistente, Wajda consigue dotar la dialéctica de estos dos adversarios de una capa de intimismo y, ante todo, le confiere al relato una dimensión realista que reduce las acciones de los personajes a conversaciones en interiores que acentúan, entre otras, la lucha por la libertad entendida como la resistencia de un hombre honesto y de convicción firme que pone su dignidad por encima de todo para señalar las injusticias, las persecuciones y las mentiras como una condena de los que corrompen el poder burocrático para pulverizar la esperanza de la gente y dinamitar los caminos democráticos de la república, en una lectura que a modo soterrado también refleja con paralelismos la lucha del sindicato Solidaridad contra el estado opresivo y tiránico que ejercía el régimen soviético sobre el pueblo polaco (donde Danton y Robespierre son, respectivamente, analogías de Lech Walesa y de Wojciech Witold Jaruzelski). 


Pero también captura con sobriedad el panorama del París del siglo XVIII en una puesta en escena que se destaca por la reproducción auténtica del período a través del vestuario y los decorados detallados del diseño de producción de Allan Starski, encuadrando además la sordidez de las calles empobrecidas y los salones cubiertos de espacios elegantes, con un trabajo de fotografía bastante solvente de Igor Luther en el que predomina el encuadre móvil y las atmósferas que evocan el fatalismo trágico que se avecina por medio de símbolos. La música sinfónica de Jean Prodromidès me causa un placer acústico cercano al atonalismo de Skriabin cuando escucho su partitura siniestra de coros y orquestaciones. Y el plano final, del niño que tímidamente rompe la cuarta pared para declamar los artículos de derecho de la Constitución revolucionaria frente a un atormentado Robespierre, tiene una potencia emocional que, propiamente dicho, no olvidaré en mucho tiempo. 



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Ficha técnica
Título original: Danton
Año: 1983
Duración: 2 hr. 16 min.
País: Francia
Director: Andrzej Wajda
Guion: Jean-Claude Carrière, Agnieszka Holland, Jacek Gasiorowski, Andrzej Wajda
Música: Jean Prodromidès
Fotografía: Igor Luther
Reparto: Gérard Depardieu, Wojciech Pszoniak, Anne Alvaro, Patrice Chéreau, Angela Winkler
Calificación: 8/10
Napoleón

Con una duración de cinco horas y media, Napoleón es una de las películas mudas más largas que he visto. A lo largo de los años muchas versiones, todas con distintas duraciones, se han proyectado en algunas salas de cine, pero la copia que ha llegado hasta mi cineteca es una edición restaurada por el historiador Kevin Brownlow. No creo que se trate de una obra maestra de la historia del cine, sobre todo por ese tercer acto algo melodramático en el que pierde ritmo y se extiende más allá de lo necesario, pero me parece una épica histórica que, en sus momentos más sólidos, pone en relieve las enormes pericias estéticas de Abel Gance como cabeza del cine impresionista francés, aunque a veces no me emociona lo suficiente como para alcanzar las nubes. 


Su argumento cuenta los primeros años de Napoleón en cuatro actos y dos épocas. En la primera mitad, narra los episodios en la infancia de Napoleón cuando este inicia una pelea de bolas de nieve con otros niños y estudia en una academia militar para hijos de la nobleza; la adultez temprana de un joven Napoleón que observa, como oficial del ejército, la apertura de la Revolución francesa en la que Danton, Marat y Robespierre despiertan la ira del pueblo que desea vengarse de los monarcas; los problemas familiares en Córcega que lo obligan a exiliarse para salvarse de los enemigos que lo persiguen; la ascensión a general por el liderazgo ejercido para obtener la victoria en el asedio de Toulon. En la segunda, se relata el ascenso al poder de Napoleón tras la muerte en la guillotina de Danton y Robespierre durante el reinado del terror; el cortejo romántico con Joséphine que termina en matrimonio; la batalla de Montenotte en Italia donde lanza su discurso patriótico para solidificar la moral de las tropas francesas que avanzan triunfalmente por la cima de la montaña. 


