Un completo desconocido

En Un completo desconocido, el director James Mangold intenta seguir las tendencias de los biopics musicales que han adornado los escaparates de la industria del cine en los últimos años, con la finalidad, supongo, de explorar los orígenes del mítico Bob Dylan, un músico que está ampliamente considerado como una de las figuras más influyentes en la música popular del siglo XX y del que mi sentido del oído, desafortunadamente, nunca ha encontrado la presunta grandeza que han escuchado los otros que lo han santificado con sus canciones como ícono de la contracultura. La experiencia que obtengo en más de dos horas es casi igual que lo que me sucede con sus canciones. El biopic de Mangold tiene una actuación afinada de Timothée Chalamet como el legendario cantautor, pero se vuelve terriblemente convencional y tengo la sensación de que casi no hay espacio para saber quién es realmente Dylan. 


El argumento se ambienta en Nueva York a partir de 1961 y sigue a Dylan como un joven autoestopista que, luego de visitar a su ídolo musical, el moribundo Woody Guthrie, logra impresionar con su guitarra a Pete Seeger y luego consigue un contrato que lo establece como un músico de folk y country, mientras mantiene un triángulo amoroso con dos mujeres diametralmente opuestas y, además, compone las letras de las canciones que luego canta frente a un público que comienza a reconocer su talento. 


En términos generales, la narrativa tiene un arranque que me resulta interesante, en principio, por la manera en que se muestra a Dylan como una persona hermética con alma de poeta que entrega toda la pasión que tiene a la música que ama y lidia con los dilemas morales de separar la obra del autor. El problema que encuentro, no obstante, es que el personaje en cuestión es mostrado sin textura psicológica y sus acciones se reducen, en más de una ocasión, a una serie de situaciones rutinarias que pierden todo el brío dramático entre las escenas de los conciertos al aire libre frente a la multitud que aclama al ídolo; las grabaciones a puerta cerrada para el sello discográfico; las caminatas por la ciudad a plena luz de día sin un rumbo aparente; el romance irregular que le imposibilita decidirse entre Sylvie Russo y Joan Báez; la presión de la creciente fama que lo obliga a llevar gafas de sol para mantener un perfil bajo; la crisis creativa para grabar composiciones originales que apelen a la conciencia social de sus seguidores. 


Las motivaciones de los personajes, por lo regular, son superficiales y solo impulsan una circularidad de conflictos indulgentes que no conducen a ninguna parte en específico. Todo luce demasiado inane, sin chispa, donde el personaje lo único que suele hacer es repetir el patrón inútil de ir de un lugar a otro para satisfacer su enorme ego. 


La interpretación de Chalamet es al menos algo acertada cuando este emplea la mirada, los gestos y la voz de canto para señalar a Dylan como un hombre distante, a contracorriente, de pocas palabras, despeinado y con gafas, que se fuma un cigarrillo antes de experimentar con su guitarra y la armónica​​ para buscar nuevas formas de crear música en el contexto sociopolítico de la agitada década contracultural de los 60. Chalamet, además, tiene cierta química con Elle Fanning y con Monica Barbaro, quien en última instancia también entrega una actuación solvente cuando usa su voz para mimetizar a Báez. 


Con ellos, Mangold construye una puesta en escena que, dicho sea de paso, posee algunas virtudes que se reflejan en el vestuario y en el diseño de producción que reproduce la época con autenticidad. La banda sonora contiene canciones como Like a Rolling Stone, Girl from the North Country y The Times They Are A-Changin. Pero me entran por un oído y me salen por otro. Su drama biográfico, entre otras cosas, se queda en puntos suspensivos al abordar la personalidad de Dylan y lo deja, más bien, como una figura tan plana como la portada de un álbum de grandes éxitos.



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Ficha técnica
Título original: A Complete Unknown
Año: 2024
Duración: 2 hr. 21 min.
País: Estados Unidos
Director: James Mangold
Guion: Jay Cocks, James Mangold
Música: Bob Dylan
Fotografía: Phedon Papamichael
Reparto: Timothée Chalamet, Edward Norton, Elle Fanning, Monica Barbaro, Boyd Holbrook
Calificación: 5/10
Septiembre 5

En Septiembre 5, el director suizo Tim Fehlbaum intenta aproximarse, desde una poética fenomenológica, a los sucesos históricos que condujeron a la masacre de Múnich de 1972 arreglada por los terroristas palestinos de Septiembre Negro, pero desde la óptica de aquel equipo de reporteros de la ABC Sports que le dio cobertura en televisión en vivo durante un día completo. Se dice que Fehlbaum pasó meses investigando los eventos para comprometerse con una presunta veracidad. El tiempo de hora y media que duro viendo sus escenas me inducen a pensar, entre otras cosas, que el trabajo de Fehlbaum desperdicia una oportunidad para ofrecer algo diferente sobre dicho acontecimiento porque, francamente, es un drama histórico que carece de cualquier rastro de intriga y que, a menudo, permanece situado en una zona higienizada cuando transmite su texto sobre los dilemas éticos del periodismo televisivo, donde tengo la sospecha de que Fehlbaum busca hasta manipular las intenciones políticas de un grupo con una mirada acrítica. 


Su argumento arranca durante los Juegos Olímpicos de 1972 y sigue al equipo de profesionales de la ABC, quienes son dirigidos por Roone Arledge y Marvin Bader para transmitir en vivo y directo los principales acontecimientos de los atletas que compiten en los distintos deportes en Alemania Occidental, pero cuya programación se ve interrumpida cuando un grupo de terroristas afiliados a la OLP toman como rehenes a unos atletas israelíes en una villa olímpica para exigir la liberación de unos prisioneros de guerra palestinos, algo que los obliga a tomar decisiones apresuradas para comunicar el incidente al público televisivo. 


