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Spider-Man: un nuevo día
Spider-Man: Un nuevo día es una película de Destin Daniel Cretton que consigo ver, supongo, para tratar de encontrar aquellas buenas sensaciones que obtuve con Spider-Man: De regreso a casa (2017), Spider-Man: Lejos de casa (2019) y Spider-Man: Sin camino a casa (2021). No creo que se trate de algo fuera de serie, pero, francamente, me parece una secuela entretenida que, con su tono mesurado y sombrío, supone un regreso maduro para el héroe arácnido del vecindario que interpreta Tom Holland. 


La trama, ubicada cuatro años después de haber sido olvidado por todos por el hechizo de Doctor Strange, sigue a Peter Parker en los días en que es un vigilante a tiempo completo en Nueva York, mientras observa desde lejos cómo Michelle “MJ” Jones y Ned Leeds siguen adelante con sus vidas, aunque su labor como Spider-Man se complica cuando debe enfrentar la amenaza invisible de un villano que se mueve de mente en mente. 


Desde el principio, esta premisa me resulta peculiarmente ingeniosa por la forma en que la narrativa se distancia de las predecesoras al adoptar un tono misterioso que, por lo regular, se equilibra entre el drama, la aventura y la acción que es habitual en el cine de superhéroes. En medio de este equilibrio genérico, el guion encuentra el espacio para desarrollar aún más la psicología interna de Peter Parker, además de cohesionar sus motivaciones personales sobre un abanico de situaciones impredecibles que se toman su debido tiempo para establecer el conflicto sobre diálogos escuetos y exposición calculada. 


En este sentido, permanezco enganchado con las peripecias que suceden entre las hazañas de Spider-Man para contener a Escorpión y otros villanos en persecuciones por las calles neoyorquinas; las pruebas de Spider-Man por sugerencia de Bruce Banner para adaptarse a los sentidos agudizados y telarañas orgánicas que brotan de sus muñecas; la lucha de Spider-Man contra la legión de La Mano para detener a la telépata que busca un dispositivo en el edificio del Departamento de Control de Daños (DODC). 


El asunto funciona con las secuencias de acción trepidantes y las escenas dramáticas que, por añadidura, permiten interrogar la existencia de Peter Parker como un individuo afectado por la culpa y la soledad, cuyo aislamiento lo obliga a cuestionar la responsabilidad de un héroe famoso querido por todos y el abandono de un hombre anónimo que procesa el dolor de no tener amigos ni familia porque decidió alejarse para protegerlos, mientras su mente y su cuerpo sufren una transformación —la ausencia de amistades, el duelo por la tía May y la presión constante de proteger la ciudad desencadenan un cambio físico y psicológico en él que descontrola sus poderes—. 


A nivel expresivo, Holland entrega una interpretación solvente como Peter Parker, pues ya no es el adolescente inseguro, sino un joven adulto herido, obstinado y solitario que sufre en silencio el miedo de volver a acercarse a la gente antes de descubrir el valor de aceptarse a sí mismo, aunque aún conserva el humor y la humanidad que lo hacen tan querible, junto a la destreza física para las escenas de riesgo que demuestra con el traje de Spider-Man. Su química con Zendaya está intacta por razones obvias. También provee algo de alivio cómico en las escenas que se roba Jon Bernthal como Frank Castle/The Punisher. Y deja que Sadie Sink se destaque en un papel complejo que añade capas de tragedia. 


La dirección de Cretton consigue equilibrar las secuencias de acción y los instantes dramáticos aprovechando unos efectos visuales que dimensionan la atmósfera de caos urbano, aunque a veces su ejecución tiende a sentirse un poco sobrecargada por la urgencia de querer abarcar más de lo necesario hasta perder el ritmo. Cretton también deja que la banda sonora de Michael Giacchino haga su trabajo para complementar las escenas de adrenalina y melancolía. Todo esto, en última instancia, logra que su película abra, de manera emocionante, un nuevo capítulo del vecino amistoso de Marvel.



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Ficha técnica
Título original: Spider-Man: Brand New Day
Año: 2026
Duración: 2 hr 25 min
País: Estados Unidos
Director: Destin Daniel Cretton
Guion: Chris McKenna, Erik Sommers, Justin Kuritzkes
Música: Michael Giacchino
Fotografía: Brett Pawlak
Reparto: Tom Holland, Zendaya, Jacob Batalon, Sadie Sink, Jon Bernthal, Mark Ruffalo, Michael Mando, Tramell Tillman
Calificación: 7/10
La marca del Zorro
En 1940, Rouben Mamoulian, uno de los directores más versátiles y estilizados de Hollywood, entregó con La marca del Zorro una nueva versión del clásico héroe enmascarado, iniciando así su entrada al cine de acción dentro del subgénero swashbuckler. Su película intenta funcionar como otra adaptación de la novela La maldición de Capistrano de Johnston McCulley, además de ser un remake de La marca del Zorro (1920). Dura apenas una hora y media, pero esto es más que suficiente como para hacerme saber que es una aventura de capa y espada entretenida de Mamoulian, que además mantiene cierta elegancia con las coreografías de esgrima y la presencia carismática de Tyrone Power como el mítico héroe enmascarado. 


La trama se ubica en la California mexicana de principios del siglo XIX y sigue a Don Diego Vega, un joven aristócrata educado en España que regresa a casa para encontrar su tierra oprimida por el corrupto gobernador Don Luis Quintero y el temible capitán Esteban Pasquale, a los cuales enfrenta por las noches adoptando la identidad secreta de Zorro, un vengador enmascarado que lucha por los campesinos y desafía a los tiranos. 


En general, esta premisa sencilla sirve como base para establecer el conflicto sobre las fórmulas habituales del cine de acción y la aventura de capa y espada, donde el héroe emplea sus habilidades con las armas y su ingenio para enfrentar a los villanos. El guion, por añadidura, se toma el tiempo necesario para desarrollar la psicología del protagonista sobre el juego de identidades, además de colocarlo en una serie de situaciones que guardan su factor sorpresivo detrás de los diálogos irónicos y la misión personal de Zorro como luchador de la justicia. 


De este modo, permanezco completamente enganchado en cada una de las escenas donde se muestra las actividades nocturnas en las que el Zorro combate contra los soldados antes de dejar su marca en forma de Z y subir la recompensa por su notoriedad; el plan del alcalde corrupto y su oficial para tratar de descubrir la identidad de El Zorro; el romance entre Diego y la hija del alcalde llamada Lolita; las discusiones de Diego con el fraile Felipe antes de revelarle su identidad; las maniobras astutas de El Zorro para robar el dinero de los abusivos impuestos cobrados por el alcalde y devolvérselo a los pueblerinos. 


En todas las escenas, Mamoulian combina la acción trepidante —saltos, duelos, persecuciones— en medio de un equilibrio narrativo que retiene cierta fluidez y ritmo para cohesionar el relato, además de procurar un comentario particularmente sutil sobre la injusticia, la corrupción burocrática y la ética del heroísmo. 