En las dos mitades, la narrativa mantiene un grado notable de consistencia en su reconstrucción histórica y, dicho sea de paso, me atrapa por la manera en que retrata a Bonaparte como un hombre frío, calculador, introspectivo, reservado, impasible, de presencia dominante, obsesionado con tocar el cielo como conquistador de Europa, a pesar de que Gance no suele interrogar sus horizontes morales y muchas veces lo ilustra simplemente como un líder idealista y símbolo mesiánico al servicio de la transparencia chauvinista. 


Por lo menos, en ese sentido, la interpretación de Albert Dieudonné eleva el material al emplear su registro expresivo para ilustrar los estados de ánimo de Napoleón con los gestos, la mirada y la imponente forma de caminar. También hay una actuación secundaria bastante agradable de Gina Manès, como la esposa Joséphine. 


Pero, quizá, lo que predomina con un brío significativo es la innovación técnica que Gance demuestra en la puesta en escena a través del trabajo de montaje que toma prestado algunos elementos previamente utilizados por Griffith y Eisenstein y que, ante todo, funcionan como dispositivos estéticos que acentúan en la superficie la subjetividad del protagonista, como el plano simbólico (el águila, el mapamundi, la bandera, etc.), el primer plano, el plano subjetivo, el uso de la analepsis, los paralelismos, la elipsis de estructura, la cámara en mano, la sobreimpresión de múltiples escenas, los puntos de iluminación que subrayan las sensaciones intrínsecas, los decorados que reproducen el período con el vestuario, el encuadre móvil de una cámara en constante en movimiento que rechaza el estatismo y dinamiza la acciones en las escenas de mayor intensidad, y, sobre todo, las panorámicas encuadradas con el formato Polyvision (utilizadas exclusivamente para el clímax) que ordena una relación de aspecto extremadamente amplia al mostrar tres imágenes una al lado de la otra, como si fuera un tríptico de acción simultánea en pantallas divididas. 


El asunto, por ese lado, es inolvidable y me deja razonando en lo que pudieron ser esas otras cinco películas biográficas sobre la carrera de Napoleón que Gance nunca pudo realizar. Esta es, propiamente dicho, una prueba de su ambición.



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Ficha técnica
Título original: Napoleon
Año: 1927
Duración: 5 hr. 33 min.
País: Francia
Director: Abel Gance
Guión: Abel Gance
Música: N/A (muda)
Fotografía: Jules Kruger, Jean-Paul Mundwiller, Léonce-Henri Burel 
Reparto: Albert Dieudonné, Gina Manès, Edmond Van Daële
Calificación: 7/10
El conde

En El conde, Pablo Larraín regresa a ese cine sobre figuras históricas que ha depurado su estilo en los últimos años (con ejemplos tan claros como Jackie, Neruda y Spencer), pero refugiándose en los elementos habituales de la sátira para señalar, en clave de la ucronía y de la comedia de terror, algunos de los delitos del dictador chileno Augusto Pinochet. No es exactamente una película que me traslade hasta las nubes de su filmografía, sobre todo porque a veces pierde ritmo y su crítica política permanece situada en un terreno gris, pero su farsa de terror vampírico me resulta mordaz, oscura y bien entretenida cuando vuela por los cielos para interrogar la decadencia de una élite política que se chupa la sangre de los inocentes en beneficios de la tiranía. Su núcleo parece casi una secuela espiritual de El club, pero ahora su argumento no se concentra en unos curas condenados al ostracismo mientras expían sus pecados, sino más bien en una familia de burgueses que se reúnen a puerta cerrada para discutir su estado decadente; en una extraña mezcla narrativa que toma prestada algunas ideas conceptuales de Teorema (Pasolini, 1968) y Nosferatu, el vampiro (Herzog, 1979). 