En términos generales, la narrativa muestra la presión de los reporteros de TV cuando toman la decisión de colocar las cámaras desde distintos ángulos para lidiar con la presión de montar una historia que se acomode al discurso político del reportaje. Sin embargo, el enfoque adoptado por Fehlbaum pierde su horizonte porque los personajes carecen de textura psicológica más allá de las descripciones superfluas del guion y sus acciones, por lo regular, permanecen estacionadas en una serie de situaciones redundantes que le quitan tensión al asunto cuando hablan más de lo necesario a puerta cerrada. 


El conflicto central de los personajes, frecuentemente mostrados desde los espacios herméticos de la sala de control, se reduce a una descarada exposición de diálogos inanes que solo me causa fatiga y me desconecta de inmediato de todo lo que le sucede al colectivo de profesionales de la desinformación. 


La ausencia de gancho se vuelve terriblemente palpable porque, dicho sea de paso, estos personajes solo funcionan como simples autómatas que, en su capa situacional más obvia, son utilizados por Fehlbaum para elaborar un comentario sobre la ética periodística en el manejo de crisis que se entiende como los riesgos que adoptan los periodistas para garantizar que las últimas noticias sean veraces; pero cuya síntesis abandona la eficacia textual al caer en un maniqueísmo que, de forma implícita, blanquea la justificación política de los terroristas palestinos que se ocultan con el fin demonizar a los rehenes israelíes (lo vende como si ellos son, en efecto, los malos que se lo merecen por ser "causantes" de los problemas bélicos del Medio Oriente) y la incompetencia de las autoridades alemanas. 


Todo este discursillo panfletario, bajo su denuncia hipócrita de progresismo propalestino, es colocado de una manera manipulativa por Fehlbaum a través de la síntesis dialógica de la narración, y responde claramente al contexto político actual de la guerra de los israelíes contra los terroristas radicales de Hamás. Su estética, al menos, es acertada cuando reproduce la época de los 70 con autenticidad, utilizando componentes como el sobreencuadre, la elipsis, el sonido diegético, el fuera de campo y las imágenes de archivo de carácter documental para reconstruir el material desde la perspectiva de los reporteros que escuchan las negociaciones con los terroristas en medio de la crisis. 


Estos elementos se integran con consistencia, pero, por desgracia, no son más que accesorios cosméticos, de un thriller histórico aburrido y sin brío sobre el oficio del sensacionalismo. Prefiero la versión de Spielberg en Munich.



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Ficha técnica
Título original: September 5
Año: 2024
Duración: 1 hr. 35 min.
País: Alemania
Director: Tim Fehlbaum
Guion: Moritz Binder, Tim Fehlbaum, Alex David
Música: Lorenz Dangel
Fotografía: Markus Förderer
Reparto: Peter Sarsgaard, John Magaro, Ben Chaplin, Leonie Benesch, Benjamin Walker
Calificación: 5/10

Wicked

En Wicked, Jon M. Chu adapta el primer acto de la famosa obra de teatro musical de Broadway de Stephen Schwartz y Winnie Holzman, supongo, para reacondicionarla a los tópicos sociales de urgencia progresista que suele preocupar a la élite de Hollywood. Las casi tres horas de metraje que tiene me induce a pensar, entre otras cosas, que toda esa aclamación que ha tenido desde su estreno no es más que una fabricación con fines mercadológicos porque, francamente, es un musical fantasioso que nunca desafía la gravedad con su ausencia de magia y permanece, por lo regular, en una superficie plana que barre consigo coreografías insulsas y canciones olvidables que solo buscan ser un vehículo de lucimiento de Cynthia Erivo y Ariana Grande. 


La historia, narrada desde la perspectiva de Glinda la Buena cuando esta celebra la muerte de la Bruja Malvada del Oeste a manos de "una niña", cuenta los orígenes de la bruja cuando esta era conocida como Elphaba Thropp, una joven con habilidades mágicas incontrolables que es condenada al ostracismo por su propio padre a causa del color verde de su piel, mientras defiende a la hermana menor discapacitada y lucha por adaptarse como estudiante en una universidad de hechicería en la que choca con la frívola Galinda Upland. 


En términos generales, la fábula se estructura sobre las bases convencionales del musical fantástico, en la que las canciones cantadas por los personajes principales funcionan como una especie de catarsis para revelar los conflictos internos y los dilemas morales que impulsan sus motivaciones personales. 


El problema fundamental, sin embargo, es que los personajes carecen de un desarrollo conciso y, en general, sus acciones se reducen a diálogos inanes a puerta cerrada y a una serie de situaciones redundantes que nunca abandonan el lado previsible cuando las protagonistas cantan las obviedades contenidas en las líricas de las canciones. De esta manera, solo recibo el material con una abulia que se prolonga cuando observo la amistad entre las dos hechiceras opuestas; las inquietudes en la clase de una cabra parlante; el triángulo amoroso con el estudiante principesco; el baile estudiantil en una fiesta donde Elphaba es ridiculizada por su sombrero; la visita a la Ciudad Esmeralda de Oz. 