A pesar de ligeros facilismos, el asunto preserva su pulso por la actuación de Power en el rol protagónico. Su carisma natural brilla tanto en la faceta de Don Diego, un galán encantador y sarcástico que roba risas con su fingida debilidad, como en la de Zorro, un espadachín ágil, audaz y romántico; demostrando además su pericia física para las escenas del combate de esgrima que ponen de manifiesto su agilidad con la espada. Basil Rathbone, por su parte, interpreta al capitán Pasquale como un antagonista elegante, cruel y letal, que demuestra también una destreza particular para la esgrima. Ambos actores se lucen en la climática secuencia del duelo a muerte donde sus personajes chocan los sables con una coreografía tensa de maestría y movimiento. 


En este sentido, la dirección de Mamoulian logra encuadrar a sus actores en una puesta en escena que, por defecto, deposita sus virtudes en el diseño de vestuario, los decorados de la época, el primer plano, el plano panorámico, el sonido diegético y las atmósferas que se benefician de la iluminación encuadrada por la cámara de Arthur C. Miller. Mamoulian también permite que la banda sonora de Alfred Newman se destaque con su leitmotiv sinfónico. Estos elementos, en última instancia, hacen de su película un entretenimiento bastante sólido y memorable del cine clásico.



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Ficha técnica
Título original: The Mark of Zorro
Año: 1940
Duración: 1 hr 34 min
País: Estados Unidos
Director: Rouben Mamoulian
Guion: John Taintor Foote, Garrett Fort, Bess Meredyth
Música: Alfred Newman
Fotografía: Arthur C. Miller
Reparto: Tyrone Power, Linda Darnell, Basil Rathbone, Gale Sondergaard, Eugene Pallette, J. Edward Bromberg
Calificación: 7/10
Depredador (1987)

Depredador es una película de John McTiernan a la que me acerco, nuevamente, con la finalidad de encontrar aquellas buenas experiencias que obtuve con ella cuando la veía en televisión local o por cable durante los años 90. No considero que sea una de las cimas del cine de acción ochentero, pero su metraje me hace entender el estatus de culto que ha recibido con el paso de los años porque, a decir verdad, me parece una película de acción endiabladamente entretenida, que me mantiene en todo momento al filo del asiento con cada una de las secuencias en la selva que, a ritmo trepidante, prueban que Arnold Schwarzenegger es el héroe de acción definitivo de los 80, donde vuelvo a quedar completamente impresionado con lo bien que han envejecido sus efectos especiales. 


La trama sigue a Dutch, un Mayor del ejército estadounidense que junto a su equipo de comandos de élite —el agente Dillon, el mercenario Mac, el especialista Poncho, el rudo Blain, el rastreador Billy y el operador Rick— acepta la misión de rescatar a un ministro que ha sido capturado por guerrilleros en la selva centroamericana, pero cuya travesía se ve obstaculizada cuando enfrenta a un extraterrestre que busca cazar a todo su grupo con tecnología avanzada. 


En general, esta premisa tiene un arranque bastante atrapante que se solidifica, dicho sea paso, por la manera sorpresiva en que conjunta el thriller de acción, la aventura de ciencia-ficción y el terror slasher. Y se vuelve incluso más interesante porque el guion se toma el tiempo necesario para desarrollar las caracterizaciones de los personajes lejos del cuadro de motivación, donde sus acciones se justifican sobre situaciones impredecibles que, por añadidura, ocurren cuando todos dialogan perplejos para tratar de comprender la amenaza a la que se enfrentan con sus armas, dando lugar a diálogos de una sola línea que permiten explicar sus respectivos trasfondos personales. 


En este sentido, permanezco atrapado por las peripecias que estallan con las sospechas de los comandos al identificar los cadáveres de soldados despellejados; el tiroteo iniciado el equipo de Dutch al atacar el campamento guerrillero y matar a todos los soldados antes de tomar a una mujer como prisionera; las emboscadas del depredador humanoide tecnológicamente avanzado que permanece invisible con un dispositivo de camuflaje y usa visión térmica para detectar el calor corporal de sus enemigos antes de cazar selectivamente; la estrategia de supervivencia de Dutch para matar al alienígena con trampas explosivas en los árboles y utensilios rudimentarios de la selva antes de alcanzar el punto de extracción. La narrativa siempre preserva un pulso consistente porque, entre otras cosas, equilibra de forma cohesionada los golpes de efecto que trasladan la acción a través de varios géneros. 


La interpretación de Schwarzenegger me resulta particularmente creíble cuando utiliza su corpulencia y destreza física para interpretar a Dutch como un hombre vulnerable que sangra, mata con la mirada y emplea su ingenio para cazar al cazador, logrando algunas escenas memorables que se sostienen por su carisma, los diálogos de una línea —como "If it bleeds, we can kill it"— y la metralleta en mano que dispara niveles de testosterona. Los secundarios que asisten a Schwarzenegger también entregan algunos momentos, destacándose casi siempre Carl Weathers y Bill Duke. 


Con todo ese reparto, McTiernan concibe un epicentro de tensión que pocas veces pierde la intensidad al dinamizar la puesta en escena con el encuadre móvil, el primer plano, el uso del plano subjetivo —la visión termal del depredador—, el campo-contracampo y las atmósferas selváticas fotografiadas por Donald McAlpine que adquieren cierto realismo, además de asegurar unos efectos especiales prácticos que amplifican el contraste de distorsión óptica y el efecto de invisibilidad del traje de la criatura. McTiernan también permite que la banda sonora de Alan Silvestri eleve el lado tenso con el leitmotiv orquestal. Estos elementos, en última instancia, garantizan que la película siempre se mantengan por encima de las expectativas entre disparos, explosiones y energía masculina.


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Ficha técnica
Título original: Predator
Año: 1987
Duración: 1 hr 47 min
País: Estados Unidos
Director: John McTiernan
Guion: Jim Thomas
Música: Alan Silvestri
Fotografía: Donald McAlpine
Reparto: Arnold Schwarzenegger, Carl Weathers, Sonny Landham, Bill Duke,
Calificación: 7/10
El último gran héroe

El último gran héroe es una película de John McTiernan que constituye, simultáneamente, una de las propuestas más originales e incomprendidas de los 90. La reviso tras pasar más de dos décadas sin verla. Y lejos de ser el fracaso que muchos señalaron en su estreno, francamente, me parece una película entretenida y criminalmente infravalorada de McTiernan, que parodia los clichés del género de acción con un Arnold Schwarzenegger en plena forma y capas metanarrativas, dejándome con una sensación placentera que se prolonga durante dos horas de disparos, explosiones y humor autorreferencial. 


Su trama sigue a Danny Madigan, un adolescente cinéfilo que, luego de recibir un boleto mágico del anciano proyeccionista del cine que frecuenta en Nueva York, es transportado a la realidad ficticia de la película que está viendo: Jack Slater IV, protagonizada por Schwarzenegger como Jack Slater, donde se vuelve un participante activo que debe ayudarlo a detener los planes del sicario Benedict.


En general, esta premisa me resulta atrapante porque su estructura metaficcional, aparentemente sencilla, es bastante ingeniosa al combinar con ironía las fórmulas del cine de acción de policías en pareja con la comedia de alto concepto. La inteligencia del guion reside en su capacidad para dimensionar el desarrollo de los personajes, en situaciones sorpresivas que abren el espacio necesario para conocer sus motivaciones a través de las acciones exageradas y los diálogos irónicos plenamente autoconscientes del lado absurdo del relato. 