Tras el breve prólogo de una voz en off que describe a Pinochet como un vampiro de 250 años que comenzó su historial delictivo desde la Revolución francesa, su trama se desarrolla en la actualidad chilena y muestra a Pinochet como un anciano débil, cansado, inmoral, atrapado por la gloria del pasado, que ha dejado de tomar la sangre de la gente y tras su muerte fingida vive en una localidad remota junto a su fiel mayordomo, Fyodor; donde tiene la intención de morirse de una vez por todas por la complicada situación financiera de su familia y la deshonra pública de su figura (le molesta que lo acusen de ladrón, a pesar de que no le importa que lo llamen asesino), aunque ocasionalmente suele vestirse de militar para volar de noche por la ciudad en busca de nuevas víctimas. 


El periplo del vampiro Pinochet, dentro de su marco de originalidad, tiene algunas escenas divertidas que se construyen a partir de los episodios sangrientos y, ante todo, de los diálogos que sostiene la familia con una monja joven que llega para exorcizar los demonios del conde, pero cuya sintaxis, arreglada por el relato no iconógeno, revela a modo subliminal la corrupción del dictador entendido como el enriquecimiento ilícito de un tirano corrupto que, fuera de los crímenes de lesa humanidad y de la falta de ética, se refugiaba en la malversación de fondos estatales y en el lavado de activos para enriquecer a su familia. 


Su discurso de carácter antipinochetista también acentúa la hipocresía conservadora para aceptar las verdades lóbregas que se ceden como herencia dentro de la esfera de privilegios, mostrando a Pinochet y su familia sin ningún tipo de carisma o empatía, como seres vampirescos de moral putrefacta, aunque en algunos pasajes se debilita cuando solo subraya la parte obvia del asunto. 


Sin embargo, incluso con las falencias discursivas la fábula gótica mantiene un grado de consistencia, manteniendo el tono burlesco con actuaciones agradables de ​Jaime Vadell, Paula Luchsinger, Gloria Münchmeyer y el siempre mayúsculo Alfredo Castro. 


Con ellos, Larraín reconstruye los últimos días del dictador no solo para revisar las fechorías oscurecidas por la impunidad, sino, además, para rastrear el legado político que todavía pesa sobre la memoria colectiva de una sociedad chilena amenazada por el resurgimiento de la extrema derecha; en una puesta en escena que goza de realismo mágico y de atmósferas oscuras de contraste gótico que elevan el componente proxémico del espacio con el trabajo fotográfico en blanco y negro de Edward Lachman, además de una partitura de música clásica que escucho con placer. A veces el resultado peca de solemne, pero es una comedia negra que nunca pierde su horizonte cómico, profano y excéntrico. Para mi gusto es, propiamente dicho, otra buena película del director chileno.



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Ficha técnica
Título original: El Conde
Año: 2023
Duración: 1 hr. 51 min.
País: Chile
Director: Pablo Larraín
Guión: Guillermo Calderón, Pablo Larraín
Música: 
Fotografía: Edward Lachman
Reparto: Jaime Vadell, Paula Luchsinger, Alfredo Castro, Gloria Münchmeyer, Stella Gonet 
Calificación: 7/10


Un asunto real

La reina infiel, conocida también en otros lados como Un asunto real, es una película de Nikolaj Arcel que yo no pude ver cuando se estrenó hace ya más de diez años y fue una sensación en la temporada de premios. Ahora no sé si haya valido la pena esperar tanto tiempo, pero por lo menos me conformo con saber que sus imágenes me causan regocijo durante más de dos horas. Para mi gusto, es un drama de época elegante, emotivo, que goza de interpretaciones espléndidas del trío protagónico y mantiene un grado de consistencia notable en su reproducción de un período particular de la monarquía danesa. Comparte ciertas similitudes con la agradable La locura del rey Jorge (Hytner, 1994) cuando subraya la vesania como el síntoma de los cambios políticos en la esfera aristocrática. 