Aunque posee cierto grado de ritmo, la narrativa se siente excesivamente introductoria. Y me da la sensación de que dedica una cantidad considerable de tiempo a la caracterización de los personajes, sospecho, con la única finalidad de sintetizar un comentario social bastante obvio sobre la aceptación, el prejuicio y la discriminación desde el horizonte del feminismo militante, pero entendido ahora como el empoderamiento de una mujer que utiliza el poder del altruismo para luchar contra diversas formas de discriminaciones en una sociedad totalitaria que castiga y excluye a las minorías sin representación que no se adaptan a las normas establecidas. 


Esta síntesis discursiva, dentro de su esquema de insistencia progresista, me parece que pierde el enfoque porque subraya el mensaje buenista sobre inclusión de una forma apresurada que nunca escapa de la condescendencia calculada ni de la corrección política, con una fragancia woke que es innecesariamente didáctica cuando abusa de las metáforas para arrojar advertencias sobre la discriminación racial y los derechos de los animales. 


En este sentido, la interpretación de Erivo como Elphaba es, por lo menos, algo decente cuando emplea sus gestos, la mirada y el rango de su voz para capturar el sufrimiento intrínseco de la bruja malévola que anhela llenar el vacío afectivo. Grande, por el contrario, es demasiado superflua como la bruja caprichosa. Ambas son encuadradas por Chu en una puesta en escena que se destaca, ante todo, por los escenarios ampulosos, el trabajo de maquillaje y el diseño de vestuario que agrega autenticidad a los elementos fantásticos que expone. Aunque este se preocupa de que las secuencias de canto y baile sean técnicamente competentes, encuentro, por desgracia, que su afán por conformarse con replicar la fórmula teatral mantiene su musical inclusivo en una zona de confort en la que no hay emoción ni sorpresas.



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Ficha técnica
Título original: Wicked
Año: 2024
Duración: 2 hr. 40 min.
País: Estados Unidos
Director: Jon M. Chu
Guion: Winnie Holzman, Dana Fox
Música: Stephen Schwartz, John Powell
Fotografía: Alice Brooks
Reparto: Cynthia Erivo, Ariana Grande, Jonathan Bailey, Michelle Yeoh, Jeff Goldblum
Calificación: 5/10

The First Slam Dunk

Tras pasar más de dos décadas sin ver el maravilloso anime de Slam Dunk, me acerco a las imágenes que ofrece The First Slam Dunk, una película animada que supone el debut como director del propio Takehiko Inoue y que, además, adapta casi en su totalidad el arco final del manga. Se dice que Inoue quería que la película se sintiera específicamente como si el manga en sí estuviera en movimiento. Y de alguna manera lo consigue. Las dos horas que dura el partido de baloncesto, renderizado con un sólido trabajo de animación que redefine el estándar en el género deportivo, avanza a un ritmo trepidante que nunca pierde el pulso ni la emoción, con unos personajes genuinos que se sienten vivos con su energía juvenil y juegan como si intentaran superar los obstáculos del dolor, la culpa y la pérdida. 


A diferencia de la serie, el argumento se desarrolla desde la perspectiva de Ryota Miyagi, el veloz y arrogante base armador del equipo de baloncesto de la escuela secundaria Shohoku que juega junto a sus compañeros el partido de segunda ronda del campeonato nacional contra los invencibles campeones de la preparatoria Sannoh, mientras rememora los días posteriores al fallecimiento del hermano mayor que lo motivó a jugar baloncesto como una pasión en la vida. 


En general, esta decisión narrativa resulta ser un acierto, ya que permite explorar un personaje que, aunque siempre fue clave en el manga y el anime, nunca había tenido un trasfondo tan profundo. A través de su mira, la trama me sumerge en el pasado de Ryota, la relación con su familia y el peso emocional que carga consigo al perseguir el sueño perdido de su difunto hermano de ser un jugador profesional, en un juego de baloncesto que se convierte en un motivo para este vivir con el sufrimiento y superarlo. 


El desarrollo del resto de los personajes, de igual modo, es bastante sutil. No solo Ryota cobra una dimensión más humana y emotiva, sino que cada miembro del equipo Shohoku brilla con su propia personalidad y motivaciones. Hanamichi Sakuragi mantiene su carisma y la actitud irreverente que proporciona un alivio cómico, mientras que Rukawa, Akagi y Mitsui aportan esa combinación de talento, determinación y espíritu competitivo que hizo grande a la obra original. Todos tienen una motivación para jugar ese partido como si fuera el último. 


A través de su química en la cancha, la narración capta la esencia de la camaradería y la dinámica colectiva que define un deporte como el baloncesto, además de mostrar, en su registro discursivo, la manera en que este funciona como una especie de catarsis para subsanar las heridas personales. Hay discusiones acaloradas, estrategias defensivas, jugadas ofensivas, cansancio, donqueos, tiros de tres puntos, bloqueos, rebotes del balón. Inoue opta por un enfoque mesurado, ágil, que distribuye el material con cierta consistencia a medida que se intercalan las escenas retrospectivas de los recuerdos familiares de Ryota con las secuencias del partido contra Sannoh. 


Lo más importante, quizás, es la estética animada que fusiona el CGI con la animación tradicional para evocar un estilo visual que no solo redenderiza con fidelidad el diseño de los personajes sacados del manga, sino, también, la intensidad de un partido de baloncesto que se ensambla sobre velocidad y fluidez. 


Inoue se preocupa por otorgarle una especial atención al detalle a todo lo que sucede, desde el sudor en los jugadores hasta la tensión en sus miradas. Todo está trabajado con un nivel de autenticidad que, por alguna extraña razón, siempre me transmiten la sensación de estar dentro del partido, viviendo cada pase y cada canasta como si se tratara de la final de un campeonato real. La experiencia es acompañada, asimismo, con inmersivos efectos de sonido y una banda sonora de Satoshi Takebe que se integra notablemente en los momentos introspectivos y de mayor adrenalina. Se trata, sin temor a equivocarme, de una de las mejores películas de animación deportiva que he visto.