Esta decisión consigue, en efecto, que me mantenga pegado del asiento al observar las pistas que Danny le da a Jack para hacer avanzar la trama de su propia secuela; las hazañas de Jack para matar a los criminales con pistola en mano en su casa y en el funeral de un mafioso; la persecución en la que Danny y Jack ingresan al mundo "real" para estropear el plan de Benedict de convencer al asesino Destripador de Jack Slater III para asesinar al verdadero Schwarzenegger y usar el ticket para liberar a los villanos de otras películas. 


A ritmo cohesionado, las escenas mantienen un tono que no se limita solo a la burla paródica y a la acción trepidante, sino que, además, celebra el potencial escapista del cine para cuestionarse a sí mismo sobre temas como la pérdida y la dinámica padre-hijo, montados a menudo desde la óptica de un chico curioso que, al sufrir por la muerte de su padre y los traumas del acoso en un barrio marginal, encuentra consuelo mirando las películas, donde el héroe admirado se convierte en una especie de figura paternal.


Las actuaciones, por añadidura, son aceptables para que estos tópicos sean razonables. Schwarzenegger ofrece una de sus interpretaciones más divertidas al aceptar la caricatura de su propia imagen como héroe de acción indestructible, entregando one-liners memorables cuando interpreta a Jack como un policía marcado por la muerte de su hijo que ayuda a Danny por las experiencias pasadas del deber policial, alcanzando su tope en las escenas en que confronta su vulnerabilidad o en la irónica aparición interpretándose a sí mismo. Austin O'Brien transmite credibilidad como el chaval que aprende a afrontar los desafíos de la vida real cuando se refugia en la cinefilia. Y Charles Dance se roba varias escenas como el villano elegante y siniestro de los ojos explosivos. 


Con ellos, McTiernan dirige el asunto con su habitual destreza visual, a través de las secuencias de acción palpitantes arregladas con el encuadre móvil, el montaje rítmico y una fotografía correcta de Dean Semler que subraya los contrastes urbanos y atmosféricos de los dos mundos. La banda sonora de Michael Kamen, de igual modo, es competente al mezclar sus orquestaciones con el rock de AC/DC, Def Leppard y Megadeth. Todos estos elementos logran que esta película de culto, en última instancia, sea atrevidamente divertida al narrar la historia absurda del policía y el niño que descubren el valor del heroísmo dentro y fuera de una pantalla.



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Ficha técnica
Título original: Last Action Hero
Año: 1993
Duración: 2 hr 10 min
País: Estados Unidos
Director: John McTiernan
Guion: Shane Black, David Arnott
Música: Michael Kamen
Fotografía: Dean Semler
Reparto: Arnold Schwarzenegger, Austin O'Brien, Charles Dance, Anthony Quinn, Frank McRae, Robert Prosky, Tom Noonan,  F. Murray Abraham, Ian McKellen
Calificación: 7/10
Superman

Luego de varios años de visionados esporádicos, me acerco a revisar Superman, la película de Richard Donner que, en el momento de su estreno, definió el género de superhéroes y que, además, captura a plenitud la esencia del icónico personaje de DC Comics creado por Jerry Siegel y Joe Shuster. La versión extendida que logro ver añade 45 minutos de material que, entre otras cosas, amplía la historia de origen de Superman. Tiene una duración de tres horas, pero me parece una película de superhéroes que, a ritmo trepidante, sigue manteniendo el sentido de maravilla con la actuación legendaria de Christopher Reeves como el hombre que vuela alto como avión para defender la verdad, la justicia y el ideal americano. 


El argumento, tras un prólogo en el que Jor-El y su esposa envían a su hijo Kal-El en una nave con destino a la Tierra antes de la destrucción del planeta Kriptón, relata a lo largo de tres décadas los días de Clark Kent, primero, como un joven refugiado adoptado por la familia Kent en una pequeña granja de Smallville en Kansas, donde aprende valores estadounidenses como la honestidad y el trabajo duro mientras esconde sus extraordinarios poderes; y, segundo, como un adulto que, varios años más tarde, se muda a Metrópolis para trabajar como un tímido reportero en el Daily Planet junto a Lois Lane, y asume también la identidad secreta de Superman para combatir al genio criminal Lex Luthor, quien planea hundir la costa oeste de Estados Unidos con un misil. 


En términos generales, la narrativa me resulta atrapante, desde el principio, porque combina la aventura épica con la acción fantástica del cine de superhéroes sin perder el horizonte de sorpresa y heroicidad, a menudo integrando la fórmula con cierta sutileza para explorar las propiedades que definen a Superman como símbolo de la esperanza y protector de los débiles. 


De esta forma, Donner logra un equilibrio que mantiene el pulso entre las conversaciones de Kal-El con el holograma de su padre en la Fortaleza de la Soledad; la cotidianidad de Clark como periodista enamorado de su compañera Lois en medio de la agitada jornada laboral en el periódico; los actos públicos de heroísmo en los que Superman adquiere fama al salvar a la gente de las calamidades. Los personajes son interesantes porque mantienen sus motivaciones sobre las descripciones histriónicas de los cómics y, por lo regular, permanecen en un epicentro cohesionado de situaciones impredecibles que se vuelven emocionantes cada vez que Superman emplea sus poderes para rescatar a los indefensos. 


Lo más notable, dicho sea de paso, se encuentra en la interpretación emblemática de Reeves cuando utiliza su registro expresivo y su pericia física para interpretar, por una parte, a un periodista inseguro que se oculta detrás de los lentes y, por la otra, a un héroe invulnerable de traje azul y capa roja que lucha contra las injusticias para representar la idea de superar adversidades con determinación y resiliencia. Su actuación dota al personaje de humanidad y nobleza, además de que su química con Margot Kidder, quien interpreta a una Lois curiosa y valiente, aporta también un romance creíble y momentos cómicos que dan ligereza a la narrativa. Gene Hackman, por su parte, entrega un villano carismático y astuto en Luthor, cuya inteligencia y humor sarcástico lo convierten en un antagonista memorable sin caer en la caricatura. 


Con este reparto, Donner consigue un espectáculo que aún hoy me asombra gracias al montaje dinámico y los efectos especiales de proyección frontal, especialmente en algunas de las secuencias en las que Superman vuela por los cielos. La banda sonora de John Williams, de igual modo, integra sus notas melódicas con mucha consistencia para elevar el tono heroico y optimista de las escenas. No sé si la vuelva a ver otra vez, pero salgo con la creencia, al menos, de que un hombre puede volar por el cielo para ser un faro de optimismo, valentía y entretenimiento.



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Ficha técnica
Año: 1978
Duración: 3 hr 08 min
País: Estados Unidos
Director: Richard Donner
Guion: Robert Benton, David Newman, Leslie Newman, Mario Puzo
Música: John Williams
Fotografía: Geoffrey Unsworth
Reparto: Christopher Reeve, Margot Kidder, Marlon Brando, Gene Hackman, Ned Beatty, Jackie Cooper
Calificación: 7/10

En esta nueva entrega de Misión: imposible, Tom Cruise se despide en lo que posiblemente sea el capítulo final de la saga de acción que inició el 22 de mayo de 1996.