Su trama se desarrolla en Dinamarca en el siglo XVIII y narra los acontecimientos desde la óptica de Carolina Matilde de Gran Bretaña, una monarca que desde el exilio redacta una carta en primera persona a sus hijos para decirles la verdad, primero, sobre la infelicidad que tuvo al lado de su marido, el rey Christian VII, que sufre una enfermedad mental que lo obliga a tomar decisiones erráticas como soberano y, segundo, sobre el gran amor que encontró en su amante, el médico alemán Johann Friedrich Struensee, un hombre de la Ilustración que es un idealista de la libertad de expresión para ayudar a los marginados condenados a la servidumbre voluntaria. 


La narrativa de adulterio en la realeza se estructura como un largo racconto que, a pesar de que tarda en posicionar su ritmo, me atrapa por la manera en que los conflictos centrales se esbozan a través de escenas dotadas de romance, pasión y una ligera capa de erotismo, con un toque diminuto de intriga que funciona como el hilo conductor de las acciones de los personajes que se establecen, ante todo, cuando el confidente del rey enloquecido seduce a la reina desilusionada a puertas cerradas y discretamente persuade al monarca con sus ideas progresistas para establecer reformas a favor de los más desfavorecidos, mientras se gana unos cuantos enemigos de la corte real que luego conspiran en su contra una vez que se convierte en el líder de facto del Estado danés. 


Las actuaciones del reparto principal son la piedra angular que sostienen la narración y me parecen creíbles dentro de sus respectivas líneas históricas. Destaco primero la de Mads Mikkelsen como el estratega frío, calculador, que divide sus deberes entre la lealtad al rey, el amor por la reina y el poder que utiliza con sabiduría para abolir el statu quo de los conservadores y promulgar leyes que transformen a Dinamarca en un país alejado de la Edad Media. También la de Alicia Vikander como la reina gentil, desdichada, educada, que encuentra la felicidad en el idilio en secreto que mantiene con el intelectual ilustrado. Y la de Mikkel Boe Følsgaard como el monarca excéntrico, ciclotímico, promiscuo, que en medio de su aparente insania halla en su mano derecha la amistad que nunca tuvo con nadie. 


La eficacia del reparto se compensa con una puesta en escena que acentúa con fuerza los decorados, el vestuario y el panorama aristocrático que se suele iluminar con atmósferas neblinosas y frías de la lente de Rasmus Videbæk. Y quizá hay minúsculos registros previsibles que toman la ruta del biopic al servicio de la estampa más convencional, pero, desde luego, Arcel logra que el juego de poder se sostenga con la mezcla de mentiras, infidelidad, asesinato y conspiraciones.



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Ficha técnica
Título original: A Royal Affair (En kongelig affære)
Año: 2012
Duración: 2 hr. 17 min.
País: Dinamarca
Director: Nikolaj Arcel
Guión: Nikolaj Arcel, Rasmus Heisterberg, Lars von Trier
Música: Gabriel Yared, Cyrille Aufort
Fotografía: Rasmus Videbæk
Reparto: Mads Mikkelsen, Alicia Vikander, Mikkel Boe Følsgaard, Rasmus Videbæk, Trine Dyrholm, David Dencik
Calificación: 7/10


La vida de Émile Zola

La vida de Émile Zola es una película de William Dieterle que funciona, discretamente, como una continuación del ciclo de biopics históricos que adornaba los escaparates de la Warner Bros. durante la década de los 30 (estrenada un año después del éxito de La historia de Louis Pasteur, también dirigida por Dieterle). No es exactamente la mejor que he visto sobre biografías de figuras históricas trascendentales, como decían en el tiempo de su estreno, pero me parece un biopic de Dieterle bastante conmovedor sobre las injusticias, la honestidad y el valor de la verdad, que deposita su mayor carta dramática en la actuación edificante de Paul Muni como el gran Émile Zola. 