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Ficha técnica
Título original: The First Slam Dunk (Eiga Slam Dunk)
Año: 2022
Duración: 2 hr. 04 min.
País: Japón
Director: Takehiko Inoue
Guion: Takehiko Inoue
Música: Satoshi Takebe
Fotografía: Shunsuke Nakamura
Reparto (voces): Shugo Nakamura, Jun Kasama, Shinichiro Kamio, Subaru Kimura, Kenta Miyake
Calificación: 8/10

Tigre blanco

Luego de unas cuantas temporadas sin acercarme al cine de Ramin Bahrani, siendo 99 casas la última que recuerdo haber visto, consigo pasar cerca de dos horas viendo Tigre blanco, una película que funciona como una adaptación de la novela homónima de Aravind Adiga que se publicó en 2008 y fue un exitoso best seller. Lo que observo, de alguna manera, me recuerda a la maravillosa Quisiera ser millonario (Boyle, 2008), pero, a diferencia de esta, no encuentro algo que me atrape y me obligue a aplaudir sus presuntas virtudes. Se puede decir que cuenta con una actuación decente de Adarsh Gourav, pero, a menudo, su relato sobre capitalismo, clases y emprendedurismo pierde el impulso inicial cuando se accidenta en lugares comunes. Su trama se sitúa en 2010 y sigue las experiencias de Balram Halwai, un empresario que rememora desde su oficina los días en que era un chófer anclado a la servidumbre voluntaria de una casta adinerada en la Nueva Delhi, donde se abre camino conduciendo para el adinerado Ashok y su novia Pinky. 


En general, la premisa tiene un arranque que me engancha, dicho sea de paso, por la forma en que la narrativa, a través de la analepsis y el recurso de la voz en off, busca dotar a Balram de una identidad fuerte y una mirada irónica sobre su propio destino, bajo aquella vieja estructura lineal del marginado que asciende en la esfera capitalista al ser un siervo de los ricos que depositan su confianza en él. 


A lo largo de las escenas sobre la historia de Balram se muestra las tragedias familiares en los barrios contaminados de pobreza; las costumbres ancestrales de la cultura india en su complejo sistema de castas; la vida en las calles oscuras pobladas por soeces del bajo mundo; la desigualdad social de los que están condenados a la miseria; la corrupción burocrática de políticos que arreglan sus negocios por medio del soborno. 


El problema principal, no obstante, radica en la ausencia de pulso narrativo que hay detrás del retrato cínico del ascenso de Balram. Por momentos me da la sensación de que las acciones del personaje se reducen a diálogos inanes a puerta cerrada, en una serie de situaciones convencionales que nunca abandonan el tono previsible ni el lastre expositivo que opta por sobreexplicar demasiado las dinámicas de poder que presenta. 


El registro de obviedades se extiende innecesariamente sin arrojar alguna reflexión seria y, en su síntesis discursiva, utiliza la fábula de crimen de Balram para ofrecer una crítica social sobre el capitalismo emprendedor, entendido ahora como la astucia de un individuo pobre que, luego de ser víctima de la podredumbre moral de los opresores ricos que se imponen sobre el despiadado sistema de castas, toma la iniciativa de valerse por sí mismo para vengarse cínicamente de los que abusaron de su dignidad y, ante todo, identificar las oportunidades de negocio para invertir el capital en una empresa que pueda satisfacer las necesidades de los consumidores. 


A pesar de los facilismos que suavizan la ironía su discurso es, desde luego, correctísimo al examinar la dialéctica del amo y el siervo dentro del capitalismo. Y la interpretación de Gourav es algo aceptable cuando emplea los gestos y la mirada para comunicar la impotencia de un sujeto decidido, ambicioso, sinuoso, que como sirviente se arriesga a salir de la zona de confort para rechazar las normas socialmente establecidas e independizarse de los amos ricos; a pesar de que está atrapado en un guion que a veces lo convierte en una caricatura inofensiva. 


Con ellos, Bahrani encuadra algunas atmósferas rurales y urbanas que me resultan vistosas cuando reflejan el amplio contraste social que hay de la India occidentalizada. Pero no hay nada más. Lo otro se queda a medio camino entre la sátira social y el drama de superación. En el feroz mercado de Netflix no es el ejemplar dominante, sino, más bien, uno más en la manada.



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Ficha técnica
Título original: The White Tiger
Año: 2021
Duración: 2 hr. 05 min.
País: India
Director: Ramin Bahrani
Guion: Ramin Bahrani
Música: Danny Bensi, Saunder Jurriaans
Fotografía: Paolo Carnera
Reparto: Adarsh Gourav, Priyanka Chopra, Rajkummar Rao
Calificación: 6/10


El charlatán

En El charlatán, Agnieszka Holland busca abordar la vida de Jan Mikolášek, un curandero checo que alcanzó cierta popularidad en el siglo XX al curar a personas utilizando métodos cuestionables de diagnóstico y tratamiento. Lo que observo en casi dos horas me induce a pensar que, desafortunadamente, su acercamiento biográfico a este señor no tiene nada en particular que sea interesante. Como drama biográfico, examina la ambigüedad ética y el poder de la medicina alternativa, sin embargo, lo que podría haber sido un estudio complejo se convierte en un relato disperso, a menudo afectado por una dirección errática de Holland y una falta de profundidad narrativa que me hace cuestionar, en más de una ocasión, el guion de Marek Epstein. 