Misión: Imposible – La Sentencia Final


Las películas de Misión: Imposible, a lo largo de los años, me han entretenido en un par de ocasiones porque se construyen sobre una fórmula genérica que resulta simple: el agente Ethan Hunt, interpretado por Tom Cruise, acepta una misión de la FMI que, en apariencia, es “imposible” antes de que el mensaje se autodestruya en cinco segundos, donde el MacGuffin de la operación funciona como un catalizador para impulsar la trama y ver cómo él, como héroe, resuelve los conflictos que surgen por el villano megalómano de turno que debe combatir, habitualmente asistido con un grupo de especialistas que intervienen en distintas disciplinas de espionaje. Esto ha sido así desde aquel estreno que supuso la primera película el 22 de mayo de 1996. La entrada para ir al cine a verlas se justifica para ver a Cruise corriendo con urgencia por las calles, escalando el edificio más alto del mundo, exponiendo su cuerpo a peligros extremos, colgando en la puerta de aviones, conduciendo motos en persecuciones frenéticas, ejecutando saltos HALO, lanzándose en motocicleta por un acantilado, recuperando objetos valiosos para impedir el fin del mundo. Y nadie lo hace mejor que él, porque, en efecto, es el último héroe de acción de Hollywood, uno que tiene como hobby desafiar a la muerte cuando asume sus propias escenas de riesgo.


En Misión: Imposible – La Sentencia Final, el director Christopher McQuarrie rastrea esta fórmula establecida justo como lo ha hecho en Misión imposible: nación secreta (2015), Misión imposible: repercusión (2018) y Misión imposible: sentencia mortal (2023), dejando que Cruise haga todo tipo de maniobras arriesgadas para que el asunto nunca deje de ofrecer algo novedoso. Las casi tres horas que dura me invitan a razonar lo suficiente como para saber que, en sus mejores momentos, es una secuela entretenida que entrega secuencias de acción trepidantes y, además, supone un final adecuado para el legado de Cruise como Ethan Hunt que empezó hace tres décadas atrás. 



Misión: Imposible – La Sentencia Final


La trama, situada poco después de la predecesora, presenta a Ethan Hunt (Tom Cruise) en una misión a contrarreloj en la que busca al ciberterrorista Gabriel (Esai Morales) con la finalidad de detener a la superinteligencia artificial conocida como “La Entidad” y evitar un apocalipsis nuclear programado por ella para que las naciones del mundo se destruyan entre sí, mientras recibe la ayuda habitual de los otros agentes de la FMI (Fuerza Misión Imposible), entre los que se encuentran el técnico Benji Dunn (Simon Pegg), el hacker Luther Stickell (Ving Rhames) y los nuevos reclutas, la asesina Paris (Pom Klementieff), el agente Theo Degas (Greg Tarzan Davis) y la ladrona Grace (Hayley Atwell). El hilo conductor establece el conflicto principal sobre el MacGuffin de “La Entidad” y los dispositivos necesarios para apagarla, en tres actos en los que Hunt y su equipo se enfrentan a un enemigo invisible que está en todas partes desde el ciberespacio.



Tom Cruise y Esai Morales. Fotograma de Paramount.


En la primera mitad, se muestran unos cuantos tiroteos, persecuciones y combates cuerpo a cuerpo, pero, mayormente, hay una serie de diálogos expositivos que tienden a sobreexplicar el barullo más de lo necesario cuando Hunt, luego de ser capturado y de escapar de Gabriel, intenta recuperar el módulo central que le puede dar el control del código fuente de La Entidad, mientras discute con los altos mandos del gobierno estadounidense para convencerlos de que puede frenar la llave maestra la catástrofe que se avecina y envía a su cuadrilla por separado a la isla de San Mateo, en el mar de Bering, para rastrear las coordenadas del submarino hundido bautizado con el nombre de Sebastopol, poco antes de recibir la noticia de que Gabriel se ha robado un malware (Píldora Venenosa) diseñado específicamente por Luther para infectar el sistema de la IA renegada que controla a nivel global los sistemas nucleares de las superpotencias.



En la segunda mitad, en cambio, se intensifica la cuota de suspenso desde las escenas en que Hunt se une a un portaaviones estadounidense en el Océano Pacífico Norte para bucear hacia los restos del Sebastopol y recobrar el código fuente, antes de revelar que su plan maestro es cargar el virus sobre La Entidad en una unidad física que la mantenga aislada del mundo exterior, aunque, más adelante, debe viajar al búnker sudafricano en el que se hallan los servidores de la IA y la Píldora Venenosa en manos de Gabriel para iniciar las negociaciones (se entiende que Hunt tiene el código fuente y Gabriel, por el contrario, tiene el dispositivo viral que detiene a La Entidad).



Pom Klementieff, Greg Tarzan Davis, Tom Cruise, Simon Pegg, Hayley Atwell.


En términos generales, la narrativa me parece atrapante porque, entre otras cosas, profundiza en la premisa de la inteligencia artificial descontrolada que amenaza con dominar el mundo al manipular información, presentando a La Entidad como una fuerza casi mitológica que desafía a Hunt y su conjunto hasta atraparlos en serios dilemas éticos que los obliga a cuestionar sus métodos y valores. También aborda temas como el sacrificio y la redención, con Ethan enfrentándose a las consecuencias de sus elecciones pasadas mientras lucha por salvar el futuro. Cuando esto sucede me olvido de los clichés porque los estereotipos están colocados con sutileza y las acciones de los personajes responden, a menudo, a las decisiones éticas en tiempos de guerra.


Además, su guion teje un tapiz que conecta las ocho películas de la saga, utilizando el leitmotiv de “nuestras vidas son la suma de nuestras elecciones” para explorar la travesía de Hunt durante todos estos años. Su capacidad para cerrar una era sin caer en la nostalgia fácil es de agradecer porque cada referencia a las películas anteriores se siente orgánica, sirviendo para enriquecer la historia en lugar de depender de ella. Este enfoque retrospectivo no solo homenajea toda la franquicia, sino que también dota a la película de una profundidad emocional que es rara en el thriller de acción de la actualidad.


Tom Cruise


Un aspecto destacado de Sentencia Final es su comentario sobre las contingencias de la inteligencia artificial y el globalismo. La Entidad, entendida como una IA capaz de distorsionar información y sabotear el poder, metaforiza los temores contemporáneos sobre la tecnología desenfrenada que puede socavar la confianza en instituciones y controlar el relato de la posverdad. Más allá de esto, la película insinúa una alegoría incluso más profunda: La Entidad simboliza el avance del globalismo, una ideología que, al homogeneizar la política y la cultura, puede dividir el tejido social y erosionar la soberanía de los Estados nacionales. Esta síntesis discursiva es bastante sutil y especialmente insólita (considerando que se trata de la película producida en una industria como Hollywood, que está controlada por globalistas) porque resuena en un mundo actual donde las tensiones entre los soberanistas y los globalistas son cada vez más evidentes, haciendo de la película, desde la superficie, un thriller con cierta relevancia sociopolítica.