Su argumento se sitúa a partir del año 1892 y narra la vida de Zola desde que es un infeliz vive en la pobreza junto con su colega Paul Cézanne, alejado de su esposa y de su madre, hasta que varios años después se convierte en un escritor famoso y polémico que, con cada libro vendido, sacude el tejido sensible de la sociedad francesa del siglo XIX, mientras es testigo de la condición de las masas que naufragan en las calles de la miseria y, además, despierta la ira de los empleadores y de los agentes de la autoridad que no toleran las críticas impresas en un pedazo de papel. 


Con un ritmo placentero, Dieterle relata el asunto de Zola en la primera mitad con los rasgos comunes de los dramas biográficos, donde se explora la faceta intelectual del autor y su compromiso político para denunciar los abusos del poder, además de los privilegios alcanzados por la publicación de sus novelas y ensayos, mostrándolo como una persona honesta que está siempre motivada por la ética del deber. 


Sin embargo, en la segunda mitad reduce la estela de protagonismo de Zola y traslada la narración al terreno del drama judicial, en unas escenas que esquematizan, con un pulso considerable, las causas y consecuencias del caso Dreyfus, en el que un judío honesto llamado Alfred Dreyfus es acusado injustamente de alta traición por la cúpula militar y luego desterrado a la Isla del Diablo en la Guayana Francesa para cumplir su condena como prisionero, mientras Zola lee pruebas encontradas por la esposa de Dreyfus y trata de probar la inocencia de este a partir del controversial artículo "Yo acuso" publicado en el periódico L'Aurore, donde se le acusa de difamación y en el célebre juicio señala a los corruptos del ejército. 


Incluso conociendo a fondo las licencias creativas de Hollywood que omiten el antisemitismo francés de la época por razones obvias, me resulta interesante la manera en que se examina la intolerancia, la moralidad y el honor entendido como la integridad de un hombre comprometido con sus ideales que anhela luchar desde el exilio en nombre de las causas humanistas para defender la verdad. 


La actuación de Muni eleva el material y añade una capa camaleónica para ilustrar la personalidad de Zola con la mirada, la voz, el maquillaje que transforma su apariencia y los gestos de su amplio registro dramático, alcanzando una cima significativa en el discurso climático en el que desenmascara las diatribas nacionalistas de los militares deshonestos que se han dejado corromper por el poder para encubrir las injusticias. A su lado hay una actuación secundaria muy notable de Joseph Schildkraut como Dreyfus y, también, una puesta en escena que se enriquece con el vestuario y la reproducción auténtica de la época, el encuadre móvil que rompe el estatismo de la cámara, y una música muy emotiva de Max Steiner. Todos estos elementos consiguen, al menos en la superficie, que sea un biopic muy emotivo.



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Ficha técnica
Título original: The Life of Emile Zola
Año: 1937
Duración: 1 hr. 56 min.
País: Estados Unidos
Director: William Dieterle
Guión: Norman Reilly Raine, Heinz Herald, Geza Herczeg
Música: Max Steiner
Fotografía: Tony Gaudio
Reparto: Paul Muni, Henry O'Neill, Joseph Schildkraut, Gale Sondergaard
Calificación: 7/10

Tras su ruptura comercial con la Warner Bros., Christopher Nolan regresa a sus experimentos cinematográficos para mostrar la radiografía del padre de la bomba atómica.



Oppenheimer



A menudo Robert Oppenheimer suele ser acreditado como el padre de la bomba atómica. El titulo indiscutible se lo concedió la portada de la revista Times poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial y, de alguna manera, corroboraban sus contribuciones como físico teórico que impulsaron el programa detrás del Proyecto Manhattan y su culminación exitosa en la Prueba Trinidad en Los Álamos donde se llevó a cabo la primera detonación de este tipo. Pero su papel en la producción de dicho experimento monstruoso le trajo una serie de adversarios poderosos en la esfera gubernamental y militar que, entre otras cosas, se oponían a las posturas éticas que él tomó sobre los peligros de esas armas y su utilización sobre civiles inocentes en la guerra, recordándoles la infamia cometida por Truman en Hiroshima y Nagasaki en Japón. Sobre su biografía se han rodado documentales, series para la televisión, representaciones en el docudrama El principio o el fin (Taurog, 1947) donde es interpretado por Hume Cronyn y una interpretación secundaria de Dwight Schultz en la película Arma secreta (Joffé, 1989), así como se han escrito un puñado de libros, pero por la polémica que lo rodeó nunca se había llevado a la gran pantalla con el tratamiento apropiado que corresponde a un protagonista.