Su argumento se desarrolla a partir de la Segunda Guerra Mundial y sigue a Mikolášek cuando es mostrado como un doctor que, junto a su fiel asistente, recibe en su consultorio a diversos pacientes que llegan para ser "sanados" con unos remedios caseros hechos a base de plantas medicinales y muestras de orina de personas con otras enfermedades; pero cuya existencia cae en desagracia cuando es apresado por las autoridades comunistas que ponen en duda sus prácticas perversas. 


En general, la narrativa de este curandero se estructura siguiendo las pautas convencionales del biopic histórico, donde se explora, con ciertas licencias creativas, los dilemas morales del personaje a lo largo de varias décadas. Por una parte, se presenta los métodos de diagnóstico de Mikolášek y la notoria curación que llama la atención del gobierno de Checoslovaquia que sospecha de las recetas que le entrega a la gente pobre de las aldeas luego de tratar al propio presidente checoslovaco, Antonín Zápotocký. Por la otra, se muestra la caída en desgracia de Mikolášek cuando es encarcelado e interrogado por los agentes gubernamentales, mientras rememora los días de juventud en los que comenzaba a estudiar las propiedades de los frascos de orina y, ante todo, revela en su adultez la homosexualidad reprimida al establecer una relación secreta con su ayudante antes y después de la guerra. 


El problema principal, no obstante, es que la narrativa se vuelve anodina porque suele repetir algunas situaciones redundantes y, dicho sea de paso, reduce las acciones del protagonista a unos diálogos sosos a puerta cerrada que pocas veces interroga su psicología más allá del registro descriptivo de obviedades que lo mantiene como el sanador de nazis y comunistas que es condenado por el delito de ser homosexual. No hay gancho ni emoción. Los episodios inconexos apenas rozan la superficie del polémico personaje, dejando su desarrollo en puntos suspensivos cuando se intenta escudriñar las motivaciones de su pasado con unas escenas retrospectivas que, francamente, lo convierten en una figura desdibujada, incapaz de sostener el peso dramático de la película. Se insinúan conflictos internos y dilemas éticos, pero nunca se profundiza en ellos. 


En este sentido, la actuación de Ivan Trojan es un poco competente al mostrar a Mikolášek como un hombre soberbio, sinuoso, posesivo, intolerante y, a veces, hasta despótico debajo de la faceta altruista; aunque no logra salvar la falta de matices y la rigidez que no permite explorar del todo las contradicciones del herborista. 


Este le sirve a Holland para esquematizar un discurso sociopolítico que subraya asuntos como la fe, las facultades de la ciencia alternativa y los peligros del totalitarismo, pero lo hace de una manera higienizada que carece de un posicionamiento claro o de un cuestionario que invite al debate. El enfoque que ella adopta, entre otras cosas, ofrece una auténtica reproducción de la época y un uso notable de la iluminación que consigue atmósferas grisáceas para intentar compensar el tono melancólico en ciertas escenas. Por lo regular, su retrato sobre el gurú de la orina me da la sensación de que quiere decir algo importante, pero sin saber exactamente qué.



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Ficha técnica
Título original: Charlatan (Šarlatán)
Año: 2020
Duración: 1 hr. 58 min.
País: República Checa
Director: Agnieszka Holland
Guion: Marek Epstein
Música: Antoni Lazarkiewicz
Fotografía: Martín Strba
Reparto: Ivan Trojan, Joachim Paul Assböck, Jan Vlasák
Calificación: 5/10
María Antonieta

En María Antonieta, Sofia Coppola intenta una aproximación moderna a la icónica reina francesa, en un contexto bastante específico de la historia que se basa, entre otras cosas, en la biografía Marie Antoinette: The Journey, de Antonia Fraser. Su ambición de reinterpretar el clasicismo a través de un prisma contemporáneo tiene, en efecto, cierta solemnidad en su diseño de vestuario y en la dirección de arte, pero, como biopic, apenas rasca la superficie y carece de profundidad narrativa en su fábula rococó sobre la monarca extravagante, dejando todo suspendido en un extraño pastiche histórico que me obliga a cuestionar, en más de una ocasión, el guion de la directora. 


El argumento se sitúa a finales del siglo XVIII y sigue la existencia de María Antonieta, la bella e ingenua archiduquesa que se adapta a los protocolos reales en los días en que es enviada por sus padres para casarse con Luis XVI y sellar una alianza entre Francia y Austria; mientras pasa los años encerrada en el Palacio de Versalles y disfruta de los lujos de la aristocracia antes de chocar con la dura indiferencia masculina que le imposibilita concebir un heredero para el trono. 


En general, la narrativa mantiene un ritmo que, dicho sea de paso, es consistente cohesionando las escenas que retratan a la reina como una mujer atrapada en un mundo asfixiante que no comprende y que le impide exteriorizar su rebeldía femenina. Tiene un comienzo que, de cierta forma, me invita a reflexionar sobre la crisis matrimonial del personaje. 


El mayor problema, sin embargo, es que los personajes carecen de textura dramática y, por desgracia, permanecen colocados en una serie de situaciones redundantes que pocas veces se toma la molestia de escapar de las conversaciones triviales a puerta cerrada, las fiestas en los interiores de la residencia, las caminatas por el jardín a plena luz del día, los excesos de los aristócratas con pelucas blancas, las pasarelas de vestidos lujosos de las damas petulantes. No hay sufrimiento ni complejidad psicológica. 