Tom Cruise


Lo más interesante, quizás, es que Cruise, a sus 62 años, todavía es el corazón de la saga. Su interpretación como Hunt demuestra que, para él, la edad no es un factor que ponga barreras en el cine de acción, realizando personalmente acrobacias de alto riesgo que desafían los límites humanos, como colgarse de un biplano a 3000 metros de altura y una intensa secuencia submarina con riesgo de hipoxia en aguas heladas. En algunas escenas también presenta peleas cuerpo a cuerpo, saltos acrobáticos en paracaídas, carreras a pie por las calles nocturnas y sitios subterráneos. Su compromiso con el entrenamiento riguroso y la ejecución de escenas sin dobles, combinando efectos prácticos con una condición física impecable, consolida su reputación como un ícono de acción, destacando en un contexto apocalíptico donde la exigencia física y mental es máxima. A todo esto se añade la vulnerabilidad emocional cuando interpreta a Ethan como un héroe honesto, determinado, que se sacrifica por sus amigos incluso en los instantes de peligro incalculable. El reparto secundario que le acompaña es decente demostrando las pericias físicas de los personajes cuando tienen apariciones breves que complementan el curso de los eventos y aportan algo de frescura, con un par de diálogos de una línea que equilibran la tensión con momentos de humor y camaradería en medio de las peleas y los tiroteos.



Tom Cruise


Como la octava y posiblemente última de la saga de Ethan Hunt, esta película es para mí, al menos, un cierre espectacular y conmovedor de una de las franquicias de acción más influyentes. Las secuencias de acción llevan el sello distintivo de la fórmula, y se sienten emocionantes porque combinan efectos prácticos con un uso acertado del CGI, creando momentos que amplifican el suspenso por la manera eficaz en que McQuarrie utiliza elementos estéticos como el desencuadre, la elipsis, los flashbacks, la prolepsis, la iluminación, el encuadre móvil y un montón de planos meticulosamente encuadrados en materia compositiva, fruto de una correcta fotografía de Fraser Taggart, que dinamiza la experiencia desde las persecuciones urbanas en Londres hasta las acrobacias en locaciones exóticas como Sudáfrica. De igual modo, la banda sonora de Lorne Balfe, que reinterpreta el icónico tema de Lalo Schifrin, impulsa la narrativa con una energía palpitante. Me despido de ella pensando en aquellos días en que tenía 10 años y veía a Tom Cruise corriendo en las películas. Ahora que tengo casi 40, Tom Cruise sigue corriendo en las películas como si no hubiera un mañana para él. Es el mejor héroe de acción y verlo entregar todo a sus casi 63 años es una recompensa valiosa por casi tres décadas de lealtad.



Streaming en:



Ficha técnica
Título original: Mission: Impossible - The Final Reckoning
Año: 2025
Duración: 2 hr. 49 min.
País: Estados Unidos
Director: Christopher McQuarrie
Guion: Christopher McQuarrie, Bruce Geller, Erik Jendresen
Música: Lorne Balfe, Max Aruj, Alfie Godfrey
Fotografía: Fraser Taggart
Reparto: Tom Cruise, Hayley Atwell, Ving Rhames, Simon Pegg, Esai Morales, Pom Klementieff
Calificación: 7/10

Tráiler de Misión: Imposible – La Sentencia Final



Estragos

En Estragos, Gareth Evans recupera los apuntes de su poética de la violencia para simplificar, sospecho, algunos de los códigos habituales del subgénero de matanza heroica que ya había mostrado anteriormente en La redada (2011) y La redada 2 (2014), pero ahora trasladando el asunto al cine policial de Hollywood. La fórmula operística que se pone sobre ella, a menudo como una especie de homenaje al cine de John Woo y Johnnie To, me induce a pensar lo suficiente como para saber que Evans ha vuelto a lo suyo porque, francamente, es un thriller de acción que ajusta los estereotipos policiales con consistencia y nunca deja de ser entretenido en su infierno urbano de ultraviolencia, tiroteos y giros inesperados; entregando una carga de adrenalina que me mantiene colgado del asiento durante más de hora y media cuando veo a Tom Hardy en un modo desenfrenado. 


En la trama, Hardy interpreta a un detective de homicidios corrupto llamado Patrick Walker que, tras una persecución policial sobre unos rateros y un negocio de drogas que sale mal, se abre camino en el submundo criminal para rescatar al hijo corrompido de un político afroamericano por una vieja deuda, mientras desentraña una red de corrupción y conspiración que involucra a policías corruptos, mafiosos chinos y ladrones de poca monta en el lugar equivocado. 


En general, la narrativa me parece atrapante desde el principio porque, dentro de sus limitaciones, va directo al grano para establecer el hilo conductor, en una estructura que reconstruye las piezas con escenas retrospectivas, diálogos cínicos y personajes violentos a la hora pautada. Las motivaciones de los personajes están arregladas con cierto grado de cohesión interna y sus acciones inmediatas, como estereotipos genéricos, responden a situaciones intensas que se estructuran sobre el MacGuffin de la cocaína que, entre otras cosas, funciona como un catalizador para impulsar la trama de mentiras, brutalidad y tiros que justifica la ironía cruzada con la que se desarrolla el conflicto. 


En este sentido pienso que es disfrutable la misión del policía violento que investiga las pistas abusando de su autoridad; el trabajo sucio de los agentes corruptos de narcóticos aliados a un teniente descontento de la tríada que roban un cargamento de drogas para venderlo; la huida de un joven ladrón y su novia latina que son buscados por los matones chinos de la tríada por estar en la escena del crimen y ser acusados de asesinato; la policía novata que indaga por su cuenta el caso para ayudar a su compañero Walker a encontrar a los jóvenes fugitivos; la intervención de la furiosa jefa de la tríada que llega a la ciudad para vengarse por la muerte de su hijo. Hay discusiones a puerta cerrada, persecuciones por las autopistas, investigaciones al estilo del true crime, peleas a muerte, conteos de cuerpos y tiroteos brutales que alcanzan su punto más caótico en la secuencia de un club nocturno en el que se desata una lluvia de balas y sangre. 


La presencia de Hardy, por otra parte, me resulta creíble porque recurre a su pericia física y a su registro expresivo para interpretar a un policía irascible, impulsivo, violento, que trata de hallar una cuota de redención ética luego de haberse involucrado en el pasado con los colegas corruptos para ganar dinero y resolver problemas familiares. También hay roles secundarios aceptables del reparto pretensiosamente diverso. 


Con todos estos actores, Evans monta su espectáculo que homenajea al cine de acción de Hong Kong y, dicho sea de paso, proporciona una muestra de lo que sabe hacer con la estética del cine para entregar secuencias de acción muy frenéticas a través del montaje rítmico, las atmósferas urbanas y el encuadre móvil de una cámara en constante movimiento que amplía el epicentro de tensión. También permite que la música se integre en los momentos clave. Se trata, sin lugar a dudas, de un sólido regreso de Evans a su ejercicio de acción estilizada.



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Ficha técnica
Título original: Havoc
Año: 2025
Duración: 1 hr. 47 min.
País: Reino Unido
Director: Gareth Evans
Guion: Gareth Evans
Música: Aria Prayogi
Fotografía: Matt Flannery
Reparto: Tom Hardy, Jessie Mei Li, Timothy Olyphant, Forest Whitaker, Luis Guzmán, Justin Cornwell, Quelin Sepulveda, Yeo Yann Yann
Calificación: 7/10
V de venganza

Después de pasar cerca de 18 años, me acerco de nuevo a V de venganza, de James McTiegue, la película basada en la novela gráfica escrita por Alan Moore e ilustrada por David Lloyd, que me causó cierta impresión cuando la vi por primera vez en 2006. Lo que descubro ahora, tras más de dos horas de metraje, no es exactamente lo mismo que pensé en aquella ocasión, pero sigo razonando lo suficiente como para saber que tiene hallazgos interesantes que la alejan de los productos convencionales del género de superhéroes. No solo pienso que se trata de una película de culto bastante profética, sino que, además, tiene un ritmo trepidante y es sumamente entretenida al narrar la distopía del justiciero anarquista que usa la máscara Guy Fawkes para luchar contra un régimen totalitario; manteniendo el pulso de suspenso incluso el clímax irregular que se apresura a cerrar el asunto con fuegos artificiales. 