 

En Oppenheimer, Christopher Nolan cubre un fragmento de esos hechos sobre la vida del famoso científico para otorgarle el protagonismo que se le había negado, adaptando el material biográfico firmado por Kai Bird y Martin J. Sherwin que se titula American Prometheus: The Triumph and Tragedy of J. Robert Oppenheimer. No creo que lo que ofrece sea de lo mejor de este año como he escuchado en algunos lugares, pero es un biopic aterrizado, emotivo en el que Nolan emplea su pirotecnia calculada para examinar, a ritmo palpitante, los triunfos y las tragedias de Oppenheimer como el conteo regresivo de una bomba de tiempo a punto de estallar. En las tres horas que dura, incluso en los momentos en que se extiende más allá de lo necesario, se ensambla de una manera diametralmente opuesta a lo que se ve en los biopics convencionales de Hollywood porque, ante todo, equilibra bastante bien el drama con el suspenso para el lucimiento de un elenco fenomenal que encabezan Cillian Murphy y Robert Downey Jr.




Cillian Murphy como Robert Oppenheimer.


 

En términos generales, la narrativa de Nolan estructura el asunto a través de la poética del tiempo no lineal que se ha convertido en su estampa profesional, pero ahora presentado como los componentes esenciales de la física nuclear que, simbólicamente, reflejan el colapso interior del protagonista, mostrando en dos puntos de vista las diversas reacciones en cadena que suceden en dos corrientes tan contrapuestas como la ciencia y la política. La primera línea temporal es “Fisión” y una segunda es “Fusión”.

 

En Fisión, la acción se sitúa en el período siguiente a la posguerra y muestra a J. Robert Oppenheimer (Cillian Murphy) como un hombre dubitativo, introspectivo, que se encuentra en una habitación a puerta cerrada en la que es interrogado por unos funcionarios que pretenden manchar su reputación por sus vínculos con la izquierda comunista, mientras unas escenas retrospectivas que se dividen como partículas atómicas rememoran, poco a poco, el pasado de su trayectoria en varias fases de su vida a partir de los estudios universitarios que ilustran su brillantez para las teorías y su torpeza para la práctica; los cursos como profesor de física cuántica en la Universidad de California; la relación romántica con su amante con Jean Tatlock (Florence Pugh), una simpatizante del Partido Comunista de Estados Unidos; el barullo matrimonial con Katherine "Kitty" Oppenheimer (Emily Blunt) y la reconciliación afectiva. La parte más cautivante comienza en las escenas en que el general Leslie Groves (Matt Damon) se acerca a Oppenheimer para pedirle que participe en el desarrollo de la bomba atómica en 1942 y este acepta por las inquietudes que lo impulsan a poner en evidencia todas sus teorías en el Proyecto Manhattan de la instalación de los Álamos en Nuevo México.



Robert Downey Jr. y Cillian Murphy.


 