A pesar de que unos cuantos diálogos sirven para explicar las circunstancias políticas de la época, todo el asunto se reduce a los caprichos de una joven frívola que apenas reacciona al mundo que se derrumba a su alrededor, cuyas acciones funcionan solo para construir un discurso marcadamente feminista sobre la emancipación femenina, entendido como la independencia de una mujer que desafía las normas socialmente establecidas de la monarquía que la desprecia para hallar la libertad en los placeres mundanos que la conducen a autodescubrirse y a no dejarse estereotipar por los roles femeninos comúnmente dictados por el orden patriarcal. 


En este sentido, la actuación de Kirsten Dunst tiene minúsculos instantes en los que emplea sus gestos y la mirada para comunicar las inquietudes intrínsecas de la reina, pero, desafortunadamente, nunca evoluciona más allá de la figura confundida que goza del lujo y luce, más bien, como una muñeca de porcelana totalmente hueca y sin peso dramático. La química que ella tiene con Jason Schwartzman es nula porque, de igual modo, el personaje de Luis XVI que este interpreta tiene una construcción que es tan insulsa como la del resto del reparto. 


La estética de Coppola, por lo menos, añade algunos valores que se diseminan en la puesta en escena a través de los decorados, la reproducción auténtica del período y, ante todo, el elegantísimo vestuario de Milena Canonero que eleva al cuadrado la belleza de cada plano con su guardarropa de vestidos, sombreros, trajes, zapatos y piezas antiguas de la aristocracia parisina. El uso anacrónico de la música, no obstante, me resulta molesto porque se convierte en una distracción cuando utiliza canciones de The Cure, Siouxsie and the Banshees y New Order para sintetizar las obviedades psicológicas de la protagonista. Todo lo demás, en su abundancia de estilo, se siente más como una sesión de fotografía de Vogue que como un biopic serio sobre una reina a punto de ser guillotinada.



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Ficha técnica
Título original: Marie Antoinette
Año: 2006
Duración: 2 hr. 03 min.
País: Estados Unidos
Director: Sofia Coppola
Guion: Sofia Coppola
Música: Dustin O'Halloran
Fotografía: Lance Acord
Reparto: Kirsten Dunst, Jason Schwartzman, Rose Byrne, Judy Davis, Rip Torn
Calificación: 5/10

El diario de Bridget Jones

Mi afán por buscar alguna comedia popular que me saque alguna risa, me ha llevado hasta los rincones de El diario de Bridget Jones, una película que adapta el material de la novela homónima de Helen Fielding y de la que, dicho sea de paso, evadí en unas cuantas ocasiones porque, honestamente, no me llamaba la atención ni siquiera con todas las cosas buenas que había escuchado de gente que aplaudía sus presuntas virtudes. Lo que encuentro en poco más de hora y media, no obstante, me deja tan frío como la nieve porque, francamente, es una comedia romántica bastante aburrida, simplona, sin humor, que a menudo permanece situada en una serie de clichés que le quitan resonancia al diario de la treintañera indecisa que interpreta Renée Zellweger. 


La trama se ambienta en Londres y sigue a Bridget Jones, una mujer soltera atrapada en la crisis de los treinta años que anota en su diario las cosas que le preocupan sobre su carrera, su autoestima, sus vicios, su familia, sus amigos y, sobre todo, las relaciones románticas que la llevan a tener un serio dilema femenino al no poder decidirse entre dos hombres diametralmente opuestos (uno honesto y un mentiroso), donde toma la resolución de Año Nuevo de cambiar su vida. En una primera parte, se muestra a Jones como una asistente de publicidad en una editorial en la que se acuesta con el jefe mujeriego, mientras a veces mata el tiempo saliendo con sus amigas y descubre, además, un episodio de decepción amorosa. En la segunda mitad, presenta a Jones trabajando en televisión como una reportera, asistiendo a fiestas navideñas y, entre otras cosas, comienza a desarrollar sentimientos por el abogado arrogante al que halla por coincidencia en varios lugares. 


El conjunto, en general, no supone nada fuera de lo ordinario porque la narrativa arranca sin gracia estableciendo los conflictos apresurados y, por desgracia, los personajes solo cumplen con una función descriptiva que es incapaz de alejarse de los estereotipos comunes del género (la chica insegura, el galán, el serio, los padres indulgentes, las amigas chismosas, etc.). 


La forma en que la película maneja el romance es superficial y poco convincente cuando Bridget queda encerrada en el triángulo amoroso con los dos hombres, dejando rastros previsibles que se amplían entre las conversaciones a puerta cerrada, las circunstancias del momento y las acciones calculadas a plena luz del día. Desde caídas torpes hasta comentarios incómodos en reuniones sociales, la mayoría de los chistes dependen de hacer que Bridget quede en ridículo una y otra vez antes de decidirse por el tipo moralmente correcto. Simplemente permanezco perplejo ante tanta estupidez. Esto no solo es repetitivo, sino que también se siente poco gracioso. 


 Zellweger, con su histrionismo y sus gestos, da vida a una rubia apática y torpe que se fuma un cigarrillo para olvidar los desamores entre episodios de vergüenza, pero su construcción se siente más como una caricatura exagerada, sin dimensiones, que es reducida al arquetipo de la chica inconforme y desesperada por una pareja que solo encuentra la redención a través del amor en lugar de tomar el control real sobre su carrera. No veo que ella tenga nada de química con los insustanciales Hugh Grant o Colin Firth. Tampoco dejo de pensar que ella pasea por una puesta en escena que es convencional y que, muchas veces, se estira innecesariamente para llegar tropezando a un clímax que, como comedia romántica, ofrece una visión reduccionista y acartonada sobre una mujer en crisis.