La historia se ambienta en Gran Bretaña en un futuro alternativo a partir de 2019, en un período de inestabilidad en el que una pandemia arrasó con la sociedad y el país está gobernado por un partido político ultranacionalista, dirigido por un canciller llamado Adam Sutler, que impone un régimen fascista totalitario junto a sus cinco ministros y controla a la población a través de la propaganda, el encarcelamiento, la intimidación y la vigilancia permanente. 


La trama tiene como protagonista a V, un vigilante enmascarado que, en la noche del 4 de noviembre, rescata de un asalto a una mujer llamada Evey Hammond y la lleva ser testigo de la destrucción del Old Bailey; poco antes de asaltar una cadena de televisión en la mañana del 5 de noviembre para dirigirse a la nación y anunciar su plan para derrocar al gobierno fascista que oprime a la sociedad británica dentro de un año. 


En términos generales, la narrativa me parece intrigante porque opta por sintetizar la estructura para mostrar a V como un antihéroe solitario, elocuente y sofisticado que, detrás de la máscara, esconde la fuerza de voluntad que le sirve como arma para acabar con la tiranía de los burócratas corruptos que mienten y persiguen a disidentes, inmigrantes, homosexuales y religiosos con el fin de mantenerse aferrados al poder. 


Las escenas están cohesionadas de una forma rítmica que, con el uso de la elipsis, me toma por sorpresa cuando el vigilante nocturno da inicio a su plan de sabotaje de las instituciones gubernamentales, a pesar de que, a veces, mata demasiado fácil a los villanos mientras se relaciona con la mujer que comparte un pasado trágico similar al suyo. Los diálogos tienen vocación por lo poético. Y las escenas retrospectivas construyen las motivaciones de los personajes al añadir una sustancia sobre sus acciones, como si fueran las piezas de un rompecabezas que se resuelve sobre la gratuidad y los giros inesperados. Todos ellos están interpretados por un buen reparto. 


De entrada, destaco la actuación de Hugo Weaving, que se vale de la pericia física, los diálogos, la máscara, la peluca, el sombrero y la capa negra para interpretar a V como un vengador romántico y misterioso que busca vengarse para solventar los traumas psicológicos que lo endurecieron. A su lado hay roles secundarios notables de John Hurt como el dictador megalómano que ejerce su autoridad desde una pantalla; y, especialmente, de Natalie Portman como una mujer vulnerable, fuerte, con agudo sentido de justicia que por razones personales se vincula a la rebelión del enmascarado. 


Lo más interesante, supongo, es la manera en que las acciones de los personajes edifican sobre la superficie metáforas sociológicas que reflexionan sobre la noción de la identidad y la naturaleza corrupta del Estado, pero sintetizado, en su análisis político, desde el punto de vista de un hombre que entiende que el fin justifica los medios y la revolución hacia la libertad comienza cuando el individuo pierde el miedo para ser libre con el poder de las ideas. 


A modo subtextual, lo más escalofriante, quizás, es la manera en que su narrativa, que se desarrolla en el 2020, profetiza la desinformación, la polarización política, la vigilancia masiva y las consecuencias de una pandemia global que se viene dando desde hace ya cuatro años en el clima político de la actualidad. Se puede decir que encuentra un balance entre el entretenimiento y el comentario social. Y al margen del sombrío estilo visual, la espléndida banda sonora de Dario Marianelli y los personajes complejos, ofrece, como thriller distópico, un recordatorio poderoso de que las ideas tienen la capacidad de cambiar el mundo y que, incluso en las circunstancias más oscuras, la resistencia es posible porque son a prueba de balas.



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Ficha técnica
Título original: V for Vendetta
Año: 2005
Duración: 2 hr. 12 min.
País: Estados Unidos
Director: James McTeigue
Guion: Lilly Wachowski, Lana Wachowski
Música: Dario Marianelli
Fotografía: Adrian Biddle
Reparto: Natalie Portman, Hugo Weaving, Stephen Rea, John Hurt, Rupert Graves
Calificación: 7/10
Lobos

Ante la agitada marea de estrenos que repiten fórmulas convencionales cada semana, Lobos, la nueva película de Jon Watts estrenada en Apple TV+, supone para mí un producto interesante y competente que se escapa de los modelos ampliamente establecidos por el cine infantiloide de Hollywood de la actualidad. El rato divertido que paso con ella en menos de dos horas me deja pensando que es una comedia de acción bien entretenida y que, de cierto modo, recupera las sorpresas de la vieja escuela con la química estelar que ofrece la dupla de George Clooney y Brad Pitt por las calles neoyorquinas, donde en cada escena me intereso por lo que dicen sus personajes cuando discuten asuntos turbios de una manera desenfadada e irónica. 


La trama, firmada con un guion del propio Watts, sigue durante un día las peripecias de Jack y Nick, dos profesionales del encubrimiento de crímenes que son contratados por teléfono por una cliente para encubrir el crimen de un prostituto joven que es encontrado medio muerto en la habitación de un hotel luego de tener relaciones con una mujer mayor que busca ser fiscal del distrito. 


En términos generales, la narrativa me resulta atrapante porque se mezcla con soltura la comedia de acción con el suspenso hitchcockiano, sobre unas escenas cargadas de tensión y dilemas morales que amplifican el desarrollo de dos personajes centrales que actúan como dos lobos solitarios que, en medio de un desolado paisaje invernal, confrontan los fantasmas del pasado mientras intentan arreglar las contrariedades ocasionadas a última hora por el MacGuffin de unos paquetes de drogas y el crimen organizado. 


En apariencia, la trama se construye sobre algunas cuestiones básicas del thriller de acción, pero funciona adecuadamente porque evita los lugares comunes al colocar a los dos personajes en una serie de situaciones imprevisibles que se suelen distribuir con mesura entre las persecuciones, los tiroteos y, ante todo, los diálogos precisos que justifican las motivaciones personales de ellos y, además, sirven como medida de escape para responder a las interrogantes del barullo que se resuelve con el relato no iconógeno, donde el juego de coloquios saca a la luz las cosas oscuras que hicieron. 


Cada conversación que ellos tienen revela los códigos del oficio, pero también la lealtad y la ética que los obliga a colaborar en equipo por encima de la rivalidad y de los insultos calculados, dejando la moraleja de que los verdaderos lobos no siempre son los que corren sobre la nieve. En este sentido, la simbiosis entre Clooney y Pitt es el mayor acierto de todo el asunto. 


Ambos actores han trabajado juntos anteriormente, pero aquí, en lugar de la ligereza cínica de La gran estafa (Soderbergh, 2001), logran ofrecer una dinámica un poco más compleja al interpretar a dos individuos que son perseguidos por las decisiones inesperadas. Clooney interpreta a un hombre astuto, cansado de su profesión, atrapado por la ambigüedad moral, que a veces se niega a aceptar que el tiempo le pasó factura a su ingenio para resolver los trabajos. Pitt, por su lado, interpreta sigue a un fixer cool, sinuoso, con la espalda oxidada, que cree tenerlo todo controlado con la astucia que emplea para limpiar el problema con eficiencia. 