En el episodio de Fusión, Oppenheimer no es precisamente el protagonista, sino que es visto desde la óptica del empresario estadounidense Lewis Strauss (Robert Downey Jr.) antes y después de que este se convirtiera en el jefe de la CEA (Comisión de Energía Atómica). En las escenas retrospectivas, en blanco y negro, Strauss es mostrado como un hombre de negocios algo sinuoso que está íntimamente atado a las simpatías conservadoras y que, perspicazmente, introduce a Oppenheimer en los círculos del poder político y le otorga un grado de autoridad en la Comisión de Energía Atómica antes de ingresar al Proyecto Manhattan (Oppenheimer se ve obligado a confiar en él, aunque sospecha de sus segundas intenciones), custodiando de cerca el progreso de su investigación. Pero más adelante Strauss impulsa una caza de brujas contra Oppenheimer para reducir su estela de influencia en la administración pública y de suspender sus credenciales de seguridad porque, en efecto, este se opone al ensamblaje de la bomba de hidrógeno y propone cambios en materia de protección nuclear para impedir que el gobierno utilice las armas de destrucción masiva para fines bélicos, en una audiencia celebrada en 1954 ante una junta de seguridad del personal de la CEA. Strauss es, por lo tanto, un villano de turno que, de forma hostil, ejerce todo su poder burocrático como republicano conservador para revelar las asociaciones comunistas de Oppenheimer y destruirlo moralmente con el fin de continuar su plan de desarrollar artefactos termonucleares en nombre de la política de energía nuclear estadounidense.



Emily Blunt y Cillian Murphy


 

De entrada para mí la película de Nolan se vuelve entretenida en las dos líneas temporales, sobre todo porque excava en la personalidad de Oppenheimer casi a un nivel subatómico para buscar respuestas a las interrogantes que lo perturbaban como científico y adquiere, además, una tensión considerable que me mantiene adherido a la butaca con un registro de suspenso que es muy consistente cuando se esquematiza entre los conflictos centrales de los personajes que preparan la bomba atómica en el desierto y los diálogos sobrios de fondo político del guion que él mismo escribió después de la pandemia. Su ecuación, formulada con algunos de los elementos habituales del drama biográfico y del thriller histórico, consigue sintetizar en la superficie el calvario de un hombre de ciencias entendido como la lucha de un individuo liberal que descubre, en menos de una década, la hipocresía de los sectores conservadores para falsificar la verdad a favor de los intereses geopolíticos de una potencia mundial. Esto es especialmente verdadero en el capítulo de Fisión cuando exterioriza las experiencias subjetivas de Oppenheimer para subrayar la enorme presión intrínseca que deconstruye sus ideas frente a una rígida burocracia que lo manipula como peón sin que él lo sepa y celebra sus logros como si fuera un héroe nacional; pero en Fusión, en cambio, acentúa con claridad objetiva la culpa de Oppenheimer ocasionada por el dilema ético de producir una calamidad que tiene la capacidad de destruir el planeta en manos equivocadas, en medio de una conspiración política auspiciada por un antagonista, que se amplía drásticamente por la transformación del mapa geopolítico donde los antiguos aliados se convierten en enemigos durante la Guerra Fría.



Robert Downey Jr. como Lewis Strauss. Fotograma de Universal.

 
 

De cierto modo, las lecturas políticas conservan el enlace textual cuando hablan del potencial liberal para “cambiar el mundo” frente a las amenazas de los retrógrados conservadores, porque encaja con el epicentro del discurso actual de Hollywood que está contaminado de ideologías liberales disfrazadas. Y quizá por eso profundiza más en las dicotomías científicas y políticas que preocupaban a Oppenheimer, que en la crisis de identidad de sus orígenes judíos. Pero esto, a decir verdad, tiene poca relevancia porque incluso sin ser un actor judío Cillian Murphy me parece la elección adecuada para el papel y, en su sexta colaboración con Nolan (siendo la primera como protagonista), entrega la mejor actuación de su carrera como actor.

 