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Ficha técnica
Título original: Bridget Jones's Diary
Año: 2001
Duración: 1 hr. 37 min.
País: Reino Unido
Director: Sharon Maguire
Guion: Andrew Davies, Helen Fielding
Música: Patrick Doyle
Fotografía: Stuart Dryburgh
Reparto: Renée Zellweger, Hugh Grant, Colin Firth, Jim Broadbent, Gemma Jones
Calificación: 4/10
África mía

África mía, conocida también en otros lugares con el título de Memorias de África, es una película que se basa libremente en algunas obras autobiográficas escritas por Isak Dinesen (el seudónimo de la autora danesa Karen Blixen) y, donde al parecer, Sydney Pollack se empeña en seguir las claves del drama romántico de carácter épico que se suele encontrar en el cine de David Lean. Esto me induce a pensar que, como tragedia romántica, posee ciertas virtudes visuales por las cualidades paisajísticas que captan el exotismo africano, pero, por desgracia, su historia de memorias es enormemente aburrida y ni siquiera la delicada actuación de Meryl Streep puede evitar que la aventura amorosa se desplome por llanuras previsibles, donde paso cerca de tres horas esperando a que suceda algo en el asunto sobre adulterio, desamor y colonialismo. 


El argumento se ambienta a principios del siglo XX en África Oriental Británica y sigue las experiencias de Karen Blixen, una baronesa que se establece en Nairobi junto a su esposo para administrar el negocio de café con la mano de obra de una tribu local, mientras realiza obras sociales para mejorar la condición de vida de los lugareños y luego mantiene un cuadro de infidelidad con un cazador veterano llamado Denys Finch Hatton. 


En general, la narrativa disuelve el conflicto sobre las bases genéricas del drama romántico y la tragedia épica, donde una mujer rememora desde su senectud los instantes más significativos de su vida afectiva a través de una larga escena retrospectiva. El problema que observo, no obstante, es que la narración se estropea por un epicentro de circularidad, de una serie de situaciones reiterativas que solo conducen al aburrimiento cuando se muestra la odisea de la baronesa que lucha por adaptarse a la cultura exótica mientras esconde el sufrimiento ocasionado por las infidelidades de su marido mujeriego; el safari por la selva con escopeta en mano para cazar leones que simbolizan lo obvio; la separación de clases sociales entre los colonos opresores y los nativos oprimidos; el idilio apresurado entre el cazador cosmopolita y la baronesa gentil a lo largo de los años. 


Los personajes sufren de una ausencia notable de textura dramática y sus motivaciones, dicho sea de paso, carecen de profundidad porque solo funcionan en su horizonte de acción para describir conflictos superfluos que no van a ninguna parte en especial. 


La interpretación de Streep como Karen tiene algo de sutilidad cuando ella utiliza los gestos, la mirada y el acento para comunicar las sensibilidades de una mujer decidida, independiente, dubitativa, que se refugia en el regazo de un cazador polígamo para sanar las heridas provocadas por una crisis matrimonial mientras ejerce la tarea de una terrateniente noble que produce una buena cosecha y protege las tierras de sus trabajadores. Ella no tiene nada de química con Robert Redford, y se nota, sobre todo, porque el personaje de este ocupa solo el puesto del estereotipo más desabrido de héroe mundano, con ciertas pretensiones liberales que descifran su carácter idealista, sin un ápice de desarrollo lejos de las obviedades descriptivas del guion de Kurt Luedtke. 


Con ellos dos, Pollack concibe una historia de amor plana que, por lo regular, tiene una envoltura preciosista que me resulta agradable de ver por la consistencia que hay en los decorados, el diseño de vestuario, la reproducción auténtica de la época, y, ante todo, las panorámicas de la fotografía de David Watkin que ilustran con cierto bucolismo las praderas kenianas y las costumbres campestres de la aristocracia colonial. La música de John Barry, de igual modo, se integra con melodías empáticas en algunas escenas. Estos elementos me llevan a razonar lo suficiente como para saber que, incluso con su ritmo accidentado y el tono indulgente, es un melodrama que encaja en el patrón de esas películas que tienen estilo, pero muy poca sustancia.



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Ficha técnica
Título original: Out of Africa
Año: 1985
Duración: 2 hr. 41 min.
País: Estados Unidos
Director: Sydney Pollack
Guion: Kurt Luedtke
Música: John Barry
Fotografía: David Watkin
Reparto: Meryl Streep, Robert Redford, Klaus Maria Brandauer, Michael Kitchen, Malick Bowens
Calificación: 5/10
Marnie, la ladrona

Tras pasar unas cuantas temporadas sin acceder al cine de Alfred Hitchcock, retomo su filmografía con el visionado de Marnie, una película de su última etapa en la que recupera su obsesión por la poética de la identidad para narrar, supongo, el laberinto psicológico de una rubia atormentada. Las más de dos horas que dura me convencen de que, en efecto, es un melodrama que arranca con cierto suspenso psicológico al construir su misterio con una sólida actuación de Tippi Hedren, pero que, extrañamente, se vuelve irremediablemente aburrido en su trama sobre posesión, identidad y mentiras, donde a partir de la segunda mitad tengo la sensación de que el barullo se estira sin necesidad en un epicentro de conversaciones insustanciales que me hacen cuestionar, en más de una ocasión, el guion de Jay Presson Allen. 


