Vanilla Sky es una película de Cameron Crowe que, en cierta medida, trata de funcionar como remake de Abre los ojos (Amenábar, 1997), ajustando la premisa a ese cine del nuevo milenio sobre individuos solitarios y traumatizados por las ansiedades de la modernidad líquida de la época cultural del Y2K. Por alguna extraña razón mi acercamiento a ella se produce tras más de 25 años de visionados esporádicos en televisión por cable a los que no le prestaba suficiente atención, pero tras pasar más de dos horas entiendo perfectamente la sensación de malestar que impedía absorberla por completo porque, francamente, me parece una película fatigosa e insoportablemente aburrida con Tom Cruise, que me induce a cerrar los ojos cuando cae en el abismo del thriller psicológico y la ciencia ficción especulativa, quedando diametralmente por debajo de la contraparte española. Su trama sigue a David Aames, un millonario carismático de Nueva York que es dueño de una gran editorial y que, como treintañero, lleva una vida hedonista junto a su amigo Brian para estar siempre rodeado de lujo y de su amante Julie, pero cuya existencia cambia radicalmente cuando se enamora de una mujer llamada Sofía y, por causas del destino, sufre un accidente automovilístico que le deja el rostro desfigurado. En general, su narrativa se estructura como un largo racconto, montado sobre las fórmulas del drama romántico, el thriller psicológico y la ciencia-ficción, donde el protagonista aparenta estar atrapado en los laberintos del subconsciente. El problema fundamental, sin embargo, es que el guion estropea el desarrollo psicológico del personaje al colocar sus acciones, a menudo, en un epicentro de situaciones previsibles que nunca abandona la inercia de diálogos nimios ni los facilismos encontrados en una sucesión de giros de sueños dentro de sueños. A partir de aquí, la ambigüedad deliberada se transforma en un defecto que le quita profundidad al asunto sobre alucinaciones y realidades alternas que pretende ser profundo, sufriendo de un grave fallo estructural que se acentúa en el interrogatorio de David cuando está enmascarado frente a un psicólogo en una prisión; los días mundanos de David al andar de fiestas en clubes nocturnos antes de mantener una relación efímera con Sofía; las frustraciones internas de David como un sujeto depresivo y confundido que usa una máscara protésica para ocultar las cicatrices de la cara; los estados de desrealización de David al verse acosado por las experiencias extrañas de los recuerdos de su desfiguración. Todo se convierte en un monólogo expositivo que resuelve mecánicamente los enigmas previos sin aportar verdadera catarsis. La actuación de Cruise ofrece, por lo menos, un esfuerzo aceptable en términos de compromiso físico —especialmente en las escenas de desesperación como desfigurado—, aunque a veces su rol no logra trascender la imagen superficial del hombre egoísta, caprichoso y vacío, cuya supuesta crisis existencial resulta baladí porque nunca se construye un arco sólido sobre su cuadro psicológico de obsesión y vulnerabilidad. Su química romántica con Penélope Cruz y Cameron Diaz es palpable en varias escenas. Y Crowe aprovecha su presencia para esbozar un comentario sobre los vicios del individualismo en la sociedad del consumo, entendido como las inseguridades de un individuo comatoso que, en estado de negación por la pérdida, reconstruye su pasado desde una percepción alterada que lo obliga a valorar la vida auténtica frente a las trampas del escapismo cosmopolita. Al margen de las metáforas, Crowe se permite colgar sobre la puesta en escena ciertas florituras visuales que lucen competentes por el uso de la iluminación y los escenarios urbanos que captan la opulencia neoyorquina con la lente de John Toll, así como una banda sonora de grandes éxitos de Nancy Wilson. Su constante postureo estético, sin embargo, no evita el ritmo errático ni la narrativa fragmentada, de un remake cursi que no consigue emocionar, inquietar ni provocar reflexión duradera con las pretensiones poéticas que se extienden hasta el famoso salto final que invita a abrir los ojos porque la pesadilla ha terminado.
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Ficha técnica
Año: 2001
Duración: 2 hr. 16 min.
País: Estados Unidos
Director: Cameron Crowe
Guion: Cameron Crowe
Música: Nancy Wilson
Fotografía: John Toll
Reparto: Tom Cruise, Penélope Cruz, Kurt Russell, Cameron Diaz, Jason Lee, Noah Taylor, Tilda Swinton, Michael Shannon, Timothy Spall
Calificación: 4/10


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