Las escenas por las que ellos transitan están dotadas de un ritmo deliberado y, asimismo, de unas atmósferas urbanas de Larkin Seiple que acentúan el desarrollo de los personajes sobre los espacios abiertos y las calles solitarias que a menudo evocan una sensación de aislamiento entre los paisajes nocturnos. Quizá pierde un poquito de fuerza en el tramo final, pero Watts mantiene el pulso narrativo sin perder de vista la sustancia y demuestra, dicho sea de paso, su compromiso para reunir a dos de las últimas estrellas de Hollywood.



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Ficha técnica
Título original: Wolfs
Año: 2024
Duración: 1 hr. 48 min.
País: Estados Unidos
Director: Jon Watts
Guion: Jon Watts
Música: Theodore Shapiro
Fotografía: Larkin Seiple
Reparto: Brad Pitt, George Clooney, Austin Abrams, Amy Ryan
Calificación: 7/10
Harakiri

Tras pasar algunos años sin estudiar la filmografía de Masaki Kobayashi, siendo la formidable Rebelión samurái la última que recuerdo haber visto, consumo con cierta calma las imágenes que ofrece Harakiri, una de las películas más conocidas de su catálogo que llega hasta mí en una edición remasterizada gracias a algún buen samaritano. Y lo que observo en más de dos horas me obliga a razonar lo suficiente como para saber que no se trata de uno de los grandes títulos del cine chambara porque se estira un poquito, aunque la coloco con facilidad al lado de otras de notable envergadura como Sanjuro (Kurosawa, 1962) y El samurái asesino (Okamoto, 1965). Desde el inicio, Kobayashi establece su firma estética y mantiene el equilibrio de una narración tensa y trágica para interrogar el honor, la valentía y la hipocresía de un sistema feudal de poder burocrático; con una actuación bastante orgánica de Tatsuya Nakadai que me lleva a pensar por momentos que es una de las mejores de su carrera. 


El argumento se desarrolla en el contexto histórico situado dos décadas después de la batalla de Sekigahara, donde muchos de los samuráis derrotados que servían a los señores de la guerra se convirtieron en rōnin (samurái sin amo) y cayeron en la pobreza más abyecta debido al período de paz establecido por el shogunato de la era Tokugawa. El protagonista es Hanshirō Tsugumo, un rōnin empobrecido que, ante la imposibilidad de vivir dignamente, llega a la residencia de un señor feudal del clan Iyi para solicitar cometer el harakiri, un ritual de suicidio dentro del antiguo código de los samuráis. 


En términos estructurales, la narrativa empleada aquí por Kobayashi me atrapa de inmediato por la manera en que construye el relato sobre los diálogos densos y un uso inusual de la analepsis que se manifiesta, dicho sea de paso, en las escenas en que cada uno de los personajes que ejercen la función de narrar, el rōnin y el consejero del daimyō, ofrecen una versión distinta de los hechos acontecidos previo al encuentro, de otro joven rōnin que había cometido seppuku en el mismo lugar con una espada de bambú. 


La carga dialógica de las conversaciones evoca sobre mí una sensación de sospecha cercana a lo que uno siente cuando va a suceder algún incidente, sobre todo porque descompone la imagen idealizada que suele habitar el cine de samuráis y muestra, entre otras cosas, a un rōnin que emplea el don de la palabra para desafiar la autoridad, instaurada por un régimen corrompido donde el código de honor de las tradiciones ancestrales se ha vuelto solo un instrumento de poder y control de una élite que fabrica verdades para mantener su presunta integridad. 


En este sentido, la interpretación de Nakadai me resulta sumamente creíble cuando ejerce su registro expresivo para capturar, con la mirada y los gestos, la lucha interna de un guerrero valiente que, motivado por la ética de vengar la humillación de sus parientes fallecidos, desafía la autoridad para desenmascarar la podredumbre militar de las rígidas estructuras feudales y las falsas apariencias que se esconden detrás de los rituales simbólicos, mostrando una profunda humanidad en un sitio donde la vida humana parece haber perdido su valor y solo la reputación es sinónimo de moralidad. 


Con esta actuación, junto a todo el reparto de secundarios, Kobayashi monta sobre la puesta en escena una serie de propiedades formales que subrayan la psicología de los personajes a través de herramientas estilísticas como el primer plano, el desencuadre, el sobreencuadre, la elipsis, los sutiles movimientos de cámara con el encuadre móvil y, ante todo, el uso proxémico del espacio que aprovecha su geometría precisa para dimensionar las acciones inesperadas con cierta poesía visual. Todos estos elementos, junto a la música folclórica compuesta por Toru Takemitsu, se integran con consistencia en la narración y, además, me dejan reflexionando sobre la justicia y la naturaleza del honor que puede ser distorsionada para justificar la crueldad.



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Ficha técnica
Título original: Harakiri (Seppuku)
Año: 1962
Duración: 2 hr. 13 min.
País: Japón
Director: Masaki Kobayashi
Guion: Shinobu Hashimoto
Música: Tôru Takemitsu
Fotografía: Yoshio Miyajima
Reparto: Tatsuya Nakadai, Rentarô Mikuni, Akira Ishihama, Shima Iwashita, Tetsurô Tanba
Calificación: 7/10
El perfecto asesino

Tras pasar más de una década, recupero las imágenes que me ofrece El perfecto asesino, una película de Luc Besson que solo dios sabe cuántas veces vi en la televisión por cable durante los años 90. Al margen de esos visionados que regresan a mí a modo de nostalgia, no creo que se trate de la mejor de su filmografía, pero me sigue pareciendo una buena película, con el mismo nivel de entretenimiento de Nikita. Como thriller de acción tiene minúsculos tropiezos, pero su trama, a menudo estilizada con violencia e ironía, nunca pierde el ritmo ni el sentido de intriga cuando explora el cuento urbano sobre el asesino profesional que protege a la niña huérfana en las calles corruptas de Nueva York, con tres actuaciones centrales que consiguen que el viaje sea entretenido en todo momento por sus ocurrencias mundanas. 


Su argumento sigue a León, un asesino a sueldo italoamericano que reside en el barrio de Little Italy en la ciudad de Nueva York y que, luego de resolver un trabajo para un jefe mafioso llamado Tony, su vida da un giro significativo cuando acoge en su apartamento a Mathilda, una niña solitaria de 12 años que reside justo al lado y es testigo del asesinato de su familia en manos de unos agentes corruptos de la DEA que buscan un paquete de cocaína escondida. 


En general, el asunto se estructura con una narrativa que, en su base de exposición, desarrolla a los personajes con buenas líneas de diálogo y, además, equilibra la acción para ampliar el epicentro moral del conflicto que arranca por el vínculo inusual que se establece entre el asesino profesional y la niña, mientras el antagonista provee algunos instantes de alivio cómico con su personalidad volátil y perversa. 