Se dice que el mismo Murphy consumió una cantidad notable de libros sobre el científico para prepararse para el rol y esto es evidente desde el minuto cero en que su interpretación mimetiza, con mucho intimismo y credibilidad, los gestos, la mirada y la manera de expresarse del personaje. Interpreta a Oppenheimer como un sujeto atribulado, carismático (hasta mujeriego), oscuro, con una inteligencia superior que utiliza para resolver las ecuaciones más complicadas y vencer los contratiempos en la preparación de la bomba atómica (a la que ha accedido a crear para combatir a los nazis que maltrataron al pueblo judío durante la guerra), cuyo liderazgo en las áreas científicas es fundamental para la victoria aliada; pero también como alguien que asume la responsabilidad moral de su creación y es víctima de una persecución política instaurada por burócratas traicioneros que no toleran su predisposición para controlar las armas nucleares. A su lado hay actuaciones creíbles de todo el reparto secundario en sus respectivos segmentos, pero de todas solo consigo destacar la de Damon como el correcto general motivado por el deber patriótico, la de Blunt como la esposa independiente y directa que se separa del estereotipo de ama de casa típica de los años 50, y, específicamente, la soberbia actuación de un maquillado Downey Jr. como el magnate perverso que anhela hundir a Oppenheimer para prolongar sus planes de enriquecerse en el sector armamentístico con la exportación de isótopos.





 

Aunque la película avanza con mucha consistencia durante tres largas horas, sospecho que en el tercer acto se produce un vacío que pesa como el hierro y ralentiza el tono ágil con el que está narrada, particularmente a partir de las secuencias que adquieren la estética del drama judicial más básico. Pero me olvido rápido de ello cuando atestiguo de nuevo el virtuosismo de Nolan que me causa placer estético en algunas de las escenas, ensambladas por el montaje de Jennifer Lame, en las que aprovecha la anchura del formato IMAX de 70mm. Por la parte visual, el rasgo más significativo es que las escenas de Oppenheimer son mostradas a color mientras que, paralelamente, las escenas de Strauss son en blanco y negro monocromático que describen los claroscuros del protagonista.


El conjunto se edifica, además, con un trabajo fotográfico luminoso de Hoyte van Hoytema que encuadra el estado mental de Oppenheimer con el primer plano, el plano subjetivo, los insertos (el reino cuántico y las descargas de energía), el encuadre móvil y las panorámicas que magnifican el clima tenso de esas dos épocas que se reproducen con la autenticidad ofrecida por los decorados y el vestuario. Por el lado sonoro, al contrario, Nolan maneja con mucha fidelidad el diseño de sonido para evocar los ruidos, las explosiones y las ondas de choque, además de utilizar el sonido interno-subjetivo y los dispositivos de silencio para traducir la desilusión que siente Oppenheimer tras la catástrofe de Hiroshima y Nagasaki (la secuencia de la sordera en la que da su diatriba a la multitud extasiada por la conquista). El puntaje más sólido es la banda sonora de Ludwig Göransson que está finamente ajustada para amplificar el volumen de intriga en las secuencias más fibrosas y dimensionar las emociones de los personajes en la zona trágica de la historia.





 

Al final de la proyección de Oppenheimer el público de la sala en la que yo estaba aplaudió durante unos cuantos segundos después el inicio de los créditos. Yo no aplaudí. Pero, desde luego, no me sorprende que lo hayan hecho porque, supongo, al igual que yo, ellos se pasaron las tres horas suspendidos en el asiento para manifestar esa reacción emocional que surge del suspense de cada escena como una fusión de átomos. En su núcleo hay un espacio de solemnidad que exhuma la imagen de Robert Oppenheimer del ostracismo historiográfico para retratarlo como un héroe incomprendido. Hubo dos secuencias que permanecieron en mi memoria una vez que terminó todo: la secuencia de la bomba atómica de la prueba Trinidad (con extensos efectos prácticos que incluyen el estallido de una bomba real) y los planos finales en los que Oppenheimer se imagina, con lupa profética, un mundo devastado por un apocalipsis nuclear. Incluso con sus minúsculas falencias, es un biopic memorable de Nolan.



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Ficha técnica
Título original: Oppenheimer
Año: 2023
Duración: 3 hr 00 min
País: Estados Unidos
Director: Christopher Nolan
Guion: Christopher Nolan
Música: Ludwig Göransson
Fotografía: Hoyte van Hoytema
Reparto: Cillian Murphy, Robert Downey Jr., Emily Blunt, Matt Damon, Florence Pugh, Josh Harnett, 
Calificación: 7/10

Tráiler de la película