El argumento se sitúa en Filadelfia y sigue la existencia de Marnie, una ladrona compulsiva que asume la identidad falsa de una secretaria para robar miles de dólares de las cajas fuertes de las empresas en las que suele trabajar; pero cuya actividad delictiva se detiene cuando es contratada por Mark Rutland, el viudo adinerado con el que termina casándose y con el que, además, descubre una forma de enfrentar los miedos de su pasado. 


En general, la narrativa tiene un arranque que me resulta atrapante, entre otras cosas, por la manera en que el misterio se instrumentaliza sobre la personalidad de Marnie y las interrogantes psicoanalíticas que solidifican sus traumas. Hitchcock la muestra, en una primera mitad, como una cleptómana histérica, sinuosa, desconfiada, que proviene de un hogar disfuncional con la madre distante y que, además, encuentra en el matrimonio con Mark una especie de terapia para calmar sus impulsos y el miedo a ser tocada por los hombres. 


El problema fundamental, a pesar de la textura psicológica de la protagonista, es que la trama, a partir de la segunda mitad, permanece situada en una inercia de situaciones predecibles y hasta aburridas, que coloca a los personajes en discusiones melodramáticas que no van a ninguna parte en específico. La redundancia narrativa se prolonga entre las escenas del galán que custodia los delirios de su amada rubia para que no vuelva a robar; los celos y las sospechas de la hermana de la difunta esposa; la luna de miel en la que la ladrona se resiste al deseo sexual en la intimidad física con su esposo; los coloquios a puerta cerrada en el coche o en la mansión; los ataques de pánico a la hora pautada que conducen a las inclinaciones suicidas. 


La estructura circular se repite inútilmente hasta que solo queda el vacío de pulso emocional y la ausencia de suspenso. La actuación de Hedren, por lo menos, ofrece algunos momentos de credibilidad cuando emplea su mirada, los gestos y su voz delicada para comunicar la psicología de una cleptómana traumatizada. Esta tiene algo de química al lado de Sean Connery, a pesar de que el personaje de este carece de matices como el hombre rico y posesivo. 


Con esta dupla, Hitchcock elabora un comentario sobre la sexualidad reprimida que, dentro de sus obviedades, se entiende como el sufrimiento intrínseco de una mujer de comportamiento obsesivo, que se refugia en la cleptomanía para negar las trampas de un pasado manchado por el asesinato, la pérdida de la inocencia y la violencia doméstica. 


Hitchcock intenta profundizar en este asunto al recurrir a artilugios estéticos como la elipsis, el uso del color rojo, el primer plano, el sonido diegético, el sobreencuadre, el plano-contraplano y, ante todo, la utilidad recurrente del plano subjetivo que funciona para reflejar la mirada que encierra los sentimientos interiores de la cleptómana. También se preocupa por añadirle elegancia a los escenarios. Y la música melódica de Bernard Herrmann es integrada con consistencia. Sin embargo, a este thriller melodramático, por lo regular, le faltan las revelaciones de sus mejores trabajos.



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Ficha técnica
Título original: Marnie
Año: 1964
Duración: 2 hr. 10 min.
País: Estados Unidos
Director: Alfred Hitchcock
Guion: Jay Presson Allen
Música: Bernard Herrmann
Fotografía: Robert Burks
Reparto: Tippi Hedren, Sean Connery, Diane Baker, Martin Gabel, Louise Latham
Calificación: 5/10

 El siguiente ensayo tiene como objetivo investigar los orígenes de la historia del cine como una arqueología sobre los cineastas perdidos y sus obras encontradas.  



La llegada de un tren a la Ciotat


La noción de "imagen-movimiento", elaborada por el filósofo posestructuralista Gilles Deleuze en La imagen-movimiento: Estudios sobre cine 1 (1983), constituye un marco conceptual crucial para comprender la esencia fenomenológica del cine. Deleuze describe la imagen-movimiento como una forma de percepción sensible que transciende lo estático, articulando lo visual a través de dinámicas espaciotemporales. Este concepto, sin embargo, no emerge en el vacío. Su semilla, digamos, está en el protocine, en las tentativas iniciales de capturar y proyectar el movimiento en la imagen sobre el espacio, congelados en las fotografías que, en su expresividad inmanente y representativa, los dota de una nueva existencia (a propósito de la fotogenia de Epstein) que es reconocida como presencia; realizadas, por supuesto, por los pioneros tempranos de la cinematografía.


La arqueología de la imagen-movimiento se configura como un ejercicio hermenéutico que va más allá de la recuperación histórica de tecnologías y autores olvidados. Se establece como un vínculo diacrónico-sincrónico entre la filosofía y la historiografía del cine. En términos deleuzianos, la imagen-movimiento no es simplemente una representación del mundo, sino una manifestación del devenir que es, a la vez, una síntesis dinámica del tiempo y del espacio. Como bien señala Jacques Aumont: “la imagen en movimiento posee por su construcción un poder de aparición incesante, del cual se sirve con exceso a través de trucajes o de mudanzas caprichosas”. Las primeras manifestaciones cinematográficas, como los brevísimos cortos de Louis Le Prince o los hermanos Skladanowsky, revelan un cine en el que las imágenes registran la realidad bruta en su aura de representación primitiva, encapsulando flujos temporales que transforman nuestra percepción del mundo sensible desde la mirada de la otredad. Esta “arqueología” no busca excavar únicamente los orígenes técnicos del cine; más bien indaga en su capacidad ontológica: cómo las primeras imágenes-movimiento dieron forma a nuevas maneras de conocer, pensar, ver y experimentar el tiempo.