Este vínculo de los personajes, desde luego, causa polémica desde la superficie porque se puede malinterpretar a simple vista como un objeto de explotación, pero, por otro lado, Besson mezcla la acción con el melodrama de mayoría de edad, con la finalidad no solo de mostrar el modus operandi del asesino con gabardina y gafas de sol redondas que se gana la vida como limpiador silencioso en la urbe neoyorquina, sino, además, para presentar las etapas de transición psicológica de una joven que, por un evento traumático, abandona la pubertad para aproximarse a una adolescencia apresurada que la conduce a experimentar cambios en los estados de ánimo (depresión, rabia, felicidad, atracción erótico-afectiva, etc.) mientras ve al hombre adulto que la rescató como una especie de "amor platónico". 


Besson suele utilizar las acciones de su dúo para construir un discurso breve sobre la redención, entendida como el autodescubrimiento de un matón sin empatía y emocionalmente reprimido que, para respetar su propio código de ética, protege a una niña rebelde atormentada por los abusos recibidos por una familia disfuncional, de la que nunca sería capaz de aprovecharse porque la ve, irónicamente, como la hija que nunca tuvo con aquella novia suya que murió asesinada en su tierra natal y lo obligó a emigrar para perseguir la profesión de su padre. 


Más allá de esas lecturas innecesarias que tienden a sobredimensionar la sexualización y algunas lagunas de guion de último minuto que la elipsis no puede responder, todo luce finamente ajustado en el ejercicio de estilo ofrecido por Besson, sobre todo con los roles de Jean Reno, Natalie Portman (en su debut) y Gary Oldman. El primero interpreta a un asesino profesional que, con su rostro inexpresivo, se redime al redescubrir la moralidad y el valor de los vínculos afectivos, provocado por la responsabilidad de custodiar a una preadolescente que necesita su ayuda; mostrando cierta pericia física para las escenas de riesgo. La segunda asume el papel de una niña huérfana, marcada por el trauma, obligada a vivir en el anonimato con un asesino profesional, que se siente presionada a tomar decisiones erráticas para vengar a su familia, como producto de su rebeldía que la aleja de la escuela y de la inocencia de la niñez. Y el tercero es un oficial corrupto, amoral, sádico, psicopático, que saca su pistola para matar sin compasión después de iniciar el ritual de la pastilla que le tuerce el cuello. 


Con ellos, Besson edifica un thriller de acción en el que abunda la violencia, los tiroteos, el humor y la tensión, bajo un registro sofisticado que, propiamente dicho, goza de atmósferas urbanas y de un acertado uso del encuadre móvil para dinamizar la acción en movimiento que se magnifica en los espacios reducidos.
 


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Ficha técnica
Título original: Leon: The Professional (Léon)
Año: 1994
Duración: 2 hr. 12 min.
País: Francia
Director: Luc Besson
Guion: Luc Besson
Música:  Eric Serra
Fotografía: Thierry Arbogast
Reparto: Jean Reno, Natalie Portman, Gary Oldman, Danny Aiello
Calificación: 7/10

Godzilla Minus One

Godzilla Minus One es la película número 33 en la popular franquicia kaiju de Toho y, en general, es la quinta rodada en la actual era Reiwa que ha servido como reinicio desde hace ya ocho años. A diferencia de lo han hecho los señores de Hollywood en los últimos años con sus versiones recicladas, esta, por el contrario, me resulta interesante porque recupera la esencia que se halla en las cintas del período Shōwa. Desde el minuto uno, es una película kaiju muy entretenida que, además ofrecer una mirada a la crisis de la posguerra, saca de las profundidades al rey de los monstruos y deja el rastro de unos efectos especiales que nunca pierden el sentido de espectacularidad, durante dos horas en las que permanezco adherido a mi asiento sin preocuparme por lo que sucede en el mundo exterior. 


Su trama se ambienta justo cuando acaba la Segunda Guerra Mundial y tiene como protagonista a Kōichi Shikishima, un piloto kamikaze que se convierte en un desertor cuando estaciona su avión en la base japonesa de una isla tras fingir un fallo mecánico y, en medio de las discusiones con los mecánicos, descubre a una criatura gigantesca que ataca la guarnición. 


En términos generales, la narrativa sigue la línea de esa estructura de tres actos en la que el héroe afectado por la culpa del pasado busca redimirse, pero ahora este es colocado sobre el escenario de la posguerra que, por añadidura, funciona como telón de fondo para ampliar la motivación intrínseca de un objetor de conciencia con estrés postraumático que huye del conflicto bélico y lucha consigo mismo por la deshonra de desertar. Los dilemas éticos del protagonista tienen un desarrollo justificado. 


La relación entre los personajes humanos y el monstruo se maneja con sutileza en cada situación, evitando caer en lugares comunes y, ante todo, ofreciendo en su lugar una narración cohesionada que se distribuye adecuadamente entre las secuencias de destrucción del monstruo que sale del mar para destruir la ciudad; el melodrama familiar del piloto que forma una familia inesperada con una mujer y una niña huérfana; los días de trabajo de los voluntarios que recuperan minas en un barco; las conversaciones a puerta cerrada con los hombres que planean sepultar a la bestia en el fondo marino usando la logística de la ciencia. 


En su síntesis discursiva, Yamazaki muestra el espectáculo de catástrofes, en la superficie, para explorar tópicos como la pérdida, la redención y las secuelas de la guerra, desde la óptica de un soldado adolorido que anhela recuperar la voluntad de vivir tras sentirse culpable por escapar al sacrificio y al orgullo patriótico. También sintetiza, a modo subyacente, un comentario sobre el espíritu resiliente del pueblo japonés frente a los momentos de desesperación que a menudo debilitan la moral en medio del caos y la adversidad, donde la fuerza destructiva del monstruo no es más que una alegoría de los efectos de la bomba atómica sobre la sociedad japonesa de la posguerra y las consecuencias que obstaculizaron la reconstrucción. 


El elenco, encabezado por Ryunosuke Kamiki y Minami Hamabe, consigue que el asunto se sienta creíble. Ellos son encuadrados en una puesta en escena que, a fin de cuentas, encuentra su mayor virtud en los increíbles efectos visuales en CGI que renderizan la atmósfera de devastación y acentúan el diseño imponente de Godzilla cada vez que emerge del océano y causa estragos en las ciudades al escupir su rayo de calor, en unas secuencias que trasladan el mito hasta sus raíces genéricas entre las explosiones y los rugidos. 


Hay, asimismo, atención al detalle en la recreación del período. Y el tono de desolación y esperanza se complementa, además, con una banda sonora de Naoki Sato que agrega una capa adicional de emoción con sus partituras que arreglan el leitmotiv clásico de Akira Ifukube y, sobre todo, evocan melodías sinfónicas que subrayan el lado melancólico, épico y peligroso del relato. Estos elementos se integran de una forma calibrada que, dentro de sus limitantes previsibles, impulsa la franquicia hacia nuevas fronteras y reafirma a Godzilla como el rey indiscutible de los monstruos.



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Ficha técnica
Título original: Godzilla Minus One (Gojira -1.0)
Año: 2023
Duración: 2 hr. 04 min.
País: Japón
Director: Takashi Yamazaki
Guion: Takashi Yamazaki
Música: Naoki Sato
Fotografía: Kôzô Shibasaki
Reparto: Ryunosuke Kamiki, Minami Hamabe, Yûki Yamada, Munetaka Aoki, Hidetaka Yoshioka
Calificación: 7/10